Inconmensurabilidad de la Gloria, para el sediento de ella


por alejandro_magno_2José Gabriel Barrenechea

Ardía Tiro. Las calles eran torrentes de sangre, que fluían pendiente abajo, camino del mar.

-¡Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz!- le echó en cara a Alejandro un sacerdote de ojos febriles, a la entrada misma del templo de Heracles.

Con un suave pero incontestable gesto de su mano, el joven conquistador detuvo al hoplita que había saltado sobre el anciano. Por un instante se escuchó el goteo de la espesa sangre que caía de la espada, mientras más de uno esperó ver hincarse de rodillas al joven, abatido por la constatación de la nimiedad de sus fines.

Alejandro, impasible, observó los ojos desorbitados y rojos del viejo por algunos instantes y respondió:

-Sí, es cierto anciano, toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Pero es que todo lo demás es infinitamente más pequeño: se reduce a átomos.

Y siguió de largo, hacia el templo. A sus espaldas se escuchaban gritos desgarradores y el crepitar de las llamas.

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