A los pueblos de la CELAC.


José Gabriel Barrenechea.

Durante nuestro último esfuerzo independentista, la Guerra del 95, sus gobiernos o se mantuvieron neutrales, o apoyaron a España. Algunos, como el de la Argentina, hasta con soldados voluntarios completamente equipados. Eran tiempos de Hispanoamericanismo. Para la inmensa mayoría de sus políticos de por entonces, Cuba fuera de la órbita española solo podía gravitar necesariamente en la norteamericana, hasta ser en un final absorbida. Lo cual, de ocurrir, no podía ser interpretado de otra manera que como un retroceso de la América Hispana, Latina, en su lucha no declarada frente a la pujante Anglosajona. Por ello, razonaban, lo mejor era que Cuba permaneciera encadenada a la vetusta monarquía española.

Esa actitud de sus políticos de entonces se justificaba en parte. Eran tiempos, los del novecento, en que el mundo parecía estar a punto de terminar repartido entre media docena de imperialismos, entre ellos el norteamericano.

Cuba, no obstante, se separó para siempre de España, y contra lo esperado, no se anexó a los EE.UU. Es cierto que comenzó en 1902 su vida independiente como un semi-protectorado de ese país, pero el cubano no soportó por mucho tiempo esa mediatizadasituación. En septiembre de 1933 un presidente, elevado al poder por soldados y estudiantes, se negó a reconocer la Enmienda Platt y gobernó a pesar del cerco de la poderosísima Flota Norteamericana del Atlántico. Unos pocos meses después, los norteamericanos, conscientes de lo que podía significar revolver un poco más el avispero cubano, firmaron el acta de defunción de lo que ya estaba muerto y enterrado desde aquella mañana en que Ramón Grau San Martín se negó a jurar la Constitución de 1901, por contener como apéndice a aquella enmienda.

Y Cuba, contra todos los pronósticos, fue independiente.  Al punto de ser el único país latinoamericano que en 1950 le pidió cuentas a los norteamericanos por sus excesos en la represión de la sublevación borinqueña de ese año; el único país que apoyo con algo más que con palabras a la Guatemala de Arévalo y Arbenz, tan mal vista por la derecha norteamericana; el país latinoamericano en que, a pesar de ser hacia 1925 el más penetrado por los capitales y empresas norteamericanas, se avanzó más en cuanto a conquistas de la clase obrera y derechos laborales, pasando en consecuencia por sobre los intereses de esos capitales y empresas norteamericanas…

Es necesario recordarles, o informarles todo ello, ahora que sus gobiernos vuelven a actuar como sus antecesores de hace 120 años. Porque para sus políticos de ahora pareciera como si una Cuba democrática solo pudiera derivar necesariamente hacia la órbita norteamericana; como si una Cuba democrática solo pudiera ser el aliado fiel de Washington, y su enemigo natural.

Pero obsérvese en primer lugar que ya no vivimos en los años que antecedieron a la 1ª Guerra Mundial. Quiérase argumentar lo que se quiera, es evidente que no estamos en tiempos de Imperialismos. En todo caso de grandes bloques que poco a poco se articulan, y que conviven con unos EE.UU. que han dejado de ser la potencia incontrastable de la segunda postguerra mundial.

En segundo que los cubanos hemos demostrado estar hechos de una pasta inhabitual, y que nos impide gravitar en cualquier dirección impuesta. Nosotros, recuérdenlo bien, no nos liberamos de una España ella misma ocupada derrotando ejércitos de unos pocos miles de soldados reclutados en las mismas colonias, y que por lo general estaban peor equipados que los independentistas. Nosotros, absolutamente solos, destrozamos a España en la guerra más desproporcionada de toda la historia humana. Nosotros somos, además, los únicos que en este hemisferio nos hemos atrevido a desafiar a los norteamericanos, en serio y en más de una ocasión. Cosas de locos, se me dirá, pero pobre vejez del que no tiene locuras que añorar, y de que enorgullecerse, cuando los sentidos se aplacan, predomina la razón, y se subsanan los desmanes de la juventud.

Deben de saber ustedes que sus gobernantes asumen esta anacrónica creencia, y actúan en consecuencia, debido a dos razones básicas:

1º Porque una gran mayoría de sus políticos siguen viviendo en otras épocas, sin ser conscientes todavía de la suya propia. Sin ser conscientes del poder del bloque latinoamericano, y en lo particular del sudamericano.

No entienden que en su mano, si lo quisieran, está el poder para obligar al actual gobierno cubano a comenzar la democratización, y a su vez para garantizar que los norteamericanos no impongan ni figuras, ni condiciones en dicho proceso. O sea, el bloque sudamericano tiene hoy el poder de hacer cumplir al gobierno de Cuba sus continuas promesas de democratización en caso de desaparecer el peligro para su soberanía e independencia nacional, porque de hecho al presente es capaz de hacer desaparecer dicho peligro, al salvaguardar dentro de su área de hegemonía dicho proceso democratizador.

Pierden por tanto la oportunidad de hacerle entender a los norteamericanos, y al mundo, que otra época ha empezado, que su diplomacia es capaz deya de algo más que de telenovelas a la hondureña.

2º Porque para una minoría esa creencia no es más que una tapadera de sus verdaderos motivos. Tales políticos solo desean mantener a Cuba sometida a formas de soberanía exclusivista, en contraposición de la popular, para utilizarla en su momento como cabeza de playa desde donde en un futuro poder imponerles dicha soberanía exclusivista a ustedes mismos.

Me explico en este segundo caso con un ejemplo. Cuando hace casi un año cierto congresista brasileño le preguntó a Yoani Sánchez, ¿Quién te paga el viaje?, denunció, si no las verdaderas intenciones de su fuerza política, al menos su interpretación de cuáles debían ser estas a su entender: Para este señor el país ideal sería no otro que aquel en que ustedes resulten tan  privados de independencia económica como nosotros acá; aquel en que cortada toda posible influencia extrafronteriza solo sea concebible viajar si el gobierno lo cree necesario, y por lo tanto subvencione el viaje.

Es evidente, por tanto, que pedirles cuentas a sus políticos sobre este particular, y exigirles en definitiva un papel más activo en la democratización de Cuba, les resulta vital también a ustedes. Tanto para acabar de adecuar su política exterior al lugar que ya ocupan en el mundo de hoy, como para cerrarle el paso a que formas de soberanía exclusivista, como las de la Cuba actual, se difundan a su vez en sus propios países.

Pero además por una última e importantísima razón: Cuba, con su concurso o no, pronto será una nación democrática, y en no mucho tiempo, gracias a la conformación que está adquiriendo el mundo en este siglo XXI, poderosa. Para entonces será conveniente que en las almas de sus habitantes no se les guarde sordos rencores…

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