¿Por qué soy un repugnante gusano? (2).


José Gabriel Barrenechea.

Uno de mis tíos, a quien le doy a leer habitualmente los post’s que escribo, me cuestionó que yo no podía usar lo de mi aprendizaje en la cartilla de lectura de los setentas para destacar cómo, por lo que fuera, había logrado terminar superando una circunstancia que debió guiarme por el camino correcto, de la “carneridad”. Y debo admitir que tiene razón, porque en justicia la presencia desproporcionada en dicha cartilla del Comandante tuvo muy poca posibilidad de influir en mí. El hecho es que yo no aprendí a leer en ella: Ya sabía hacerlo aquel 1º de septiembre de 1977, cuando empecé el primer grado.

No recuerdo a derechas casi nada de mi aprendizaje. Tengo la vaga memoria de mi padre enseñándome a ligar letras en un libro soviético ilustrado con ciervos, y me parece que con conejos y ardillas; o a mi hermano, creo que enseñándome también, pero no atino a definir qué, en una de aquellas hojas de papel cartucho en que todavía se envolvía el pan en la Cuba de mi niñez. También me recuerdo de modo nebuloso en uno de los semestrales viajes familiares a La Habana, asombrando a mis tías, creo, al leer algo (¿un libro, un anuncio?, ¡una de las caricaturas de De la Nuez en Granma!).

El primer libro que recuerdo haber leído de cabo a rabo se llama Cómo salte en Paracaídas, de Boris Nikolski, y siempre pensé que había logrado hacerlo después de los seis años, hasta que indagando un poco en casa, mi viejo me sale con que yo ya me lo sabía de memoria para el mencionado 1º de septiembre del 77. Según él, no obstante, mi primer libro completo fue una edición en cartoné, no recuerda si cubana o soviética, del

mi primer libro completo fue una edición en cartoné del Gato con Botas

mi primer libro completo fue una edición en cartoné del Gato con Botas

; y, siempre según él, me lo leí tras dispararme cuatro veces una versión manga de la historia de dicho gato en el cine de Encrucijada.

Todo esto me lo dice con un brillo de orgullo en los ojos que no puede más que afirmar su veracidad.

Nada, que por la incomunicación que desde la adolescencia solemos mantener con nuestros padres, no sabemos cuántos detalles de nuestras infancias nos perdemos… Llegar a viejo parece tener en definitiva sus alicientes, principalmente cuando los padres de uno todavía están vivos.

Para ser sincero yo si recordaba haber aprendido a leer antes de entrar en le primer grado, pero entre el no saber si alguien más lo recordaba a la altura de mis 42 años, y el haber encajado lo de la cartilla tan bien en mi post anterior, o más bien servirme tan adecuadamente para transmitir la idea que deseaba, preferí hacer cual si en realidad yo hubiera aprendido a leer y escribir en ella como cualquier otro niño de mi generación. Parte modestia (o más bien temor de que me acusaran de no serlo, porque modesto no creo que sea nadie, al menos en esos detalles de nuestras vidas que más nos importan), y parte reticencia de abandonar una idea lograda, a pesar de su inferior veracidad.

Más la verdad es a ratos más fuerte que la coherencia, o para decirlo de una manera menos pretenciosa: Lo que un grupo de personas creen ser la verdad, es a veces (no siempre, sin embargo) más convincente que lo que pueda cocinarse en cualquier cabeza, por más que en ella las letras hayan entrado algo antes de lo común para la generalidad de las cabezas. Y en este caso particular se cumple de maravilla, porque el hecho de que yo ya supiera leer antes de que tocara ponerme delante la cartilla repleta de Comandantes o Fideles, en mayor medida que padres o papás, ayuda a explicar por qué no terminé convertido en un carnero, y si en un gusano.

Un par de sugerencias, por tanto, para esos que por la razón que sea pretenden instaurar regímenes semejantes al cubano: Si van a dejar que sus súbditos aprendan a leer, no permitan, bajo ninguna circunstancia, que lo hagan en otra parte que en las cartillas correctas. Pero como siempre aparecerán esos niños que aprenden antes de tiempo, y que en consecuencia pueden amenazar sus grandes y justicieros proyectos, pues no lo duden: Matarnos por El Supremo Bien Colectivo, El Porvenir Luminoso, o por lo que ustedes crean, es la única solución correcta, camaradas.

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