Cultos pre-paganos en mediodía de Café.


A Ella.

José Gabriel Barrenechea.

Más allá de los cristales del Café se empeñan en deambular las sombras.La luz que se emposa sobre el parque tiene matiz de mediodía nórdico, en la pantalla de un viejo televisor ruso. De los mustios árboles cuelgan fantasmas de hojas. Desde las otras sillas tres sombras se empeñan en corporizarse a mis ojos. Les improviso, sin atinar a más, mi decimoséptima sonrisa del día.

Como los cristales del Café el mundo es hoy transparente, solo que con transparencia turbia, gris. Todo en definitiva es plúmbeo, desangelado: los olores, el sabor arenoso de este helado color panza de burro, los labios cargados de rímel de la mujer de plástico de mi izquierda…

Su recuerdo pasa más allá de los cristales, quebrando sombras a su paso. Sus ojos atrapan a los míos, por un instante, para luego abandonarlos desamparados en algún recodo. A mis espaldas un Picasso todavía joven, con su pelo apelmazado y muy negro, me advierte que ya yo también me he condenado, que me he unido al club de quienes perseguiremos esos ojos por siempre. Que esos ojos no son ni más ni menos que la concreción del Todo. Que ella, ese mito que he besado con lentitud o con pasión, al que he penetrado envuelto en su mirada, es en verdad la Dueña del Todo. Que ella es la Diosa, terrible, tremebunda, que adoraban los héroes griegos del tiempo de los hombres, antes de que las asambleas de machos alcohólicos y sus juegos de dominó mariconizaran al Egeo y sus Islas. Antes de que nos pretendiéramos algo diferente de lo que en definitiva somos: sus sirvientes, los que yacemos a su orden en el surco, mientras Ellanos monta para sembrar carne en las sombras.

Lancelot posa su mano de yerro en mi hombro, y me descubro mientras caigo de mi caballo envuelto en la nube de astillas que dejan atrás las lanzas, derribado por esos ojosde comisuras caídas que sacuden al mundo desde ese particular asiento, en las gradas. Me descubro cual un Cyrano, capaz de regalar pedazos de mi alma por tal de que sus ojos llenen de sensaciones al Universo, o cual un Balzac, presto a rellenar el océano que nos separa con cuartillas.Todo, todo, por tal de volver a dejarme atrapar por sus artes de Diosa terrible, señora de las tinieblas y de la carne; para volver a donarle al Egeo algún nuevo héroe de tiempo de hombres; para a adorar a mi Hembra en cultos frenéticos.

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