¿Por qué nace El Hidalgo Rural Cubano?


Mostrando un número que fue retirado de las librerías de la revista cultural Guamo de Santa Clara que se atrevió a publicar uno de mis artículos

Mostrando un número que fue retirado de las librerías de la revista cultural Guamo de Santa Clara que se atrevió a publicar uno de mis artículos

El pasado jueves 24 de 0ctubre fui arrestado con aparatosidad inusitada para este nerd que soy. Después de que desde el día anterior se me venía vigilando, como pude saber más tarde, un jeep de la policía, con tres miembros de ese cuerpo, y un oficial de la seguridad del estado, cualquiera de ellos muchísimo más vitaminado que yo, se me abalanzó en pleno medio del pueblo de Encrucijada, y tras pedirme el carnet de identidad, me pidieron que los acompañara. O sea, cuatro hombres mucho más fuertes que yo para arrestar a este pobre infeliz que nunca le ha dado un golpe a nadie; que remedando a Eladio Secades, pertenece por pleno derecho a esa mitad de los cubanos que no se fajan.

Debo reconocer, sin embargo, que fuera de esta teatralidad digna de más peligroso arrestado, se me trató finamente: Ni me borraron los contactos del móvil, ni me abrieron el usb, y ni tan siquiera me quitaron mi grabadora. Solo debo lamentar que las órdenes que les habían dado si incluían todo lo que estuviera en papel, y con una agenda en pedazos, y dos revistas El Ingenio, me quitaron mi libreta de trabajo, con varios trabajos inéditos (escribo en papel), copias de documentos martianos, artículos de Herminio Portell Vilá y ensayos de Juán Marinello, a todo lo que el policía que trajeron para levantar el acta llamó: escritos subversivos.

En cuanto al oficial que discutió “filosóficamente” conmigo no guardo más que una muy buena impresión, por lo que aunque sé su nombre, y grado, me lo reservo.

Según me aclaró este, tenían órdenes de no dejarme salir del municipio, desde el miércoles en la tarde, hasta el domingo en la mañana. No me habían arrestado antes porque no querían violentar la casa de mis padres, y porque sabían de lo metódico de mis horarios. Sus jefes no me querían, se me sinceró, en la presentación de Por Otra Cuba.

Llegamos a un acuerdo razonable, y así ni ellos ni yo daríamos el escándalo que significaría ponerme el consabido jeep frente a mi puerta. Yo di mi palabra de no intentar salir de la aldea, y ellos, que eso de las palabras dadas parecen no valorarlo en mucho, me colocaron una vigilancia discreta desde una o dos casas del barrio. Me permitieron, sin embargo, moverme normalmente por el pueblo, ir a la biblioteca, y hasta ir a hacer jogging por los campos que lo rodean, sin seguirme.

Mas esto de mi detención solo me va a servir para introducir la siguiente reflexión. Para ello  quiero utilizar un particular punto de mi discusión con el oficial; poseedor de tres títulos (ingeniero eléctrico, psicólogo y jurista), e innegablemente un hombre inteligente.

No hace mucho un diplomático extranjero expresó en mi presencia su escepticismo de que en Cuba alguien todavía creyera en el “comunismo”, y no siguiera al gobierno si no por miedo o intereses creados. Como yo acababa de salir casi, de una larga discusión de café con el presidente de la AHS de mi provincia, Idiel García, le riposté que ello era una simplificación de nuestra realidad, que en Cuba, a diferencia de su país del ex campo socialista, el “comunismo” y el nacionalismo habían coincidido, y que había toda una tradición política detrás de esa mezcla, tan fuerte que todavía ocupa el imaginario de muchos cubanos de hoy.

Tras el debate referido, en las oficinas de la Seguridad del Estado de mi municipio, he comprendido que incluso hay más: En un momento determinado el oficial de marras me espetó que yo obligaba a la gente a leerme, solo porque yo llegaba y les daba revistas en que estuvieran mis trabajos (me vino la imagen de mi persona, vestido de sotana dominica, sobretodo nazi o verdeolivo desteñido, obligando a la fuerza a un vecino mío a leerme, y créanme, hasta mi sentimiento de culpa me asomó).

Tal salida reconozco que me desconcertó por un instante. ¿Era verdaderamente inteligente y culto ese tipo enfrente de mí, con quien incluso estaba cogiéndole el gusto a debatir? Sí, me dije. Solo que no era una inteligencia creativa, de esas curiosas y desordenadas que construyen lo nuevo; no era curiosidad lo que la animaba, sino necesidad de orden. Su propia tendencia a una precisión absoluta en el lenguaje, a la ausencia de malabares con los sinónimos, lo demostraba a las claras.

Ahora, tenía delante a una inteligencia criada, educada y hasta amamantada en un orden social específico, muy simplificado y que yo calificaría de premoderno. Para nuestro oficial, como para el hombre del Medioevo, resulta por completo incomprensible que alguien se dedique a pensar de manera independiente a lo que establece la Santa Madre Iglesia, o los niveles correspondientes, y para colmo que se ponga a divulgar lo pensado en cualquier esquina. Para hombres así la verdad solo puede ser una sola, y precisamente esa que le trae a él tranquilidad mental, al ocultarle la realidad de un mundo de complejidad infinita.

En fin que este oficial, como mismo mi señor padre, no es “comunista” ni por miedo, ni por intereses creados, ni por mala persona, sino porque es un hombre de orden; de esos que ante la evidente inestabilidad de un mundo no hecho a nuestras medidas individuales, incapaces de vivir en la inseguridad, al llegar a la adultez necesitan de alguna autoridad superior a ellos. Pero no olvidemos que individuos semejantes también le hacen falta a las sociedades humanas para contrapesar a los creativos, y sus tendencias al desbarajuste. De hecho nuestro hombre resulta uno de esos oficiales que mucho le harán falta a Cuba tras la Transición, para enfrentar a tanta basura desagradable que querrá establecerse aquí, o usar a Cuba como base de operaciones. Pero “protegido” dentro de una institucionalidad y legalidad repúblicanas fuertes, que a la vez el este interesado en servir con celo.

Pero la reflexión que comencé la mañana del jueves, mientras dormitaba a la espera de que me interrogaran, va más allá:

Precisamente uno de mis grandes temores acerca de la posibilidad de la Transición en Cuba, al menos desde abajo, gira alrededor de esa realidad: la cantidad de ciudadanos que por  temperamento se encuentran muy poco inclinadas a los cambios. Cantidad que aumenta cada vez más debido a dos factores. Primero, al envejecimiento de la población, ya que a medida que envejecen los individuos tienden a tener mayores prevenciones con respecto a los mismos, de la clase que sean; segundo, la masiva emigración que en lo fundamental se compone de los individuos más emprendedores y creativos.

Al constatar lo anterior he dado en pensar que el escenario más probable para el futuro de mi país no es el de una posible transición y posterior avance económico, sino el de una nación que primero se despuebla a medida que también empobrece más y más, para luego, tras igualarse con Haití, comenzar a repoblarse por una explosión demográfica relacionada con el enorme retroceso cultural de sus habitantes, al mismo tiempo que la economía alcanza un mínimo y el estado termina por fallar por completo.

La verdad es que esa mañana me convencí de que en el futuro de Cuba hay dos actores claves: Nuestra enorme emigración, y la clase política que tomará por completo el mando tras la retirada de los restos que aún quedan de la Generación del Primer Centenario Martiano. Solo si esa clase política comprende la necesidad de realizar cambios de fondo, y por sobre todo integrar a esa emigración en ellos, nos salvaremos de ese gris futuro.

José Gabriel Barrenechea.

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