Expediciones a Pinar del Río en 1896.

Antonio Maceo cruzó la trocha de Jaimiquí el 16 de septiembre de 1896. Foto: Juventud Rebelde

Antonio Maceo cruzó la trocha de Jaimiquí el 16 de septiembre de 1896. Foto: Juventud Rebelde

José Gabriel Barrenechea.

Algunos historiadores sostienen que la cúpula neoyorkina de la Revolución del 95, encabezada por  don Tomás Estrada Palma, en combinación con elementos racistas en el Gobierno en Armas, manejaron malintencionadamente los envíos de expediciones militares con el objetivo de paralizar a Maceo, ¡y hasta de propiciar su derrota y muerte! En lo que sigue intento demostrar el escaso basamento real de ese infundio, interesado.

Antonio Maceo entró en Pinar del Río en los primeros días de enero de 1896. Esta era la más fiel provincia a la corona española de por entonces, y sobre ella el recién llegado Capitán General, Valeriano Weyler (este genocida no merece el don), no tardó en concentrar lo fundamental de sus recursos militares y navales. Si se considera esto, y se otorga un plazo de dos meses y medio hasta que la columna invasora consiguiera transformarse en el 6º Cuerpo del Ejército Libertador, y lo más importante, tener algún dominio de las costas, o por lo menos comunicación esporádica con ellas, debe entonces admitirse que la fecha a partir de la cual no se justificaría la no ayuda de la Delegación gira más o menos alrededor del 1 de abril de 1896. Por tanto, para comprobar si en verdad la Delegación relegó a las tropas de Maceo en la distribución de sus abastecimientos, basta con contabilizar el número de expediciones que la misma envió a Pinar del Río entre esa fecha y el 10 de diciembre, fecha en que en Nueva York se conoció de la caída del Titán de Bronce, y compararlo con el número total de las enviadas a Cuba en dicho periodo.

En dicho intervalo de tiempo la Delegación envió a Cuba 12 expediciones, de las cuales 5 debieron haber arribado, según sus órdenes, a Pinar del Río, mas solo lo hicieron 3. La primera llegó en la goleta Competitor a las costas pinareñas el 25 de abril, con un cargamento de 200 fusiles y 60 000 cartuchos, que casi se perdió por completo al ser sorprendido el desembarco por una cañonera española, y por las guerrillas de Palma. La oportuna aparición del coronel Carlos Socarrás consiguió que se salvaran unos 10 000 tiros.

Esta fue la única expedición que arribó al cuerpo de la provincia de Pinar del Río propiamente dicho, y como se ve constituyó casi un fracaso.

La segunda expedición que debió haber llegado a Pinar del Río, de seguir las órdenes recibidas, no lo hizo porque la tripulación del barco que la transportaba, y los expedicionarios que venían en ella, decidieron en alta mar no arriesgarse y en  consecuencia siguieron para Cabo Cruz, en Oriente, adonde arribaron el 4 de mayo. Navegaban en el vapor Bermuda, y traía, según una fuente, 414 fusiles, según otra, 1400. Cargaba además un cañón Hotchkiss, 500 000 cartuchos…

Debemos recordar que en 1895 todavía no existía la telegrafía inalámbrica. Por lo que ni el Delegado, Don Tomás Estrada Palma, y ni tan siquiera el jefe del Departamento de Expediciones, general Emilio Núñez, conocieron hasta mucho después del cambio de rumbo, del que en todo caso solo puede ser acusado el Coronel Francisco Leyte Vidal.

La tercera expedición si cumplió con la orden de dejar su cargamento en Pinar del Río y resultó en el más completo éxito. Arribo el 23 de junio a costas pinareñas en el Three Friends, en su tercer viaje a la Isla, y trajo 200 máuseres, 35 tercerolas remington, 300 000 cartuchos y 11 cajas de dinamita. Su jefe era Leyte Vidal.

Arribaron, y esto es muy importante, por la Ensenada de Corrientes, en la península de Guanahacabibes, cerca del caserío de María la Gorda.

La cuarta a Pinar del Río era una de las tres expediciones que la Delegación planeó mediante la combinación del Laurada y del Dauntless. Las otras dos debieron arribar, y lo hicieron con éxito, al norte de Camagüey y al sur de Oriente. En estas expediciones el Laurada transportó hasta la cercanía de la Isla el cargamento de las tres, y el Dauntless, más rápido y de menor calado, fue el encargado de ponerlas en tierra cubana.

La no llegada a tiempo de los expedicionarios de Oriente y Pinar, encabezados por el coronel Miguel Betancourt Guerra y el general Juan Rius Rivera, quienes fueron retenidos por las autoridades norteamericanas, provocó que Emilio Núñez en persona, que venía como jefe de mar, decidiera dejar la destinada a Pinar en el lugar más seguro: Oriente.

La decisión de dejar los cargamentos de ambas expediciones en Oriente era absolutamente lógica: En primer lugar, había que dejarlos en Cuba porque no se podían arriesgar los cargamentos a una posible incautación por las autoridades norteamericanas o británicas, de volver sobre sus pasos. En segundo, porque para desembarcar los pertrechos solo se contaba con los hombres a bordo designados para darle protección a las expediciones en alta mar. Téngase en cuenta que en Oriente los cubanos tenían un mayor dominio de las costas, algo que no podía ni soñarse en Pinar. En esta segunda provincia era impensable desembarcar, o dejar una expedición tan considerable, con los pocos hombres con que contaba Nuñez. Se dependía allí solo de la afortunada conjunción con las tropas de Maceo, mientras en Oriente la relativa densidad de tropas y de habitantes de prefecturas ampliaba el rango de posibilidades de encontrar apoyo considerable. Como ocurrió.

Vuélvase a observar que esta decisión, en la que no cabe sospecharse ninguna segunda malévola intención, se decidió a miles de millas de Nueva York, sin el conocimiento del Delegado.

La quinta fue también la quinta expedición del remolcador Three Friends, y todo un éxito. Desembarcó el 8 de septiembre. En ella pudo por fin llegar a costas pinareñas Rius Rivera, y con él 1 000 fusiles, 460 000 cartuchos, 1 cañón neumático con cien proyectiles y 2 000 libras de dinamita.

Desembarcó también, como en junio, en la Ensenada de Corrientes, por la caleta de María la Gorda.

Esta distribución de los envíos a Cuba por la Delegación desmiente el infundio de manera incontrastable: Casi la mitad de sus expediciones, la Delegación las envió a Pinar del Río, a pesar de que la concentración de las fuerzas españolas de mar y tierra hacían casi virtualmente imposible un desembarco. Incluso si se tiene en cuenta las que llegaron en realidad, percibimos que el 6º Cuerpo ha recibido la cuarta parte de las expediciones del periodo (3 de 12), una proporción muy superior a la recibida por cualquiera de los otros 5 cuerpos, a excepción del 2º, que iguala esa proporción solo gracias a haberse beneficiado con dos originalmente destinadas a Pinar.

Un último detalle: Las características de las costas de Pinar del Río, la concentración desproporcionada de recursos para vigilarlas utilizados por el mando español, y la densidad de la navegación internacional en sus cercanías, solo hacían factible desembarcar expediciones en la Península de Guanahacabibes. Solo allí, con un tramo abundante de costa casi deshabitada, y lo fundamental, con un intensísimo tráfico internacional en sus cercanías, que hacían casi imposible realizar una vigilancia efectiva, podía tenerse esperanza de éxito. No en balde el mando español, que no construía trochas por mero ánimo constructivo, situó allí una tercera, con la declarada intención de impedir que el 6º Cuerpo pudiera acceder a dicha península.

Un villista, y un estalinista, en la Cabaña.

El pasado jueves fue presentada en la Cabaña la Antología Padrecito Stalin, no vuelvas, seleccionada por Paco Ignacio Taibo II, quien también incluyó un texto suyo, y una nota inicial. El pequeño volumen resultó de la cooperación de las editoriales Rosa Luxemburg Stiftung y Para Leer en Libertad AC. Por una de esas ironías, tan frecuentes en la surrealista Cuba, se escogió para la presentación nada menos que la sala dedicada al que quizás sea nuestro intelectual, y brillante, más ganado por el estalinismo: José Antonio Portuondo.

Se incluyen en este libro textos de Annie Kriegel, Ernst Fisher, Issac Deutscher, Victor Serge, Howard Fast, Trotski y como ya mencionamos, del propio Taibo. Si el objetivo del libro es el que nos avisa Taibo en su Nota preliminar, o sea, “abrir una puerta a las lecturas y el debate”, entre esa “nueva izquierda (que) está surgiendo en nuestro país de los movimientos estudiantiles, de la confrontación contra el PRI… de la resistencia obrera, los movimientos magisteriales…”, la selección pudo y debió ser mejor. Lo cual habría podido lograrse, incluso, si el antologador hubiese seleccionado otros más sustanciosos fragmentos de los mismos libros por él utilizados.

Esto de que escritores muy establecidos acepten tareas tales es un arma de doble filo. Es cierto que su nombre asegura una buena recepción del libro; que este en definitiva alcanzara a la mayor cantidad de lectores posibles. Sin embargo, tiene en contra que objetivos como los que se declaran en la nota,conllevan la paciencia de selección, la meticulosidad reflexiva que un escritor que ya está bien afirmado en el Parnaso no suele dedicarle a nada. Porque en una cuerda parecida a la de los dictadores, los autores icónicos también llegan a creer, cuando el elogio los rodea por todas partes, que con su solo tocar basta para producir obras maestras. Mas no es así y este librito es una buena prueba de ello.

Pero lo que interesa aquí es la parte cubana de ese libro, o lo que es lo mismo, su presentación. En este sentido se agradece que Taibo haya traído, para poner en manos de los cubanos, un libro en que se desenmascara a Stalin y el estalinismo. Recuérdese que el que sigue siendo nuestro bienamado Líder Histórico, ha salido par de veces de su lecho de convaleciente para defender en sus Reflexiones de Ultratumba al georgiano; o que nuestro estado, ¿socialista?, sigue organizado a la manera que Stalin consagró allá por 1936.

Para tapar esto último se consensuó con esmero al presentador. Nada menos que Fernando Martínez Heredia. Y como siempre nuestro profundo pensador de izquierdas no profundizó en nada, y dio tantas vueltas que poco faltó para dormir al auditorio (Creo que el colombiano Álvaro Castillo se tomó de verdad una siestecita a mi lado). Trató de salvar su conciencia, y la de su generación, según él, por haber desconocido lo que puede leerse abundantemente descrito en las revistas y periódicos de su adolescencia, y primera juventud. Trató de encontrar un argumento que le sirviese para demostrar que Fidel y Stalin no tienen nada en común, hasta que finalmente al minuto quince se dio por vencido, dándolo sin más por sentado.

Si de la política debe uno saberse retirar a tiempo, como Joffe, de la labor intelectual con mucha más razón; y aun con muchísima más si ambas actividades se solapan en el individuo en cuestión. ¡Se llega a cada extremos cuando uno ya ha dado lo que podía pero sigue empeñado en no soltar la teta de la vaca! Porque este señor, que nunca ha sido un pensador relevante, que no ha aportado nada nuevo, en determinado momento sí tuvo un relevante papel en nuestra política y vida intelectual. Mas tuvo esto su apogeo por allá por 1971, cuando se enfrentó a la decisión de cerrar el Departamento de Filosofía de la UH y la revista Pensamiento Crítico. Si por entonces se hubiera hecho fusilar, o si después por lo menos se hubiera retraído a las tinieblas de la anonimia, es seguro que su lugar estaría bien asegurado en nuestra historia, y en el del movimiento socialista mundial.

Mas el deber mal entendido, y luego las canonjías, terminaron convirtiéndolo en el abogadode que el estalinismo cubano echa mano para defenderse en ambientes más sofisticados.

La presentación terminó con un camarada alemán preguntándole a Taibo: ¿Pero qué alternativa quedaba en los treintas, porque tampoco el trotskismo era más respetuoso de la democracia que el estalinismo?, sin que a nadie se le ocurriera mentar al SPD. Porque como explicitó bien Heredia sin que nadie en la sala le saliera la paso, la violencia “revolucionaria” se sigue justificando.

Nada, camaradas, que valen los 4 o 27 de febrero venezolanos, pero nunca los 12.

Rolando Rodríguez versus Carlos Prío.

José Gabriel Barrenechea.

De que el Batistatocarece de posibilidad de enraizar en nuestro presente, y de que la tradición democrático-republicana a la que aquel puso a hibernar, la madrugada del lunes 10 de marzo de 1953, desvela cada noche más al medio centenar de ancianos intransigentes, da buena muestra una conferencia de uno de ellos. Rolando Rodríguez, en Batista y el golpe revolucionario de estado (del 4 de septiembre de 1933), hace lo que entre 1952 y 1959 nadie hubiera ni tan siquiera imaginado podía hacerse: Pasarle al individuo Batista, y a la clase “proletaria” de los sargentos, los papeles protagónicos en dicho golpe, y a la vez restárselo a los jóvenes estudiantes demócratas (tal vez demasiado demócratas, como lo demostraría su preferencia por las formas de poder ejecutivo colegiado); y en especial a uno de ellos, a Carlos PríoSocarrás.

Lo que en definitiva puede hacerse porque Batista es al presente solo una osamenta política; porque vivimos cada vez más bajo un gobierno de militares que también se pretenden “proletarios”; y porque esa tradición democrático-republicana, puesta a hibernar hará pronto 62 años,da muestras de haber comenzado a bostezar y a estirarse en la cama, al menos en la de jóvenes intelectuales y políticos isleños.

En lo que sigue no voy a intentar demostrar, por ejemplo, que los sargentos no estuvieron nunca tan al control de la situación como por su parte trata de hacer creer Rolando Rodríguez. Yo no tengo el privilegiado acceso a los fondos cubanos de la época que posee este señor funcionario, devenido historiador, ni tampoco he recibido el privilegio de hacer expediciones, con todos los gastos pagos, a los Archivos de Indias o la Biblioteca del Congreso de los EEUU;a descubrir, como es su caso, mucho de lo que ya puede encontrarse en la obra de anteriores historiadores nuestros (y con una más amena redacción). Para intentar reivindicar el papel de Carlos PríoSocarrás en los sucesos que conllevaron a la más trascendental transformación enCuba durante el siglo XX, papel cuyo escamoteo resulta evidente que Rodríguez se ha impuesto, solo he echado mano de la lógica y del sentido común.

Comenzaré por preguntar: ¿si es real, como sostiene Rodríguez, que los miembros del Comité de los Ocho trabajaron desde muy temprano con la plena consciencia de dar un golpe militar que los dejara en el poder, como se explica que permitieran que la Pentarquía y el Directorio intentaran hacer volver a sus puestos a los oficiales, a solo horas de haberlo efectuado, en la noche del 6 al 7 de septiembre? El que admitieran tales intentos solo puede explicarse si aceptamos que incluso a varios días del golpe no tenían claro ni qué querían, ni muchísimo menos cómo lograrlo en definitiva.

Cito ahora a alguien, Lionel Soto,compañero poco sospechoso de querer afectar el sueño de los mencionados ancianitos.En La Revolución Precursora de 1933, cuando narra los sucesos de aquella noche del 4 de septiembre, escribe:

“Alrededor de las once de la noche se iniciaron las conversaciones que conducirían a una nueva situación”.

 “Lo primero que acertó a hacer aquel conglomerado fue emitir una “Proclama de la Revolución al pueblo de Cuba”, en la que se fijaban las líneas de conducta y se anunciaba la toma del poder”

Ahora, siempre según Lionel, el primer firmante de dicha proclama, o para ser más claros: del primer documento salido de la nueva situación, y por lo tanto redactado bajo la más completa impresión de las conversaciones que habían conducido a la misma, fue nada menos que Carlos PríoSocarrás.

¿Por qué, por ejemplo, si según el mismo Soto Sergio Carbó era el “…personaje individualmente más notorio y prestigioso de los allí presentes”, si además era el mentor de Batista, sobre quien tenía enorme ascendiente en ese momento, no es el primero de los firmantes en el documento que se colige, al ser el primero, refleje con más exactitud la correlación de fuerzas inicial?

No se puede ser tan iluso (aunque si por lo que parece malintencionado), de pensar que en el primer documento emitido por aquel conglomerado político, compuesto no precisamente por hombres que despreciaran la gloria, el lugar prioritario fuera concedido de forma aleatoria.

Por el contrario, tal ubicación en el listado de firmantes tiene una explicación más racional en el aquello de que los miembros del conglomerado han cedido el puesto de honor a quien ha sido capaz de reaccionar más rápido y destrabar una situación que parecía no ir a ninguna parte, por la oscuridad de fines de los sargentos, Batista incluido, y por la indecisión de casi todos.

Preguntado por mí sobre este particular, además de en tratar de restarle valor a dicho documento, Rodríguez basa su relegación, o más bien anulación, del papel de Prío en el 4 de septiembre, en los resultados de sus entrevistas a los participantes en aquellos hechos que todavía vivían a inicios de la década de los ochentas, y que residían en la Isla. Es de destacar, sin embargo, que dichas entrevistas carecen de toda validez en el particular, ya que quien las hace es un alto funcionario y valido de Fidel Castro, y por lo tanto alguien a quien nadie se atrevería a darle una visión por completo contraria y desfavorable de la que el régimen y su mandante sostenían por entonces (y todavía ahora). Visión que se empeñaba, y empeña, en desprestigiar con absoluta saña al periodo auténtico, y a cualquiera de sus figuras.

Newton Briones Montoto, por su parte, que ha realizado las mismas entrevistas, a los mismos personajes y por la misma época, que es además hijo de uno de los participantes de los sucesos del 4 de septiembre, en su libro de 2009, Esperanzas y Desilusiones, valida la versión de los sucesos de que me he servido en mi ensayo publicado por Guamo. La diferencia está, sin embargo, en que Newton nunca ha sido el historiador oficial del régimen.

No debemos, sin embargo, atribuirle la primicia en el intento de esconder el papel destacado de Carlos Prío en la Revolución del 33 al compañero Rodríguez. El mismo Lionel Soto, por ejemplo, en su anterior libro La Revolución del 33, por lo demás un trabajo muy amplio y respetuoso con las fuentes, había olvidado mencionar por sus nombres a los dos miembros del Directorio del 30 que desde un primer momento, y sin dudar, se opusieron a la “Mediación”. Y en verdad, tal olvido resulta en extremo sospechoso si sabemos que en ese momento muy pocos se habían declarado contra la “Mediación” (Grau San Martín y el general Menocal entre esos poquísimos), y que aun la mayoría del propio Directorio, que luego sería su principal contendiente, muy amalgamado y dependiente para entonces del ABC, se había mostrado en un primer momento dispuesto a apoyarla en los mismos términos que poco antes habían defendido para hacerlo sus profesores. 

O que en su Documentos para la Historia de Cuba, la doctora Portuondo, aun cuando en la fotocopia que presenta del original de la “Proclama de la Revolución al pueblo de Cuba” la Firma de Prío es visiblemente la primera que se estampó, coloque su nombre en la versión transcrita, sin embargo, en la cuarta posición.

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La noche que dio comienzo a la Edad Contemporánea en Cuba.

José Gabriel Barrenechea.

¿Puede un suceso particular, insignificante si se lo compara con las variables económicas y sus leyes intrínsecas de cambio, reconfigurar todo el futuro desenvolvimiento de los acontecimientos históricos, aun por encima de dichas leyes? Según la visión determinista, que no inventó Marx ni mucho menos y cuyo más destacadBatista25355a_crop4o representante es el para nada mediocre Laplace, no; según nuestros paradigmas científicos actuales, sí. El hecho de que insignificantes acciones puedan engendrar respuestas desproporcionadas, o viceversa, que no cabía en la mentalidad científica a fines del siglo XIX, hoy ha sido establecido como una de las bases de ciencias como la meteorología, la ecología o de grandes apartados de la propia física; y de hecho ha comenzado a inundar nuevos campos como la sociología o la historia.

Lo cierto es que acciones en apariencias muy insignificantes, como pueden ser el ángulo con que se golpeó por primera vez una piedra, pueden al cabo de algunos miles de años  determinar enormes diferencias civilizatorias, o que un rumor, salido quizás de las exageraciones de una anciana algo decrépita en un oscuro callejón parisino, puede movilizar a todo un barrio como el de Montmartre, con el fin de eliminar la supuesta amenaza de los cañones de La Bastilla, y con ello cambiar por completo la correlación de fuerzas hasta ese momento desfavorable a lo que ahora llamamos Revolución Francesa.

Y no encuentro mejor ejemplo en nuestro país de extremos, de esa influencia desproporcionada de lo puntual sobre el curso posterior de los acontecimientos, que la serie de eventos que desencadenó el consejo con que Carlos PríoSocarrás, un 4 de septiembre de 1933, puso fin a una larga noche de devaneos entre los sargentos del campamento militar de Columbia.

Como muy bien sabe Rolando Rodríguez, que no en balde para explicar lo ocurrido durante la llamada Mediación ha tenido que escribir media biblioteca y retroceder hasta el siglo XVIII, la verdad es que en la Cuba anterior al 4 de septiembre de 1933 a nadie se le hubiera ocurrido, al menos de los que tuvieran a un significativo porciento de la población apoyándolos, gobernar sin el reconocimiento de los norteamericanos. Esta era una calaverada de unos pocos jóvenes, estudiantes o intelectuales, a la que a partir de 1923 podría mirar con admiración cierta parte del país, pero que ante la eventualidad de su puesta en práctica provocaría la deserción generalizada aun de los propios admiradores.

En la Cuba de junio de 1933, periodo de apogeo de la Mediación, las masas populares eran en definitivas tan dadas al antimperialismo yanqui militante, como lo eran, por ejemplo, muchos franceses o británicos de entreguerras mundiales. Las comisiones no ya de políticos, sino de obreros y vecinos, que se le presentaron a SumnerWelles por aquellas fechas, muchas de ellas para pedir la intercesión del diplomático en la resolución de problemas muy mundanos y hasta laborales, dan buena cuenta de ello. El propio hecho incuestionable de que esas masas populares no se decidieran a unirse al esfuerzo antimachadista, en el que aquellos jóvenes andaban empeñados desde 1927, hasta que desde Washington enviaran a un embajador con el declarado propósito de sacar a Machado del Palacio Presidencial, es en extremo esclarecedor.

Lo cierto es que si las variables económicas hubieran seguido siendo tan determinantes en nuestra historia como hasta aquel 4 de septiembre, la Cuba posmachadista habría continuado ejerciendo una soberanía muy limitada, y hasta no es nada improbable que de protectorado hubiésemos pasado a algún tipo de asociación más profunda, y subordinada, en relación con los EE.UU.

Aquella noche, sin embargo, la Historia Nacional tomó otros rumbos. Veamos los hechos.

El 4 de septiembre, en medio de la más profunda depresión económica mundial del siglo XX, ante los rumores de rebaja de personal y de salarios, los sargentos, cabos y soldados acantonados en Columbia se van a la huelga. Mas no son ellos asalariados cualquieras, cuya peor consecuencia al irse a la huelga es la de perder sus empleos. Son militares, y lo que han hecho al negarse a disolver la asamblea en que se han reunido, al no obedecer en definitiva a sus mandos, tiene solo un nombre, que un joven dirigente del Directorio del 30 se encargará de aclararles: insubordinación.

Los hechos son más o menos así: En medio de una situación que le es totalmente nueva, el mulato aindiado que entonces funge como jefe del movimiento se vuelve hacia el grupo de estudiantes que se han introducido en Columbia, y buscando el parecer de gentes más leídas que él, les extiende una hoja de papel escrita en caracteres taquigráficos, al tiempo que les dice:

-Estas son las demandas que vamos a hacer al gobierno.

Atónitos ante demandas que no pasan del derecho a usar botas altas y no polainas, o por ese estilo, el más decidido de ellos, Carlos Prío, le responde:

-¿Para qué nos han mandado a buscar? Con ese documento todos ustedes se condenan al fusilamiento. Es una rebelión de clases y soldados sin contenido alguno. Nosotros, los civiles, no seremos fusilados porque somos revolucionarios y ahora mismo abandonamos el campamento.

-Entonces que hacemos- pregunta el mulato aindiado.

-Derrocar al gobierno y poner en su lugar una Junta Revolucionaria- le replica Prío.

Con esta respuesta la historia de esta Isla vuelve a dar un vuelco a lo desmesurado. Los jóvenes estudiantes e intelectuales han encontrado una fuerza que puede apoyarlos a crear un gobierno que no le pida a los norteamericanos su bendición para gobernar: Las clases y soldados del Ejército Nacional.

Con semejante apoyo podrán suplir la falta de un verdadero espíritu antimperialista yanqui en la mayoría del país. Con semejante apoyo, van más bien a parir a dicho espíritu. Van a iniciar una tradición que no habrá de nacer en la Plaza de la Revolución con la Primera Declaración de la Habana, sino mucho antes, el 9 de septiembre de 1933, cuando el flamante presidente de los estudiantes y soldados, Ramón Grau San Martín, haga esperar al teléfono a Washington, porque “él está reunido con su pueblo”.

Porque si miramos bien, salvo las bayonetas, el gobierno de los jóvenes antimperialistas no cuentan inicialmente con más apoyos. ¿Pero cómo se atreven a algo semejante entonces? Por dos razones. La primera muy simple: son muy jóvenes en una nación que no los supera en edad, y por tanto lo suficientemente inocentes para intentar lo imposible, según sus padres. La segunda es que están, aun los anticomunistas, demasiado saturados del reciente ejemplo de la Revolución Rusa. Y allí, si los bolcheviques han logrado hacerse con el poder, se debe a que han contado con el apoyo del enorme ejército movilizado para combatir en la Primera Guerra Mundial.

Mas las realidades son bastante distintas. El ejército ruso solo pretendía ser desmovilizado, y por eso le ha dado su apoyo a los bolcheviques, el único partido ruso dispuesto a terminar la guerra sin condiciones; el cubano, por su parte, es permanente y si se ha decidido a actuar es por su deseo de no ser desmovilizado. Simplificando un poco cabe decir que si Lenin se ha apoyado en el campesinado llevado a la fuerza a la guerra, los estudiantes de los Directorios del 27 y del 30, han pretendido hacerlo en los cosacos.

¿Pero por qué estos cosacos de uniforme caqui se han unido a quienes en un final están tan lejos de ellos, y no se han hecho simple y llanamente con el poder? Pues porque como todo hombre de escasas luces, principalmente en una nación en que al frente del gobierno y el estado siempre han estado los individuos procedentes de las clases educadas, dichas “máquinas” les resultan más que incomprensibles, ajenas. Deben buscar en consecuencia a alguien educado que gobierne, pero alguien dispuesto además a asegurarles el derecho recién conquistado a usar botas, o los sumarios ascensos de sargento a comandante, y los únicos que cumplen estas dos últimas condiciones son esos jóvenes locos que han tenido a Machado en jaque durante los últimos tres años de su gobierno.

Es casi seguro que de haber podido escoger, Batista, el más inteligente con mucho de los cosacos, habría preferido a la gente del ABC, organización en la que parece haber militado. Pero la dura realidad es que ni estos ni ninguna otra fuerza política “sensata” los apoyan por dos poderosas razones: Ellos, o forman parte de gobierno provisional de Céspedes, o imbuidos en el espíritu de la Primera República, no creen que los “americanos” vayan a permitir que una banda de sargentos brutos y aprepara’os se convierta en la dueña de la situación a solo 90 millas de sus costas.

Solo le quedará a la tropa una salida: la que los lleva a aliarse a los estudiantes.

Y los estudiantes no se mostraran remisos en unirse a la sargenteada septembrista. Gracias a esta alianza Batista y sus sargentos ascendidos a comandantes (por orden militar el grado más elevado en el ejército septembrista será el de comandante, existiendo los de coronel y teniente coronel, pero solo como comandantes que desempeñan las funciones de tales) ganarán habilidad y confianza en sí mismos, como para convencerse de que no necesitan de nadie que gobierne por ellos, aunque no para ellos, y a su vez tendrán tiempo de convencer a las principales fuerzas políticas del país, y a los norteamericanos, de que tras el 4 de septiembre de 1933 resulta imposible ya no tenerlos en cuenta.

Los estudiantes, por su parte, tendrán la posibilidad de poner en obra mucho de su programa, recién publicado a fines de agosto: Podrán dictar leyes como las de la jornada laboral de ocho horas, o las del salario mínimo de los jornaleros agrícolas (firmada por el secretario de agricultura, Carlos Hevia); leyes que modelaran una Segunda República social a diferencia de una primera liberal. Pero lo más importante, al ser gobierno durante 122 días, sin la aprobación norteamericana, y en contra de su voluntad, romperán con el contradictorio estado del alma que había mantenido al cubano en agonía profunda: Habiendo vencido a España en la más desigual guerra de independencia o de liberación que el mundo hubiera visto hasta entonces, o que después viera, ya independientes en teoría, habíamos dado en la más completa sumisión espiritual a los norteamericanos.

Después del lunes 4 de septiembre de 1933, y a raíz de aquel arresto de un jovencísimo Carlos PríoSocarrás, se le dará un vuelco a lo anterior. Los antimperialistas serán gobierno durante 122 días, y en ese breve tiempo nacionalizarán empresas norteamericanas (la siguiente revolución esperará 500 días para nacionalizar la primera), mucho antes de que Lázaro Cárdenas hiciera lo mismo en México. Aquellos “antimperialistas de antes”, como se los ha descalificado sistemáticamente en los últimos cincuenta años, darán comienzo en definitiva a nuestra Edad Contemporánea. Edad en la que 1959 solo marcará una subdivisión más.

Llanero, solitario en San Valentín.

José Gabriel Barrenechea.

Aquí me tienen, nada menos que el mismísimo Llanero Solitario, hecho un asco y con barbas de cinco meses.Sin revólveres, porque los perdí en uno de estos mediodías de ahora en el trópico, desangelados, mates, color pantalla de televisor ruso de mi infancia. Aquí me tienen, mientras braceo sin ganas por entre esta polvorienta falta de atardeceres o de belleza, que se ha cernido sobre el Universo entero desde el amanecer del día después de su partida.

Aquí me ven, el Hombre de Acero convertido en melcocha de mediodía en agosto, desde aquella madrugada en que sin compasión me susurró: ¿Qué me haces?, con esa voz suya, que sale del auricular de mi teléfono, ¿Gabriel?, y mis brazos se estiran y estiran, hasta alcanzar los límites del Universo-Le acaricio con mi lengua su labio superior y desaparece la mar, las estrellas, La Habana más allá de las paredes, las paredes y la habitación y solo queda el sabor entrecortado de sus labios, el calor de su cuerpo, su cabeza que aprisiono entre mis manos, sus ojos…

Aquí me tienen, el que se dormía en medio de las películas que terminan en bodas, que bostezaba en sus créditos. El que se creía tan duro como el ChuckNorris de Érase una vez en el Oeste, que se largaba como si tal cosa y dejaba atrás auna suculenta Claudia Cardinalle, sin que se le inmutara ni un músculo de la cara pétrea. El de los rebuscados y filosóficos argumentos para proteger su soledad, ese mismo, parado ahora como un comemierda en la esquina donde por última vez nos besamos, mientras vuelve a sentirel ahogo de virar la espalda y dejarla atrás… sin saber a derechas si estará de nuevo adelante y si las piernas me servirán para llegar a perderme de su vista antes de derrumbarme en la acera. El que día tras día, sentado en este Café Solitario… perdón, Literario, cruza un océano, sin carabelas ni chalupas, hasta su cuerpo dormido sobre mi pecho. El que sabe que le vendería la hora y el lugar del desembarco en Normandía al mismísimo Adolfo Hitler, si a cambio obtuviera un galón de gasolina para volar a salvarla. El que ya sabe por fin lo que quieren decir los malandros cuando se quejan de que: “el mundo está de pinga”, porque precisamente de ese modo amaneció aquel sábado de septiembre.

¿Qué has hecho de mi Mujer? ¿Cómo es que siento que te he amado desde siempre, que tus ojos me miraban ya desde lastinieblasy el vacío sin límites de antes de mi conciencia, que de hecho fueron ellos los que me sacaron de allí? ¿De qué artes de mala bruja te has valido? ¿Qué me has dado a beber o a comer?

Yo por años tan celoso de mi libertad, tan soberbio en mi independencia;yo que tanto te huí para no complicarme, y solo ahora me siento vivo, encerrado ahí dentro de tus ojazos brujos, que se desparraman y arrastran todo a su paso, como río crecido y salido de cauce; feliza tus pies, mientras te atisbo deambular por las incontables habitaciones de ti misma.

Yo, el duro entre los duros, el tipo racional que no escribe poemas (o no escribía), el mismísimo Llanero Solitario, a quien ya le importa un comino si el Mundo se acaba de ir por el tragante o no, porque tu tomaste aquella diligencia y te fuiste al Este y aun más allá del Atlántico, y entonces el polvo se abatió sobre todo y todos.

Cultos pre-paganos en mediodía de Café.

A Ella.

José Gabriel Barrenechea.

Más allá de los cristales del Café se empeñan en deambular las sombras.La luz que se emposa sobre el parque tiene matiz de mediodía nórdico, en la pantalla de un viejo televisor ruso. De los mustios árboles cuelgan fantasmas de hojas. Desde las otras sillas tres sombras se empeñan en corporizarse a mis ojos. Les improviso, sin atinar a más, mi decimoséptima sonrisa del día.

Como los cristales del Café el mundo es hoy transparente, solo que con transparencia turbia, gris. Todo en definitiva es plúmbeo, desangelado: los olores, el sabor arenoso de este helado color panza de burro, los labios cargados de rímel de la mujer de plástico de mi izquierda…

Su recuerdo pasa más allá de los cristales, quebrando sombras a su paso. Sus ojos atrapan a los míos, por un instante, para luego abandonarlos desamparados en algún recodo. A mis espaldas un Picasso todavía joven, con su pelo apelmazado y muy negro, me advierte que ya yo también me he condenado, que me he unido al club de quienes perseguiremos esos ojos por siempre. Que esos ojos no son ni más ni menos que la concreción del Todo. Que ella, ese mito que he besado con lentitud o con pasión, al que he penetrado envuelto en su mirada, es en verdad la Dueña del Todo. Que ella es la Diosa, terrible, tremebunda, que adoraban los héroes griegos del tiempo de los hombres, antes de que las asambleas de machos alcohólicos y sus juegos de dominó mariconizaran al Egeo y sus Islas. Antes de que nos pretendiéramos algo diferente de lo que en definitiva somos: sus sirvientes, los que yacemos a su orden en el surco, mientras Ellanos monta para sembrar carne en las sombras.

Lancelot posa su mano de yerro en mi hombro, y me descubro mientras caigo de mi caballo envuelto en la nube de astillas que dejan atrás las lanzas, derribado por esos ojosde comisuras caídas que sacuden al mundo desde ese particular asiento, en las gradas. Me descubro cual un Cyrano, capaz de regalar pedazos de mi alma por tal de que sus ojos llenen de sensaciones al Universo, o cual un Balzac, presto a rellenar el océano que nos separa con cuartillas.Todo, todo, por tal de volver a dejarme atrapar por sus artes de Diosa terrible, señora de las tinieblas y de la carne; para volver a donarle al Egeo algún nuevo héroe de tiempo de hombres; para a adorar a mi Hembra en cultos frenéticos.

De Marx a Chávez: Cómo el Marxismo se convirtió en un anti-progresismo (2).

José Gabriel Barrenechea.

Pero para fines del siglo XIX el Socialismo como partido político no solo prospera en el centro de occidente. Para entonces se habrá extendido a la periferia. Aunque en ningún lugar va  convertirse en partido mayoritario, quedando reducida toda su influencia a ciertas regiones y ciudades industrializadas, donde incluso tiene que competir con populistas de todo tipo, y principalmente con las más variadas especies de anarquistas, para ganarse el apoyo obrero.

Uno de los más importantes de dichos partidos será el ruso. El PSDR es fuerte en la capital imperial y cara de Rusia a occidente, Petrogrado, en que abundan los establecimientos industriales de altísima concentración. Con todo, incluso allí deberá abrir sus bases a otros grupos y clases sociales, ya que los obreros rusos carecen de la ilustración que puede encontrarse en sus contemporáneos europeos. Son hijos o nietos de siervos recién liberados en 1861, que han dejado los campos para buscar suerte en las ciudades o regiones industrializadas. En su gran mayoría analfabetos y con la mentalidad tradicional a flor de piel, devotos como sus bisabuelos campesinos del “padrecito Zar”, ser de suprema bondad, a quien sin embargo engañan sus ministros, los especuladores capitalistas y hasta algún que otro pope ambicioso.

Se abre necesariamente la membresía a otras clases y grupos, y en consecuencia se adherirán al socialismo militante por sobre todo intelectuales admiradores de occidente: Cientos de ellos, en su gran mayoría poliglotas y cosmopolitas, a quienes atrae por sobre todo esa predicha Revolución Mundial que desde el corazón de occidente ira poco a poco expandiendo al resto del mundo sus estándares de progreso, y libertades. El cambio en Alemania, la puerta de occidente para Rusia, de revolucionarismo a evolucionismo, no cambiaran en esencia el esquema. De occidente seguirán  viniendo los cambios, solo que no mediante violentas convulsiones, sino gradualmente. Solo cabe en consecuencia aprovechar las escasas libertades que ha concedido el Zar tras la Revolución de 1905, y desde una Duma que en muy poco se parece al Bundestag, y muchísimo menos al parlamento británico, ponerse a la obra con los partidos liberales para construir primero el Capitalismo, crear la mentalidad adecuada y luego emprender la construcción del socialismo cuando en Europa ya se esté bastante adelantado en esa dirección.

O sea, que para los socialistas marxistas rusos, como para Marx, el socialismo es algo que solo podrá darse primero en Europa Occidental para desde allí extenderse más tarde al resto del mundo.

A esta visión se opondrá Vladimir Ilich Lenin, un intelectual de procedencia nobiliaria. Lenin se escinde  con algunos seguidores en 1913 y funda un nuevo Partido, el bolchevique o comunista, partido que en apariencias solo se distingue del Partido Socialdemócrata Ruso  en que, a diferencia de este último, se mantiene fiel a la creencia original de Marx de que se debe destrozar por completo al estado burgués si es que de veraz se quiere comenzar el periodo de transición hacia la sociedad sin clases, y no intentar aprovecharse de su parlamentarismo. Algo más los separa. Para Lenin Rusia ya no será el siguiente eslabón en la cadena de Revoluciones que necesariamente comenzará en occidente, sino la chispa que les dé comienzo.

Más incluso para él, el reorientador del marxismo en una nueva dirección, occidente sigue siendo lo vital: Una Revolución es inconcebible que pueda mantenerse solo en Rusia a menos que triunfe de inmediato en Rusia.

En definitiva la Revolución triunfa y los comunistas de Lenin se hacen del poder, no tanto por sus especulaciones sobre cómo organizar la sociedad post-capitalista, como por el prosaico hecho de que el bolchevique es el único partido que está dispuesto a sacar a Rusia de la Guerra Mundial de inmediato, y a repartirles la tierra a los campesinos sin muchas, o ningunas, consideraciones.

Más pasan los meses primero y los años después  y contrario a lo esperado en occidente no acaba de desencadenarse la Revolución Mundial. Para rematar, como a propósito para desengañar a quienes comienzan a especular sobre ayudarla con las bayonetas del Ejército Rojo, este es derrotado a las puertas de Varsovia por un pueblo que se levanta en pleno a defender su recién ganada soberanía.

No obstante, la mayoría intelectual cosmopolita, todavía por entonces al frente del partido bolchevique, sigue a la expectativa y ante cualquier escaramuza de callejón en Berlín reactiva sus esperanzas. Ridículamente solo para quien no conozca la trampa en que han caído, las circunstancias en que se descubren sumergidos de lleno al término de la Guerra Civil. Dirigen un país que hasta la Revolución fue quizás de los más contrastantes del planeta. Por un lado una minoría políglota, altamente educada en los valores occidentales, que ha dado músicos, escritores, pensadores, científicos… plenamente imbricados en la tradición occidental, por el otro mujiks u obreros semibestializados, a los que tan vivamente retrata Gorki en sus novelas. A ellos, sin embargo, solo les toca dirigir de estos últimos, los primeros o se han marchado o han muerto en la cruenta guerra civil.

Pero además, en lo económico el país es una ruina que se encuentra muy por debajo de los niveles alcanzados en 1913. Lo cual resulta en sí lo más preocupante, porque ya incluso para aquella fecha Rusia era incapaz de autoabastecerse de los productos necesarios para la existencia de cualquier sociedad contemporánea, y lo que más atemoriza a esa elite: para alcanzar a tener los medios para defenderse de las grandes potencias, y mantener por consiguiente su independencia política.

A la muerte de Lenin es ya absolutamente claro que continuar a la espera de occidente solo los llevará al suicidio político. El tiempo de la NEP, con la que se pensaba ir capeando el temporal, ha terminado. Debe ser abandonada ya que de ningún modo logrará convertir a la URRS en la gran potencia industrial, capaz de defenderse en un mundo en el que la producción de acero se contabiliza por millones de toneladas. Pero no solo ha llegado la hora de la NEP. Se deben tomar medidas más expediticas y los viejos hombres no son de ningún modo los idóneos.

Con Lenin muere el cosmopolitismo intelectualista en la dirección del Partido. Una muerte nunca más apropiada. Es bueno destacar que estos nunca fueron mayoritarios en el partido, y si alcanzaron a copar su cúspide fue por el favor especial hacia ellos del líder indiscutible y fundador del mismo, que al parecer, y en base a su Teoría de la Vanguardia, siempre pensó que ese era el orden natural de la cosa política.

La gran masa, sin embargo, del masivo aumento del partido desde julio del 17 en adelante serán hombres de acción, y por sobre todo oportunistas, con una visión del mundo maniquea, propia de esa casi bestializada mayoría de población rusa. Stalin será su máximo representante, oscuro hombre de acción hijo de siervos, educado en instituciones religiosas de provincia.

Son ellos quienes se harán del poder.

Para este nuevo grupo la visión de occidente ya no será la misma. A diferencia de Plejanov, Lenin, Trostky, Bujarin, Kamenev y tantos otros, no conocen más que Rusia. Occidente ya no es el ideal, sino el enemigo. Sus libertades solo les provocan suspicacia si es que de ellas han tenido alguna noticia. El progreso solo es un arma para mantener el poder frente a los poderes mundiales.

Surge entonces, y con ellos, la idea del Socialismo en un solo país, la URSS.

Hacia 1929 en Rusia se cierra un ciclo en la evolución del Socialismo. De corriente de pensamiento que busca mejorar las sociedades occidentales, a reacción defensiva ante este por parte de la periferia y del más allá cultural.Lenin_CL_Colour