El Modelo Martiano


Ante la Cuba de hoy se abren oportunidades como no las ha tenido desde finales del siglo XVIII. En un mundo como el actual, en que en un porciento considerable de lo que se consume, se produce en complejísimas telarañas productivas que engloban a casi todo el planeta, y en que el transporte de mercancías se realiza en megabarcos capaces de llevar de un punto a otro decenas de miles de contenedores, la cercana reapertura del Canal de Panamá, reacondicionado para permitir el paso de aquellos, o la posible, a finales de la década, de uno mayor por Nicaragua, le permitiría a Cuba volver a ser la llave de nuestro Escudo Nacional. Pero ya no solo la llave del Golfo de México, si no de todo el mundo.

¿Seremos, sin embargo, capaces de aprovechar esas oportunidades?

Que sea así en esencia depende de tres actores: nuestra generación; nuestros gobernantes; los americanos en particular, y el mundo en general.

¿Estará nuestra generación a la altura de la de 1792, de los Agustín Caballero, de los Arango y Parreño, de los Tomás Romay…?

Si se mira solo hacia el interior de la Isla parecerá que no: Los cubanos de adentro no nos caracterizamos en general por nuestra iniciativa, y por otra parte, al vivir aislados casi por completo del mundo contemporáneo desconocemos hasta lo más elemental del mismo.

Mas recordemos que si esos cubanos de adentro no demuestran mucha iniciativa se debe en esencia a que el gobierno de la dinastía de los Castro parece haberse impuesto por sobre todo coartarla; y que, por otra parte, hay casi dos millones de cubanos afuera. Dos millones que proporcionalmente a otras emigraciones si conocen y han aprovechado las oportunidades del mundo actual.

En este aspecto, por tanto, debemos ser plenamente optimistas. Lo que ya no puede ser dicho de nuestros actuales gobernantes.

¿Estarán ellos a la altura del

¨José Martí¨, pintura de José Mederos

¨José Martí¨, pintura de José Mederos

, con mucho el mejor de nuestros gobernantes?

Evidentemente, no. En cuanto a la flexibilidad mental, o incluso a inteligencia, dejan mucho que desear. Sus modos de gobierno siguen siendo hoy los del clásico director de finca en lo más recóndito del oriente cubano, y su actual hacia cualquiera que no se les humille, “les rinda”, la del más elemental guapo de barrio nuestro.

Solo se vislumbra en ellos una esperanza: El interés personal de enriquecimiento.

¿Pero serán capaces de entender que ese enriquecimiento depende de cederle importantes parcelas de poder a otros actores? En esencia los actores que pudieran activar la economía, pero más allá del nivel vegetativo, al nivel de las posibilidades desmesuradas que hoy se abren ante Cuba. Y lo más importante: ¿serán capaces de cambiar su actual poder de control absoluto sobre una sociedad precaria, por dicho enriquecimiento, que a la larga les hará perder ese poder?

Por último: ¿Estarán los norteamericanos preparados para una compleja dinámica de cambios en que quienes estén en el poder acepten comenzar a “hacer política”, después de más de medio siglo de haber evitado su ejercicio? ¿No se mostrarán dañinamente suspicaces ante una nueva generación de líderes gubernamentales que en el fondo tendrá muy poco que ver con la que los precedió?

Y lo más importante: ¿Comprenderán que una dinámica de cambios en la Cuba de ahora solo es posible a través del estímulo del interés personal de enriquecimiento, de esa clase política en el poder? Porque cualquier otra solución, a que dudarlo, conduciría a una situación de inestabilidad extrema a solo 90 millas de sus costas.

Lo que también es válido para el primer actor: ¿Nuestra generación, o más bien sus líderes políticos, será capaz de enredar en las poderosas redes del interés personal de enriquecimiento a los nuevos gobernantes que emergerán tras la salida de Raúl Castro del juego, a la manera que lo hizo la de 1792, enredando en sus negocios a El Conde de Santa Clara, o don Luís de las Casas? ¿Serán capaces incluso de aceptar que es ese el único modo viable de hacer próspera a la Isla?

Porque no nos engañemos, las oportunidades no estarán ahí para siempre, ni siquiera por mucho tiempo. Una nueva “revolución” solo conseguiría que simplemente se nos fueran por completo de las manos.

La gran duda es sí como consecuencia del avance del proceso, seremos capaces de extender la soberanía a toda la Nación, manteniendo a su vez el poder de decisión último de nuestros asuntos internos y externos al interior de esa misma comunidad nacional.

La posibilidad de hacerlo así, sin embargo, está en un modelo de política exterior diseñado y puesto a punto a prueba hace más de 100 años. Un modelo que, no obstante, como todos los que se adelantan a su tiempo, resultó inviable entonces: El Modelo Martiano.

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