Política Exterior de José Martí


220px-Jose-Martipor José Gabriel Barrenechea.

Para Martí, el latinoamericano de su tiempo que mejor haya entendido a aquella nación, “En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, del que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías”, y dada la imposibilidad “de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso”, es imprescindible ganarse al segundo elemento, mediante “la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas”. Martí, que aun para separarnos de España clamaba por una guerra “generosa y breve”, no pretendía por lo tanto convertir a su país en un campamento, ni en llevarlo a una cruzada suicida contra los Estados Unidos, sino en irlos “enfrentando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa”, o sea, con la combinación de la demostración constante de nuestra capacidad como pueblo de vivir en democracia, más una sabia diplomacia, para de ese modo conseguir “que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país (los EE.UU.) tenga tal conocimiento y concepto” del pueblo cubano “que con la autoridad y certidumbre de ellos contrasten los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población…”

Pero la política exterior martiana iba mucho más allá; aspiraba a una república que no solo fuera capaz de mantenerse con un alto grado de independencia de los EEUU muy a lo profundo de su área de predominio. Aspiraba a una República Cubana próspera, pero también líder en los destinos del mundo.

¿Cómo pretendía lograrlo?

Para entenderlo lo primero es abandonar cierta visión hagiográfica de su personalidad.

Martí, a su muerte, es un hombre por completo dedicado a lo que se ha convertido en el objetivo de su vida: la constitución, ya desde la propia guerra, de una República cubana, independiente y democrática, en que más que por sus instituciones políticas se destaque y sirva de guía por su  virtud, por su espíritu ciudadano. Todo lo demás solo sirve en la medida que permita el logro de su objetivo.

Y es en este sentido herramental que debe leerse su latinoamericanismo: Martí tocará a cualquier puerta para lograr la realización de su ideal cubano, incluso a la de un dictador como Porfirio Díaz, ante cuya ascensión al poder a mediados de los setentas había decidido abandonar México. País en donde a su carrera se le presentaba un porvenir de comodidades y reconocimientos, a él, que acababa de salir de una infancia y adolescencia sumamente rodeadas de carencias. Es en esta cuerda que debe leerse, e interpretarse, su última carta a Manuel Mercado, su amigo de sus años mexicanos, pero también un personaje muy bien situado en la dictadura porfirista, a quien hace casi veinte años no ve personalmente. Ante el individuo que puede ser un intermediario clave en la independencia cubana, asume como buen político el papel de quien todo lo que ha hecho por aquella, su vía crucis existencial en definitiva, no ha tenido otro objetivo que disimular sus trabajos secretos para asegurarle a don Porfirio el flanco derecho frente a su poderoso vecino norteño.

No a otra razón se debe que Martí saque a cuento en dicha carta no solo la reciente confesión de Martínez Campos al corresponsal del Herald, Eugenio Bryson, de que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los E. Unidos (sic) a rendir la Isla a los cubanos”, sino también, y más que nada, lo que dice haberle comunicado el propio corresponsal, sobre la supuesta existencia de un candidato del gobierno norteamericano para suceder a Don Porfirio.

Y es que la carta en realidad gira no alrededor del consabido “en silencio ha tenido que ser…”, que popularizará nuestro remedo televisivo del James Bond británico, allá por las postrimerías de los setenta, sino de una pregunta hacia su final: “¿no hallará (el México porfirista) modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende?”, a lo que sigue lo que no puede ser más que una muestra de su ansiedad por el apoyo mexicano, la importunidad de añadir: “Sí lo hallará- o yo se lo hallaré”.

Porque José Martí, contrario a lo que pudiera parecernos tras una lectura suya muy superficial, desvinculada de su trayectoria vital, es un político que no tiene la cabeza metida entre las nubes, sino uno que se haya muy centrado en la consecución de sus metas. Sus reflexiones no son las divagaciones de uno de los tantos poetas-políticos o políticos-poetas que ha dado Iberoamérica, sino las de un hombre que tiene objetivos muy claros, muy enraizados como para convertirse en sí mismos en parte inseparable y principal de su vida (si es que no en su vida propiamente dicha); objetivos en cuyo alcance encuentra problemas que debe resolver, respuestas que debe dar, y antes las cuales no da nunca media vuelta atrás.

Si entre 1889 y 1891, tras apartarse en apariencias de la política cubana emprende una serie de trabajos periodísticos y ensayos que podrían hacer pensar que, desengañado de sus afanes por Cuba, ahora persigue la unidad de una patria más grande, la Latinoamericana al molde bolivariano, lo cierto es que como nunca antes ha estado siendo efectivo en la realización de su Fin. En ese periodo trascendental Martí no solo se ha dedicado a escribir: ha estado haciendo altísima política para hacer fracasar ciertos planes de adquisición de la Isla de Cuba por el gobierno de Washington, mediante su compra a España. Desde su posición de representante consular de la Argentina en Nueva York, ha estado maniobrando tras bambalinas junto al Ministro de Relaciones Exteriores de aquella república austral, Roque Sáenz Peña, para evitar la consumación de aquellos planes, a los que no son pocas las “hermanas” repúblicas latinoamericanas que le prestan su concurso.

Es entonces que ha comenzado a aplicar su diplomacia de ensueño y realidad, con su genial olfato de estadista, la que a dos meses de su muerte en Dos Ríos sistematizará, o más bien comenzará a sistematizar, en el Manifiesto de Montecristi, y que desgraciadamente deja trunca su inopinada muerte en Dos Ríos (por sobre todo porque es diplomacia actuante, y no teórica): “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo”, o sea, la diplomacia del equilibrio de contrarios, de la anulación en ciertos espacios intermedios, el nuestro, de intereses en apariencias antagónicos. Lográndose dicha anulación gracias precisa y paradójicamente a una exacerbación de esos mismos intereses.

Para José Martí, que conoce muy bien a la Latinoamérica de su tiempo para saber la infactibilidad real de una posible unión suya en el futuro, ya no ni tan siquiera mediato, esta concepción del equilibrio es vital para sus planes de constitución de una Cuba, y Puerto Rico, independientes: Como en Nueva York en el 89, durante el “Congreso Internacional de Washington”, él sabe que tiene que buscar el modo de evitar que los EE.UU. se entrometan en Cuba antes de poder poner a punto su República modelo, blindada para aquellos por su misma virtud, a la vez que impedir que alguna superpotencia europea decida recolonizarnos, como de hecho por entonces hacen en todo el mundo (y cómo parece haber intentado Inglaterra en 1892; intento afortunadamente denunciado a tiempo por otro de nuestros titanes decimonónicos, Don Juan Gualberto Gómez).

En este sentido intenta ganar los apoyos, para antes y después de la independencia, (al oeste) de México, con la idea de unas Antillas fuertes, que le garanticen su flanco derecho de los EE.UU. sin necesidad de acudir a ningún superpoder europeo, más peligrosos de por sí, como les ha demostrado fehacientemente su historia reciente, que los propios “gringos”; (al sur) de la por entonces pujante Argentina, con la idea de que esas mismas Antillas sean un bastión amigo a medio camino entre los EE.UU. y el aliado hemisférico de estos por entonces, Brasil, a su vez contrincante natural de Buenos Aires en la región sudamericana; (al este) de Inglaterra y de Alemania, con la idea de una nación abierta y no sometida a los dictados norteamericanos a las puertas mismas del canal transoceánico que aquellos están por abrir; (al norte) y por último de los propios norteamericanos, con la promesa que le escribe al editor del New York Herald, el 2 de mayo de 1895, de que con “la conquista de la libertad” de Cuba se habrá “de abrir a los EE.UU la Isla que hoy le cierra el interés español”; promesa que por lo floja nos puede hacer dudar de la capacidad diplomática de Martí, al menos si hemos olvidado cuales eran para él los modos en realidad eficaces de detener las ansias anexionistas que pudieran nacer en aquel país.

Martí en fin no encuentra ningún inconveniente en que su República “con todos y para el bien de todos” pueda ser independiente en medio de un mundo heterogéneo e inestable. Por el contrario, él solo lo cree posible precisamente gracias a un inteligente aprovechamiento de dicha heterogeneidad e inestabilidad.

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