De Marx a Chávez: Cómo el Marxismo se convirtió en un anti-progresismo (1).


José Gabriel Barrenechea.

El socialismo es originariamente un producto del pensamiento occidental moderno, en su búsqueda de una manera más eficiente de organizar las sociedades humanas; pretende, por sobre todo, eliminar lo que entiende como despilfarros de una actividad productiva controlada solo por las demandas del mercado, mediante la aplicación de la planificación más estricta de la producción. Marx, su más perdurable cultor, en lo inmediato solo lo encuentra posible en sociedades europeas y aun ni en todas. Es sintomático como al preguntársele por carta, poco antes de morir, si cree que sería posible construirlo en Rusia, responde de plano que no.

Para él, su más trascendente teórico, el socialismo no será un producto de la voluntad humana de una élite y por lo mismo carece de una forma definible con anticipación. Salvo una ley vaga: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, y algún que otro párrafo o línea que de cuando en cuando se le escapa, elude predecir la forma de ese futuro sistema social. Para él, su agente histórico, el proletariado, cuyas condiciones de existencia no tienen nada que ver con las de la vieja sociedad, y piden a gritos nuevas, lo irá armando sobre la marcha, a medida que lo instaura tras tomar el poder por medio de una revolución. O sea no será instaurado en base a ningún plan, concebido por un privilegiado grupo director, sino mediante la consensuación democrática al interior de la clase proletaria triunfante; que no puede más que triunfar dadas las ineludibles leyes evolutivas de la Sociedad Capitalista.  

Pero para los años finales de Marx en Europa Occidental no se dan las transformaciones imprescindibles, predichas por él, para que ocurra la Revolución. En gran medida su previsión de la Europa que debería de haber existido en ese tiempo coincide con la de la estética steampunker de la actualidad, que a su vez tiene su modelo en algunas novelas de Julio Verne: Un mundo de enormes fábricas, dominado por innúmeras chimeneas que asfixian y ennegrecen megalópolis de acero y ladrillo; un proletariado fabril que, debido a las ineludibles leyes evolutivas de la Sociedad Capitalista, ha pasado a convertirse en la absoluta mayoría de la población y que se depaupera cada vez más, tanto económica como políticamente, bajo la explotación de capitalistas y burócratas gubernamentales.

Es la ciudad de Paris y su Comuna de 1871 quienes por primera vez lo hacen dudar. A partir de ese momento comprende que pudo haberse equivocado al absolutizar maniqueamente algunas tendencias de la sociedad británica de su juventud. El llamado proletariado, compuesto de trabajadores que solo poseen su fuerza de trabajo y que únicamente pueden ganarse su sustento llevándola al mercado laboral, regido este por las leyes de la libre concurrencia, ese comisionado por la ley de la necesidad histórica para llevar a cabo el cambio de Capitalismo a Socialismo, no ha logrado convertirse en la absoluta mayoría imprescindible a tales cambios en ninguna parte. Ni aun en Alemania, la sociedad más madura para la Revolución, según el mismo Marx.

Mucho menos se da el tan predicho empobrecimiento general, ni el empeoramiento de las condiciones políticas. Tras la Comuna, la III República Francesa proclama el sufragio universal, algo que por entonces solo existe en otra nación poblada por decenas de millones: los Estados Unidos de América. En el Reino Unido, con las ReformsActs de 1867 y 1884 el derecho al voto se extiende a todos los adultos varones.

En toda Europa Occidental los obreros dejan poco a poco de usar la blusa plebeya y adoptan la americana. Todo el salario no deberá ya ser invertido en comida, albergue y calefacción, algo quedará para diversiones y pequeños placeres, y un algo cada vez más significativo. La enseñanza primaria se universaliza, y con ella y todo lo anterior comienza a darse una movilidad social creciente. Si para el Marx de 1850 el socialismo no podía avanzar en Norteamérica porque allí no se han dado todavía las condiciones para la desaparición de su anómala movilidad social, y por lo mismo no se han fosilizado aun las clases sociales, lo que para él parece ser una características más del capitalismo evolucionado, la realidad que enfrenta hacia las postrimerías de su vida es que esa movilidad, y la consiguiente recirculación de los integrantes de las clases sociales, también se extienden por todo el Viejo Continente.

Pero incluso se va más allá, hasta la adopción por las derechas de mucho de las propuestas de los programas socialistas. En el Reino Unido son los Tories quienes protestan contra los subterfugios anti-tradeunions de los liberales. En Alemania, el para nada izquierdista Otto Von Bismark, hombre de derechas si los hay, promueve y luego hace aprobar las primeras leyes de limitación de la jornada laboral, de seguros contra enfermedad, accidente, incapacidad y vejez, sentando las bases del futuro WelfareState.

Es así que el más poderoso partido socialista del mundo, el alemán, termina por abandonar el revolucionarismo. En su lugar confiará, a partir más o menos de 1880, en la vía parlamentaria para hacer evolucionar al capitalismo hacia el socialismo. Es esta vía la que se empeñarán en fundamentar los nuevos teóricos del marxismo.

¿Y por qué ha ocurrido tal transformación? Pues porque ni la democracia de la que no se ha eliminado todavía a todos los no proletarios, mediante una revolución, resulta tan absolutamente burguesa, al permitir relativamente amplios espacios para la maniobra de otros sectores y clases; ni el Capitalismo es esa idea de orbe platónico, que Marx ha creído ver al proyectar hacia el futuro sus tendencias de los 1840 en Inglaterra, cuando todo el sistema industrial, por ejemplo, está abocado a una crisis de crecimiento: No había creado todavía la demanda para su creciente producción.220px-Marx4

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