Cuba 70.


José Gabriel Barrenechea.

Se detuvieron a escasos pasos de la esquina. Colgado de un poste, bajo la amarillenta luz de una bombilla de escasos watts, un cartel en desiguales letras llamaba a ganarle la guerra al imperialismo, aunque por el momento solo en los campos de caña.

– ¿Qué pasa?- susurró la joven, mientras se reacomodaba el niño sobre el otro brazo.

-Me pareció escuchar pasos.

-¿La ronda?

La vieja no respondió. Durante nunca más de medio minuto, que a la joven, sin embargo, se le antojó lo menos un cuarto de hora, permanecieron inmóviles y en silencio.

– Parece que no es nada. Sigamos.

– ¿Doblamos aquí?- preguntó la joven, cuando por fin se asomaron a la esquina, señalando a la derecha con un fugaz movimiento de la cabeza.

– No, vamos a dar un rodeo. Iremos por la calle de más abajo.

Atravesaron la iluminada calle principal del pueblo, tratando de no llamar la atención. Dos cuadras a la derecha, frente al local del partido, un jeep aguardaba con el motor ronroneando en baja. Todavía más allá, quizás a cinco cuadras, una plaza arbolada cerraba la visión.

Al tiempo que de nuevo se vieron flanqueadas por casas, el niño comenzó a gemir.

-Te advertí que no le pusieras tantos trapos encima- la recriminó la vieja-Lo vas a asfixiar. Quítale al menos ese pañal.

-¡Aquí, en el medio de la calle, con lo traicioneras que son las corrientes de aire!

– Ni que lo fueras a dejar desnudo. Si debajo de ese pañal ni tú misma te acuerdas cuantas cosas más le enredaste al cuerpo.

-¿Qué horas serán?- preguntó la joven, una docena de pasos más adelante.

Habían estado esperando en la sala de la casa de la joven, con las luces apagadas. Ella meciendo al niño en un pesado sillón, la vieja atisbando a la calle a través de un postigo entreabierto.

-¿Qué horas serán?- Preguntó la joven.

La vieja miró por encima de ella, y por unos instantes escrutó las semipenumbras del interior de la casa.

– La una menos diez. Niña, no han pasado ni cinco minutos desde la última vez que me preguntaste.

-Es que ya llevamos dos horas esperando el cambio de guardia. ¿Y si le da por pensar que ya no vamos a ir?

– No te preocupes, allí estará. Si él ya ni duerme.

A lo lejos se escuchó el alargado bramido de una locomotora. Luego volvió a quedar tan solo el sordo traqueteo del sillón.

– Mira, vamos, que no veo a ninguna de esas dos por ninguna parte. Seguro Gladis ya se fue a dormir, y Verónica a despertar a su marido, que es quien las releva.

Para lo avanzado de la estación, la madrugada no resultaba muy fría.

Doblaron en la siguiente esquina, una cuadra más allá de la principal. No tardaron en descubrir que desde un portal las observaban un par de sombras. A unas casas de distancia las distinguieron como mujeres.

-¿Y ahora?- murmuró la joven.

-A éstas seguro se les paró el reloj y no se han podido enterar de que ya es hora de despertar al segundo turno.

-…o es que no tienen reloj.

Se saludaron.

– ¿Le pasa algo al niño?- preguntó una mulata de rasgos angulosos.

-Una bobería. Un poquito de fiebre. Pero imagínese, como a estas horas de la madrugada es cuando a las boberías le da por complicarse, y como su padre anda para lo de la zafra…

La velada sugerencia de la vieja a lo avanzado de la hora no pareció alterar para nada a las de guardia.

-¿Y hace mucho que lo movilizaron?- intervino ahora una campesina de hablar atropellado.

-Desde dos o tres días antes del discurso de inauguración de la zafra- le respondió la joven-¿Usted lo conoce?

-¡Claro! El es el instructor de mi núcleo del partido.

El que su esposo fuese algo más que un miembro de filas, todo un instructor, enorgulleció a la joven. Exteriormente se le notó en su cambio en el modo de mirar a la que, hasta un momento antes, no pasaba de ser para ella más que una guajira ñonga de habla ininteligible.

-¿Vengan acá, y ese milagro ustedes no se han ido a acostar?- preguntó la vieja.

– No,- respondió la mulata- es que como el compañero del segundo turno nos releva casi siempre antes de tiempo, hoy quisimos devolverle el favor y despertarlo un poco más tarde.

-Hay, ojala a mí me hubiera tocado un relevo como el de ustedes-se lamentó la joven- porque lo que es el mío, hay que llamarlo a la una en punto.

-Bueno, vamos a seguir- intervino la vieja, no muy complacida por lo bien que se desenvolvía su compañera en ciertos temas.

Se despidieron. Las de guardia les desearon que no fuera nada y ellas, a su vez, les respondieron que por supuesto, que ya sabían que no era nada, pero que así y todo les agradecían los buenos deseos.

-Con las enfermedades no se juega- murmuró la joven, en cuanto calculó que ya no podrían escucharlas.

-No seas supersticiosa. Acuérdate de a qué llevamos al niño.

Poco antes de la siguiente esquina, una fluctuación de la atmósfera se trajo consigo el ronroneo del motor de un automóvil. La joven aminoró el paso, para cubrirle mejor la cara al niño, a quien la tenue brisa se la había descubierto en parte.

-Apúrate, mujer, que todavía nos va a coger el segundo turno en la calle.

Dentro del policlínico una enfermera de piernas desnudas dormitaba recostada a una mesa metálica, mientras en un rincón, fuera de la mirada de las dos mujeres, un radio hacía un recuento de lo molido en esa jornada.

-A mí lo que me preocupa es que esas dos allá atrás nos van a ver seguir de largo.

-No te preocupes. A esa guajira del partido a la legua se le ve que le teme más al sereno que al mismísimo diablo. No me hace falta voltear la cabeza para saber que continúan bajo aquel mismo portal. Mientras sigamos por esta acera no podrán vernos; no tienen ángulo. Además, ya casi llegamos a la esquina.

Las dos mujeres habían planeado aquella salida desde mucho antes, en susurros casi, como si temieran que alguien tuviese la oreja pegada del otro lado de las paredes de madera.

-¿No se lo irás a decir a tu marido?

La joven denegó con la cabeza y los brazos, pero con expresión de no andar muy convencida de estar haciendo lo correcto.

– Es que tu marido ha cambiado tanto en los últimos años. Si hasta me cuesta reconocer en él a aquel muchachito que por las tardes venía a escuchar mis ejercicios de piano.

– El no iba a decir que no por nada malo. Es que si se enteran, eso después le va a afectar el futuro al niño. Mira lo que le pasó a Umber, el hijo de Zenaida, que lo sacaron de la Universidad.

En la cuna frente a ellas, el niño se chupaba los dos primeros nudillos de su mano izquierda.

– No te preocupes- la tranquilizó la vieja- A esa hora del cambio de guardia del CDR hay por lo menos quince minutos en que se puede atravesar el pueblo sin que nadie lo vea a uno.

Y tras una corta pausa.

-Pero y si por desgracia nos vieran, bueno, que se le va a hacer. A fin de cuentas esto es más para el bien del niño que diez carreras universitarias juntas.

La plaza arbolada que antes habían entrevisto, desde el otro extremo del pueblo, apareció ahora ante ellas. Entre los árboles, en la penumbra, se adivinaba la forma oblonga de una iglesia. Al fondo de la edificación, una línea de luz muy baja, casi en el suelo, anunciaba la presencia de una puerta, y de una habitación iluminada detrás de ella. La vieja llamó con un par de toques quedos, a los que no tardó en responder un cura un tanto encorvado.

-Pasen hijas, pasen- invitó solícito.

Sostenía con su mano izquierda una edición económica de El Criterio, de Balmes. Uno de sus largos dedos le servía de improvisado marcador.

– Bueno padre- intervino la joven- cuando ya la puerta se había cerrado tras de ellas- apúrese con el bautizo, que todavía nos queda lo más difícil: regresar.

A lo lejos se escuchó el alargado pito de un central. Acababa de completarse otro millón de toneladas de azúcar.

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