Cosas de mexicanos.

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José Gabriel Barrenechea.

-Pos ni modo, resolvámoslo a lo mero macho- le ripostó Afranasio, y se quedaron mirándose a las ranuras de los ojos, que brillaban como ascuas en medio de las sombras que proyectaban sus sombrerotes.

Nicasio era más rápido de reflejos, por más o menos medio milisegundo, suficiente para ganar. Por desgracia su madrecita, santa viudita, se le lanzó encima. Y es que ya antes había pasado por una experiencia semejante. Le habían matado a su hombre, Don Domitilo, en el mero medio de la Luna de Miel.

-¡No te me desgracies mi hijito, no te me desgracies…!- le gritó, mientras se le colgaba de su mano derecha, la que no fallaba.

Nicasio expiró mientras le besaba las canas a la ancianita, entre las lágrimas de todos, incluido Afranasio:

-Ni modo, que uno también tiene su corazoncito.

A Nicasio ni por un momento le pasó por la cabeza cagarse en la madre que lo parió. Era, a que dudarlo, un purotote macho mexicano.

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Política Exterior de José Martí

220px-Jose-Martipor José Gabriel Barrenechea.

Para Martí, el latinoamericano de su tiempo que mejor haya entendido a aquella nación, “En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, del que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías”, y dada la imposibilidad “de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso”, es imprescindible ganarse al segundo elemento, mediante “la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas”. Martí, que aun para separarnos de España clamaba por una guerra “generosa y breve”, no pretendía por lo tanto convertir a su país en un campamento, ni en llevarlo a una cruzada suicida contra los Estados Unidos, sino en irlos “enfrentando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa”, o sea, con la combinación de la demostración constante de nuestra capacidad como pueblo de vivir en democracia, más una sabia diplomacia, para de ese modo conseguir “que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país (los EE.UU.) tenga tal conocimiento y concepto” del pueblo cubano “que con la autoridad y certidumbre de ellos contrasten los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población…”

Pero la política exterior martiana iba mucho más allá; aspiraba a una república que no solo fuera capaz de mantenerse con un alto grado de independencia de los EEUU muy a lo profundo de su área de predominio. Aspiraba a una República Cubana próspera, pero también líder en los destinos del mundo.

¿Cómo pretendía lograrlo?

Para entenderlo lo primero es abandonar cierta visión hagiográfica de su personalidad.

Martí, a su muerte, es un hombre por completo dedicado a lo que se ha convertido en el objetivo de su vida: la constitución, ya desde la propia guerra, de una República cubana, independiente y democrática, en que más que por sus instituciones políticas se destaque y sirva de guía por su  virtud, por su espíritu ciudadano. Todo lo demás solo sirve en la medida que permita el logro de su objetivo.

Y es en este sentido herramental que debe leerse su latinoamericanismo: Martí tocará a cualquier puerta para lograr la realización de su ideal cubano, incluso a la de un dictador como Porfirio Díaz, ante cuya ascensión al poder a mediados de los setentas había decidido abandonar México. País en donde a su carrera se le presentaba un porvenir de comodidades y reconocimientos, a él, que acababa de salir de una infancia y adolescencia sumamente rodeadas de carencias. Es en esta cuerda que debe leerse, e interpretarse, su última carta a Manuel Mercado, su amigo de sus años mexicanos, pero también un personaje muy bien situado en la dictadura porfirista, a quien hace casi veinte años no ve personalmente. Ante el individuo que puede ser un intermediario clave en la independencia cubana, asume como buen político el papel de quien todo lo que ha hecho por aquella, su vía crucis existencial en definitiva, no ha tenido otro objetivo que disimular sus trabajos secretos para asegurarle a don Porfirio el flanco derecho frente a su poderoso vecino norteño.

No a otra razón se debe que Martí saque a cuento en dicha carta no solo la reciente confesión de Martínez Campos al corresponsal del Herald, Eugenio Bryson, de que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los E. Unidos (sic) a rendir la Isla a los cubanos”, sino también, y más que nada, lo que dice haberle comunicado el propio corresponsal, sobre la supuesta existencia de un candidato del gobierno norteamericano para suceder a Don Porfirio.

Y es que la carta en realidad gira no alrededor del consabido “en silencio ha tenido que ser…”, que popularizará nuestro remedo televisivo del James Bond británico, allá por las postrimerías de los setenta, sino de una pregunta hacia su final: “¿no hallará (el México porfirista) modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende?”, a lo que sigue lo que no puede ser más que una muestra de su ansiedad por el apoyo mexicano, la importunidad de añadir: “Sí lo hallará- o yo se lo hallaré”.

Porque José Martí, contrario a lo que pudiera parecernos tras una lectura suya muy superficial, desvinculada de su trayectoria vital, es un político que no tiene la cabeza metida entre las nubes, sino uno que se haya muy centrado en la consecución de sus metas. Sus reflexiones no son las divagaciones de uno de los tantos poetas-políticos o políticos-poetas que ha dado Iberoamérica, sino las de un hombre que tiene objetivos muy claros, muy enraizados como para convertirse en sí mismos en parte inseparable y principal de su vida (si es que no en su vida propiamente dicha); objetivos en cuyo alcance encuentra problemas que debe resolver, respuestas que debe dar, y antes las cuales no da nunca media vuelta atrás.

Si entre 1889 y 1891, tras apartarse en apariencias de la política cubana emprende una serie de trabajos periodísticos y ensayos que podrían hacer pensar que, desengañado de sus afanes por Cuba, ahora persigue la unidad de una patria más grande, la Latinoamericana al molde bolivariano, lo cierto es que como nunca antes ha estado siendo efectivo en la realización de su Fin. En ese periodo trascendental Martí no solo se ha dedicado a escribir: ha estado haciendo altísima política para hacer fracasar ciertos planes de adquisición de la Isla de Cuba por el gobierno de Washington, mediante su compra a España. Desde su posición de representante consular de la Argentina en Nueva York, ha estado maniobrando tras bambalinas junto al Ministro de Relaciones Exteriores de aquella república austral, Roque Sáenz Peña, para evitar la consumación de aquellos planes, a los que no son pocas las “hermanas” repúblicas latinoamericanas que le prestan su concurso.

Es entonces que ha comenzado a aplicar su diplomacia de ensueño y realidad, con su genial olfato de estadista, la que a dos meses de su muerte en Dos Ríos sistematizará, o más bien comenzará a sistematizar, en el Manifiesto de Montecristi, y que desgraciadamente deja trunca su inopinada muerte en Dos Ríos (por sobre todo porque es diplomacia actuante, y no teórica): “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo”, o sea, la diplomacia del equilibrio de contrarios, de la anulación en ciertos espacios intermedios, el nuestro, de intereses en apariencias antagónicos. Lográndose dicha anulación gracias precisa y paradójicamente a una exacerbación de esos mismos intereses.

Para José Martí, que conoce muy bien a la Latinoamérica de su tiempo para saber la infactibilidad real de una posible unión suya en el futuro, ya no ni tan siquiera mediato, esta concepción del equilibrio es vital para sus planes de constitución de una Cuba, y Puerto Rico, independientes: Como en Nueva York en el 89, durante el “Congreso Internacional de Washington”, él sabe que tiene que buscar el modo de evitar que los EE.UU. se entrometan en Cuba antes de poder poner a punto su República modelo, blindada para aquellos por su misma virtud, a la vez que impedir que alguna superpotencia europea decida recolonizarnos, como de hecho por entonces hacen en todo el mundo (y cómo parece haber intentado Inglaterra en 1892; intento afortunadamente denunciado a tiempo por otro de nuestros titanes decimonónicos, Don Juan Gualberto Gómez).

En este sentido intenta ganar los apoyos, para antes y después de la independencia, (al oeste) de México, con la idea de unas Antillas fuertes, que le garanticen su flanco derecho de los EE.UU. sin necesidad de acudir a ningún superpoder europeo, más peligrosos de por sí, como les ha demostrado fehacientemente su historia reciente, que los propios “gringos”; (al sur) de la por entonces pujante Argentina, con la idea de que esas mismas Antillas sean un bastión amigo a medio camino entre los EE.UU. y el aliado hemisférico de estos por entonces, Brasil, a su vez contrincante natural de Buenos Aires en la región sudamericana; (al este) de Inglaterra y de Alemania, con la idea de una nación abierta y no sometida a los dictados norteamericanos a las puertas mismas del canal transoceánico que aquellos están por abrir; (al norte) y por último de los propios norteamericanos, con la promesa que le escribe al editor del New York Herald, el 2 de mayo de 1895, de que con “la conquista de la libertad” de Cuba se habrá “de abrir a los EE.UU la Isla que hoy le cierra el interés español”; promesa que por lo floja nos puede hacer dudar de la capacidad diplomática de Martí, al menos si hemos olvidado cuales eran para él los modos en realidad eficaces de detener las ansias anexionistas que pudieran nacer en aquel país.

Martí en fin no encuentra ningún inconveniente en que su República “con todos y para el bien de todos” pueda ser independiente en medio de un mundo heterogéneo e inestable. Por el contrario, él solo lo cree posible precisamente gracias a un inteligente aprovechamiento de dicha heterogeneidad e inestabilidad.

Sobre la igualdad estúpidamente entendida

225px-Evo_Morales_in_Ecuador_(cropped)por José Gabriel Barrenechea.

Quiérase admitir o no la idea del desarrollo constante de la sociedad, y el consiguiente mejoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos, está incrustada dentro de una mentalidad. Donde ella no nace, no habrá desarrollo, solo una conciencia de frustración al ver que otros avanzan y nosotros no. Un país, una región, una civilización bajo el efecto de tan nefasta conciencia se ira enquistando poco a poco en sí mismo, convirtiendo el defecto evidente en virtud. Actuarán de ese modo a la manera de esos estudiantes que, poseedores de una inteligencia inferior, se encuentran de repente asignados a clases integradas por estudiantes muchísimo más favorecidos en la distribución de inteligencia. En tal medio muy pronto se convertirán en devotos de la brutalidad o de la simplicidad, que intentarán elevar e imponer como característica mucho más prestigiosaque la inteligencia y la sofisticación, a las que por su parte pretenderán presentar como afeminadas, indecisas, propias de ñoños nacidos en cunas ricas. Escuchar en estos días a alguien como Evo Morales, enemigo jurado del pollo en la dieta humana (no por amor a esos animalitos, por cierto),y amiguito de esas cosas llamadas satélites que viajan vaya a saberse si entre nubes en su imaginación, atronando a la manera de un viejo cuatrimotor de hélices, me provoca tales reflexiones.

¡Que carajos ha pasado con el socialismo para que ahora pretenda tandisparatada igualdad de oportunidades que asigne plazas de más de 120 puntos de Coeficiente Intelectual a quienes malamente alcanzan el de ForrestGump! Por cierto, ¿porqué Abel Prieto, que cuando salió tal película criticó tan acertadamente semejante disparate, ahora guarda silencio?

Porque mis amigos, el eslogan deL Socialismo del Siglo XXI, para supremo horror de Carlos Marx que no bajaba él mismo de los 145 puntos, pareciera ser: ¡Incluso un señor como Evo Morales tiene derecho a descubrir la Teoría de la Relatividad! Como si tales sencilleces se consiguieran con solo par de decretos reivindicadores de los “excluidos de siempre”.

A los pueblos de la CELAC.

José Gabriel Barrenechea.

Durante nuestro último esfuerzo independentista, la Guerra del 95, sus gobiernos o se mantuvieron neutrales, o apoyaron a España. Algunos, como el de la Argentina, hasta con soldados voluntarios completamente equipados. Eran tiempos de Hispanoamericanismo. Para la inmensa mayoría de sus políticos de por entonces, Cuba fuera de la órbita española solo podía gravitar necesariamente en la norteamericana, hasta ser en un final absorbida. Lo cual, de ocurrir, no podía ser interpretado de otra manera que como un retroceso de la América Hispana, Latina, en su lucha no declarada frente a la pujante Anglosajona. Por ello, razonaban, lo mejor era que Cuba permaneciera encadenada a la vetusta monarquía española.

Esa actitud de sus políticos de entonces se justificaba en parte. Eran tiempos, los del novecento, en que el mundo parecía estar a punto de terminar repartido entre media docena de imperialismos, entre ellos el norteamericano.

Cuba, no obstante, se separó para siempre de España, y contra lo esperado, no se anexó a los EE.UU. Es cierto que comenzó en 1902 su vida independiente como un semi-protectorado de ese país, pero el cubano no soportó por mucho tiempo esa mediatizadasituación. En septiembre de 1933 un presidente, elevado al poder por soldados y estudiantes, se negó a reconocer la Enmienda Platt y gobernó a pesar del cerco de la poderosísima Flota Norteamericana del Atlántico. Unos pocos meses después, los norteamericanos, conscientes de lo que podía significar revolver un poco más el avispero cubano, firmaron el acta de defunción de lo que ya estaba muerto y enterrado desde aquella mañana en que Ramón Grau San Martín se negó a jurar la Constitución de 1901, por contener como apéndice a aquella enmienda.

Y Cuba, contra todos los pronósticos, fue independiente.  Al punto de ser el único país latinoamericano que en 1950 le pidió cuentas a los norteamericanos por sus excesos en la represión de la sublevación borinqueña de ese año; el único país que apoyo con algo más que con palabras a la Guatemala de Arévalo y Arbenz, tan mal vista por la derecha norteamericana; el país latinoamericano en que, a pesar de ser hacia 1925 el más penetrado por los capitales y empresas norteamericanas, se avanzó más en cuanto a conquistas de la clase obrera y derechos laborales, pasando en consecuencia por sobre los intereses de esos capitales y empresas norteamericanas…

Es necesario recordarles, o informarles todo ello, ahora que sus gobiernos vuelven a actuar como sus antecesores de hace 120 años. Porque para sus políticos de ahora pareciera como si una Cuba democrática solo pudiera derivar necesariamente hacia la órbita norteamericana; como si una Cuba democrática solo pudiera ser el aliado fiel de Washington, y su enemigo natural.

Pero obsérvese en primer lugar que ya no vivimos en los años que antecedieron a la 1ª Guerra Mundial. Quiérase argumentar lo que se quiera, es evidente que no estamos en tiempos de Imperialismos. En todo caso de grandes bloques que poco a poco se articulan, y que conviven con unos EE.UU. que han dejado de ser la potencia incontrastable de la segunda postguerra mundial.

En segundo que los cubanos hemos demostrado estar hechos de una pasta inhabitual, y que nos impide gravitar en cualquier dirección impuesta. Nosotros, recuérdenlo bien, no nos liberamos de una España ella misma ocupada derrotando ejércitos de unos pocos miles de soldados reclutados en las mismas colonias, y que por lo general estaban peor equipados que los independentistas. Nosotros, absolutamente solos, destrozamos a España en la guerra más desproporcionada de toda la historia humana. Nosotros somos, además, los únicos que en este hemisferio nos hemos atrevido a desafiar a los norteamericanos, en serio y en más de una ocasión. Cosas de locos, se me dirá, pero pobre vejez del que no tiene locuras que añorar, y de que enorgullecerse, cuando los sentidos se aplacan, predomina la razón, y se subsanan los desmanes de la juventud.

Deben de saber ustedes que sus gobernantes asumen esta anacrónica creencia, y actúan en consecuencia, debido a dos razones básicas:

1º Porque una gran mayoría de sus políticos siguen viviendo en otras épocas, sin ser conscientes todavía de la suya propia. Sin ser conscientes del poder del bloque latinoamericano, y en lo particular del sudamericano.

No entienden que en su mano, si lo quisieran, está el poder para obligar al actual gobierno cubano a comenzar la democratización, y a su vez para garantizar que los norteamericanos no impongan ni figuras, ni condiciones en dicho proceso. O sea, el bloque sudamericano tiene hoy el poder de hacer cumplir al gobierno de Cuba sus continuas promesas de democratización en caso de desaparecer el peligro para su soberanía e independencia nacional, porque de hecho al presente es capaz de hacer desaparecer dicho peligro, al salvaguardar dentro de su área de hegemonía dicho proceso democratizador.

Pierden por tanto la oportunidad de hacerle entender a los norteamericanos, y al mundo, que otra época ha empezado, que su diplomacia es capaz deya de algo más que de telenovelas a la hondureña.

2º Porque para una minoría esa creencia no es más que una tapadera de sus verdaderos motivos. Tales políticos solo desean mantener a Cuba sometida a formas de soberanía exclusivista, en contraposición de la popular, para utilizarla en su momento como cabeza de playa desde donde en un futuro poder imponerles dicha soberanía exclusivista a ustedes mismos.

Me explico en este segundo caso con un ejemplo. Cuando hace casi un año cierto congresista brasileño le preguntó a Yoani Sánchez, ¿Quién te paga el viaje?, denunció, si no las verdaderas intenciones de su fuerza política, al menos su interpretación de cuáles debían ser estas a su entender: Para este señor el país ideal sería no otro que aquel en que ustedes resulten tan  privados de independencia económica como nosotros acá; aquel en que cortada toda posible influencia extrafronteriza solo sea concebible viajar si el gobierno lo cree necesario, y por lo tanto subvencione el viaje.

Es evidente, por tanto, que pedirles cuentas a sus políticos sobre este particular, y exigirles en definitiva un papel más activo en la democratización de Cuba, les resulta vital también a ustedes. Tanto para acabar de adecuar su política exterior al lugar que ya ocupan en el mundo de hoy, como para cerrarle el paso a que formas de soberanía exclusivista, como las de la Cuba actual, se difundan a su vez en sus propios países.

Pero además por una última e importantísima razón: Cuba, con su concurso o no, pronto será una nación democrática, y en no mucho tiempo, gracias a la conformación que está adquiriendo el mundo en este siglo XXI, poderosa. Para entonces será conveniente que en las almas de sus habitantes no se les guarde sordos rencores…

God save the Union Jack

La organización territorial del Reino Unido es compleja y muy variada, ya que cada país constituyente tiene su propio sistema de demarcación geográfica y administrativa.

La organización territorial del Reino Unido es compleja y muy variada, ya que cada país constituyente tiene su propio sistema de demarcación geográfica y administrativa.

por José Gabriel Barrenechea.

En unos meses, en un plebiscito en Escocia, se decidirá la suerte de la Union Jack. Si los escoceses votaran por separarse del Reino Unido se llevaran consigo la cruz formada por dos bandas blancas en diagonal y el campo azul con que contribuyeron a dicha bandera, con lo que la misma necesariamente desaparecerá, para dar paso a otra muy diferente que a lo mejor incluye ahora al dragón rojo de de Gales.

Aclaro que no pertenezco al malandrinado cubano, ese ingente sector de nuestra población actual que parece identificar a la Union Jack como la de Malindrania, y que por lo mismo aprovecha cualquier espacio de tejido, o de piel, para cosérsela o tatuársela. No es mi apariencia personal lo que me motiva a sentarme frente a mi ordenador. Como buen cubano viejo tengo a la austeridad como suprema virtud en el vestir.

Pero el que no me la ponga o pinte encima no quiere decir que sea indiferente a ella, ni muchísimo menos que me desagrade su presencia. Si ahora escribo este post, es en buena medida para poner mi granito de arena en la perduración de ese símbolo, que significa tanto para mí.

Como sobre cualquier niño nacido en uno de los bandos de la Guerra Fría, la Segunda Guerra Mundial tuvo una enorme influencia en mi formación. Entre otras muchas cosas, yo soñaba con la gloria militar. Pero no eran los alemanes mis héroes, a semejanza de para algunos de mis contemporáneos, a quienes obnubilaba el militarismo en sí. En cuanto a los soviéticos, a pesar de que todo alrededor se empeñaba en presentármelos como los buenos y los “más mejores” por antonomasia, nunca pude comulgar con ellos por completo.  Mis ídolos resultaron ser los británicos, y de ello culpen a mi hermano.

A los seis años mis padres, que siempre me los habían comprado de plomo, de los que vendían a la entrada del Zoológico de Veintiséis, me regalaron mi primer juego de soldaditos plásticos. Eran siete ejércitos de ocho soldaditos cada uno. Con sus banderas, cañones y hasta tanques, porque a diferencia de los napoleónicos de plomo, estos eran reproducciones de combatientes de la pasada guerra mundial.

Al sacar de la caja el nailon de soldados británicos en shorts, evidentemente “Ratas del Desierto”, Jorge Luís Barrenechea me comentó por sobre mi hombro: “Esos eran los mejores soldados de la Segunda Guerra Mundial”. Tras volver la cabeza para buscarlo por un instante con la mirada, concentré mi atención en la extraña (no tenía estrellas, por ejemplo), pero fascinante bandera que los acompañaba. Aun hoy ese segundo se me aparece más nítido que muchos otros muy posteriores que he conservado en mi memoria.

Porque mi hermano tenía mucha razón. Después de leerlas no sé cuántas veces, las palabras de sir Wiston Churchill aun me forman un nudo en la garganta (cito de memoria): “We shall defend our Island, whatever the costs… We shall fight in our shores. We shall fight in our hills. We shall fight in our streets. We shall never surrender”.

Para quienes lo desconocen, o simplemente no se acuerdan, fueron pronunciadas cuando el Reino Unido enfrentaba, solo, a cuatro potencias totalitarias. Por un año, tras la caída de Francia en junio de 1940 y hasta que el totalitarismo alemán atacó al soviético en junio de 1941, el Imperio Británico se enfrentó en solitario a aquellos dos, además de a Italia y a Japón. Y los combatió por todo el planeta, en el Extremo Oriente, en los accesos por el este de la India, en Grecia, en Francia, en Noruega, en el norte de África, en las aguas y cielos de todos los océanos del mundo, sobre la misma Alemania. Si el totalitarismo, de cualquier signo, no se le impuso al mundo entero tras esa guerra se debe en buena medida al sacrificio británico.

Otro momento que recuerdo con inusitada nitidez para los treinta años que median entre él y este en que escribo, fue la tarde en que en una Bohemia, para entonces ya vieja, leí sobre la retirada británica por Dunkerque. Me impresionó por sobre todo el que, sin ser convocados por CDR’s, o por un Partido en nombre de grandes pero muertas palabras, británicas y británicos, sin las coacciones de todo tipo e intensidad que ya yo percibía a mi alrededor, respondiendo solo a sus conciencias, desamarraron sus embarcaciones de pesca o de recreo y cruzaron el Canal para sacar de una costa muy poco profunda a 350 000 soldados del Cuerpo Expedicionario Británico rodeados por hordas de Panzer Divizione. Desde jóvenes y aristocráticas señoritas hasta pecadores, desde doctores hasta viejos lobos de mar ya retirados… Para un niño nacido en Devonshire o en Glasgow en 1971, estoy seguro de que la asunción de esa actitud no llegó a significar tanto como para mí, nacido en ese mismo año pero criado en un país comunista, en el que la gente se iba a Angola muchas veces para que no lo convirtieran en un apestado, en un zombi sin derecho a un refrigerador, o un televisor.

Pero la Union Jack no es solo para mi un montón de soldaditos en una tarde remota, un conmovedor recuerdo de la influencia de mi hermano en mi vida, la conciencia de que si el siglo XX no se cerró con el triunfo de los totalitarismo, en no escasa medida se lo debemos los habitantes del XXI a las británicas y británicos que entre 1939 y 1945 los enfrentaron. Esto, que no es poco como se ve, se complementa con el hecho de ese símbolo se relaciona, y representa para mí, a Los Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Yes, Peter Gabriel, Queen, Oasis, Cold Play, Sherlock Holmes, Hamlet, Romeo y Julieta (principe de Dinamarca, vecinitos de Verona, te creo…), Robin Hood, Ivanhoe, Dick Turpin, El Rey Arturo, Ginebra y Lancelot, el Leviatán estatal, las manos ocultas del mercado, la paradoja de la inducción, Isaac Newton o Stephen Hawkins, o Charles Darwin, o Bertrand Russell, la constancia de que el timón puede muy bien estar del otro lado o de que un soldado bravo de verdad puede venir en saya, la salsa de menta que casi mata a Obelix de hambre, el Capitán Scott, Mallory, los HMS delante del nombre de los barcos de guerra, el almirante Nelsón, Peter O´Toole, Alfred Hitchcock, Ridley Scott, Lawrence Olivier y ¡Catherine Zeta Jones o Lady Godiva (que tanto me perturbó con su rubia blancura en mis noches de adolescente)!, Charles Chaplin, George y Mildred, Benny Hill, Los Muppets, Mr. Bean, Edmund Burke, el té de las cinco, la puntualidad, John Milton, Jack “El Destripador”, Mister Jeykell, Jane Austen, Siegfried Sassoon y Robert Graves, Aldous Huxley, “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, los poemas de Yeats, la anécdota del escritor contrahecho que ante la sarcástica pregunta de Carlos II, de “¿Para qué sirve este hombrecito?, respondió, “Pues para que vos andéis derecho Majestad?”, los hobbits, Saurón y la Tierra Media, la guía del autoestopista galáctico, C. S. Lewis… y no quiero dejar afuera a unos tipos que me dieron un 20% de mi sentido del humor, y no poco de mi visión un tanto diferente de los “colonialismos” de la que pontificaba en Calibán Roberto Fernández Retamar: Monty Python. ¡Con una sola escena!

En Vida de Brian, los revolucionarios judíos están reunidos preparando la lucha armada. Para enfervorecer a sus seguidores el líder, Brian nada menos, les pregunta: ¡A ver, que nos han traído los romanos! Pero las respuestas no pueden ir más en contra del hambre, miseria y explotación, previsto. Brian ha esperado en todo caso un convencido y rotundo ¡nada!, pero tras un momento de dudas sus seguidores, con todo y su fanatismo, comienzan a enumerar: El acueducto, los caminos, los alcantarillados, la administración pública, la ciencia, la medicina… 

Los escoceses, al votar próximamente por su pertenencia o no al Reino Unido, deberían de tener en cuenta no solo a Wallace-Mel Gibson-Corazón Valiente, sino también, además de los cientos de miles de escoceses que han muerto por esa bandera bajo todos los cielos del planeta, a esa otra imagen en que un paisano suyo, Sean Connery, interpretando a James Bond, salta en un paracaídas que es en sí una enorme Unión Jack. Por último también les suplico que tengan en cuenta al niño que allá por las postrimerías de los setentas jugaba a ser un piloto de la RAF, y en su spitfire o hurricane (no sabía por entonces cuál era el nombre de los modelos de cazas británicos) derribaba a docenas de messersmicht sobre el Canal.

Yo.

CELAC y democratización en Cuba.

banpor José Gabriel Barrenechea

Mucho se discute en estos días la pertinencia o no de la pertenencia plena de la Cuba actual a la CELAC. No voy a entrar aquí en una búsqueda de los infinitos motivos que llevan a cada uno a afiliarse a un partido u a otro. Tan rico asunto merece ser motivo para un post en sí mismo, o quizás un trabajo más exhaustivo, y en consecuencia largo. A fin de cuentas, esa afiliación tiene que ver con la Cuba que unos y otros sueñan o esperan construir en última instancia, en el caso de los de alma grande, o con sus más burdos intereses cotidianos, para esos muchos otros cuyo mundo suele no extenderse mucho más allá del plato de comida que tienen, o esperan tener enfrente.

Yo aquí solo voy a exponer y defender mi opinión, que no es otra que afirmativa: En general creo que si se quieren conseguir cambios pacíficos en Cuba es imprescindible involucrarla en cuanto organismo internacional aparezca.

Mi apoyo a la integración plena de Cuba a la CELAC, a la OTAN, a la Asociación de Iglesias de la Izquierda Revelada, o a la de Custodios de los Ecosistemas de la Luna, pasa por mi aceptación plena de un principio básico de la política, ya descubierto por Platón, y redescubierto por Paretto y Marx: un régimen político solo cae cuando hay divisiones en su cúpula, élite o clase dirigente; porque a mi modo de ver tales integraciones multiplicarán las fracturas de la élite, que ya existen al presente.

Muy pronto la “generación histórica” deberá salir del juego, y para entonces se debe tener a los que los sustituyan enredados en la mayor cantidad de relaciones posibles con gobiernos o particulares de otros países. ¿Por qué? Bueno, por el inocultable efecto disociador que sobre cada funcionario o dirigente cubano particular tienen y tendrán esas relaciones. Recordemos si no a Lage y a Felipito Pérez Roque.

Debe de observarse que para ese entonces el gobierno post generación histórica no será el monolito que solía ser, y que incluso ya no es, a ocho años de raulato. Para ese entonces un Lazo no se ocultará para regar a los cuatro vientos su inocultable desagrado porque se le haya dejado el país en herencia a un blanquito advenedizo, Díaz Canel: “que andaba en pantalones cortos cuando yo ya era yo”. O un organismo cualquiera, la UNEAC por ejemplo, dejará las muy veladas amenazas tipo las recientemente dejadas caer por Miguel Barnet, para pasar a posicionamientos más fuertes. O el primer secretario de, digamos Ciego de Ávila, no se cohibirá de tirarle la toalla en determinadas circunstancias a uno de sus subordinados en contra de una decisión del poder central: “que ahora lo ocupa uno igualito que yo, pero de Villa Clara”. Algo a lo que no se atreven hoy frente a Raúl Castro, a quien solo se atreven a enfrentar con el disimulo; ya que su nivel de legitimidad es reconocido por ellos como muy superior, y como fuente final de la propia legitimidad que ellos ostentan (Díaz Canel tiene para ellos su mismo nivel de legitimidad, mientras este no pueda crearse la suya propia).

Y todas esas tendencias no podrán ser más que aceleradas si los funcionarios y dirigentes comienzan a tener otras mil y variadas fuentes para formar sus opiniones que las que, al mantenerlos cuidadosamente aislados de la perniciosa contaminación exterior, les ha impuesto la generación histórica. Sin olvidar los muchos, diferentes y por lo tanto conflictivos intereses que crearán entre ellos la pluralidad de relaciones internacionales que por su crecido número no podrán ser monopolizadas por la cúspide de la pirámide.

Aquí debo enunciar el segundo principio básico de la política del que ya me he servido de modo explícito en mi argumentación: “Los regímenes políticos que pretenden vivir fuera del mainstream de su época, pero que no tienen fuerzas para imponerle al resto del mundo su visión de este, no sobreviven más que al enquistarse, al aislarse; por lo mismo, aislarlos desde afuera no puede resultar más contraproducente”.

Es incuestionable que el relativamente profuso intercambio con el exterior (viajes fuera de la Cortina de Hierro, pero también a países menos controlados tras de ella, como Checoslovaquia o Hungría), a que se vieron sometidos los dirigentes y funcionarios soviéticos durante los setentas tuvo que ver con sus liberales posturas de mediados de los ochentas. O, por otra parte, que la perspectiva de entrar en la Unión Europea influyó en el radical cambio de postura de las mayorías franquistas, y en su aceptación incondicional de la democracia a la salida del juego del “Caudillo de todas las Españas”.

De hecho lo positivo de los intercambios es muy perceptible al presente en Cuba. Veintipico de años de estrechas concesiones aplicadas a cuenta gotas, a regañadientes, pero que irremisiblemente conducen a una total apertura, de aceptación de las remesas, de progresiva facilitación de los viajes o de acceso a Internet, de comunicación con los extranjeros, de aun el mismo Telesur, han llevado al cubano de a pie a esa extendida sensación en muchos, idea diferente en algunos, de vivir en Marte. En lo fundamental los jóvenes se sienten marcianos, y a su vez ven a otras generaciones como de Júpiter cuando menos.

Y es una ley general que a poquísimos humanos les gusta vivir en Marte o Júpiter. Animal gregario por antonomasia, el hombre de modo invariable desea ser aceptado, y no un extraño para la mayor cantidad de humanos posibles. Lo contrario es patológico.

Unas palabras aparte para Telesur, por sobre todo por lo que pueden aportar en la justificación de mi posición. Nada ha desprestigiado más ante el cubano medio nuestro sistema electoral que la transmisión por ese canal, en vivo, de los procesos electorales de medio mundo, pero por sobre todo del venezolano. Ese cubano medio ha comenzado hasta a desear ese sentimiento de competencia y fiesta que tiene todo proceso electoral libre (con todo y las restricciones que su modelo venezolano tiene al presente). Pero hay más. Como los cubanos somos realmente marcianos hasta para los chavistas más recalcitrantes que redactan las noticias en ese canal, de los modos más contraproducentes se lastima la escenografía del reality show en que vivimos. Así, los cubanos nos  enteramos de que en casi toda Latinoamérica los emigrados votan hasta por su presidente el día en que Telesur, para desprestigiar al campeón del neoliberalismo en Latinoamérica, Chile, durante la reciente transmisión de la primera vuelta electoral saco a colación una y otra vez esa excepcionalidad chilena. Por nuestra parte, aunque ese canal no mencionó ni por asomo que Cuba estaba en el mismo saco, los cubanos reciclamos la crítica para aplicársela a nuestro propio país, campeón hemisférico del “anti-neoliberalismo”.

Admito que hasta ahora ha sido muy poco lo que han producido los acercamientos y aperturas unilaterales al régimen. La combinación de un poder central único e indiscutido, con una diplomacia más que hábil, “guarosa”, y que el régimen no creo sino que heredó de la República, supo aprovechar cualquier apertura y a la vez convalidar (nunca superar) los efectos disociadores de las mismas (no creo que el saldo de los acercamientos y aperturas sea negativo). Mas al presente ya no hay, ni habrá, al menos en lo inmediato, un poder tan centralizado ni tan indiscutido, y en cuanto a la diplomacia institucional, ahora ha surgido la diplomacia ciudadana, que cuando consiga afinar un poco los mecanismos de selección de su personal, y se deshaga de algunos que deberían de haber nacido mudos, o que solo refuerzan la idea generalizada de que los disidentes cubanos procedemos de los sectores menos educados de la sociedad cubana, mucho podrá hacer por los caminos del mundo para la democratización de Cuba.  

He presentado aquí las razones que me llevan a defender la pertinencia de que la Cuba actual sea invitada a cuanto organismo o asociación internacional aparezca en el horizonte, y en consecuencia, de que pertenezca con plenos derechos a la CELAC. Ahora, que crea o no en la conveniencia a largo plazo de unirnos a la CELAC, o a un ALCA revivida, son otros veinte pesos. Para mí la integración en la CELAC no tiene otro objetivo que resquebrajar al gobierno y su legitimidad, más líbreme Dios de pensar en integrar una Cuba Democrática en una futura Latinoamérica unida, o a una gran unión de la América del Norte. Porque yo no creo que Cuba deba integrarse a nadie más, ni a nada, por lo menos durante el próximo medio siglo.

Las ventajas de la Política Exterior Martiana; para Cuba, pero también para Occidente.

José Gabriel Barrenechea.

La Cuba de esta segunda década del siglo XXI se encuentra en la posición ideal para aprovechar la política martiana de los equilibrios, vacilantes, que quizás no hubiera sido aplicable a inicios del XX, incluso si hubiéramos tenido los estadistas necesarios para ponerla en práctica, y que no tuvimos, no obstante.

Entre unos EEUU que ya no son la superpotencia incontrastable de la segunda posguerra mundial, y una América Latina atlántica que, bajo el liderazgo natural de Brasil, parece jugará un papel importantísimo en el futuro inmediato del mundo, pero a su vez a medio camino entre China y Europa gracias a las labores de ampliación del canal de Panamá, y la posible apertura de uno mayor todavía por Nicaragua, Cuba, en esta nueva era para el comercio y el transporte de cargas por mar, realmente amanece al nuevo siglo como el centro del mundo, y en definitiva no ya solo como la llave del Golfo de México.

Cuba, como nación transnacional con un 15 % de su población en los EEUU, como la nación después de Canadá más cercana a los usos, maneras, costumbres y modos de pensar “americanos”, pero a la vez latina y hablante del español, puede convertirse en el necesario puente entre el sur y el norte de las Américas. La Habana, si se aplicara esa política exterior referida no tardaría en opacar primero a Miami, y después en convertirse en lo que dicha ciudad no llega a ser al presente: El centro de las Américas.

Cuba puede convertirse a su vez en el nudo más importante del flujo comercial marítimo mundial. Sus puertos, debidamente acondicionados, se encuentran en la posición ideal para la redistribución de cargas, de modo que naves que se muevan en el eje Costa Este de los EE.UU-América del Sur, puedan dejar contenedores destinados al otro eje, Lejano Oriente-Europa, y viceversa. O sea, que nuestra posición y nuestros puertos no solo nos brindan la posibilidad ya conocida de convertirnos con el Mariel en el redistribuidor de las cargas de la costa este norteamericana, que no posee puertos con las características requeridas para los megabarcos contemporáneos, sino de buena parte del mundo.

Y todo ese flujo comercial, esa centralidad bien administrada mediante una correcta política exterior martiana, nos produciría no solo los beneficios directos anejos a dicho flujo, sino también los relacionados con las innúmeras industrias que se desplazaran hacia tan privilegiado lugar, o con una agricultura que solo gracias a esa centralidad será realmente viable. Porque si es evidente que nuestra agricultura no podrá nunca producir arroz, frijoles o maíz que compitan con los precios a que los puede cultivar la subsidiada norteamericana, no sucederá lo mismo para una agricultura orgánica. Nuestra cercanía a los mercados de la costa este norteamericana o a la propia occidental europea, con un indetenible flujo de transporte en aquellas direcciones, nos darán la posibilidad de transformarnos con rapidez en el suministrador de productos tropicales orgánicos para aquellas ricas regiones.

Hay un último aspecto de nuestra realidad actual que nos permite ser tan optimistas de los resultados de la aplicación de esta política martiana. Ya lo hemos tocado antes pero merece que le hagamos lugar aparte: Cuba no solo está en el centro del mundo de este siglo XXI; Cuba tiene a casi una quinta parte de sus hijos, en general lo más inteligente y emprendedor, regados por todo el planeta. El chiste criollo del cubano perdido en la Antártida que se cruza con una bandada de pingüinos y a quien desde ella le espetan: ¡asere, qué tú haces aquí!, resulta la mar de ilustrador. No existe actividad humana en que no haya algún cubano involucrado, a veces en las posiciones más distinguidas; y esos capitales de conocimientos, pero por sobre todo de relaciones, rendirán, bajo la mentada política, frutos que superan a la más calenturienta de nuestras fantasías.

Pero hay incluso más…

Los beneficios de dicha política exterior no se limitan a los que podría traerle a nuestra nación. Cuba puede ser clave en el equilibrio del mundo en el nuevo siglo, solo con servir de puente de unión a dos pueblos a los que somos muy cercanos: el norteamericano y el ruso. Una inteligente diplomacia nuestra podría hacerle ver a ambas potencias que el verdadero peligro no está en la otra, si no en el enemigo que ambas enfrentan en común: el fundamentalismo islámico.

Porque lo cierto es que en el mundo actual, mientras casi todos decrecen demográficamente, de modo catastrófico como en los casos de China o la misma Rusia, solo una región crece de manera explosiva: la islámica.

Hoy el mundo islámico es la única civilización expansiva. En él se crean los vastos y empobrecidos contingentes humanos, educados en valores por lo general poco apropiados para prosperar en sociedades altamente sofisticadas, ideales para engrosar las filas de las cruzadas-al revés que se gestan en la región. Cruzadas-al revés que no es menos cierto que en alguna medida han sido fomentadas por el trato equívoco que occidente le ha dado a la civilización islámica, pero que no podemos admitir por la muy evidente razón de que al hacerlo nos estamos condenando a desaparecer como individuos, o al menos como la tradición civilizatoria que, al menos los hombres de cultura, soñamos con dejar atrás para de algún modo alcanzar a trascender nuestras cortas vidas.

En este sentido Cuba, al acercar a las dos naciones occidentales extremas, y militarmente más fuertes, tendría de modo indudable un papel vital en la preservación de esta, nuestra civilización atlántica.