Política Exterior Cubana en el último medio siglo


La política exterior cubana se ha manifestado de dos maneras claramente discernibles tras 1959. Durante un primer periodo, desde esta fecha hasta que Fidel Castro aprobará públicamente la invasión soviética a Checoslovaquia, ha sido expansiva; de entonces acá, de supervivencia.

Durante el primero, el único que podemos llamar con propiedad revolucionario, la Nación ha intentado darse la posición internacional a la que se siente predestinada por su historia: la de Nación alfa: Descendiente de aquellas generaciones que durante los siglos XVII y XVIII habían vivido en lo que por entonces era la única parte todavía activa de lo que fuera el Imperio Español; de aquellas que, a finales de aquel segundo siglo y la primera mitad del XIX, habían levantado la única economía de plantación establecida por propia iniciativa y con capitales propios de los nativos; o de aquellas otras que poco antes del advenimiento del siglo XX habían derrotado al ejército más numeroso que jamás haya cruzado el Atlántico de este a oeste, y que aun hoy supera la suma total de todos los que hayan realizado igual travesía, la de 1960 se propuso eliminar hasta la más insignificante influencia externa, en lo fundamental norteamericana, sobre las decisiones conscientes o inconscientes del cuerpo social que formaban.

Búsqueda de una independencia a ultranza que, dado que no cabía en la práctica aislar de modo absoluto a la Nación, solo podía alcanzarse disputándole la hegemonía hemisférica a los EE.UU.

Porque es eso lo que en definitiva se ha intentado en los sesentas con la gran ofensiva guerrillera y de apoyo a cualquier forma de subversión en América Latina: Crear un subcontinente a imagen y semejanza de cómo creen los cubanos debe ser Nuestra América.

Y lo hacen, repetimos, por su herencia histórica. Es cierto que la presencia del desproporcionado individuo Fidel Castro ha sido determinante, pero debemos comprender a su vez que un Fidel Castro solo podía darse en una nación con tal herencia histórica. Solo en una nación al sur de los EE.UU., la única con un pasado imperial-marítimo, y con realizaciones militares y económicas dignas de nación alfa, podía darse una generación como la de nuestros padres y abuelos, y un individuo al que solo cabe comparar con los grandes españoles de la conquista. Una generación y un líder que intentaran lo impensable para cualquier otro latinoamericano: arrebatarle a los norteamericanos la hegemonía hemisférica, sino mundial (pero repetimos, es la generación completa lo importante, no el líder).

Mas la aspiración excede con mucho las capacidades de la Nación y sobre todo del suelo o el subsuelo sobre el que se asienta. Tras una década homérica, quienes en definitiva respaldan económicamente el sueño, los soviéticos, dan claros signos de no estar dispuestos a seguir haciéndolo; en primer lugar porque tal sueño va a contrapelo de sus propios planes para el Tercer Mundo. La euforia, por otra parte, termina por agotar los espíritus a la vez que los cuerpos se descubren viviendo en 1971 peor que en 1957.

Ante la élite, y por sobre todo el líder, que se ha hecho poco a poco con el poder absoluto, al haber aceptado seguir a la generación de los sesentas en sus sueños de situar a la Nación dentro del exclusivo grupo de las alfas, se alza entonces la necesidad de solucionar un problema, si es que quieren seguir detentando ese poder absoluto: satisfacer las aspiraciones de mejorías tangibles de la población, lo que solo es posible si los soviéticos no retiran su apoyo; es más, si aceptan llevarlo a escalas superiores. Y como nada quiere más esa élite, por sobre todo Fidel Castro, que seguir en tan privilegiadas posiciones de grandes machos alfas de la manada nacional, se pondrán a la obra.

Así, entre esa aceptación de Fidel Castro del derecho de intervención soviético en el verano de 1968, y su visita de dos meses a la URSS en el otoño de 1972, durante la cual obtiene los increíbles Acuerdos Económico-Financieros de 23 de diciembre por cansancio (al parecer Brezhnev temió se le fuera a quedar por allá, pidiera ciudadanía y luego intentara desplazarlo del poder), se estructurará una nueva política exterior cubana. Una política exterior que aunque destinada a lograr específicamente el aumento del subsidio soviético, imprescindible para contentar a los cuerpos de los seguidores, ya en esencia ha sido pensada lo suficientemente abstracta para poder ser utilizada en cualquier nueva situación: A partir de las navidades de 1972 la Cuba de Fidel reciclará lo que en definitiva había sido el deseo de ser reconocida como igual a los EEUU, en un burdo antiamericanismo, y en un capital. Capital altamente productivo que Fidel Castro sabrá explotar a la perfección y que en esencia consiste en presentarse como el privilegiado aliado de cualquier enemigo de los EEUU dispuesto a subsidiar toda nuestra economía de despilfarro.

Mas tal modelo de política exterior que tan bien funcionaba durante la Guerra Fría, y que le permitirá a la Nación vivir unos años como los ochentas de relativa, y por sobre todo igualitaria prosperidad, ya no lo hará tan bien a partir de 1989, a pesar de los malabares de diplomáticos de Fidel Castro, de las payasadas fuera de lugar de su hermano, cantándole nada menos que canciones maoístas a seguidores de Deng Xioping, o de la afortunada, y bien ayudada por el G-2, aparición de un Hugo Chávez.

Y todo porque tal modelo para ser en definitiva útil requiere que se cumplan un grupo de condiciones: (1) Una superpotencia mundial, pero no en teoría ni a nivel de discurso mediático, sino en lo concreto de su poderío, (2) que tenga absoluta voluntad de dominio más que regional, mundial, y que por tanto este dispuesta, al no sentir mucho interés por insertarse en el actual orden político-económico internacional, a obviar cualquier consideración de racionalidad económica por tal de mantener un molesto enclave de confrontación a menos de 90 millas del actual líder de ese orden mundial, y por último (3), que dicha confrontación, y a pesar de sí misma, se mantenga en el tiempo de manera estable, ya que solo así podríamos sacarle real provecho.

Condiciones que es evidente no se cumplen hoy, ni por lo que parece en un futuro mediato en que China no parece dispuesta a cuestionar el actual orden político-económico-financiero, y en el que una Rusia que decrece demográficamente a niveles catastróficos no da muestras de poder convertirse en algo más de lo que ya es: un suministrador de materias primas o de productos industriales de bajo agregado tecnológico.

Guerrilleros de las FARC disfrutan de las costas de Cuba

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