El corso y la piratería cubanos

José Gabriel Barrenechea

Fuimos los cubanos quienes obligamos a las grandes potencias navales a poner fin a la piratería y el corso en el Mediterráneo Americano, El Caribe. La novela de aventuras decimonónica, y luego Hollywood, mucho han destacado las fechorías de piratas y corsarios ingleses y franceses, mucho han hablado o representado en imágenes la isla Tortuga o Port Royal, Jamaica. Personajes de mediados del siglo XVII han inscrito su nombre no castellano en la historia del rapiñaje marítimo. ¿Pero por qué no se menciona a todos aquellos vecinos de Trinidad, Remedios, Baracoa, Santiago o la Habana que hacia finales de ese mismo siglo, en sus naves ligeras, de remos y velas, habían convertido la navegación en buena parte de la cara atlántica de las Américas en peligrosa hasta para las mismas fragatas de Su Majestad Británica? ¿Por qué tampoco se dice que para entonces los más temidos piratas de toda esa amplia zona éramos los cubanos, y en menor medida los colonos de entre Nueva Inglaterra y Virginia, a los que, sin embargo, 40 años después, y durante la guerra de corso que fue la denominada como de La oreja de Jenkins, los derrotamos por completo? ¿Que uno de los objetivos de la toma de la Habana por la flota británica fue sacar de circulación a estos incorregibles somalíes de siglo XVIII, que ponían en peligro a esos mismos marinos coloniales, que ante la competencia pirática habían tenido que dedicarse al menos rentable negocio del comercio? ¿Quer022, por solo citar un ejemplo, el futuro héroe defensor del Castillo de los Tres Reyes del Morro, el aplatanado capitán Don Luís de Velazco, había sido en su juventud uno de los más eficientes corsarios de nuestras aguas?

Que nadie se llame a engaño: Si la mayor potencia naval de la época, Inglaterra, se vio precisada a perseguir el corso y la piratería, tras obligar a España a hacer lo mismo, fue en gran medida porque ese fructífero negocio no les pertenecía ya a los súbditos de su corona. Hacia bastante había pasado a la de nuestros ancestros.

¡Den un paso al frente los compañeros Palmacristi y Ley de Fuga!

de José Gabriel Barrenechea

A las 11 y 6 minutos de la mañana de ayer la policía detuvo a Camilo Ernesto Olivera en

Portada del primer número de la revista Cuadernos para la Transición, causa de la detención de Camilo Ernesto Olivera

Portada del primer número de la revista Cuadernos para la Transición, causa de la detención de Camilo Ernesto Olivera

los accesos a la ciudad de Santa Clara. Lo hicieron salir del auto en que viajaba, se lo esposó, y finalmente lo obligaron a adoptar una posición humillante, e incómoda, sobre el capó de auto patrullero. Camilo venía para el Festival de Rock de esta ciudad, aclaro, y no traía consigo un cargamento de drogas para jóvenes de mala vida, sino solo 4 Cuadernos para la Transición.

Poco antes en los accesos del parque Vidal se había desarrollado una larga bronca, que solo terminó cuando uno de los contrincantes pidió al otro que “ya no le diera más”. Porque los policías, que a menos de media cuadra, en el parque, sumaban una docena, no hicieron acto de presencia para detenerla. Y ni que decir que tampoco lo hizo la docena larga de policías del pensamiento que constantemente merodean por allí, a la caza de la más minúscula y enclenque ideíta.

A esas mismas horas, por cierto, todos en la ciudad comentaban en voz alta, y con abierta indignación, la ejecución extrajudicial de que fue objeto un joven de la misma, precisamente a manos de esa misma policía que para detener a personas decentes no se hace de rogar, pero que brilla por su ausencia para ponerle coto a las indisciplinas sociales. Esa misma policía que integran semejantes energúmenos capaces de catalogar como “escritos subversivos” a dos fragmentos martianos, un ensayo de Herminio Portell Vilá, llamando en 1933 a acabar de derogar la Enmienda Platt, y otro de Juan Marinello, analizando lo logrado por el movimiento obrero cubano en ese preciso año (al parecer el señor que levantó el acta, mediante la que pretendieron darle algún aire de legalidad al robo de mi libreta de trabajo, por un momento creyó que su uniforme era del que mató a Rafael Trejo).

Aclaro que no soy un enemigo de la policía; que comprendo su importancia en toda sociedad, y mucho más en la nuestra presente o por venir. Que en mi vida he conocido a policías cubanos muy honestos, y muy profesionales (me vienen rápido ahora a la memoria la imagen de Luisa Elena, los padres de una condiscípula mía de la primaria).

Pero de la policía, no de ese medio ejercito de ocupación en país hostil en que se nos está convirtiendo la nuestra presente.  O de esa mafia que es capaz de matar y botar el cuerpo en una esquina para proteger a uno de los suyos.

La Gerontocracia en el poder acumula negros nubarrones en nuestro futuro. Porque si tal vez por ahora su autoridad sea capaz de imponerse a los intereses creados locales, y lograr que se sancione a los responsables de este despropósito, no ocurrirá lo mismo cuando los Díaz Canel tomen el poder. Para entonces, la ciudadanía que todavía puede contar para su protección con el interés de los Grandes Caudillos Nacionales en mantener una imagen de tacita de oro hacia el mundo, se verá de pronto sometida al arbitrio de las pandillas locales en que se fragmentará el poder totalitario, a las que esa imagen les importará poco, y que no encontrarán en consecuencia ningún contrapeso a sus deseos y desafueros.

Para entonces este muchacho muerto a golpes, y dejado en una esquina como un perro, no será nada extraordinario, más bien será lo cotidiano.

La Gerontocracia ha permitido que sus gorilas golpeen a disidentes y damas de blanco, y no ha medido las consecuencias de permitirle a los temperamentos violentos tales “expansiones”. Viéndolos después pasearse por el parque Vidal, con sus boinas negras, sus poses y andares matoniles (en Cuba solo algunos militares se esmeran por mantener una postura marcial), le predije a el poeta Vilches lo que estaba seguro no tardaría en suceder: Poco después, infatuados por su monopolio de la violencia y en sus músculos hipertrofiados, casi desbaratan a golpes a un joven decente, que… ¡Oh, desgracia, era hijo de un alto funcionario del gobierno municipal! (Nada hubiera pasado, ni ha pasado, cuando de un pobre diablo se ha tratado).

Y es que la Gerontocracia recluta a quien sea hoy en día. Para un MININT cargado de prebendas, y de posibilidades de inventar o resolver por la izquierda mediante chantajes en todos los grados y actividades (el jefe que le resuelve “dos boberíitas” al oficial de la seguridad que atiende su empresa no lo hace por amistad, sino para callarle la boca sobre sus mismos manejos “inofensivos”); posibilidades que “quiénes sean” no están nada dispuestos a dejar perder después, al menos sin luchar.

En Encrucijada, por ejemplo, se ha ido a los cortes de arroz a reclutar a los jóvenes que de entre verse al sol, con el agua a las rodillas y los mosquitos haciendo nubes a su alrededor, o pasar a integrar las filas de la policía del pensamiento, con sus suzukis que atraen noviecitas a las que después pueden colar en alguna tienda recaudadora de divisas, no dudan. Como tampoco después no dudaran en quitarse de en medio a quien pueda poner en peligro ese modo de vida, que entre la miseria general resulta esplendoroso.

Negros nubarrones se acumulan de aquí en adelante para Cuba. Y es que estos viejecitos parecen empeñados por dejarnos tras de sí solo el diluvio. Porque si el cubano es capaz de soportar lo que cree correcto (es un poco crédulo el cubano, a la verdad), no sucede lo mismo cuando se lo mata y tira en la calle como a un perro (crédulo, pero nada cobarde). Si no lo cree, vaya y pregúntele a los españoles, que aquí dejaron enterrados más soldados que en todas sus guerras de las Américas juntas.

Prosperidad para la Virtud

Durante su discurso de clausura de la Primera Sesión Ordinaria de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el general presidente llamó a no tolerar la violación de la legalidad. Vano llamamiento en un país en que toda ley ha sido pensada para no dejarle casi ninguna posibilidad de desarrollar su iniciativa a los ciudadanos, pero en que a su vez estos últimos, y fundamentalmente tras 1989, no habrían tenido casi ninguna posibilidad de sobrevivencia de no atreverse a ejercer esa iniciativa y por tanto violar dichas leyes. Porque si aquí no se pertenece a ninguno de los estamentos privilegiados y se sigue vivo, es, a no dudarlo, porque se “inventa”, porque se “lucha”, porque se quiebran las leyes; si no usted, al menos alguien cercano de quien depende.

Uno de los legados del pensamiento de Carlos Marx es aquel que establece que su situación en el proceso productivo, y la naturaleza misma de este, determinan la concepción del mundo del individuo, sus metas, su comportamiento. ¿Cómo pueden entonces algunos que se catalogan de marxistas admirarse de la delincuentización de la conciencia social cubana? ¿Cómo esperar que individuos que se ven forzados a constantemente violar la ley para sobrevivir no terminen viéndose como hijos de sus madrecitas a los que el mundo entero quiere “joder”? ¿Cómo no esperar que adopten las típicas metas del delincuente, sus jergas, sus maneras, su violencia irrefrenable y su total irrespeto por normas de convivencia más elaboradas que las de la manada humana barrial?

El llamamiento a respetar las leyes no puede ser más que recibido con sarcasmo, si recordamos que son esos mismos que hoy llaman a tal los que por años inculcaron en la mente del cubano el irrespeto a las mismas. Porque en la Cuba posterior a julio de 1959 mandaban no las leyes, si no el Máximo Líder y sus decisiones discrecionales. Leyes y normas, que en muchos de sus maratónicos discursos, incluso eran presentados como sinónimos de burocratismos; y por ello, para salvar a la sociedad cubana de este terrible flagelo que se tragaba a los hermanos socialistas de Europa, él se echaba sobre sus anchas espaldas la titánica tarea de hacer lo que le diera la gana, o perdón, lo que le pareciera más conveniente para alcanzar el Porvenir Luminoso, sin ponerse a cotejar códigos legales ni ninguna otra monserga esquematizante y rutinaria.

Y el hoy general presidente no solo estaba entonces muy visible a su lado, identificándose en el subconsciente colectivo con el discrecionalismo (el dominio del mandante y no del mandatario), sino que en el fondo y en la superficie, él mismo ha establecido de hecho un gobierno semejante. ¿Cómo interpretar su pretensión de que todas las prácticas que se vayan adoptando, como por ejemplo la reducción de los mandatos a solo dos períodos, deban esperar a que a él le dé la gana de reunirlas, en algún momento futuro, en una propuesta de reforma constitucional? Pues no otra manera que la de mantener la costumbre, de reafirmarla más bien, de seguir rigiendo al país mediante métodos discrecionales, ya que es innegable que al menos mientras llega la reforma acá nos regiremos no por otra cosa que por la voluntad del general presidente de, y volvamos a usar el ejemplo, auto limitarse su propia estadía en el poder.

Recuerdo haber leído un texto de Martí en que se decía más o menos que la virtud no florece necesariamente en la riqueza, pero que si era imposible de encontrar en la extrema miseria. Y es que si de veraz se quiere que en Cuba se respeten las leyes y el cubano vuelva a brillar por su virtud, es necesario hacerla próspera.

Mas para ello es imprescindible abandonar cierto nacionalismo cerrero.

En Cuba algunos han decidido que en cuanto a la soberanía no se puede ceder ni un tantico así ¡nada!, pero en vista de ello y del hecho cierto de que en esta Isla los humanos solo podemos vivir autárquicamente a un nivel semejante al de los Taínos, no están consiguiendo más que despoblarla. Decenas de miles se marchan anualmente, y a diferencia de otros países donde emigran en lo fundamental los menos capaces o de menor preparación, de Cuba emigran los mejores, que aquí no encuentran ninguna posibilidad de realización en una sociedad que premia por sobre todo a los que “entren por el aro”, y sataniza a quienes tienen sueños propios y la decisión para defenderlos.

Pero no solo la Isla se despuebla por los que se marchan, sino también por los muchos que dejan de nacer, y que no dejan de hacerlo porque, como pretende el gobierno, nuestra sociedad haya adoptado los patrones de natalidad de las naciones desarrolladas gracias al esfuerzo educativo que innegablemente la élite nacionalcerrera ha llevado adelante. La realidad es que en la Cuba de hoy es una empresa digna de Hércules parir, criar o digamos calzar, a un niño. No en balde nuestro país es nivel mundial el que exhibe la diferencia más amplia entre el número de hijos que declaran desear los individuos entre 15 y 54 años, y el promedio real de hijos por mujer: los cubanos desearíamos tener 2,31 hijos promedio y las cubanas 2,13, mientras que el número que estas últimas realmente terminan pariendo fluctúa entre el 1,50 y el 1,62.

El sueño de los nacionalistas “de principios”, de los que sueñan con una independencia absoluta en un mundo cada vez más interconectado, de seguir sus dos principales tendencias amenaza en un siglo o menos con dejar a la Isla lista para ser descubierta de nuevo por el primer colonizador que llegue a nuestras costas; habitadas estas ya no por mansos taínos, sino por unas escasas decenas de miles antropófagos.

Para que los cubanos seamos de nuevo una sociedad de buenas costumbres, y respetuosa de la ley, es necesario crear empleos honrados con cuya remuneración cualquier cubana o cubano pueda fundar una familia, y es necesario dictar leyes realistas, que más para limitar su iniciativa, sirvan para promoverla. Y ello solo se logra, para comenzar, si nos abrimos a la inversión extranjera, preferenciando a la de nuestros emigrados, ya que el país requiere de fondos que es evidente no tiene para echar adelante lo mucho que podría hacerse; y si acabamos de abandonar la cruzada para salvar al mundo de los americanos que impulsara la generación del centenario.

Sobre esto último es bueno darse cuenta que si al presente los EEUU enfrentan la condena de la absoluta mayoría de los países del mundo por El Embargo, ¿qué ocurrirá el día que Cuba se convierta en una república democrática? ¿Cree en realidad alguien que podría justificarse ese Embargo al interior de una democracia si el objeto del mismo es otra democracia?

Por tanto matemos a una bandada de un solo tiro: Comencemos por establecer una democracia que se ocupe de hacer leyes realistas, y útiles, que ello a su vez obligará a los EEUU a levantar el bloqueo, con lo que podremos recibir los tan ansiados flujos de capitales, a los que volviendo al principio, nuestra flamante democracia podrá regular de modo que sirvan al interés común y no solo al de los mencionados capitales.

¿Existe otra propuesta? No lo creo.

Me perdonan si no puedo considerar a lo de empeñarnos en unos tales principios ultrancistas cualquier cosa menos una propuesta. Un suicidio heroico, desengañémonos, no es más que un suicidio, y como dijera don

Enrique José Varona

Enrique José Varona

: “Los pueblos no están destinados a suicidarse, sino a tratar de vivir progresando en bienestar, en cultura, en humanidad. ¿Lo conseguiremos con tanta ilusión, tanta palabra hueca y tanto volver los ojos hacia atrás?”.

Porque a ciento trece años de que nuestro gran filósofo escribiera estas líneas, ¿qué nos ha dejado tanta palabra hueca? A nada menos que a volver a nombrar a la cabeza del estado como mismo llamaban a Machado sus guatacas más empedernidos: general presidente, y a tener que sufrir discursos cargados de incorrecciones semejantes a los “háigamos” de aquel.

José Gabriel Barrenechea.

Respuesta a la Mesa Redonda del 12 de noviembre de 2013.

José Gabriel Barrenechea.

En la noche de ayer comenzó una nueva ofensiva mediática contra ciertos religiosos o líderes de iglesia que pretenden, si es que no lo han hecho ya, asumir una actitud cívica, o política. Y es que la Mesa Redonda pretendió dedicarse al Fundamentalismo Religioso, pero en realidad esta era solo una manera de entrar en asunto, sin de modo tan explícito expresar lo que en realidad preocupa. Tras el ataque a evangélicos y no congregacionalistas, pronto se vio la oreja peluda de la reacción gubernamental ante el intento de disputarles su amadísimo monopolio de lo político hacia el interior de la sociedad cubana, ahora desde uno de los pocos campos que ellos no dominan a plenitud.

Es de destacar que sintomáticamente los religiosos allí no resultaban muy representativos: Raúl Suárez, representante de un Consejo de Iglesias que reúne una ínfima minoría de los creyentes cubanos, y un señor radicado en los EE.UU., que de verdad se creyó que aquello tenía que ver con lo del fundamentalismo, y que en consecuencia aprovecho para soltar un largo discurso contra Efraín Ríos Montt.

Extrañamente, por ejemplo, no había ni un católico, con mucho la denominación religiosa más populosa en Cuba.

Los tiros se hicieron evidentes cuando una “psicóloga” presentó un estudio sobre esas nuevas religiones, que más que científico, resultaba, por lo claro del objetivo, más bien un informe de la labor de seguimiento de cualquier órgano de seguridad. Le preocupaba, a la analista de seguridad, por sobre todo el hecho de que esas religiones estén creciendo en base a mostrarse como una salida a la crisis que vive nuestra sociedad desde hace 23 años. “Que la mayoría de sus nuevos seguidores provengan de quienes buscan alcanzar la prosperidad de ellos y sus familias”. Una salida a esa crisis que, sin embargo, y he ahí lo que le molestaba a la “científica”, no sería abierta por los nuevos líderes que por cooptación dejaran los que hoy gobiernan, sino por una hornada de jóvenes líderes de iglesia, muy carismáticos, con recursos que escapan al control del estado.

Resultaba tan burda su exposición, que al señor procedente creo que de Atlanta, no le quedó más remedio que aclarar que la búsqueda de la prosperidad no era ni delito, ni pecado, y que por el contrario era algo que se debía estimular.

Lo de la procedencia de los recursos de esas religiones ocupó todo el final de la Mesa. Para entonces ya hasta el señor algo despistado había comprendido que lo del fundamentalismo no era en realidad más que una coartada, y una forma menor, en definitiva, de enlodar el prestigio de esos jóvenes líderes religiosos, y carismáticos. Lo importante era relacionar a estos con el dinero procedente de Washington. Presentarlos como no otra cosa que como herramientas del Imperialismo, y no como cubanos que en su gran mayoría desean que su país no termine despoblado por la tozudez oficial, y que para evitarlo aprovechan los únicos recursos que quedan fuera del control del Estado: los de sus iglesias radicadas en el exterior.

Claro, que allí en la Mesa todos se saltaron mencionar que en Cuba todas las religiones viven de apoyos “de afuera”; incluyendo el Consejo de Iglesias del compañero Raúl Suárez. O incluso muchas instituciones académicas independientes que hoy estudian “científicamente” el fenómeno de la penetración imperial-religiosa, como el Centro Marinello; en que no solo los viajecitos han permitido vivir muy bien a muchos, sino hasta los muchos dineritos, o regalitos (ninguno allí escribe en el cacharro que lo hago yo, por ejemplo, y todo gracias a la generosidad de “desinteresados amigos de afuera”).

Termino aclarando que soy un agnóstico, un librepensador y un católico cultural (una mezcla para nada incoherente), a quien preocupa sobremanera la difusión del fundamentalismo religioso en Cuba, pero no solo el cristiano, que ya hasta velos islámicos andan por ahí ocultando el rostro de bellas cubanitas, como también el regreso masivo a ciertas religiosidades (que no religiones) primitivas. Un todo eso, orgulloso hasta la soberbia casi de su personal criterio, que es buen amigo de quien hoy por hoy quizás sea el líder religioso, joven y carismático, por antonomasia en este país: Mario Félix LLeonart Barroso.

Y lo digo, para rebatir cualquier posible acusación de fundamentalista a su persona: Mario ha sido el alma y el organizador de los foros Patmos, que más que coartarme, me ha estimulado ha exponer, y defender mi personal opinión.

Mario, en una Cuba no atada al carro de la actual decadentocracia desgobernante, no sería más que una barrera a esa Cuba fundamentalista con que el compañero Suárez nos amenazó al final de la Mesa. Y una barrera difícil de saltar, a la que hasta escépticos metódicos apoyamos.

El pastor y amigo Mario Félix Lleonart en foto de la portada de Christianity Today

El pastor y amigo Mario Félix Lleonart en foto de la portada de Christianity Today

Declaración de Principios

José Gabriel Barrenechea.

Más que por la Transición, estoy por la Transacción.

Más que por transitar de un estado político a su opuesto, fantaseado como definitiva panacea nacional, prefiero transigir; o sea, al decir del Diccionario de la Real Academia de nuestra Lengua Castellana: “Consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia.”

Enfrentamos más que a una dictadura, a una cultura profundamente arraigada en las que estas florecen con exuberancia tropical. Enfrentamos más que a una camarilla, a la percepción binaria, maniquea del mundo, que para poner solo un abarcador ejemplo, hace que muchos conciban el acto de disentir como amoldarse a un estricto manual, que en esencia no resulta otra cosa que el más absoluto anti-manual del partidario gubernamental: Así, si este último se declara abortista o evolucionista, nuestro opositor-opuesto no podrá más que gritarse a voz en cuello antiabortista y enemigo jurado de Carlos Darwin.

Es mi declarada intención la de promover la pluralidad de opiniones y opinantes, pero también la de acercarlos, por medio del diálogo racional, al justo punto medio transaccional imprescindible a la Transición que ya ocurre en Cuba. En consecuencia declaro mi propósito de promover una transición ejemplar, que a semejanza de la española, que dejó en pie e intocado el Valle de los Caídos, respete en la nuestra el Monumento al Che Guevara en Santa Clara, y el de Cuatro Palmas en Santiago de Cuba.

Y lo anterior, sino por razones éticas, al más por la muy realista razón de que el capital más importante de toda sociedad humana se encuentra en su diversidad; en la capacidad con que esta la dota para enfrentar, y aprovechar, las más variadas situaciones y retos.

Todos cabemos en la Transición. Es más, todos somos necesarios en ella.

Haciendo balance de la de 1933, Pablo de la Torriente Brau escribió:

… debemos reconocer nuestro error al juzgar despreciativamente, como lo hacíamos, a todo aquel cuerpo de servidores fidelísimos, eficientes y abnegados (el cuadro administrativo de Machado)… Debemos reconocer nuestro error y proclamar que aquellos hombres tuvieron lo que muy pocas veces se ha logrado en Cuba: una organización… Yo no tengo escrúpulo ninguno en reconocer que tenían más talento, disciplina y astucia que el noventa por ciento de los que se les opusieron. El que conoció buena parte de las organizaciones que combatieron al régimen de Machado no podrá negar que en esta afirmación hay un gran fondo de verdad.[1]

Y es que Pablo presentía, aunque sin enunciar distintamente, una realidad sociológica: A la caída de un régimen autoritario (y en mayor medida uno totalitario) los que llegan son menos aptos para ocupar las posiciones burocráticas, imprescindibles a cualquier sociedad moderna, que los que hasta el día antes las desempeñaban. Y ello no solo por razones de experiencia, sino más bien de naturaleza, ya que mientras bajo aquel régimen las burocracias son reclutadas entre los más dispuestos a aceptar las rígidas jerarquías, las precedencias, y a reglar sus vidas mediante rutinas, quienes han hecho la Transición a la brava, la no-transacción, los contestatarios o los aventureros que se atreven a pescar en río revuelto, no suelen caracterizarse por poseer las virtudes necesarias a todo burócrata.

Si queremos mejorar nuestra imagen internacional y destrabar los flujos de inversión, pero además si queremos mantener la gobernabilidad y evitar los errores de anteriores transiciones (hablemos claro, los desmandes) debemos transar para no cometer el despilfarro de dejar a nadie afuera.

Y si en un final todos somos necesarios, nada mejor que tener bien presente los consejos que en medio de otra de nuestras transiciones anteriores nos diera el Generalísimo

El G-2 me impidió ir a La Habana al lanzamiento de nuestra nueva revista ¨Cuadernos para la Transición¨, pero ¨a quien no quiere caldo se le dan tres tazas¨

El G-2 me impidió ir a La Habana al lanzamiento de nuestra nueva revista ¨Cuadernos para la Transición¨, pero ¨a quien no quiere caldo se le dan tres tazas¨

:

Para andar más pronto el camino de la organización nacional elegid para direc­tores de vuestros destinos, a los hombres de grandes virtudes probadas, sin pregun­tarles en dónde estaban y qué hacían mientras Cuba se ensangrentaba en su lucha por la Independencia.

Se debe conceder el perdón a todo el que lo solicite, para que la obra quede com­pleta. Al aproximamos a las tumbas gloriosas de nuestros compañeros a depositar la “siempreviva”, junto con una lágrima de guerrero, es preciso en esa hora piadosa, llevar el alma pura de rencores[2].

En su más lograda novela, el americano-cubano Ernest Hemingway nos narra la historia de un viejo pescador que llevaba ochenta y cuatro días sin pescar un pez, que pesca el más grande que nunca haya logrado para después verlo desaparecer, no sin lucha, entre las fauces de los tiburones del Estrecho, y que regresa luego a su casa en Cojímar, a dormir el gigantesco e infructuoso esfuerzo. Algo nos queda claro tras cerrar el libro, sin embargo: mañana el viejo cubano volverá a intentarlo.

Ha llegado la hora de volver a hacernos a la mar. Ha llegado la hora de volver a intentarlo; pero ahora con un mucho menos de apasionamiento y un poco más de racionalidad y de espíritu de diálogo. A fin de cuentas, como nación, ya vamos dejando atrás la turbulenta adolescencia.


[1] Ahora, 4 de noviembre de 1934, magazine dominical, páginas 4 y 5

[2] Proclama de Yaguajay.

El Modelo Martiano

Ante la Cuba de hoy se abren oportunidades como no las ha tenido desde finales del siglo XVIII. En un mundo como el actual, en que en un porciento considerable de lo que se consume, se produce en complejísimas telarañas productivas que engloban a casi todo el planeta, y en que el transporte de mercancías se realiza en megabarcos capaces de llevar de un punto a otro decenas de miles de contenedores, la cercana reapertura del Canal de Panamá, reacondicionado para permitir el paso de aquellos, o la posible, a finales de la década, de uno mayor por Nicaragua, le permitiría a Cuba volver a ser la llave de nuestro Escudo Nacional. Pero ya no solo la llave del Golfo de México, si no de todo el mundo.

¿Seremos, sin embargo, capaces de aprovechar esas oportunidades?

Que sea así en esencia depende de tres actores: nuestra generación; nuestros gobernantes; los americanos en particular, y el mundo en general.

¿Estará nuestra generación a la altura de la de 1792, de los Agustín Caballero, de los Arango y Parreño, de los Tomás Romay…?

Si se mira solo hacia el interior de la Isla parecerá que no: Los cubanos de adentro no nos caracterizamos en general por nuestra iniciativa, y por otra parte, al vivir aislados casi por completo del mundo contemporáneo desconocemos hasta lo más elemental del mismo.

Mas recordemos que si esos cubanos de adentro no demuestran mucha iniciativa se debe en esencia a que el gobierno de la dinastía de los Castro parece haberse impuesto por sobre todo coartarla; y que, por otra parte, hay casi dos millones de cubanos afuera. Dos millones que proporcionalmente a otras emigraciones si conocen y han aprovechado las oportunidades del mundo actual.

En este aspecto, por tanto, debemos ser plenamente optimistas. Lo que ya no puede ser dicho de nuestros actuales gobernantes.

¿Estarán ellos a la altura del

¨José Martí¨, pintura de José Mederos

¨José Martí¨, pintura de José Mederos

, con mucho el mejor de nuestros gobernantes?

Evidentemente, no. En cuanto a la flexibilidad mental, o incluso a inteligencia, dejan mucho que desear. Sus modos de gobierno siguen siendo hoy los del clásico director de finca en lo más recóndito del oriente cubano, y su actual hacia cualquiera que no se les humille, “les rinda”, la del más elemental guapo de barrio nuestro.

Solo se vislumbra en ellos una esperanza: El interés personal de enriquecimiento.

¿Pero serán capaces de entender que ese enriquecimiento depende de cederle importantes parcelas de poder a otros actores? En esencia los actores que pudieran activar la economía, pero más allá del nivel vegetativo, al nivel de las posibilidades desmesuradas que hoy se abren ante Cuba. Y lo más importante: ¿serán capaces de cambiar su actual poder de control absoluto sobre una sociedad precaria, por dicho enriquecimiento, que a la larga les hará perder ese poder?

Por último: ¿Estarán los norteamericanos preparados para una compleja dinámica de cambios en que quienes estén en el poder acepten comenzar a “hacer política”, después de más de medio siglo de haber evitado su ejercicio? ¿No se mostrarán dañinamente suspicaces ante una nueva generación de líderes gubernamentales que en el fondo tendrá muy poco que ver con la que los precedió?

Y lo más importante: ¿Comprenderán que una dinámica de cambios en la Cuba de ahora solo es posible a través del estímulo del interés personal de enriquecimiento, de esa clase política en el poder? Porque cualquier otra solución, a que dudarlo, conduciría a una situación de inestabilidad extrema a solo 90 millas de sus costas.

Lo que también es válido para el primer actor: ¿Nuestra generación, o más bien sus líderes políticos, será capaz de enredar en las poderosas redes del interés personal de enriquecimiento a los nuevos gobernantes que emergerán tras la salida de Raúl Castro del juego, a la manera que lo hizo la de 1792, enredando en sus negocios a El Conde de Santa Clara, o don Luís de las Casas? ¿Serán capaces incluso de aceptar que es ese el único modo viable de hacer próspera a la Isla?

Porque no nos engañemos, las oportunidades no estarán ahí para siempre, ni siquiera por mucho tiempo. Una nueva “revolución” solo conseguiría que simplemente se nos fueran por completo de las manos.

La gran duda es sí como consecuencia del avance del proceso, seremos capaces de extender la soberanía a toda la Nación, manteniendo a su vez el poder de decisión último de nuestros asuntos internos y externos al interior de esa misma comunidad nacional.

La posibilidad de hacerlo así, sin embargo, está en un modelo de política exterior diseñado y puesto a punto a prueba hace más de 100 años. Un modelo que, no obstante, como todos los que se adelantan a su tiempo, resultó inviable entonces: El Modelo Martiano.

Política Exterior Cubana en el último medio siglo

La política exterior cubana se ha manifestado de dos maneras claramente discernibles tras 1959. Durante un primer periodo, desde esta fecha hasta que Fidel Castro aprobará públicamente la invasión soviética a Checoslovaquia, ha sido expansiva; de entonces acá, de supervivencia.

Durante el primero, el único que podemos llamar con propiedad revolucionario, la Nación ha intentado darse la posición internacional a la que se siente predestinada por su historia: la de Nación alfa: Descendiente de aquellas generaciones que durante los siglos XVII y XVIII habían vivido en lo que por entonces era la única parte todavía activa de lo que fuera el Imperio Español; de aquellas que, a finales de aquel segundo siglo y la primera mitad del XIX, habían levantado la única economía de plantación establecida por propia iniciativa y con capitales propios de los nativos; o de aquellas otras que poco antes del advenimiento del siglo XX habían derrotado al ejército más numeroso que jamás haya cruzado el Atlántico de este a oeste, y que aun hoy supera la suma total de todos los que hayan realizado igual travesía, la de 1960 se propuso eliminar hasta la más insignificante influencia externa, en lo fundamental norteamericana, sobre las decisiones conscientes o inconscientes del cuerpo social que formaban.

Búsqueda de una independencia a ultranza que, dado que no cabía en la práctica aislar de modo absoluto a la Nación, solo podía alcanzarse disputándole la hegemonía hemisférica a los EE.UU.

Porque es eso lo que en definitiva se ha intentado en los sesentas con la gran ofensiva guerrillera y de apoyo a cualquier forma de subversión en América Latina: Crear un subcontinente a imagen y semejanza de cómo creen los cubanos debe ser Nuestra América.

Y lo hacen, repetimos, por su herencia histórica. Es cierto que la presencia del desproporcionado individuo Fidel Castro ha sido determinante, pero debemos comprender a su vez que un Fidel Castro solo podía darse en una nación con tal herencia histórica. Solo en una nación al sur de los EE.UU., la única con un pasado imperial-marítimo, y con realizaciones militares y económicas dignas de nación alfa, podía darse una generación como la de nuestros padres y abuelos, y un individuo al que solo cabe comparar con los grandes españoles de la conquista. Una generación y un líder que intentaran lo impensable para cualquier otro latinoamericano: arrebatarle a los norteamericanos la hegemonía hemisférica, sino mundial (pero repetimos, es la generación completa lo importante, no el líder).

Mas la aspiración excede con mucho las capacidades de la Nación y sobre todo del suelo o el subsuelo sobre el que se asienta. Tras una década homérica, quienes en definitiva respaldan económicamente el sueño, los soviéticos, dan claros signos de no estar dispuestos a seguir haciéndolo; en primer lugar porque tal sueño va a contrapelo de sus propios planes para el Tercer Mundo. La euforia, por otra parte, termina por agotar los espíritus a la vez que los cuerpos se descubren viviendo en 1971 peor que en 1957.

Ante la élite, y por sobre todo el líder, que se ha hecho poco a poco con el poder absoluto, al haber aceptado seguir a la generación de los sesentas en sus sueños de situar a la Nación dentro del exclusivo grupo de las alfas, se alza entonces la necesidad de solucionar un problema, si es que quieren seguir detentando ese poder absoluto: satisfacer las aspiraciones de mejorías tangibles de la población, lo que solo es posible si los soviéticos no retiran su apoyo; es más, si aceptan llevarlo a escalas superiores. Y como nada quiere más esa élite, por sobre todo Fidel Castro, que seguir en tan privilegiadas posiciones de grandes machos alfas de la manada nacional, se pondrán a la obra.

Así, entre esa aceptación de Fidel Castro del derecho de intervención soviético en el verano de 1968, y su visita de dos meses a la URSS en el otoño de 1972, durante la cual obtiene los increíbles Acuerdos Económico-Financieros de 23 de diciembre por cansancio (al parecer Brezhnev temió se le fuera a quedar por allá, pidiera ciudadanía y luego intentara desplazarlo del poder), se estructurará una nueva política exterior cubana. Una política exterior que aunque destinada a lograr específicamente el aumento del subsidio soviético, imprescindible para contentar a los cuerpos de los seguidores, ya en esencia ha sido pensada lo suficientemente abstracta para poder ser utilizada en cualquier nueva situación: A partir de las navidades de 1972 la Cuba de Fidel reciclará lo que en definitiva había sido el deseo de ser reconocida como igual a los EEUU, en un burdo antiamericanismo, y en un capital. Capital altamente productivo que Fidel Castro sabrá explotar a la perfección y que en esencia consiste en presentarse como el privilegiado aliado de cualquier enemigo de los EEUU dispuesto a subsidiar toda nuestra economía de despilfarro.

Mas tal modelo de política exterior que tan bien funcionaba durante la Guerra Fría, y que le permitirá a la Nación vivir unos años como los ochentas de relativa, y por sobre todo igualitaria prosperidad, ya no lo hará tan bien a partir de 1989, a pesar de los malabares de diplomáticos de Fidel Castro, de las payasadas fuera de lugar de su hermano, cantándole nada menos que canciones maoístas a seguidores de Deng Xioping, o de la afortunada, y bien ayudada por el G-2, aparición de un Hugo Chávez.

Y todo porque tal modelo para ser en definitiva útil requiere que se cumplan un grupo de condiciones: (1) Una superpotencia mundial, pero no en teoría ni a nivel de discurso mediático, sino en lo concreto de su poderío, (2) que tenga absoluta voluntad de dominio más que regional, mundial, y que por tanto este dispuesta, al no sentir mucho interés por insertarse en el actual orden político-económico internacional, a obviar cualquier consideración de racionalidad económica por tal de mantener un molesto enclave de confrontación a menos de 90 millas del actual líder de ese orden mundial, y por último (3), que dicha confrontación, y a pesar de sí misma, se mantenga en el tiempo de manera estable, ya que solo así podríamos sacarle real provecho.

Condiciones que es evidente no se cumplen hoy, ni por lo que parece en un futuro mediato en que China no parece dispuesta a cuestionar el actual orden político-económico-financiero, y en el que una Rusia que decrece demográficamente a niveles catastróficos no da muestras de poder convertirse en algo más de lo que ya es: un suministrador de materias primas o de productos industriales de bajo agregado tecnológico.

Guerrilleros de las FARC disfrutan de las costas de Cuba

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