¿Por qué soy un repugnante gusano? (1)


José Gabriel Barrenechea.

Creo que fue en el verano de 2009 que el Comandante, en una de sus Divagaciones, ¿o Reflexiones?, no me acuerdo, se preguntó como cierta muchachita (Yoani Sánchez), nacida, criada y educada bajo su providencial régimen, podía haberse pasado al bando de sus enemigos. Como soy del tipo al que le gusta tomar la iniciativa, a partir de ahora me propongo, poco a poco, explicar como fue que no terminé uniéndome al bando de los carneros y sí al de los gusanos (repugnante era una de las más profundas descalificaciones, de las que solía echar mano el Comandante en sus epifanías escatológicas).

“Porque hay que decir que en esta batalla se han demostrado muchas cosas interesantes. Empezaría por decir la increíble participación de la juventud, la combatividad y el fervor de nuestra juventud, porque esta ha sido la primera gran batalla de toda una generación de jóvenes. La masiva participación de las mujeres, cosa notable; pero además, la actitud de los intelectuales, los trabajadores intelectuales, de los periodistas,

El niño que sigo siendo

El niño que sigo siendo

de los escritores, de los artistas, de los técnicos, de los profesionales, de los médicos ¡una actitud magnífica! Hay que decir que han estado en primera línea en esta batalla también los trabajadores intelectuales, ¡y ni que decir tienen los estudiantes!”

Pocos sucesos me han marcado más que aquellas gloriosas jornadas de abril-mayo de 1980, en que según Fidel Castro en su discurso de primero de mayo de 1980, mi generación, aun de pantalones cortos, libró su “primera gran batalla”. Si José Gabriel Barrenechea, niño bueno, correcto y aplicado como pocos, nunca entró en la UJC, se lo debe más que nada a la demostración que ante “el niño aquel” desplegó por aquellos días la… Revolución.

Como todos los niños de mi generación se me había enseñado a leer y a escribir en aquella cartilla en que las referencias al Comandante eran más abundantes que a padre, papi o papá, y solo cedían ante mamá, madre o mami, aunque no por mucho. Cuatro años antes había vivido estremecido aquel mediodía en que todos los mayores de mi barrio, incluida la gusana de mi abuela Juana Cápiro, lloraron de impotencia porque los señores Orlando Boch y Posada Carriles habían decidido que la mejor manera de tumbar al Comandante era reventar en pleno vuelo un DC de Cubana… que total, solo llevaba “cuatro negritas” adentro.

Con semejante bagaje no sería de extrañar que yo hubiera seguido el “camino correcto. Mas al parecer Babalú Ayé, agente encubierto de la CIA, no tenía esos planes para mí.

Que la UJC y gritar “Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea”, en público y sin sonrojarme, no me estaban destinados por los caracoles, me lo demuestra lo oportuno de algunos sucesos, que en mi historia personal antecedieron casi inmediatamente a las ya referidas gloriosas jornadas: En los finales de marzo de ese año 1980, gracias a un regalo de mi papá, leí de un tirón El Tulipán Negro, novela en que Dumas padre narra el asesinato de los hermanos Jan y Cornelio de Witt por una multitud “heroica y viril” de seguidores del Estatúder (especie de Comandante en Jefe de los holandeses de mediados del siglo XVII) Guillermo.

En alguna de sus diarias crónicas para El Nacional de Caracas, Alejo Carpentier menciona lo influyentes que suelen ser las primeras lecturas a los ocho o nueve años, su peso cien veces más importante en nuestra formación que obras incluso más serias, pero leídas más tarde, aun a esa edad todavía maleable que es la adolescencia. A lo que yo añado que si hechos muy semejantes a los descritos y juzgados por el autor (siempre se juzga en la obra literaria, incluso si su autor es un Alain Robbe-Grillet), tuvieran el mal tino de coincidir con esa lectura, pueden dar al traste con años de paciente labor de fregado mental.

Así, debido a la coincidencia temporal entre mi lectura de El Tulipán Negro y el comienzo de la crisis del Mariel, han quedado inextricablemente mezcladas en mi imaginación las imágenes de las turbas que esperaban en la plaza de la cárcel de La Haya, para subir a matar a los hermanos republicanos a instigación del Estatúder, y la de los que le hacían un acto de repudio a una vecina de un tío mío, a instigación del Comandante. Pero también la de mi hermano, a quien recuerdo llorar avergonzado por no haber conseguido a interrumpir las humillaciones de que fue objeto una vieja maestra de mi pueblo, Delfa, que se marchaba del país, y la del capitán de la compañía de mosqueteros que evitaba que la chusma holandesa demostrara su combatividad y fidelidad a toda prueba (¿o sería mejor decir guillermidad a toda prueba?). Dos veces he vuelto a releer esa novela después y es siempre el rostro de mi hermano el del capitán.

Y por cierto, aclaro que la vecina de mi tío, ni nadie en su casa tenía, o ha tenido intenciones, alguna vez, de traicionar a la Patria y al Dueño Indiscutible de la misma. Solo que en aquellos días de mi infancia, que tan bien recuerdo, se le podía caer a huevazos y hasta a pedradas a cualquiera por el más nebuloso rumor.

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