Homenaje tardío al… ¿último cosmopolita santaclareño?


José Gabriel Barrenechea.

A varios motivos culpo de mi actual posición política: A mis incómodos ancestros, a las heroicas jornadas de mayo de 1980 que me toco vivir con solo 8 años, a que cuando era un “recomendado” a la UJC me propusieran, para redimirme de mis continuas inasistencias a reuniones y trabajos voluntarios, nada menos que robarme un tablero de baloncesto del trabajo de mi hermano, al haber leído, a mis diecinueve años, la novela El año 200, de

Agustín de Rojas, y otro de los grandes de nuestra Santa Clara, Arístides Vega Chapú

Agustín de Rojas, y otro de los grandes de nuestra Santa Clara, Arístides Vega Chapú

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No era una gran novela, a la verdad, a semejanza de los clásicos La Guerra y la Paz, o El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha que me había impuesto leer en el pre, pero que sin embargo había demorado semanas leyendo. El año 200, con su medio millar de páginas, me la devoré en poco más de treinta y seis horas. La razón resultaba simple: Aquella novela escrita por un señor, con quien de seguro me había cruzado más de una vez en mis frecuentes andanzas santaclareñas, me hablaba de algo que yo “presentía”.

Para entonces la Glasnost, a través de Tiempos Nuevos y Sputnik, me había dejado todo un revoltijo de ideas no muy claras en la cabeza, que se concretaban en mis ensayos de clase en exaltadas arengas a la libertad, muy parecidas, por cierto, a las de cualquier adolescente francés sobre una barricada en el viejo París de 1848: o sea, puro pujo trascendentalista, difusa inconformidad generacional que no lograba subir más allá de la dirección de mi escuela, o del presidente de mi CDR. Por ejemplo, el stalinismo era solo un mal soviético, para nada nuestro… Sin embargo, tras la lectura de la historia de un líder político que se eterniza en el poder, mediante el procedimiento de inocular en el cerebro de los personajes clave de la futura sociedad comunista sus nemoproteínas, que Agustín convierte en los depósitos materiales de la memoria, o más bien del  alma, vi claro: El problema de Cuba no era otro que la eternización de Fidel Castro en el poder, y con él de las zonas más retrógradas y rurales de mi nación.

Veintitrés años después de aquella maratónica lectura de fin de semana Cuba continúa igual que entonces, o peor, bajo un régimen que, tras perder a su mecenas soviético, solo atina a cambiar la anterior promesa de convertir al país en uno de hombres de ciencia, por otro de carretoneros, vendedores de croquetas y guataqueadores de yuca. Por eso se nos murió Agustín, no porque se lo propusiera conscientemente en una huelga de hambre, como algunos irrespetuosamente pretendieron, sino porque simplemente el ambiente de su novela, aquel aplomamiento de una sociedad asfixiada por una única voluntad omnipresente, se le había escapado de la ficción, donde la había novelado con tanto tino, para enmustiarle finalmente toda su vida.

Agustín, el único cosmopolita que habitaba en Santa Clara, dejó inédita la última de sus ficciones, aquella que siempre estaba reelaborando y que le servía para explicar los últimos sesenta años de historia nacional: Batista y su gente eran unos aliens que se habían adueñado de Cuba en 1952, y que a partir de 1953 habían armado una conspiración para perpetuarse en el poder como Fidel Castro y sus seguidores. No era algo fijo, a la verdad. Hoy podía disertar de cómo el general Batista (¿Fidel, Raúl?), se había quitado de en medio al coronel Blanco Rico (¿Carlos Lage?), y mañana ese mismo Lage era nada menos que Otto Meruelos, a quien el hermano menor del General, Panchín Batista (sí, Raúl Castro) le había cobrado sus cuestionamientos en la “Mesa Redonda”.

Conversé por última vez con él el 25 de julio del 2011. En su brazo, el brazalete luctuoso que siempre lucía en esas fechas: como todos en Santa Clara sabemos. Si se le evitaba el tema de la conspiración, que constantemente  tejía y destejía su potente imaginación, se podía obtener de él desde una coherente conferencia sobre literatura medieval inglesa, una bien informada explicación sobre la física de la fusión nuclear, o, si en confianza se le apretaba bastante (no era nada dado a los chismorreos del medio literario) hasta una desprejuiciada caracterización de la fauna literaria de su ciudad, de los que nunca se segregó por su natural apacible, pero a los que les conocía a la perfección las limitaciones, por sobre todo culturales: Para él se leían demasiado los unos a los otros sin ir nunca más allá del límite que traza de la brevísima biblioteca del pilongo escribidor que les legara Samuel Feijoo (un guajirito que, para él, no había encontrado otra manera de exorcizar los complejos de su condición rural que sublimando sus limitaciones, y que luego, ya camajaneado, había sabido sacar muy buen provecho de sus orígenes “humildes” durante las primeras décadas de Revolución).

Agustín, y eso lo afirmaba sin rubores, sabía que algunos de ellos lo superaban en la forma, en los conocimientos de Narratología, lecturas de Barthes u otras monsergas semejantes, pero a su vez estaba claro de que en cuanto a algo que decir ninguno le llegaba ni a las suelas de sus gastados zapatos.

A propósito de que yo esperaba a una muchacha me contó, esas vísperas de veintiséis, de sus amoríos con su esposa en las residencias universitarias de la Habana de finales de los sesentas y principios de los setentas; de cómo había estado, “mi hermano”, once meses dándole los buenos días, sin que ella se dignara a devolverle el saludo.

Escritor probo a carta cabal, murió como tenía que morir, muy pobre. En buena medida su locura se debía a esas noches de principios de los noventas, sin mucho o casi nada en el estómago y sin embargo empeñado en obras de tan altos vuelos como su ensayo Catársis y Sociedad, o su novela El publicano. Por el contrario, nunca se le vio perseguir los prebendajes con que el gobierno mantiene a sus mesnadas literarias. Uno de sus miembros, a quien hace mucho se le agotó su limitadísima veta literaria (si es que en realidad en algún momento la tuvo), pero que no obstante se ha vuelto un maestro en el arte de hacer equilibrios sobre la cerca, y por sobre todo en el de dar perretas, mas no por el bien de su país sino para sacar tajadas, en la forma de casas, viajes, publicaciones, talleres pagados… sostenía no hace tanto que era así porque estaba loco. La realidad, sin embargo, era otra, se había vuelto loco por su denodado esfuerzo de mantenerse puro en semejante ambiente.

Con la muerte de Agustín Santa Clara ha retrocedido momentáneamente al provincianismo, del que aun solo con su estampa de viejo patricio deambulando sobre el adoquinado la mantenía convenientemente protegida. Por fortuna, no obstante, entre las nuevas promociones parece agitarse vida…

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