Psicosociología de las policías secretas


arrestos-violentos-en-cubaJosé Gabriel Barrenechea.

Las que siguen son solo algunas divagaciones sobre este asunto, que no pretenden para nada convertirse en un conjunto de razones coherente. Al menos aquí y ahora.

Lo primero que debe tenerse muy en cuenta es que ninguna institución que realice actividades de inteligencia puede darse el lujo de ser racional cien por cien. Si lo fuera sería predecible, y por tanto quienes interactúan con dichas instituciones podrían tener un margen de seguridad en cuanto al resultado de las decisiones tomadas en su relación con ellas. Bastaría tener un nivel de conocimiento de las circunstancia en que ambas están inmersas comparable al que posee la institución con la que se interactúa, sobreentendido que ya se conocen sus intereses y fines, para que así ocurriera.

Por su propio buen funcionamiento toda institución semejante está obligada a no actuar de modo totalmente racional, y por tanto predecible; a dejar sus decisiones en las manos de lo intuitivo, en las “epifanías” o en sus impulsos más primarios no sometidos al cálculo inteligible.

Pero como las relaciones intersubjetivas realmente fructíferas solo alcanzan a darse cuando ambos interlocutores pueden tener seguridades en cuanto al resultado de sus elecciones personales, lo que solo puede ocurrir en la interacción racional, pues se sobreentiende lo imposible que resulta obtener algo de tratar con una institución de seguridad, o lo que es lo mismo: con un interlocutor necesariamente irracional.

Lo dicho hasta ahora se cumple para todas las instituciones que realizan actividades de inteligencia, sin embargo ese carácter irracional se acentúa en las suscritas a regímenes semejantes al cubano.

Lo primero que debemos entender es que en un régimen como el nuestro una institución tal es solo una herramienta en las manos del poder (al menos para lo panorámico). O sea, que a su carácter irracional se adiciona, para inutilizarla para el diálogo, su casi absoluta falta de poder de decisión (salvo para los detalles, y a ratos ni para eso).

Porque mientras en un país como los EE.UU. la CIA, al aprovecharse de los muchos polos de poder a que da lugar el pluralismo del capitalismo democrático, puede maniobrar entre ellos para alcanzar a tener alguno propio, o aun el desproporcionado que llegó a conseguir en ciertas épocas, en un régimen como el cubano, con una absoluta, total organización vertical, tal empoderamiento resulta imposible.

Esta realidad es aun visible al comparar dos totalitarismos: el alemán y el soviético.

El hecho de que en el primero la verticalidad no sea total ni mucho menos ha permitido que la Gestapo y las SS, poco a poco, se conviertan en un poder casi comparable al carismático del Führer, mientras en el segundo no. Así en una URSS para nada plural, Stalin se deshacía de las cabezas del NKVD con asombrosa facilidad (Yagoda, Yézhov), pero Hitler muy difícilmente habría podido hacer lo mismo con Himmler, en una Alemania donde se conservaban grandes áreas de pluralismo anejo al capitalismo democrático, e incluso a la pervivencia de una poderosa nobleza terrateniente-militar.

Hasta ahora hemos hablado del poder de decisión sobre el panorama, y podría, en consecuencia, pensar cualquiera que en cuanto a los detalles, en el caso de las instituciones de que tratamos, cubanas, solo habría el primer, y más general motivo para la irracionalidad. Mas no es así. En un régimen como el cubano, que ha durado ya más de medio siglo, existe otra razón para el desprecio por lo racional de las instituciones referidas: el ya largo monopolio sobre la violencia que han ejercido las mismas.

Es muy difícil que alguien embestido de semejante dádiva se muestre dispuesto a dialogar, a transar. En la casi absoluta mayoría de los casos hacerlo sería visto por quienes tal hicieran como una cobardía propia. Lo contrario solo se da en individuos excepcionales, a quienes su misma excepcionalidad priva de ser admitidos en instituciones basadas en la más estricta confidencialidad.

El monopolio sobre la violencia, su intocabilidad para una legalidad solo de apariencias (ud solo puede dirigir quejas en Cuba contra el MININT, ¡ante el mismo MININT!; el derecho administrativo de dicha institución, sus reglamentos en esencia, que nunca ha aparecido en la Gaceta, de hecho tiene preponderancia sobre la misma Constitución- y si no lo cree siga mi historia), les hace parecer a los integrantes de las instituciones referidas que la negociación o el consensuamiento no son más que una absoluta pérdida de tiempo. Semejante actitud solo queda reservada para seriales de televisión que de lo único que pueden enorgullecerse es de la infaltable musicalización por José María Vitier, o para cuando crean necesario y posible enredar en las redes propias, o del adversario.

Así, agentes como el señor Capote resultan reclutados gracias a la combinación (no hábil, sino procedimental a la manera de un cirujano) de presiones irracionales, e irracionalmente activadas, y de trampas tales como las grabaciones subrepticias, las fotografías en compañía de miembros que regalan botellitas de vino…

En este caso suelen aprovechar (1) la real voluntad de diálogo de quienes no entienden todavía que este no es, ni puede ser, un interlocutor fructífero, (2) la intención de algunos de “cuidarse las espaldas” mientras tratan de llevar adelante un juego de “alta inteligencia”. Es bueno, no obstante, aclararle a los últimos que tal juego es imposible, ya que desde el mismo momento en que usted se entrega, sin reservas y sin protecciones materiales (sin constancia material de su parte de lo ocurrido), en manos de instituciones como las aquí puestas bajo análisis, basado tan solo en una superior inteligencia que lo dota de una superior capacidad de predecir, ha perdido irremisiblemente.

Porque repito, tales instituciones no son ni racionales ni predecibles, y en el caso de las que sufrimos bajo regímenes como el cubano todo su juego se basa no en la inteligencia, sino en lograr espacios en que el monopolio sobre la violencia les de una casi absoluta ventaja.

A los primeros advertirles también lo referido a las protecciones, pero por sobre todo que aunque siempre se debe mantener hacia cualquier interlocutor la presentación de nuestras ideas, es inviable creer en la buena fe de un integrante de estas instituciones.

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