God save the Union Jack


La organización territorial del Reino Unido es compleja y muy variada, ya que cada país constituyente tiene su propio sistema de demarcación geográfica y administrativa.

La organización territorial del Reino Unido es compleja y muy variada, ya que cada país constituyente tiene su propio sistema de demarcación geográfica y administrativa.

por José Gabriel Barrenechea.

En unos meses, en un plebiscito en Escocia, se decidirá la suerte de la Union Jack. Si los escoceses votaran por separarse del Reino Unido se llevaran consigo la cruz formada por dos bandas blancas en diagonal y el campo azul con que contribuyeron a dicha bandera, con lo que la misma necesariamente desaparecerá, para dar paso a otra muy diferente que a lo mejor incluye ahora al dragón rojo de de Gales.

Aclaro que no pertenezco al malandrinado cubano, ese ingente sector de nuestra población actual que parece identificar a la Union Jack como la de Malindrania, y que por lo mismo aprovecha cualquier espacio de tejido, o de piel, para cosérsela o tatuársela. No es mi apariencia personal lo que me motiva a sentarme frente a mi ordenador. Como buen cubano viejo tengo a la austeridad como suprema virtud en el vestir.

Pero el que no me la ponga o pinte encima no quiere decir que sea indiferente a ella, ni muchísimo menos que me desagrade su presencia. Si ahora escribo este post, es en buena medida para poner mi granito de arena en la perduración de ese símbolo, que significa tanto para mí.

Como sobre cualquier niño nacido en uno de los bandos de la Guerra Fría, la Segunda Guerra Mundial tuvo una enorme influencia en mi formación. Entre otras muchas cosas, yo soñaba con la gloria militar. Pero no eran los alemanes mis héroes, a semejanza de para algunos de mis contemporáneos, a quienes obnubilaba el militarismo en sí. En cuanto a los soviéticos, a pesar de que todo alrededor se empeñaba en presentármelos como los buenos y los “más mejores” por antonomasia, nunca pude comulgar con ellos por completo.  Mis ídolos resultaron ser los británicos, y de ello culpen a mi hermano.

A los seis años mis padres, que siempre me los habían comprado de plomo, de los que vendían a la entrada del Zoológico de Veintiséis, me regalaron mi primer juego de soldaditos plásticos. Eran siete ejércitos de ocho soldaditos cada uno. Con sus banderas, cañones y hasta tanques, porque a diferencia de los napoleónicos de plomo, estos eran reproducciones de combatientes de la pasada guerra mundial.

Al sacar de la caja el nailon de soldados británicos en shorts, evidentemente “Ratas del Desierto”, Jorge Luís Barrenechea me comentó por sobre mi hombro: “Esos eran los mejores soldados de la Segunda Guerra Mundial”. Tras volver la cabeza para buscarlo por un instante con la mirada, concentré mi atención en la extraña (no tenía estrellas, por ejemplo), pero fascinante bandera que los acompañaba. Aun hoy ese segundo se me aparece más nítido que muchos otros muy posteriores que he conservado en mi memoria.

Porque mi hermano tenía mucha razón. Después de leerlas no sé cuántas veces, las palabras de sir Wiston Churchill aun me forman un nudo en la garganta (cito de memoria): “We shall defend our Island, whatever the costs… We shall fight in our shores. We shall fight in our hills. We shall fight in our streets. We shall never surrender”.

Para quienes lo desconocen, o simplemente no se acuerdan, fueron pronunciadas cuando el Reino Unido enfrentaba, solo, a cuatro potencias totalitarias. Por un año, tras la caída de Francia en junio de 1940 y hasta que el totalitarismo alemán atacó al soviético en junio de 1941, el Imperio Británico se enfrentó en solitario a aquellos dos, además de a Italia y a Japón. Y los combatió por todo el planeta, en el Extremo Oriente, en los accesos por el este de la India, en Grecia, en Francia, en Noruega, en el norte de África, en las aguas y cielos de todos los océanos del mundo, sobre la misma Alemania. Si el totalitarismo, de cualquier signo, no se le impuso al mundo entero tras esa guerra se debe en buena medida al sacrificio británico.

Otro momento que recuerdo con inusitada nitidez para los treinta años que median entre él y este en que escribo, fue la tarde en que en una Bohemia, para entonces ya vieja, leí sobre la retirada británica por Dunkerque. Me impresionó por sobre todo el que, sin ser convocados por CDR’s, o por un Partido en nombre de grandes pero muertas palabras, británicas y británicos, sin las coacciones de todo tipo e intensidad que ya yo percibía a mi alrededor, respondiendo solo a sus conciencias, desamarraron sus embarcaciones de pesca o de recreo y cruzaron el Canal para sacar de una costa muy poco profunda a 350 000 soldados del Cuerpo Expedicionario Británico rodeados por hordas de Panzer Divizione. Desde jóvenes y aristocráticas señoritas hasta pecadores, desde doctores hasta viejos lobos de mar ya retirados… Para un niño nacido en Devonshire o en Glasgow en 1971, estoy seguro de que la asunción de esa actitud no llegó a significar tanto como para mí, nacido en ese mismo año pero criado en un país comunista, en el que la gente se iba a Angola muchas veces para que no lo convirtieran en un apestado, en un zombi sin derecho a un refrigerador, o un televisor.

Pero la Union Jack no es solo para mi un montón de soldaditos en una tarde remota, un conmovedor recuerdo de la influencia de mi hermano en mi vida, la conciencia de que si el siglo XX no se cerró con el triunfo de los totalitarismo, en no escasa medida se lo debemos los habitantes del XXI a las británicas y británicos que entre 1939 y 1945 los enfrentaron. Esto, que no es poco como se ve, se complementa con el hecho de ese símbolo se relaciona, y representa para mí, a Los Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Yes, Peter Gabriel, Queen, Oasis, Cold Play, Sherlock Holmes, Hamlet, Romeo y Julieta (principe de Dinamarca, vecinitos de Verona, te creo…), Robin Hood, Ivanhoe, Dick Turpin, El Rey Arturo, Ginebra y Lancelot, el Leviatán estatal, las manos ocultas del mercado, la paradoja de la inducción, Isaac Newton o Stephen Hawkins, o Charles Darwin, o Bertrand Russell, la constancia de que el timón puede muy bien estar del otro lado o de que un soldado bravo de verdad puede venir en saya, la salsa de menta que casi mata a Obelix de hambre, el Capitán Scott, Mallory, los HMS delante del nombre de los barcos de guerra, el almirante Nelsón, Peter O´Toole, Alfred Hitchcock, Ridley Scott, Lawrence Olivier y ¡Catherine Zeta Jones o Lady Godiva (que tanto me perturbó con su rubia blancura en mis noches de adolescente)!, Charles Chaplin, George y Mildred, Benny Hill, Los Muppets, Mr. Bean, Edmund Burke, el té de las cinco, la puntualidad, John Milton, Jack “El Destripador”, Mister Jeykell, Jane Austen, Siegfried Sassoon y Robert Graves, Aldous Huxley, “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, los poemas de Yeats, la anécdota del escritor contrahecho que ante la sarcástica pregunta de Carlos II, de “¿Para qué sirve este hombrecito?, respondió, “Pues para que vos andéis derecho Majestad?”, los hobbits, Saurón y la Tierra Media, la guía del autoestopista galáctico, C. S. Lewis… y no quiero dejar afuera a unos tipos que me dieron un 20% de mi sentido del humor, y no poco de mi visión un tanto diferente de los “colonialismos” de la que pontificaba en Calibán Roberto Fernández Retamar: Monty Python. ¡Con una sola escena!

En Vida de Brian, los revolucionarios judíos están reunidos preparando la lucha armada. Para enfervorecer a sus seguidores el líder, Brian nada menos, les pregunta: ¡A ver, que nos han traído los romanos! Pero las respuestas no pueden ir más en contra del hambre, miseria y explotación, previsto. Brian ha esperado en todo caso un convencido y rotundo ¡nada!, pero tras un momento de dudas sus seguidores, con todo y su fanatismo, comienzan a enumerar: El acueducto, los caminos, los alcantarillados, la administración pública, la ciencia, la medicina… 

Los escoceses, al votar próximamente por su pertenencia o no al Reino Unido, deberían de tener en cuenta no solo a Wallace-Mel Gibson-Corazón Valiente, sino también, además de los cientos de miles de escoceses que han muerto por esa bandera bajo todos los cielos del planeta, a esa otra imagen en que un paisano suyo, Sean Connery, interpretando a James Bond, salta en un paracaídas que es en sí una enorme Unión Jack. Por último también les suplico que tengan en cuenta al niño que allá por las postrimerías de los setentas jugaba a ser un piloto de la RAF, y en su spitfire o hurricane (no sabía por entonces cuál era el nombre de los modelos de cazas británicos) derribaba a docenas de messersmicht sobre el Canal.

Yo.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s