CELAC y democratización en Cuba.


banpor José Gabriel Barrenechea

Mucho se discute en estos días la pertinencia o no de la pertenencia plena de la Cuba actual a la CELAC. No voy a entrar aquí en una búsqueda de los infinitos motivos que llevan a cada uno a afiliarse a un partido u a otro. Tan rico asunto merece ser motivo para un post en sí mismo, o quizás un trabajo más exhaustivo, y en consecuencia largo. A fin de cuentas, esa afiliación tiene que ver con la Cuba que unos y otros sueñan o esperan construir en última instancia, en el caso de los de alma grande, o con sus más burdos intereses cotidianos, para esos muchos otros cuyo mundo suele no extenderse mucho más allá del plato de comida que tienen, o esperan tener enfrente.

Yo aquí solo voy a exponer y defender mi opinión, que no es otra que afirmativa: En general creo que si se quieren conseguir cambios pacíficos en Cuba es imprescindible involucrarla en cuanto organismo internacional aparezca.

Mi apoyo a la integración plena de Cuba a la CELAC, a la OTAN, a la Asociación de Iglesias de la Izquierda Revelada, o a la de Custodios de los Ecosistemas de la Luna, pasa por mi aceptación plena de un principio básico de la política, ya descubierto por Platón, y redescubierto por Paretto y Marx: un régimen político solo cae cuando hay divisiones en su cúpula, élite o clase dirigente; porque a mi modo de ver tales integraciones multiplicarán las fracturas de la élite, que ya existen al presente.

Muy pronto la “generación histórica” deberá salir del juego, y para entonces se debe tener a los que los sustituyan enredados en la mayor cantidad de relaciones posibles con gobiernos o particulares de otros países. ¿Por qué? Bueno, por el inocultable efecto disociador que sobre cada funcionario o dirigente cubano particular tienen y tendrán esas relaciones. Recordemos si no a Lage y a Felipito Pérez Roque.

Debe de observarse que para ese entonces el gobierno post generación histórica no será el monolito que solía ser, y que incluso ya no es, a ocho años de raulato. Para ese entonces un Lazo no se ocultará para regar a los cuatro vientos su inocultable desagrado porque se le haya dejado el país en herencia a un blanquito advenedizo, Díaz Canel: “que andaba en pantalones cortos cuando yo ya era yo”. O un organismo cualquiera, la UNEAC por ejemplo, dejará las muy veladas amenazas tipo las recientemente dejadas caer por Miguel Barnet, para pasar a posicionamientos más fuertes. O el primer secretario de, digamos Ciego de Ávila, no se cohibirá de tirarle la toalla en determinadas circunstancias a uno de sus subordinados en contra de una decisión del poder central: “que ahora lo ocupa uno igualito que yo, pero de Villa Clara”. Algo a lo que no se atreven hoy frente a Raúl Castro, a quien solo se atreven a enfrentar con el disimulo; ya que su nivel de legitimidad es reconocido por ellos como muy superior, y como fuente final de la propia legitimidad que ellos ostentan (Díaz Canel tiene para ellos su mismo nivel de legitimidad, mientras este no pueda crearse la suya propia).

Y todas esas tendencias no podrán ser más que aceleradas si los funcionarios y dirigentes comienzan a tener otras mil y variadas fuentes para formar sus opiniones que las que, al mantenerlos cuidadosamente aislados de la perniciosa contaminación exterior, les ha impuesto la generación histórica. Sin olvidar los muchos, diferentes y por lo tanto conflictivos intereses que crearán entre ellos la pluralidad de relaciones internacionales que por su crecido número no podrán ser monopolizadas por la cúspide de la pirámide.

Aquí debo enunciar el segundo principio básico de la política del que ya me he servido de modo explícito en mi argumentación: “Los regímenes políticos que pretenden vivir fuera del mainstream de su época, pero que no tienen fuerzas para imponerle al resto del mundo su visión de este, no sobreviven más que al enquistarse, al aislarse; por lo mismo, aislarlos desde afuera no puede resultar más contraproducente”.

Es incuestionable que el relativamente profuso intercambio con el exterior (viajes fuera de la Cortina de Hierro, pero también a países menos controlados tras de ella, como Checoslovaquia o Hungría), a que se vieron sometidos los dirigentes y funcionarios soviéticos durante los setentas tuvo que ver con sus liberales posturas de mediados de los ochentas. O, por otra parte, que la perspectiva de entrar en la Unión Europea influyó en el radical cambio de postura de las mayorías franquistas, y en su aceptación incondicional de la democracia a la salida del juego del “Caudillo de todas las Españas”.

De hecho lo positivo de los intercambios es muy perceptible al presente en Cuba. Veintipico de años de estrechas concesiones aplicadas a cuenta gotas, a regañadientes, pero que irremisiblemente conducen a una total apertura, de aceptación de las remesas, de progresiva facilitación de los viajes o de acceso a Internet, de comunicación con los extranjeros, de aun el mismo Telesur, han llevado al cubano de a pie a esa extendida sensación en muchos, idea diferente en algunos, de vivir en Marte. En lo fundamental los jóvenes se sienten marcianos, y a su vez ven a otras generaciones como de Júpiter cuando menos.

Y es una ley general que a poquísimos humanos les gusta vivir en Marte o Júpiter. Animal gregario por antonomasia, el hombre de modo invariable desea ser aceptado, y no un extraño para la mayor cantidad de humanos posibles. Lo contrario es patológico.

Unas palabras aparte para Telesur, por sobre todo por lo que pueden aportar en la justificación de mi posición. Nada ha desprestigiado más ante el cubano medio nuestro sistema electoral que la transmisión por ese canal, en vivo, de los procesos electorales de medio mundo, pero por sobre todo del venezolano. Ese cubano medio ha comenzado hasta a desear ese sentimiento de competencia y fiesta que tiene todo proceso electoral libre (con todo y las restricciones que su modelo venezolano tiene al presente). Pero hay más. Como los cubanos somos realmente marcianos hasta para los chavistas más recalcitrantes que redactan las noticias en ese canal, de los modos más contraproducentes se lastima la escenografía del reality show en que vivimos. Así, los cubanos nos  enteramos de que en casi toda Latinoamérica los emigrados votan hasta por su presidente el día en que Telesur, para desprestigiar al campeón del neoliberalismo en Latinoamérica, Chile, durante la reciente transmisión de la primera vuelta electoral saco a colación una y otra vez esa excepcionalidad chilena. Por nuestra parte, aunque ese canal no mencionó ni por asomo que Cuba estaba en el mismo saco, los cubanos reciclamos la crítica para aplicársela a nuestro propio país, campeón hemisférico del “anti-neoliberalismo”.

Admito que hasta ahora ha sido muy poco lo que han producido los acercamientos y aperturas unilaterales al régimen. La combinación de un poder central único e indiscutido, con una diplomacia más que hábil, “guarosa”, y que el régimen no creo sino que heredó de la República, supo aprovechar cualquier apertura y a la vez convalidar (nunca superar) los efectos disociadores de las mismas (no creo que el saldo de los acercamientos y aperturas sea negativo). Mas al presente ya no hay, ni habrá, al menos en lo inmediato, un poder tan centralizado ni tan indiscutido, y en cuanto a la diplomacia institucional, ahora ha surgido la diplomacia ciudadana, que cuando consiga afinar un poco los mecanismos de selección de su personal, y se deshaga de algunos que deberían de haber nacido mudos, o que solo refuerzan la idea generalizada de que los disidentes cubanos procedemos de los sectores menos educados de la sociedad cubana, mucho podrá hacer por los caminos del mundo para la democratización de Cuba.  

He presentado aquí las razones que me llevan a defender la pertinencia de que la Cuba actual sea invitada a cuanto organismo o asociación internacional aparezca en el horizonte, y en consecuencia, de que pertenezca con plenos derechos a la CELAC. Ahora, que crea o no en la conveniencia a largo plazo de unirnos a la CELAC, o a un ALCA revivida, son otros veinte pesos. Para mí la integración en la CELAC no tiene otro objetivo que resquebrajar al gobierno y su legitimidad, más líbreme Dios de pensar en integrar una Cuba Democrática en una futura Latinoamérica unida, o a una gran unión de la América del Norte. Porque yo no creo que Cuba deba integrarse a nadie más, ni a nada, por lo menos durante el próximo medio siglo.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s