Llanero, solitario en San Valentín.


José Gabriel Barrenechea.

Aquí me tienen, nada menos que el mismísimo Llanero Solitario, hecho un asco y con barbas de cinco meses.Sin revólveres, porque los perdí en uno de estos mediodías de ahora en el trópico, desangelados, mates, color pantalla de televisor ruso de mi infancia. Aquí me tienen, mientras braceo sin ganas por entre esta polvorienta falta de atardeceres o de belleza, que se ha cernido sobre el Universo entero desde el amanecer del día después de su partida.

Aquí me ven, el Hombre de Acero convertido en melcocha de mediodía en agosto, desde aquella madrugada en que sin compasión me susurró: ¿Qué me haces?, con esa voz suya, que sale del auricular de mi teléfono, ¿Gabriel?, y mis brazos se estiran y estiran, hasta alcanzar los límites del Universo-Le acaricio con mi lengua su labio superior y desaparece la mar, las estrellas, La Habana más allá de las paredes, las paredes y la habitación y solo queda el sabor entrecortado de sus labios, el calor de su cuerpo, su cabeza que aprisiono entre mis manos, sus ojos…

Aquí me tienen, el que se dormía en medio de las películas que terminan en bodas, que bostezaba en sus créditos. El que se creía tan duro como el ChuckNorris de Érase una vez en el Oeste, que se largaba como si tal cosa y dejaba atrás auna suculenta Claudia Cardinalle, sin que se le inmutara ni un músculo de la cara pétrea. El de los rebuscados y filosóficos argumentos para proteger su soledad, ese mismo, parado ahora como un comemierda en la esquina donde por última vez nos besamos, mientras vuelve a sentirel ahogo de virar la espalda y dejarla atrás… sin saber a derechas si estará de nuevo adelante y si las piernas me servirán para llegar a perderme de su vista antes de derrumbarme en la acera. El que día tras día, sentado en este Café Solitario… perdón, Literario, cruza un océano, sin carabelas ni chalupas, hasta su cuerpo dormido sobre mi pecho. El que sabe que le vendería la hora y el lugar del desembarco en Normandía al mismísimo Adolfo Hitler, si a cambio obtuviera un galón de gasolina para volar a salvarla. El que ya sabe por fin lo que quieren decir los malandros cuando se quejan de que: “el mundo está de pinga”, porque precisamente de ese modo amaneció aquel sábado de septiembre.

¿Qué has hecho de mi Mujer? ¿Cómo es que siento que te he amado desde siempre, que tus ojos me miraban ya desde lastinieblasy el vacío sin límites de antes de mi conciencia, que de hecho fueron ellos los que me sacaron de allí? ¿De qué artes de mala bruja te has valido? ¿Qué me has dado a beber o a comer?

Yo por años tan celoso de mi libertad, tan soberbio en mi independencia;yo que tanto te huí para no complicarme, y solo ahora me siento vivo, encerrado ahí dentro de tus ojazos brujos, que se desparraman y arrastran todo a su paso, como río crecido y salido de cauce; feliza tus pies, mientras te atisbo deambular por las incontables habitaciones de ti misma.

Yo, el duro entre los duros, el tipo racional que no escribe poemas (o no escribía), el mismísimo Llanero Solitario, a quien ya le importa un comino si el Mundo se acaba de ir por el tragante o no, porque tu tomaste aquella diligencia y te fuiste al Este y aun más allá del Atlántico, y entonces el polvo se abatió sobre todo y todos.

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