10 de marzo de 1952: La madrugada en que dejamos de ser soberanos.


José Gabriel Barrenechea.

¿Era la Segunda República, que Fulgencio Batista hecho abajo y que Fidel Castro no repuso, soberana?

Desde que durante 127 días el primer gobierno de Ramón Grau San Martín se había mantenido en el poder desafiando la voluntad norteamericana, el protectorado bajo el que vivíamos desde 1901 había sido de hecho, sino de derecho, abrogado. Pero no solo La Revolución del 30 conseguiría que en mayo de 1934 se firmara la anulación de una Enmienda Platt que ya era cadáver desde septiembre de 1933. Tras ella Cuba habría de lograr avances increíbles en cuanto a independencia política para una nación de sus dimensiones, población y recursos.

Para no detenernos durante horas en lo estatuido por la Constitución de 1940, comiéncese por observar que aun los gobiernos de la década del 30, bajo control de Batista, habían dictado a partir de 1936 una legislación obrera, o de respaldo para el pequeño cultivador de caña, el colono, que convertía a Cuba prácticamente en un estado de bienestar.Los gobiernos auténtico-republicanos, por su parte, no se quedarían atrás. Mencionemos tan solo el diferencial azucarero, que no surgió de la iniciativa del partido comunista (PSP) o de en específico Jesús Menéndez Larrondo, sino de la del presidente Grau, que fue quien en definitiva se arriesgó a, conociendo el racismo y el anticomunismo de la sociedad norteamericana de postguerra, enviar como un miembro más de la comisión encargada de gestionarlo frente a las autoridades estadounidenses a un negro, y para colmo de males, comunista.

Todo lo cual se hacía en una nación en que, tras el crack bancario de las “vacas gordas”, en 1920, los mayores intereses económicos del país habían pasado a ser norteamericanos, y por sobre todo los azucareros. Actos atentatorios de tales intereses, por tanto, y que en consecuencia, por el solo hecho de haber sido adoptados, demostraban de modo innegable el alto nivel de independencia política de que comenzamos a disfrutar a resultas de la Revolución de 1930, y por sobre todo durante nuestra II República. Actos que unidos a la natural laboriosidad del cubano, habrían de provocar que hacia 1957 la banca cubana, de la que Julio Le Riverand escribiera en su Historia Económica de Cuba: “La crisis bancaria de 1920-21 no liquidó totalmente a la banca de capital cubano o hispano-cubano, aunque la redujo al mínimo”, se hubiera recuperado al punto de exhibir las siguientes relaciones con la banca extranjera establecida en el país: En capital y reservas, 49 contra 21 millones de dólares; en depósitos totales, 707 contra 399 millones; y en préstamos, 309 contra 217 millones.

Pero nuestra incuestionable soberanía nacional se transparenta por sobre todo en la política exterior de la II República. Porque bajo los gobiernos auténtico-republicanos nuestro pequeño país mantuvo una política exterior de mediana potencia regional. Cuba entonces resultó el principal aliado de la Guatemala de Arévalo, tan mal vista por ciertos intereses monopolistas estadounidenses. La Habana se convirtió en el bastión de las fuerzas democráticas del Caribe, en su lucha contra las muchas dictaduras de la región, no pocas veces a contrapelo de los intereses norteamericanos, llegándose a preparar desde aquí expediciones importantes, como la enfilada contra Trujillo en Cayo Confites. La que es cierto que fue desmantelada por las presiones desde Washington, ¿pero acaso no tuvieron Paris y Londres, potencias incuestionablemente soberanas, que detener su incursión en Suez de 1956 bajo presiones semejantes…? Se llegó incluso al extremo de que el Congreso, con apoyo presidencial, se atreviera a querer enviar una comisión destinada a investigar los posibles excesos de la represión norteamericana contra la sublevación boricua de 1950, encabezada por Pedro Albizu Campos. ¡Y que el mismísimo presidente, Carlos Prío Socarrás, le expresara a Washington su preocupación por la integridad física de este último!

Tal se hacía en Cuba bajo la Constitución de 1940 y antes del cuartelazo del 10 de marzo de 1952: Los cubanos, siguiendo las enseñanzas de Martí, demostraban a tal modo que podían vivir en libertad y democracia, que muy difícilmente ningún grupo de poder económico, o político dentro de los Estados Unidos hubiera conseguido justificar medidas represivas de peso contra la Isla. A pesar de que la legislación social y laboral adoptada incuestionablemente perjudicaba los intereses de los primeros, y ciertos aspectos de la política exterior cubana, los de los segundos.

En cuanto al cuartelazo mismo debemos aclarar que de ningún modo puede achacársele a los órganos secretos norteamericanos[1]. Cual reconocen toda una serie de historiadores cubanos publicados en la Isla durante la última década. Newton Briones Montoto, por ejemplo, en su General Regreso, toda una joya historiográfica en que se describe paso a paso el proceso de elaboración del golpe marcista.

Pero aun Mario Mencía, en el altamente parcializado El Grito del Moncada, tomo I, publicado a mediados de los ochentas, al no encontrar como sustentar la versión de Fidel Castro de una inspiración y dirección norteamericanas del golpe, solo había podido echar mano de una supuesta “aprobación por omisión” de la Embajada al no prevenir a Prío. Sin tomar en cuenta, no obstante, que según su mismo relato, no solo los miembros de la misión militar norteamericana sabían de lo que se cocinaba en Columbia y Kuquine, sino casi todo La Habana y hasta el país; y que si nadie tomaba en serio el guiso se debía a que casi todos compartían la misma ciega confianza en la fortaleza de nuestra democracia. No en balde Raúl Roa, ante la advertencia del recién defenestrado Rómulo Gallegos de lo que se tramaba, le respondió que algo así ya no tenía lugar en la Cuba de ese 1952.

Pero podemos afirmarlo ya no basándonos solo en criterios de innegable autoridad intelectual, sino en el más puro sentido común, y en el conocimiento martiano de ciertas características estables de los modos de actuación políticos de los norteamericanos: Aun mediante operaciones encubiertas, durante la Guerra Fría el elemento rampante y tempestuoso de ese país solo ha podido arrastrar al de humanidad y justicia a intervenir allí donde era claro, o en todo caso altamente posible, el avance de los comunistas. Situación que, sin embargo, no se daba ni de lejos en la Cuba de finales de los cuarentas y comienzos de los cincuentas.

Solo cabe recordar que el partido comunista, el PSP, había visto como las masas le retiraban su ya escaso apoyo histórico durante el periodo auténtico-republicano. Si para las elecciones de 1948 había obtenido 142 972 votos, para menos de un 6% del padrón electoral, en las reorganizaciones de partidos de noviembre de 1949 y 1951, obtuvo respectivamente 126 524 y 59 000.Lo que lo situaba a solo unos pocos miles del 2 % que exigía la Constitución para legalizar a un partido político.

Por último, pretender que los norteamericanos promovieron el golpe para detener la segura victoria del partido ortodoxo, resulta por completo descabellado. Preguntémonos: ¿Le temerían los “yanquis” al personalista partido de Chibás, el partido que estaba por completo en manos del más implacable y popular enemigo del comunismo en Cuba, por demás el único de los políticos cubanos de primera fila que se había opuesto a la ayuda a la Guatemala de Arévalo, o al envío de la mencionada comisión parlamentaria a investigar lo ocurrido durante la sublevación de los independentistas puertorriqueños en 1950…?

En cuanto al reconocimiento que en un final los norteamericanos le terminarían por dar al gobierno de facto de Batista, a casi un mes de haber usurpado el Palacio Presidencial, cabe comprender que fue la mejor de las actitudes posibles, que al menos para la continuidad de nuestra independencia política, tomó el gobierno de Truman. Al mirar con un poco del sosiego que dan los 62 años transcurridos, comprendemos que se terminó adoptando el reconocimiento por el interés que desde agosto de 1933 tenían las administraciones demócratas, conocedoras de nuestra susceptibilidad en cuanto al tema, de que no las pudiéramos acusar de interferir con su enorme fuerza de gravedad en nuestros asuntos internos.

El no reconocimiento norteamericano es cierto que hubiera sacado a Batista del poder en menos de seis meses, como bien sabían muchos políticos cubanos de la época, pero a su vez hubiese desacreditado de modo profundo nuestra capacidad para gestionar nuestra soberanía con un mínimo de responsabilidad.

Y es aquí donde comprobamos la inextricable relación que existe entre nuestras dos naciones: haber negado el reconocimiento y haber exigido el inmediato retorno del gobierno anterior, ante una situación que al cabo de casi un mes no parecía saldarse con el cívico rechazo de los ciudadanos cubanos, hubiera convertido de hecho a los Estados Unidos en el garante de nuestra democracia, y en el soberano real en consecuencia: el General PresidenteNuestras autoridades podrían ser electas del modo más democrático a partir de entonces, pero a fin de cuentas su permanencia en sus cargos dependería de la voluntad norteamericana de mantenerlos allí frente a nuestras propias fuerzas antidemocráticas.

Nos habría conducido en definitiva a una posición cuasi semejante a la de los años del Protectorado, o peor incluso, a iniciar de nuevo el ciclo.

Solo los cubanos podíamos, y todavía podemos, encontrar los caminos para la reinstauración de la democracia que tanto nos había costado elevar a la cima de 1940.


[1] En todo caso tampoco debe sobrevalorarse la eficiencia de los servicios secretos (extranjeros o nacionales) en Cuba, si recordamos su probada ineficacia en descubrir la masiva conspiración de Fidel Castro para asaltar el Cuartel Moncada, que llegó a sumar nada menos que 1 200 combatientes, a los que se entrenó militarmente incluso en las muy céntricas instalaciones de la UH.

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