Oso Ruso


José Gabriel Barrenechea.

Comienzo por reconocer la enorme influencia rusa en mi formación. Aprendí a leer en libros rusos traducidos al español, poblados de abedules, lobos y ciervos; sus dibujos animados fueron quizás la más poderosa y sistemática influencia cultural en mis primeros 10 años. La URSS de mi infancia me parecía ser una cienciocracia: el mejor sistema de organizar a la manada humana, creía, y todavía en buena medida creo yo. Aún hoy para mí, y pienso que ya para siempre, se dice cosmonauta y no astronauta.

Como se verá no soy un opinante imparcial. Pero como creo que en un final nadie lo es, excepto esas nulidades que se hacen llamar con ridículo orgullo académicos, pues aquí va mi opinión.

Rusia no solo no es el Enemigocon mayúsculas de Occidente que algunos quieren ver, sino que tampoco podría ser considerada uno a tener muy en cuenta en caso de que realmente lo fuera. Rusia ya no es la superpotencia industrial de los setentas y ochentas del siglo XX, y mucho menos una potencia innovativa. Por otra parte su población disminuye catastróficamente y su proporción en el PIB mundial lo hace casi de manera similar. Es cierto que su ejército sigue siendo el único capaz de enfrentar al norteamericano en una guerra simétrica total, ¿pero por cuánto tiempo más?

Rusia no es el enemigo porque de hecho comparte con Occidente sus enemigos reales, los que de verdad debemos temer.Y es así en considerable medida porque Rusia es parte de Occidente. Esto no soy yo el primer cubano en decirlo. Semejante opinión puede leerse en cierta crónica de Carpentier para El Nacional de Caracas. Un intelectual de muchísimo más prestigio que el mío, pero igualmente parcial de la que era la patria de su madre.

De que Rusia es parte integrante de Occidente da buena cuenta no solo su cristianismo, sino por sobre todo el hecho de que este país ha sido de los que más han influido en su cultura. Hágase una lista que incluya a las 10 más importantes figuras en cualquier rama de las ciencias, la técnica, las artes, la música, el pensamiento o la literatura occidentales, de los que le han abierto nuevos e inesperados caminos,y no faltará nunca el nombre de al menos un ruso.

El problema de Rusia ha sido que a diferencia de, por ejemplo, Francia o España, el elemento racional de su sociedad (y hablo de racionalidad como la entendía Karl Popper), no ha conseguido imponerse al tradicional e instintivo. De hecho ese elemento racional, que a fines del siglo XIX y hasta aproximadamente 1925 tuvo su momento cumbre, en que se erigió en director de muchos de los futuros caminos de Occidente, ha sido reiteradamente purgado por una pseudo-racionalidad, excretada por lo tradicional e instintivo como forma de supervivencia. Pseudo-racionalidad, “asiatismo modernizado a medias”, que comenzó a ganar la partida desde que la contrarrevolución bolchevique disolviera la Asamblea Constituyente de 1917, y que terminó por imponerse con la subida al poder de Stalin.

De más está decir que en ese triunfo crónico de lo “asiático” ha tenido mucho que ver la actitud equívoca del resto de Occidente hacia Rusia. Actitud que a mi modo de ver era entendible cuando Occidente dominaba de manera indiscutida el mundo, y cada nación occidental luchaba por obtener su cuota en ese dominio.Pero no hoy. Porque resulta muy claro que al presente nuestra civilización, y sus valores, comienzan a perder su otrora hegemonía absoluta.

Creo que nuestra civilización occidental debe tratar de acabar con el último vestigio, el último anacronismo de la edad en que se desangraba en guerras civiles; guerras que denominamos mundiales solo por nuestro total dominio del globo de entonces. Occidente debe tratar de atraer a Rusia al sistema de seguridad y consenso civilizatorio que ha edificado poco a poco tras 1945. Pero para que este intento tenga éxito, Occidente debe tener muy presente que Rusia no es una nación de segundo o tercer orden, que Rusia posee una real tradición imperial. O sea, Rusia no es Polonia, Checoslovaquia, y ni tan siquiera Turquía. No puede ser invitada a ser comparsa. Debe dársele un puesto entre los grandes.

Si hoy necesita Crimea para sentirse segura, pues oblíguese a Ucrania a entregársela. Páguesele a ese país, que sí es de segunda, con un sustancioso crédito o con una agilización de su entrada en la UE. A fin de cuentas la península de Crimea siempre fue parte de Rusia. Al menos hasta que un ex primer secretario del partido de esa república,por entonces precario primer secretario del PCUS, decidiera entregárselas como una especie de compensación por los crímenes del estalinismo contra ese pueblo, y sobre todo, como una forma de ganarse el apoyo de sus burocracias en los difíciles reacomodos de poder soviético tras la muerte de Stalin.

¿Qué entonces las regiones autónomas de Georgia…? Entrégueselas también. Porque si de veras los rusos creen que estamos en tiempos en que con pequeñas o medianas reivindicaciones territoriales se logra algo, ¿seremos nosotros tan idiotas de sacarlos del error? Por el contrario, congraciémonos con ellos con tan ridículas concesiones. En su lugar estaremos ganando un poderoso aliado en la lucha contra los verdaderos peligros que afloran en nuestro horizonte común.

Decía Ortega y Gasset, allá por los 1920’s, que Europa solo se unirá cuando un gran peligro aparezca en su horizonte. Esos peligros ya existen hoy, y no solo para Europa sino para todo Occidente: Son la China autoritaria, y por sobre todo la civilización islámica. El primero un imperio tradicional con increíbles tasas de crecimiento económico, el segundo la única civilización con un pasado imperial, que experimenta por demás un continuo crecimiento demográfico (en occidente solo los EE.UU. crecen poblacionalmente), y que además posee un simple y atractiva ideología propia: el Islam.

Enemigos que de más está decirlo, son también los de Rusia. El islam amenaza todo el sur de este país, y tras la desastrosa invasión soviética de Afganistán en la década de los ochentas del pasado siglo, para muchos islamistas Moscú representa incluso más el enemigo que Washington; o por lo menos un enemigo al que se le puede causar daño con más facilidad. En cuanto a China, ya hoy no solo amenaza al Lejano Este Ruso, sino que ha comenzado a infiltrarlo. Téngase en cuenta que la densidad poblacional en la frontera entre ambos países es 62 veces mayor del lado chino que del ruso. El Lejano Este Ruso está en definitiva lleno de recursos que Rusia no puede explotar, frente por frente a una expansiva China que los necesita cada vez más.

Hay más incluso en lo que se refiere a China. Cuando el Ártico se abra a la navegación en los próximos años, de poco le valdrá a Moscú las ventajas que obtendrá de ello si no mantiene un control total de su Lejano Este, o por lo menos de su actual litoral al Pacífico. Rusia necesitará mantener en ese océano una fuerza naval que ya de por sí choca con los intereses estratégicos chinos de controlar todos sus mares adyacentes, hasta la que llaman “primera cadena de islas” que los rodean: Japón, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Australia.

Ambas naciones, por tanto, chocan ya al presente sobre el continente y sobre el Océano; y lo harán con más fuerza en el futuro.

Contrario a lo que ciertos nuevos jingoes han hecho durante las últimas semanas, se debe comenzar por cambiar la visión que de Rusia tiene el occidental medio. Entre otras muchas acciones se debe, con urgencia, divulgar por todo Occidente los logros culturales de la parte racional rusa. Una recuperación de Dostoievski, Tolstoi, Tchaikovski, Mendeleiev, Lobachevski, Chejov, Eisenstein, Shostakovitch, Tarkovski… pero también de Masha y el Oso, puede cambiar la percepción que ese ciudadano medio tiene de Rusia, no ya como un peligroso más allá cultural, y a la vez provocar que los propios rusos, al sentirse admirados por su tradición racional, traten de recuperarla.

Es vital atraerse a Rusia. En primer lugar porque es parte de nuestra civilización. En segundo porque esa civilización se encuentra amenazada y quizás solo una unión del oso ruso con el águila marina americana logren evitar su subordinación a otras en ascenso.

La Cuba democrática que ya existe en muchos de nosotros, afuera y adentro de la Isla, puede jugar un papel significativo en el acercamiento de esos dos colosos que Carpentier describía situados a los extremos de Occidente. Ante nuestra civilización se alzan nuevas Termopilas, nuevos Lepantos, nuevas batallas de los héroes rusos ante las hordas tártaras…y en ellas los cubanos, gentes del Atlántico, necesariamente deberemos implicarnos. Una manera de hacerlo es esta.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s