Las ventajas de la Política Exterior Martiana; para Cuba, pero también para Occidente.


José Gabriel Barrenechea.

La Cuba de esta segunda década del siglo XXI se encuentra en la posición ideal para aprovechar la política martiana de los equilibrios, vacilantes, que quizás no hubiera sido aplicable a inicios del XX, incluso si hubiéramos tenido los estadistas necesarios para ponerla en práctica, y que no tuvimos, no obstante.

Entre unos EEUU que ya no son la superpotencia incontrastable de la segunda posguerra mundial, y una América Latina atlántica que, bajo el liderazgo natural de Brasil, parece jugará un papel importantísimo en el futuro inmediato del mundo, pero a su vez a medio camino entre China y Europa gracias a las labores de ampliación del canal de Panamá, y la posible apertura de uno mayor todavía por Nicaragua, Cuba, en esta nueva era para el comercio y el transporte de cargas por mar, realmente amanece al nuevo siglo como el centro del mundo, y en definitiva no ya solo como la llave del Golfo de México.

Cuba, como nación transnacional con un 15 % de su población en los EEUU, como la nación después de Canadá más cercana a los usos, maneras, costumbres y modos de pensar “americanos”, pero a la vez latina y hablante del español, puede convertirse en el necesario puente entre el sur y el norte de las Américas. La Habana, si se aplicara esa política exterior referida no tardaría en opacar primero a Miami, y después en convertirse en lo que dicha ciudad no llega a ser al presente: El centro de las Américas.

Cuba puede convertirse a su vez en el nudo más importante del flujo comercial marítimo mundial. Sus puertos, debidamente acondicionados, se encuentran en la posición ideal para la redistribución de cargas, de modo que naves que se muevan en el eje Costa Este de los EE.UU-América del Sur, puedan dejar contenedores destinados al otro eje, Lejano Oriente-Europa, y viceversa. O sea, que nuestra posición y nuestros puertos no solo nos brindan la posibilidad ya conocida de convertirnos con el Mariel en el redistribuidor de las cargas de la costa este norteamericana, que no posee puertos con las características requeridas para los megabarcos contemporáneos, sino de buena parte del mundo.

Y todo ese flujo comercial, esa centralidad bien administrada mediante una correcta política exterior martiana, nos produciría no solo los beneficios directos anejos a dicho flujo, sino también los relacionados con las innúmeras industrias que se desplazaran hacia tan privilegiado lugar, o con una agricultura que solo gracias a esa centralidad será realmente viable. Porque si es evidente que nuestra agricultura no podrá nunca producir arroz, frijoles o maíz que compitan con los precios a que los puede cultivar la subsidiada norteamericana, no sucederá lo mismo para una agricultura orgánica. Nuestra cercanía a los mercados de la costa este norteamericana o a la propia occidental europea, con un indetenible flujo de transporte en aquellas direcciones, nos darán la posibilidad de transformarnos con rapidez en el suministrador de productos tropicales orgánicos para aquellas ricas regiones.

Hay un último aspecto de nuestra realidad actual que nos permite ser tan optimistas de los resultados de la aplicación de esta política martiana. Ya lo hemos tocado antes pero merece que le hagamos lugar aparte: Cuba no solo está en el centro del mundo de este siglo XXI; Cuba tiene a casi una quinta parte de sus hijos, en general lo más inteligente y emprendedor, regados por todo el planeta. El chiste criollo del cubano perdido en la Antártida que se cruza con una bandada de pingüinos y a quien desde ella le espetan: ¡asere, qué tú haces aquí!, resulta la mar de ilustrador. No existe actividad humana en que no haya algún cubano involucrado, a veces en las posiciones más distinguidas; y esos capitales de conocimientos, pero por sobre todo de relaciones, rendirán, bajo la mentada política, frutos que superan a la más calenturienta de nuestras fantasías.

Pero hay incluso más…

Los beneficios de dicha política exterior no se limitan a los que podría traerle a nuestra nación. Cuba puede ser clave en el equilibrio del mundo en el nuevo siglo, solo con servir de puente de unión a dos pueblos a los que somos muy cercanos: el norteamericano y el ruso. Una inteligente diplomacia nuestra podría hacerle ver a ambas potencias que el verdadero peligro no está en la otra, si no en el enemigo que ambas enfrentan en común: el fundamentalismo islámico.

Porque lo cierto es que en el mundo actual, mientras casi todos decrecen demográficamente, de modo catastrófico como en los casos de China o la misma Rusia, solo una región crece de manera explosiva: la islámica.

Hoy el mundo islámico es la única civilización expansiva. En él se crean los vastos y empobrecidos contingentes humanos, educados en valores por lo general poco apropiados para prosperar en sociedades altamente sofisticadas, ideales para engrosar las filas de las cruzadas-al revés que se gestan en la región. Cruzadas-al revés que no es menos cierto que en alguna medida han sido fomentadas por el trato equívoco que occidente le ha dado a la civilización islámica, pero que no podemos admitir por la muy evidente razón de que al hacerlo nos estamos condenando a desaparecer como individuos, o al menos como la tradición civilizatoria que, al menos los hombres de cultura, soñamos con dejar atrás para de algún modo alcanzar a trascender nuestras cortas vidas.

En este sentido Cuba, al acercar a las dos naciones occidentales extremas, y militarmente más fuertes, tendría de modo indudable un papel vital en la preservación de esta, nuestra civilización atlántica.

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