¿Por qué soy un repugnante gusano? (3)


José Gabriel Barrenechea.

Hasta ahora me he referido a dos causas de mi gusanería temporalmente puntuales, dos hechos si se quiere: La coincidencia en el tiempo de mi lectura del Tulipán Negro con las jornadas heroicas del Mariel; o el que no aprendiera a leer en aquella cartilla de los setentas, diseñada expresamente para convertir a mis contemporáneos en fanáticos devotos de Fidel Castro. Pero en mi formación no carnera no solo influyeron contingencias, sino también mi circunstancia.  Sería incluso más acertado afirmar, estrictamente hablando, que si hoy soy un repugnante gusano se debe a que a una circunstancia muy particular, que sembró en mí la “gusaneridad” como posibilidad, vino a darle la coyuntura para su desarrollo toda una serie de hechos fortuitos.

Me referiré en esta tercera entrega a una parte de mi circunstancia: Mi barrio, y en menor medida mi pueblo (donde, por cierto, sin que yo lo supiera hasta hace muy poco, mientras me disparaba cuatro veces el Gato con Botas le da la Vuelta al Mundo en Ochenta Días, ya Ella se meaba en su cuna).

En mi barrio, y en general en las áreas de Encrucijada en que transcurrieron mis primeros años, la cubanidad de otras épocas se había como empozado. A la manera de una pesada niebla se obstinaba en permanecer enredada a muebles, personas, casas, árboles, actitudes. Pero era en especial en mi barrio, habitado de modo mayoritario por viejos en una época en que todavía en Cuba se exhibían tasas relativamente altas de natalidad, en que ese aire anacrónico resultaba más evidente.

Que los muñequitos soviéticos estaban por empezar me lo anunciaba de modo invariable el negro Apolinar, de regreso del campo sobre su caballo. Mi idea de eso que mi abuelo Pablo Chávez llamaba “hombre serio y de respeto”, a quien veía pasar frente a mi ventana enrejada, siempre a las seis menos poco, y a quien nunca pude verlo en el viaje de ida para su finca porque yo nunca estuve despierto de madrugada, hacia exactamente lo mismo que su padre o su abuelo: Trabajar callada y honradamente; echar pa’ alante a su familia.

Había en él mucho de todos esos negros y mulatos, dedicados por sobre todo a las responsabilidades con sus casas y con los suyos, de hablar quedo y limpio, que han llenado nuestra historia a contrapelo del prejuicio racista de siempre. Pero a la vez se percibía también en él mucho de aquellos otros que habían hecho Patria con el filo de sus machetes. Porque a bragado no había quien le pusiera un pie enfrente, y si no que le pregunten a aquel ex marido de una tía mía, que una tarde escandalizó al barrio con un machete, y a quien sin pensárselo mucho, ni hablar una palabra, se le enfrentó con el suyo en singular combate.

De hecho mi imagen de nuestros libertadores se armó más con la del negro Apolinar, que con la de aquellos revolucionarios siempre exaltados, que invocaban motivos poco vivos para sus actitudes de “Tábanos”, a que nos sometían y aun someten los medios, con su inveterado revolucionarismo de opereta (¿no será así en definitiva todo revolucionarismo?). Y esa diferencia de ideación tenía que a la larga tener sus consecuencias negativas.

Justo enfrente de mi casa vivían Josefa y Pepa, que me contaban consejas de lejanas épocas, de tiempos en que los campos de Encrucijada todavía estaban tan recién ganados al Caos como aquellos de la primitiva Hélade cuando la recorrían Perseo o Heracles; tiempos en que a los guajiros de blusón y zapatos de vaqueta les sucedían una y mil maravillas con solo alejarse par de cordeles de sus bohíos de yaguas. Historias a veces hasta espeluznantes, que sin embargo, al resultar contadas casi sin énfasis de ningún tipo, con ese hablar cansino de las gentes muy viejas, y acompañadas además por la combinación del susurro de los tres enormes pinos de su patio, y de un tilo del nadie luego ha sabido darme referencias exactas, lograban aplacar los muchos miedos del niño hipersensible que por entonces era.

No se pierda de vista que lo lograban en un tiempo en que todo eran amenazas de exterminio nuclear o bacteriológico, movilizaciones de nuestros padres porque lo americanos estaban ya ahí, a tres escupidas de la playa de Nazábal, o bravatas kilométricas del compañero Guapo en Jefe (…venga mister Ford, y túmbeme esta pajita del hombro, para que vea que aquí sí hay hombres de verdad…).

Recuerdo más de Josefa y Pepa: Que se vestían y peinaban como creo lo han estado haciendo todas las viejitas cubanas de campo desde quién sabe cuándo, y hasta hace relativamente muy poco. Viejitas así acicaladas que hoy, revisitadas en las desvaídas fotos de nuestros álbumes familiares, tienen la virtud de hacernos conscientes de que tras nosotros hay toda una sólida tradición de siglos. Tradición que se concretaba, por ejemplo, en esos cantos tristes con que me dormía mi madre sobre un mal y renquéate sillón, esos “eres arrullo de palma…”, que en labios de mujeres que terminarían vistiendo y peinando de aquella misma manera habían estado resonando, desde quién sabe cuándo, sobre las tierras adentro de esta Isla.

Unas puertas más allá residía aquel señor a quien mi mamá, por unos pocos pesos que ayudaban a equilibrar el presupuesto familiar, le lavaba la ropa clara, le almidonaba los pantalones y las guayaberas. Ropa que salía tan blanca de sus manos que hasta destellos azulosos me parecía verle en los cordeles, ya seca. Ropa clara que advierto que en aquel tiempo podía ponerlo a uno en el bando de los zombies sociales. Porque los verdaderos revolucionarios solo usaban en aquellos años ropas de tejidos bastos y colores o verde olivo o grises o en todo caso azul miliciano, nunca los blancos hacendados o cremas, que se identificaban con peligrosas nostalgias republicanas; o que, por otra parte, demostraban a las claras que el así vestido no cumplía con el precepto de trabajar, porque para el Comandante, como para la primitiva iglesia, o David Ricardo, solo podía ser trabajo de verdad el que embarrara.

Esas pequeñas rebeldías eran muchas y cotidianas en mi barrio, no casos aislados. Nadie se expresaba por las claras en contra de la revolución, y mucho menos frente a mí, que todos suponían debería seguir viviendo bajo ella, por sobre todo cuando todavía mi vida estaba por empezar, pero resultaba evidente, y pegadizo incluso, ese desgano con que casi todo era adoptado en mi barrio, o al menos por las personas más cercanas a mí. Recuerdo, por ejemplo, la impresión que siempre me dejaba el que en otros barrios colindantes todos los radios y televisores estuvieran sintonizados en las palabras de Fidel, cuando en el mío tal muestra de fidelidad solo se daba en las casas de dos o tres, y ninguno cercano a mi familia.

Ahora, las palmas en cuanto a “gusaneridad” desembozada se las llevaban mi abuela Juana Cápiro, y mi madrina Petra. Por cierto, esa misma Petra que tanto mentaba Alejito el de Alegrías de Sobremesa, la de “va a llover más que cuando se casaron Petra y Pellejero”.

Esta, sin embargo, ya es materia para otra entrega.

Jorge Luis Rodríguez, Edelmis Anoceto y José Gabriel Barrenechea captados por el "Yuca", en comprometedora compañía.

Jorge Luis Rodríguez, Edelmis Anoceto y José Gabriel Barrenechea captados por el “Yuca”, en comprometedora compañía.

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