Obituario de mitad de página, más bien hacia el final

por 51M2S3uLiDL._SL150_José Gabriel Barrenechea.

Hoy en la mañana será enterrado en el cementerio de esta ciudad de Dublín el señor James Joyce. Abnegado padre, eficiente empleado del archivo municipal, católico ejemplar. Desde muy joven, casi niño, se integró al taller literario “Carlos Stewart Parnell”, donde aprendió los rudimentos de la escritura, que desempeñaba en sus ratos libres. Cuentos suyos vieron la luz en la hoja mimeografiada que publica este ayuntamiento, y uno de ellos, el intitulado “Los Vivos”, fue recogido en la antología “Veinte dublineses por llegar”. Sus compañeros de dicho taller lo recordamos por su modestia y espíritu abierto, siempre dispuesto a aprovechar nuestras sugerencias, por más contradictorias que en apariencias pudieran parecer. Al ocurrir su muerte trabajaba en una novela basada en el mito de Ulises, que desgraciadamente y a pesar de nuestra constante ayuda, no pudo concluir. Llegue a cuantos le conocieron nuestro más sentido pésame.

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Inconmensurabilidad de la Gloria, para el sediento de ella

por alejandro_magno_2José Gabriel Barrenechea

Ardía Tiro. Las calles eran torrentes de sangre, que fluían pendiente abajo, camino del mar.

-¡Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz!- le echó en cara a Alejandro un sacerdote de ojos febriles, a la entrada misma del templo de Heracles.

Con un suave pero incontestable gesto de su mano, el joven conquistador detuvo al hoplita que había saltado sobre el anciano. Por un instante se escuchó el goteo de la espesa sangre que caía de la espada, mientras más de uno esperó ver hincarse de rodillas al joven, abatido por la constatación de la nimiedad de sus fines.

Alejandro, impasible, observó los ojos desorbitados y rojos del viejo por algunos instantes y respondió:

-Sí, es cierto anciano, toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Pero es que todo lo demás es infinitamente más pequeño: se reduce a átomos.

Y siguió de largo, hacia el templo. A sus espaldas se escuchaban gritos desgarradores y el crepitar de las llamas.

¿Por qué soy un repugnante gusano? (2).

José Gabriel Barrenechea.

Uno de mis tíos, a quien le doy a leer habitualmente los post’s que escribo, me cuestionó que yo no podía usar lo de mi aprendizaje en la cartilla de lectura de los setentas para destacar cómo, por lo que fuera, había logrado terminar superando una circunstancia que debió guiarme por el camino correcto, de la “carneridad”. Y debo admitir que tiene razón, porque en justicia la presencia desproporcionada en dicha cartilla del Comandante tuvo muy poca posibilidad de influir en mí. El hecho es que yo no aprendí a leer en ella: Ya sabía hacerlo aquel 1º de septiembre de 1977, cuando empecé el primer grado.

No recuerdo a derechas casi nada de mi aprendizaje. Tengo la vaga memoria de mi padre enseñándome a ligar letras en un libro soviético ilustrado con ciervos, y me parece que con conejos y ardillas; o a mi hermano, creo que enseñándome también, pero no atino a definir qué, en una de aquellas hojas de papel cartucho en que todavía se envolvía el pan en la Cuba de mi niñez. También me recuerdo de modo nebuloso en uno de los semestrales viajes familiares a La Habana, asombrando a mis tías, creo, al leer algo (¿un libro, un anuncio?, ¡una de las caricaturas de De la Nuez en Granma!).

El primer libro que recuerdo haber leído de cabo a rabo se llama Cómo salte en Paracaídas, de Boris Nikolski, y siempre pensé que había logrado hacerlo después de los seis años, hasta que indagando un poco en casa, mi viejo me sale con que yo ya me lo sabía de memoria para el mencionado 1º de septiembre del 77. Según él, no obstante, mi primer libro completo fue una edición en cartoné, no recuerda si cubana o soviética, del

mi primer libro completo fue una edición en cartoné del Gato con Botas

mi primer libro completo fue una edición en cartoné del Gato con Botas

; y, siempre según él, me lo leí tras dispararme cuatro veces una versión manga de la historia de dicho gato en el cine de Encrucijada.

Todo esto me lo dice con un brillo de orgullo en los ojos que no puede más que afirmar su veracidad.

Nada, que por la incomunicación que desde la adolescencia solemos mantener con nuestros padres, no sabemos cuántos detalles de nuestras infancias nos perdemos… Llegar a viejo parece tener en definitiva sus alicientes, principalmente cuando los padres de uno todavía están vivos.

Para ser sincero yo si recordaba haber aprendido a leer antes de entrar en le primer grado, pero entre el no saber si alguien más lo recordaba a la altura de mis 42 años, y el haber encajado lo de la cartilla tan bien en mi post anterior, o más bien servirme tan adecuadamente para transmitir la idea que deseaba, preferí hacer cual si en realidad yo hubiera aprendido a leer y escribir en ella como cualquier otro niño de mi generación. Parte modestia (o más bien temor de que me acusaran de no serlo, porque modesto no creo que sea nadie, al menos en esos detalles de nuestras vidas que más nos importan), y parte reticencia de abandonar una idea lograda, a pesar de su inferior veracidad.

Más la verdad es a ratos más fuerte que la coherencia, o para decirlo de una manera menos pretenciosa: Lo que un grupo de personas creen ser la verdad, es a veces (no siempre, sin embargo) más convincente que lo que pueda cocinarse en cualquier cabeza, por más que en ella las letras hayan entrado algo antes de lo común para la generalidad de las cabezas. Y en este caso particular se cumple de maravilla, porque el hecho de que yo ya supiera leer antes de que tocara ponerme delante la cartilla repleta de Comandantes o Fideles, en mayor medida que padres o papás, ayuda a explicar por qué no terminé convertido en un carnero, y si en un gusano.

Un par de sugerencias, por tanto, para esos que por la razón que sea pretenden instaurar regímenes semejantes al cubano: Si van a dejar que sus súbditos aprendan a leer, no permitan, bajo ninguna circunstancia, que lo hagan en otra parte que en las cartillas correctas. Pero como siempre aparecerán esos niños que aprenden antes de tiempo, y que en consecuencia pueden amenazar sus grandes y justicieros proyectos, pues no lo duden: Matarnos por El Supremo Bien Colectivo, El Porvenir Luminoso, o por lo que ustedes crean, es la única solución correcta, camaradas.

¿Por qué soy un repugnante gusano? (1)

José Gabriel Barrenechea.

Creo que fue en el verano de 2009 que el Comandante, en una de sus Divagaciones, ¿o Reflexiones?, no me acuerdo, se preguntó como cierta muchachita (Yoani Sánchez), nacida, criada y educada bajo su providencial régimen, podía haberse pasado al bando de sus enemigos. Como soy del tipo al que le gusta tomar la iniciativa, a partir de ahora me propongo, poco a poco, explicar como fue que no terminé uniéndome al bando de los carneros y sí al de los gusanos (repugnante era una de las más profundas descalificaciones, de las que solía echar mano el Comandante en sus epifanías escatológicas).

“Porque hay que decir que en esta batalla se han demostrado muchas cosas interesantes. Empezaría por decir la increíble participación de la juventud, la combatividad y el fervor de nuestra juventud, porque esta ha sido la primera gran batalla de toda una generación de jóvenes. La masiva participación de las mujeres, cosa notable; pero además, la actitud de los intelectuales, los trabajadores intelectuales, de los periodistas,

El niño que sigo siendo

El niño que sigo siendo

de los escritores, de los artistas, de los técnicos, de los profesionales, de los médicos ¡una actitud magnífica! Hay que decir que han estado en primera línea en esta batalla también los trabajadores intelectuales, ¡y ni que decir tienen los estudiantes!”

Pocos sucesos me han marcado más que aquellas gloriosas jornadas de abril-mayo de 1980, en que según Fidel Castro en su discurso de primero de mayo de 1980, mi generación, aun de pantalones cortos, libró su “primera gran batalla”. Si José Gabriel Barrenechea, niño bueno, correcto y aplicado como pocos, nunca entró en la UJC, se lo debe más que nada a la demostración que ante “el niño aquel” desplegó por aquellos días la… Revolución.

Como todos los niños de mi generación se me había enseñado a leer y a escribir en aquella cartilla en que las referencias al Comandante eran más abundantes que a padre, papi o papá, y solo cedían ante mamá, madre o mami, aunque no por mucho. Cuatro años antes había vivido estremecido aquel mediodía en que todos los mayores de mi barrio, incluida la gusana de mi abuela Juana Cápiro, lloraron de impotencia porque los señores Orlando Boch y Posada Carriles habían decidido que la mejor manera de tumbar al Comandante era reventar en pleno vuelo un DC de Cubana… que total, solo llevaba “cuatro negritas” adentro.

Con semejante bagaje no sería de extrañar que yo hubiera seguido el “camino correcto. Mas al parecer Babalú Ayé, agente encubierto de la CIA, no tenía esos planes para mí.

Que la UJC y gritar “Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea”, en público y sin sonrojarme, no me estaban destinados por los caracoles, me lo demuestra lo oportuno de algunos sucesos, que en mi historia personal antecedieron casi inmediatamente a las ya referidas gloriosas jornadas: En los finales de marzo de ese año 1980, gracias a un regalo de mi papá, leí de un tirón El Tulipán Negro, novela en que Dumas padre narra el asesinato de los hermanos Jan y Cornelio de Witt por una multitud “heroica y viril” de seguidores del Estatúder (especie de Comandante en Jefe de los holandeses de mediados del siglo XVII) Guillermo.

En alguna de sus diarias crónicas para El Nacional de Caracas, Alejo Carpentier menciona lo influyentes que suelen ser las primeras lecturas a los ocho o nueve años, su peso cien veces más importante en nuestra formación que obras incluso más serias, pero leídas más tarde, aun a esa edad todavía maleable que es la adolescencia. A lo que yo añado que si hechos muy semejantes a los descritos y juzgados por el autor (siempre se juzga en la obra literaria, incluso si su autor es un Alain Robbe-Grillet), tuvieran el mal tino de coincidir con esa lectura, pueden dar al traste con años de paciente labor de fregado mental.

Así, debido a la coincidencia temporal entre mi lectura de El Tulipán Negro y el comienzo de la crisis del Mariel, han quedado inextricablemente mezcladas en mi imaginación las imágenes de las turbas que esperaban en la plaza de la cárcel de La Haya, para subir a matar a los hermanos republicanos a instigación del Estatúder, y la de los que le hacían un acto de repudio a una vecina de un tío mío, a instigación del Comandante. Pero también la de mi hermano, a quien recuerdo llorar avergonzado por no haber conseguido a interrumpir las humillaciones de que fue objeto una vieja maestra de mi pueblo, Delfa, que se marchaba del país, y la del capitán de la compañía de mosqueteros que evitaba que la chusma holandesa demostrara su combatividad y fidelidad a toda prueba (¿o sería mejor decir guillermidad a toda prueba?). Dos veces he vuelto a releer esa novela después y es siempre el rostro de mi hermano el del capitán.

Y por cierto, aclaro que la vecina de mi tío, ni nadie en su casa tenía, o ha tenido intenciones, alguna vez, de traicionar a la Patria y al Dueño Indiscutible de la misma. Solo que en aquellos días de mi infancia, que tan bien recuerdo, se le podía caer a huevazos y hasta a pedradas a cualquiera por el más nebuloso rumor.

Homenaje tardío al… ¿último cosmopolita santaclareño?

José Gabriel Barrenechea.

A varios motivos culpo de mi actual posición política: A mis incómodos ancestros, a las heroicas jornadas de mayo de 1980 que me toco vivir con solo 8 años, a que cuando era un “recomendado” a la UJC me propusieran, para redimirme de mis continuas inasistencias a reuniones y trabajos voluntarios, nada menos que robarme un tablero de baloncesto del trabajo de mi hermano, al haber leído, a mis diecinueve años, la novela El año 200, de

Agustín de Rojas, y otro de los grandes de nuestra Santa Clara, Arístides Vega Chapú

Agustín de Rojas, y otro de los grandes de nuestra Santa Clara, Arístides Vega Chapú

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No era una gran novela, a la verdad, a semejanza de los clásicos La Guerra y la Paz, o El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha que me había impuesto leer en el pre, pero que sin embargo había demorado semanas leyendo. El año 200, con su medio millar de páginas, me la devoré en poco más de treinta y seis horas. La razón resultaba simple: Aquella novela escrita por un señor, con quien de seguro me había cruzado más de una vez en mis frecuentes andanzas santaclareñas, me hablaba de algo que yo “presentía”.

Para entonces la Glasnost, a través de Tiempos Nuevos y Sputnik, me había dejado todo un revoltijo de ideas no muy claras en la cabeza, que se concretaban en mis ensayos de clase en exaltadas arengas a la libertad, muy parecidas, por cierto, a las de cualquier adolescente francés sobre una barricada en el viejo París de 1848: o sea, puro pujo trascendentalista, difusa inconformidad generacional que no lograba subir más allá de la dirección de mi escuela, o del presidente de mi CDR. Por ejemplo, el stalinismo era solo un mal soviético, para nada nuestro… Sin embargo, tras la lectura de la historia de un líder político que se eterniza en el poder, mediante el procedimiento de inocular en el cerebro de los personajes clave de la futura sociedad comunista sus nemoproteínas, que Agustín convierte en los depósitos materiales de la memoria, o más bien del  alma, vi claro: El problema de Cuba no era otro que la eternización de Fidel Castro en el poder, y con él de las zonas más retrógradas y rurales de mi nación.

Veintitrés años después de aquella maratónica lectura de fin de semana Cuba continúa igual que entonces, o peor, bajo un régimen que, tras perder a su mecenas soviético, solo atina a cambiar la anterior promesa de convertir al país en uno de hombres de ciencia, por otro de carretoneros, vendedores de croquetas y guataqueadores de yuca. Por eso se nos murió Agustín, no porque se lo propusiera conscientemente en una huelga de hambre, como algunos irrespetuosamente pretendieron, sino porque simplemente el ambiente de su novela, aquel aplomamiento de una sociedad asfixiada por una única voluntad omnipresente, se le había escapado de la ficción, donde la había novelado con tanto tino, para enmustiarle finalmente toda su vida.

Agustín, el único cosmopolita que habitaba en Santa Clara, dejó inédita la última de sus ficciones, aquella que siempre estaba reelaborando y que le servía para explicar los últimos sesenta años de historia nacional: Batista y su gente eran unos aliens que se habían adueñado de Cuba en 1952, y que a partir de 1953 habían armado una conspiración para perpetuarse en el poder como Fidel Castro y sus seguidores. No era algo fijo, a la verdad. Hoy podía disertar de cómo el general Batista (¿Fidel, Raúl?), se había quitado de en medio al coronel Blanco Rico (¿Carlos Lage?), y mañana ese mismo Lage era nada menos que Otto Meruelos, a quien el hermano menor del General, Panchín Batista (sí, Raúl Castro) le había cobrado sus cuestionamientos en la “Mesa Redonda”.

Conversé por última vez con él el 25 de julio del 2011. En su brazo, el brazalete luctuoso que siempre lucía en esas fechas: como todos en Santa Clara sabemos. Si se le evitaba el tema de la conspiración, que constantemente  tejía y destejía su potente imaginación, se podía obtener de él desde una coherente conferencia sobre literatura medieval inglesa, una bien informada explicación sobre la física de la fusión nuclear, o, si en confianza se le apretaba bastante (no era nada dado a los chismorreos del medio literario) hasta una desprejuiciada caracterización de la fauna literaria de su ciudad, de los que nunca se segregó por su natural apacible, pero a los que les conocía a la perfección las limitaciones, por sobre todo culturales: Para él se leían demasiado los unos a los otros sin ir nunca más allá del límite que traza de la brevísima biblioteca del pilongo escribidor que les legara Samuel Feijoo (un guajirito que, para él, no había encontrado otra manera de exorcizar los complejos de su condición rural que sublimando sus limitaciones, y que luego, ya camajaneado, había sabido sacar muy buen provecho de sus orígenes “humildes” durante las primeras décadas de Revolución).

Agustín, y eso lo afirmaba sin rubores, sabía que algunos de ellos lo superaban en la forma, en los conocimientos de Narratología, lecturas de Barthes u otras monsergas semejantes, pero a su vez estaba claro de que en cuanto a algo que decir ninguno le llegaba ni a las suelas de sus gastados zapatos.

A propósito de que yo esperaba a una muchacha me contó, esas vísperas de veintiséis, de sus amoríos con su esposa en las residencias universitarias de la Habana de finales de los sesentas y principios de los setentas; de cómo había estado, “mi hermano”, once meses dándole los buenos días, sin que ella se dignara a devolverle el saludo.

Escritor probo a carta cabal, murió como tenía que morir, muy pobre. En buena medida su locura se debía a esas noches de principios de los noventas, sin mucho o casi nada en el estómago y sin embargo empeñado en obras de tan altos vuelos como su ensayo Catársis y Sociedad, o su novela El publicano. Por el contrario, nunca se le vio perseguir los prebendajes con que el gobierno mantiene a sus mesnadas literarias. Uno de sus miembros, a quien hace mucho se le agotó su limitadísima veta literaria (si es que en realidad en algún momento la tuvo), pero que no obstante se ha vuelto un maestro en el arte de hacer equilibrios sobre la cerca, y por sobre todo en el de dar perretas, mas no por el bien de su país sino para sacar tajadas, en la forma de casas, viajes, publicaciones, talleres pagados… sostenía no hace tanto que era así porque estaba loco. La realidad, sin embargo, era otra, se había vuelto loco por su denodado esfuerzo de mantenerse puro en semejante ambiente.

Con la muerte de Agustín Santa Clara ha retrocedido momentáneamente al provincianismo, del que aun solo con su estampa de viejo patricio deambulando sobre el adoquinado la mantenía convenientemente protegida. Por fortuna, no obstante, entre las nuevas promociones parece agitarse vida…

Carta aberta à esquerda brasileira

Agradezco al amigo pastor Mario Félix Lleonart por las gestiones hechas para divulgar una carta que dirigí a la izquierda brasileña; y a  la Asociación Nacional de Juristas Evangélicos en Brasil por hacerse eco de ello con la publicación de esta en: anajure.org.br/anajure-divulga-carta-de-intelectual-cubano-enviada-para-a-esquerda-brasileira/ . Gracias al pastor por no olvidar a sus amigos en la isla que vivimos en los pasados días una ola represiva, homenaje del régimen al Día Internacional de los Derechos Humanos, como parte de la cual fui detenido la pasada semana, y privado de mi documento de identidad se me amenazó con encausarme por desacato si aún sin identidad osaba trasladarme hasta La Habana para participar de un evento sobre Derechos Humanos anunciado por el proyecto alternativo Estado de Sats. Al publicar este post sigo retenido. No se me ha devuelto el carnet de identidad, lo que no puede significar otra cosa que sigo sin poder dejar el pueblo (o sea, amenazado de ser sometido a un proceso por desacato, y es evidente que se mantiene la vigilancia sobre mí. Han reeinventado el destierro al interior del país. Ya yo estaba en la Siberia, razonaron, que más nos cuesta dejarlo allí. Especialmente gracias a Mario porque él mismo contribuyó a la divulgación de mi carta justo cuando también era objeto de ataque por personeros al servicio del régimen en las dos orillas como: http://progresoweekly.us/20131127-ngos-religion-subversion/ …  o http://islamiacu.blogspot.com/2013/12/el-past . Como sería una incongruencia que se divulgue por diversos sitios del mundo y no esté en mi propio blog acá la tienen en mi Hidalgo, como una reacción más a toda la represión que vivimos en la isla por estos días, en portugués y en español

Logo de la Asociación Nacional de Juristas Evangélicos de Brasil

Logo de la Asociación Nacional de Juristas Evangélicos de Brasil

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Las obras en el Mariel donde Brasil invierte

Las obras en el Mariel donde Brasil invierte

Carta aberta à esquerda brasileira.

Segundo sua visão do presente, pela primeira vez em 200 anos nossos povos se encaminham em direção a uma efetiva união que transcenda o econômico e chegue até o político. Portanto, se vocês são consequentes de seu discurso, se faz impostergável que definam com absoluta clareza quais são essas formas políticas sobre as quais desejam traçar nossa futura, e hipotética, unidade.

Soberania nas mãos de elites que se fossilizam ao grupo do Estado, a nome, e até na sincera crença de defender dessa maneira os interesses do povo, ou verdadeira soberania popular…? Eis aí o dilema que enfrentam aqueles que o presente tenta unir à América Latina como uma entidade supranacional; supostamente imprescindível à existência de nossos povos neste novo século.

Neste sentido, se é que de modo sincero vocês optaram pela segunda opção (soberania popular), deve ser evidente que admitir de modo incondicional nos mecanismos e instituições integradores uma Cuba que persiste com obstinação na primeira (soberania nas mãos de elites), não pode ser mais que um contraditório e caro erro.

Tal concessão, mais além das ingentes e irreconciliáveis incongruências que traria em longo prazo a existência dentro do mesmo organismo supranacional de Estados baseados em antagônicas concepções da soberania, de imediato gerará, como já ocorre, um claro sentimento de suspicácia na cidadania ante o discurso das forças políticas que apoiaram dita concessão. É lógico que de forças políticas que se prestam a tal, a cidadania suspeite que por trás de suas propostas não se mascare mais que o desejo de implantar sub-repticiamente um modelo político similar ao cubano. Suspicácia que corrói hoje em dia a popularidade de outras esquerdas latino-americanas, e que corroerá, há que duvidá-lo, também a de vocês.

E é com base no interesse de vocês de que tal não suceda, e ao nosso particular, de aproveitar dito interesse por sua vez para transformar um sistema político que nos impede de influenciar sobre nossos governantes com ideias que difiram das admitidas por eles (a não ser por vias tão indiretas como a presente), que lhes peço condicionem qualquer avanço de Cuba no caminho da integração a que:

Nela a soberania deixe de estar teoricamente nas mãos dessa teleologia na qual alguns  terminaram convertendo o pensamento de Carl Marx, e na realidade nas de uma elite política octogenária, que a exerce graças à persistência de um sistema eleitoral que por seu formato se anula a si mesmo sempre que a iniciativa proceda de outro lugar social que não seja a mencionada elite, para passar em troca às do povo, que deverá exercê-lo mediante um sistema político não necessariamente pluripartidarista, mas que se deverá garantir que os distintos grupos de pensamento, que de forma invariável surgem em qualquer sociedade, possam reconhecer-se, associar-se e auto organizar-se na defesa de suas mais amplas posições, em um meio que permita o debate respeitoso e efetivo.

Ou seja, que como se vê, o que desejamos não é que vocês nos ajudem a impor desde o exterior uma mudança de regime político, ou não de propriedade, à sociedade cubana, senão que nos ajudem a colocar ao alcance da mesma os mecanismos político-participativos que lhe garantam o poder de fazê-lo, se é que o crera conveniente ou até necessário.

Por último esclareço, ante as seguras tergiversações, que como cubano partidário da Doutrina Grau, que proíbe de modo enfático o uso de sanções econômicas como meio de pressão política, não estou pedindo de vocês o estabelecimento de um segundo bloqueio a Cuba, agora a partir do Gigante do Sul, senão que condicionem qualquer novo avanço de Cuba nos mecanismos de integração, seja econômico ou político, a seu avanço na direção do sistema político baseado na real soberania popular. A que em definitivo se supõe aspiramos todos em uma futura América Latina unida; ou não?

Respeitosamente,
José Gabriel Barrenechea.

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Versão Original:

Carta abierta a la izquierda brasilera.

Según su visión del presente, por primera vez en 200 años nuestros pueblos se encaminan hacia una efectiva unión que trascienda lo económico y llegue hasta lo político. Por lo tanto, si son ustedes consecuentes con su discurso, se hace impostergable que definan con absoluta claridad cuáles son esas formas políticas sobre las que desean trenzar nuestra futura, e hipotética, unidad.

¿Soberanía en manos de elites que se fosilizan al timón del estado a nombre, y hasta en la sincera creencia de defender de esa manera los intereses del pueblo, o verdadera soberanía popular…? He ahí el dilema a que se enfrentan quienes al presente intentan unir a la América Latina como una entidad supranacional; supuestamente imprescindible a la existencia de nuestros pueblos en este nuevo siglo.

En este sentido, si es que de modo sincero han optado ustedes por la segunda opción (soberanía popular), les debe de ser evidente que admitir de modo incondicional en los mecanismos e instituciones integradores a una Cuba que persiste con obstinación en la primera (soberanía en manos de élites), no puede ser más que un contraproducente y costoso error.

Tal concesión, más allá de las ingentes e irreconciliables incongruencias que traería en el largo plazo la existencia dentro del mismo organismo supranacional de estados basados en antagónicas concepciones de la soberanía, en lo inmediato generará, como ya ocurre, un claro sentimiento de suspicacia en la ciudadanía hacia el discurso de las fuerzas políticas que apoyaran dicha concesión. Es lógico que de fuerzas políticas que se prestan a tal, la ciudadanía sospeche que tras sus propuestas no se enmascare más que el deseo de implantar subrepticiamente un modelo político similar al cubano. Suspicacia que corroe hoy día la popularidad de otras izquierdas latinoamericanas, y que corroerá, a que dudarlo, también la de ustedes.

Y es en base al interés de ustedes de que tal no suceda, y al nuestro particular, de aprovechar dicho interés  a su vez para transformar un sistema político que nos impide influir sobre nuestros gobernantes con ideas que difieran de las admitidas por ellos (a no ser por vías tan indirectas como la presente), que les pido condicionen cualquier avance de Cuba en el camino de la integración a que:

En ella la soberanía deje de estar teóricamente en manos de esa teleología en que algunos han terminado convirtiendo el pensamiento de Carlos Marx, y en la realidad en las de una elite política octogenaria, que la ejerce gracias a la persistencia de un sistema electoral que por su diseño se anula a sí mismo siempre que la iniciativa proceda de otro lugar social que no sea la mencionada elite, para pasar en cambio a las del pueblo, que deberá ejercerlo mediante un sistema político no necesariamente pluripartidista, pero que si deberá garantizar que los distintos grupos de pensamiento que de forma invariable surgen en cualquier sociedad puedan reconocerse, asociarse y autoorganizarse en la defensa de sus más amplias posiciones, en un medio que permita el debate respetuoso y efectivo.

O sea, que como se ve lo que deseamos no es que ustedes nos ayuden a imponer desde el exterior un cambio de régimen político, o en el de propiedad, a la sociedad cubana, sino que nos ayuden a poner al alcance de la misma los mecanismo político-participativos que le garanticen el poder de hacerlo si es que lo creyera conveniente o aun necesario.

Por último aclaro, ante las seguras tergiversaciones, que como cubano partidario de la Doctrina Grau, que prohíbe de modo enfático el uso de sanciones económicas como medio de presión política, no estoy pidiendo de ustedes el establecimiento de un segundo bloqueo a Cuba, ahora desde el Gigante del Sur, sino que condicionen cualquier nuevo adelanto de Cuba en los mecanismos de integración, ya sea económico o político, a su avance en la dirección del sistema político basado en la real soberanía popular. A que en definitiva se supone aspiramos todos en una futura Latinoamérica unida; ¿o no?
Respetuosamente de ustedes,
José Gabriel Barrenechea.

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Psicosociología de las policías secretas

arrestos-violentos-en-cubaJosé Gabriel Barrenechea.

Las que siguen son solo algunas divagaciones sobre este asunto, que no pretenden para nada convertirse en un conjunto de razones coherente. Al menos aquí y ahora.

Lo primero que debe tenerse muy en cuenta es que ninguna institución que realice actividades de inteligencia puede darse el lujo de ser racional cien por cien. Si lo fuera sería predecible, y por tanto quienes interactúan con dichas instituciones podrían tener un margen de seguridad en cuanto al resultado de las decisiones tomadas en su relación con ellas. Bastaría tener un nivel de conocimiento de las circunstancia en que ambas están inmersas comparable al que posee la institución con la que se interactúa, sobreentendido que ya se conocen sus intereses y fines, para que así ocurriera.

Por su propio buen funcionamiento toda institución semejante está obligada a no actuar de modo totalmente racional, y por tanto predecible; a dejar sus decisiones en las manos de lo intuitivo, en las “epifanías” o en sus impulsos más primarios no sometidos al cálculo inteligible.

Pero como las relaciones intersubjetivas realmente fructíferas solo alcanzan a darse cuando ambos interlocutores pueden tener seguridades en cuanto al resultado de sus elecciones personales, lo que solo puede ocurrir en la interacción racional, pues se sobreentiende lo imposible que resulta obtener algo de tratar con una institución de seguridad, o lo que es lo mismo: con un interlocutor necesariamente irracional.

Lo dicho hasta ahora se cumple para todas las instituciones que realizan actividades de inteligencia, sin embargo ese carácter irracional se acentúa en las suscritas a regímenes semejantes al cubano.

Lo primero que debemos entender es que en un régimen como el nuestro una institución tal es solo una herramienta en las manos del poder (al menos para lo panorámico). O sea, que a su carácter irracional se adiciona, para inutilizarla para el diálogo, su casi absoluta falta de poder de decisión (salvo para los detalles, y a ratos ni para eso).

Porque mientras en un país como los EE.UU. la CIA, al aprovecharse de los muchos polos de poder a que da lugar el pluralismo del capitalismo democrático, puede maniobrar entre ellos para alcanzar a tener alguno propio, o aun el desproporcionado que llegó a conseguir en ciertas épocas, en un régimen como el cubano, con una absoluta, total organización vertical, tal empoderamiento resulta imposible.

Esta realidad es aun visible al comparar dos totalitarismos: el alemán y el soviético.

El hecho de que en el primero la verticalidad no sea total ni mucho menos ha permitido que la Gestapo y las SS, poco a poco, se conviertan en un poder casi comparable al carismático del Führer, mientras en el segundo no. Así en una URSS para nada plural, Stalin se deshacía de las cabezas del NKVD con asombrosa facilidad (Yagoda, Yézhov), pero Hitler muy difícilmente habría podido hacer lo mismo con Himmler, en una Alemania donde se conservaban grandes áreas de pluralismo anejo al capitalismo democrático, e incluso a la pervivencia de una poderosa nobleza terrateniente-militar.

Hasta ahora hemos hablado del poder de decisión sobre el panorama, y podría, en consecuencia, pensar cualquiera que en cuanto a los detalles, en el caso de las instituciones de que tratamos, cubanas, solo habría el primer, y más general motivo para la irracionalidad. Mas no es así. En un régimen como el cubano, que ha durado ya más de medio siglo, existe otra razón para el desprecio por lo racional de las instituciones referidas: el ya largo monopolio sobre la violencia que han ejercido las mismas.

Es muy difícil que alguien embestido de semejante dádiva se muestre dispuesto a dialogar, a transar. En la casi absoluta mayoría de los casos hacerlo sería visto por quienes tal hicieran como una cobardía propia. Lo contrario solo se da en individuos excepcionales, a quienes su misma excepcionalidad priva de ser admitidos en instituciones basadas en la más estricta confidencialidad.

El monopolio sobre la violencia, su intocabilidad para una legalidad solo de apariencias (ud solo puede dirigir quejas en Cuba contra el MININT, ¡ante el mismo MININT!; el derecho administrativo de dicha institución, sus reglamentos en esencia, que nunca ha aparecido en la Gaceta, de hecho tiene preponderancia sobre la misma Constitución- y si no lo cree siga mi historia), les hace parecer a los integrantes de las instituciones referidas que la negociación o el consensuamiento no son más que una absoluta pérdida de tiempo. Semejante actitud solo queda reservada para seriales de televisión que de lo único que pueden enorgullecerse es de la infaltable musicalización por José María Vitier, o para cuando crean necesario y posible enredar en las redes propias, o del adversario.

Así, agentes como el señor Capote resultan reclutados gracias a la combinación (no hábil, sino procedimental a la manera de un cirujano) de presiones irracionales, e irracionalmente activadas, y de trampas tales como las grabaciones subrepticias, las fotografías en compañía de miembros que regalan botellitas de vino…

En este caso suelen aprovechar (1) la real voluntad de diálogo de quienes no entienden todavía que este no es, ni puede ser, un interlocutor fructífero, (2) la intención de algunos de “cuidarse las espaldas” mientras tratan de llevar adelante un juego de “alta inteligencia”. Es bueno, no obstante, aclararle a los últimos que tal juego es imposible, ya que desde el mismo momento en que usted se entrega, sin reservas y sin protecciones materiales (sin constancia material de su parte de lo ocurrido), en manos de instituciones como las aquí puestas bajo análisis, basado tan solo en una superior inteligencia que lo dota de una superior capacidad de predecir, ha perdido irremisiblemente.

Porque repito, tales instituciones no son ni racionales ni predecibles, y en el caso de las que sufrimos bajo regímenes como el cubano todo su juego se basa no en la inteligencia, sino en lograr espacios en que el monopolio sobre la violencia les de una casi absoluta ventaja.

A los primeros advertirles también lo referido a las protecciones, pero por sobre todo que aunque siempre se debe mantener hacia cualquier interlocutor la presentación de nuestras ideas, es inviable creer en la buena fe de un integrante de estas instituciones.