La cultura: los intereses creados que nos deben indicar el camino.


por José Gabriel Barrenechea.

En esencia este debería de haber sido el título de la intervención de Miguel Barnet ante la Comisión Organizadora del VIII Congreso de la UNEAC, reproducido en la edición de este viernes del periódico Granma. Porque si dejamos de lado la mucha hojarasca de sus palabras, pronto quedará al desnudo que todo no ha consistido más que en una defensa de los intereses creados de “la vanguardia del movimiento artístico e intelectual”.

Lo primero que se advierte allí es que dicha vanguardia aspira “a la interacción directa con las más altas instancias de la dirección del país sin la intervención de eslabones intermedios”. ¿Para qué? Pues para poner a salvo de las tendencias mercantilistas de las reformas “el sistema institucional que ha sido eje y bastión de la cultura revolucionaria”, pero por sobre todo, para la defensa de las jerarquías, cuyo legitimador no es ni el público, ni ellos mismos como gremio en definitiva, sino ese mismo sistema institucional, y en un final “esas más altas instancias de la dirección del país”.

Esa república artificial de las artes y las letras invoca aquí lo que quedó establecido en la 1ª Conferencia Nacional del Partido, de que “deben excluirse los enfoques mercantilistas que distorsionen la esencia de la política cultural revolucionaria”, por puro instinto de supervivencia. Porque en conjunto no es otra cosa que una creatura de la dirección del país, por sobre todo para mantener la apariencia de que bajo su gobierno florecen el pensamiento, la sensibilidad, la auténtica creación; y que ha consistido en el subsidio seguro, y en el monopolio concedido a esa república de toda una serie de espacios de creación y difusión, siempre, claro, que se mantenga entrando por el aro. Creatura de la que se han aprovechado no pocas mediocridades, y a la que se han adaptado muchísimo talentos, por miedo primero, y por apatía después, hasta terminar ellos mismos reconvertidos en mediocres.

Preguntémonos, por ejemplo, ¿cuántos de esos miles de escritores con que hoy cuenta el país, pasarían la prueba del mercado?, ¿cuántos la de readecuarse a escribir para revistas o periódicos, cuando en las provincias termine el disparate de que existan, como en Villa Clara, dos editoriales y ningún diario, solo un semanario de ocho páginas escasas?

Lo innegable es que aunque ascéticamente protegida del mercado, mucha de la obra que se ha producido, y produce dentro del sistema institucional de la cultura, es frívola y de mal gusto, y demuestra por sobre todo la supina ignorancia de la gran mayoría de nuestros creadores, su reducción a ciertos “paquetes culturales” y al conocimiento de la obra de sus contemporáneos más cercanos o visibles. Algo que el mismo Miguel Barnet sabe, y que ha admitido más de una vez desde tribunas más discretas.

Mas lo que Barnet se niega a ver es que ello se debe a que como promotor de la frivolidad el institucionalismo cultural es mucho más eficiente que el mercado, y con mucha más razón si ese institucionalismo queda, en última instancia, en las manos de una autocracia política. Porque solo por esa reticencia ante el mercado se puede explicar uno que alguien que no es para nada un mediocre, o que al menos no lo fue, se preste a servirle de vocero a una caterva de ellos (Hasta en esto se manifiesta lo contradictorio de esa asunción por él de tan equívoco papel: ¡ninguno de ellos habría tenido la claridad suya para expresar con tanto acierto lo que son intereses de esa caterva, no de Barnet!)

Le aclaro a los simplificadores habituales que lo de que “en las condiciones actuales mantener la cohesión de la política cultural cubana resulta una tarea prioritaria frente a los intentos de los enemigos de dividir al movimiento artístico con cantos de sirenas y manipularlo con propósitos subversivos” no fue dictado por el poder, que si no diría más bien “en las condiciones actuales el movimiento artístico e intelectual debe mantenerse unido alrededor de su Revolución frente a…”. Por el contrario, ese fragmento es una muestra de cómo esa república artificial ha comenzado a atreverse a negociar con las altas instancias de la dirección del país: Mire General, o usted nos asegura el status quo, hablando en plata: nos pone a buen recaudo de

Miguel Barnet

Miguel Barnet

y sus ansías de ponerse a economizar con nuestros kilitos, o bueno, a lo mejor va y nos da por quitarnos los tapones de los oídos, y por zafarnos del mástil (que pa’ eso siempre hemos dejado los amarres medio sueltos).

Porque el documento en cuestión no es más que la declaración de guerra a las reformas de un nuevo sector de intereses creados supervivientes del fidelato. El de la república de las artes y letras a la que Fidel supo dar forma, en lo fundamental desde fines de los noventas, con el objetivo de frenar el creciente giro hacia la oposición del movimiento artístico e intelectual, desde principios de esa década. República a la que Murillito ha atacado en lo más profundo de sus intereses, más de una vez, durante los últimos años.

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