Los oscuros caminos de la búsqueda de la Igualdad


¿Qué diferencia a las izquierdas de las derechas políticas? ¿La búsqueda de la igualdad acaso?

No ciertamente.

Ya el primero de los izquierdistas, Rousseau, había advertido que para el logro de la igualdad, en una sociedad humana en que los hombres no nacen igualmente dotados, es imprescindible la subordinación de dicha sociedad a una autoridad omnipotente, capaz de elevar o recortar. ¿Y no es precisamente ese espíritu paternalista, aristocrático, el que ha caracterizado a las peores derechas desde Platón, pasando por el príncipe Bismark, hasta la fecha?

Sin embargo esta evidente antinomia (igualdad solo posible dividiendo a la sociedad en dos polos infinitamente desiguales: autoridad omnipotente e inalcanzable de un lado y el igualable resto del otro) no consiguió desvelar a las izquierdas durante buena parte del siglo XIX, ocupadas como estaban en lograr lo que creían que de modo necesario debería haber dado paso a la sociedad igualitaria: la soberanía popular y la igualdad jurídica ante la ley.

Conseguidas aquellas, ante la realidad de que no han traído como por ensalmo la igualdad, ni el soñado paraíso sobre la tierra, la izquierda asumirá dos actitudes: La de quienes prefieren rebajar sus aspiraciones igualitarias a un nivel más terrenal, al que permite la igualdad civil y jurídica, sobre todo por miedo a esa autoridad omnipotente que conlleva el establecimiento de una igualdad absoluta, y la común a los que o no perciben la antinomia por su simplicidad mental, y por tanto no temen a lo que no pueden ni tan siquiera sospechar, o por el contrario, a quienes advierten las desmesuradas oportunidades que para los advenedizos con ansias de poder puede significar el deshacerse de la soberanía popular en la búsqueda de una igualdad perfecta.

Tras el gran parte aguas de 1917 los primeros pasaran a ser denominados como centristas, mientras que solo los segundos acapararán el título de izquierdistas.

Es bueno aclarar que ya en las postrimerías del siglo XVIII se habían puesto de manifiesto las consecuencias de una autoridad pensada para imponer la igualdad: durante el Terror francés de 1793-94. Pero con todo, no debe perderse de vista que el Comité de Salud Pública nunca habrá dejado de verse como otra cosa que como una institución republicana, elegible y por tanto sometida al imperio de la voluntad mayoritaria.

Las tenebrosas potencialidades de esa autoridad necesaria para imponer la igualdad no se concretarán, sin embargo, hasta que un siglo después otra izquierda, la de V. I. Lenin y su partido bolchevique, se haga con el poder por un periodo de tiempo suficiente. Potencialidades que no serán otras que la de retrotraer a la sociedad al mismo estadio en que por primera vez se había pensado la necesidad de semejante autoridad en la particular cabeza de Juan Jacobo Rousseau: el Ancien Régime, o la sociedad premoderna.

¿Pero por qué?

Dos razones llevan a ello: Primera y no generalizable, Lenin y su partido se han hecho del poder sin el apoyo de la mayoritaria voluntad popular, como lo demuestra la integración de la Asamblea Constituyente por la que han estado clamando durante meses desde la oposición, y que sin embargo se ven obligados a disolver unos días después de hacerse con el poder en Petrogrado y Moscú. Si ocupan el poder es más bien gracias al apoyo del enorme ejército de campesinos que el estado zarista ha levantado para enfrentar a los imperios centrales, ya que son los bolcheviques la única fuerza política que admite sin más desmovilizarlo, al sacar como sea a Rusia de la Guerra.

O sea, por la misma naturaleza de su asunción del poder no pueden de ningún modo invocar la soberanía popular, ya que a la larga significaría no otra cosa que cederlo.

Segundo, Lenin y su partido son seguidores menores de Marx, y este gigante, por desgracia, no ha conseguido librar a su filosofía de la praxis de la dañina contaminación con la verborrea oracular hegeliana.

Carlos Marx, una de las cumbres innegables del pensamiento humano, no ha logrado deprenderse del ambiente “filosófico” imperante en la sociedad alemana de su juventud, pero por sobre todo no ha querido hacerlo porque en el fondo es por sobre todo un fanático del progreso de la humanidad.  Sí a pesar de su innegable espíritu praxicista sucumbe al embrujo teleológico hegeliano, se debe más que nada al carácter expeditivo que este le confiere al progreso, al colocarlo en el centro y como motor de las cosas.

Preocupado por establecer al progreso humano dentro de la categoría de lo inexorable, transa con la visión que lo ubica no como el resultado de la voluntad de los seres humanos que consensuan sus decisiones en colectividades, la mayor parte de las veces de manera inconsciente (como en el mercado), sino como fuerza elemental primigenia que lo conduce todo por un camino preestablecido por la unidad y lucha de contrarios (yin y yang) que lo informan todo. Mas no debemos perder de vista que lo hace a regañadientes, porque en definitiva si lo hace es nada más que debido a que la constatación de un pretendido progreso humano es todavía muy reciente, y en consecuencia precaria, para los hombres de su tiempo.

Se combinan así en su filosofía, en lo fundamental la política, las causas suprahumanas “dialécticas”, con la voluntad de los individuos sometida a consensuación, consciente o inconsciente, y esto en las combinaciones más variadas. Por ejemplo, para él el socialismo, esa sociedad que surgirá tras la revolución proletaria y que él no se atreve nunca a predecir mediante las mágicas artes de la dialéctica, porque no lo cree posible, será el resultado de los consensos alcanzados democrática y parlamentariamente al interior de la clase obrera que se ha hecho del poder; pero a su vez no olvidemos que para Marx tal cosa es posible solo como consecuencia de esa misma dialéctica, ya que son sus leyes las causantes de que la sociedad capitalista habría de quedar reducida en un final a una absoluta mayoría de obreros y a una ínfima minoría de burgueses, funcionarios públicos, y por sobre todo de lumpen proletarios.

O sea, que aun a pesar de aceptar la interpretación hegeliana de la libertad como conocimiento de la necesidad, para crear el escenario de la revolución democrática al menos al interior de la clase proletaria, Marx es sin embargo capaz de admitir que los individuos, en este caso los obreros, son capaces de conocer y de consensuar hacer lo correcto: Construir unas nuevas sociedades, el socialismo y luego el comunismo. Es más, que solo ellos son capaces de hacerlo, porque solo ellos sienten la necesidad.

Pero si para Marx la dialéctica no es una teleología que pueda pasar de la predicción de lo más general hasta el nivel de lo singular-concreto, y en realidad solo le sirve para asegurarse en lo teórico de que el progreso sea inexorable en un tiempo en que todavía los hombres mueren en sociedades muy semejantes a en las que habían nacido, el primero de sus continuadores que logra hacerse con el poder en alguna parte levanta en cambio toda una, y valga la en apariencias contradictoria expresión, metafísica dialéctica. Para este la libertad no será otra cosa que aceptación de la inexorabilidad, y por lo tanto, no libertad.

Vladimir Ilich Lenin, de tal modo imbuido en la dialéctica que lo lleva a que el peor de sus juicios desvalorizadores sea nada menos que el de: “no domina bien la dialéctica”, no puede aceptar que ni el conocimiento de la necesidad de la transformación revolucionaria nazca así como así en la cabeza de los obreros individuales, y mucho menos que luego sean capaces de construir la nueva sociedad mediante la consensuación democrática al interior de su clase, ya en el poder. A fin de cuentas el obrero común no domina esa dialéctica metafísica que él y Engels han elaborado a base de ayuntar leyes y espirales. Se requiere más bien de una minoría instruida en su uso, de uno ingenieros del cambio utópico: el partido, que no tardan en convertirse más bien en sacerdotes.

La sociedad leniniana quedará por tanto organizada sobre presupuestos semejantes, y de la misma manera que la sociedad medieval. Si recordamos aquella se estructuraba en tres estamentos: El superior o eclesial, compuesto por quienes han sido dotados con la gracia de conocer el destino que Dios le tiene señalado a la humanidad y la conducen salva hacia ese fin; el militar, o quienes protegen a la sociedad de otras sociedades y mantienen el orden al interior de la propia; y la sociedad propiamente dicha, la masa o el rebaño, en aquella analogía que también designaba a los primeros como los pastores y a los segundos con los perros guardianes. Por su parte la sociedad soviética tendrá en su cúspide al partido, los que gracias a su conocimiento de la dialéctica conocen el destino que a la humanidad le deparan las leyes de esta, más abajo, y ocupándose de evitar las desviaciones, la seguridad del estado, y por último el pueblo o quienes han aceptado buena y mansamente que se los conduzca hacia lo que los primeros pretenden es lo mejor para ellos.

Pero no perdamos de vista que estas son solo las causas efectivas de la transformación de un poder de izquierdas específico en poder omnipotente e incontrastable. Toda izquierda, o lo que es lo mismo, toda fuerza empeñada en el establecimiento de una sociedad igualitarista, necesariamente deberá construir una sociedad semejante a la medieval, en que exista al menos una institución omnipotente e incontrastable encargada de imponer la igualdad constantemente.

En fin, una sociedad, que como la descrita por Platón hace 2500 años, necesite de una aristocracia que cuide de ella: En la

Donde estuvo estatua de Lenin derribada en Ucrania este año

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las burocracias estatales partidistas; en Cuba Fidel Castro y sus guerreros.

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