Vía Cubana al Socialismo.

José Gabriel Barrenechea.
Ante la evidencia de que el socialismo soviético más que una superación del capitalismo ha sido un retroceso, ya en la década de los cincuentas otros movimientos comunistas se embarcan en la búsqueda de nuevos caminos. A la Yugoslavia de Tito, que ya desde el mismo fin de la guerra ensaya el socialismo construido por comunistas más avanzado, le siguen una década después el intento húngaro de restablecer la República de los Consejos de 1919 en octubre de 1956, y el “Gran Salto Adelante” maoísta, el caso más retrógrado.
El tiro de arrancada lo ha dado el PCUS, cuando en su XX congreso y de labios de su primer secretario, Nikita Jrushov, se atreviera a criticar todo su desempeño anterior y admitir que se han cometido graves errores (la burocratización de la sociedad y de la economía soviética). Y al hacerlo ha vuelto a dejar, por lo menos entreabierta, la puerta a la búsqueda de una sociedad postcapitalista; puerta que tras Lenin y su supuesta genialidad había quedado cerrada con siete pestillos, y defendida por los muchachos de la NKVD.
La Revolución Cubana, que en sus orígenes tiene por sobre todo un impulso nacionalista de reconformación hemisférica, evoluciona con rapidez hacia la órbita del único socialismo construido por comunistas que por entonces posee cierto arraigo en la Isla: el socialismo soviético. Muy pronto, no obstante, surgen los desencuentros entre la revolución cubana, nada dada por su naturaleza intrínseca nacionalista a que se la trate como satélite, y la jerarquía del Kremlin. Esto favorecerá durante los sesentas el clima necesario para que se perfile una “vía cubana hacia el socialismo”. La elaboración de la cual, en vista de la sospecha que ahora se cierne sobre los miembros del viejo partido, quedará en manos de un sector joven que se ha educado políticamente en la revolución, pero que por otra parte no ha perdido la tradicional comunicación de nuestras vanguardias con el pensamiento occidental más avanzado, por lo que a la inquietud por la burocratización, superponen la suya propia por la falta de libertad evidente tras los telones de acero o de bambú.
La más acabada expresión teórica de esa vía, a nuestro entender, será una serie de editoriales de Granma, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de “La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva”, en los que en principio se ensaya explicar el automático proceso de burocratización que opera al triunfo del socialismo. Una explicación no exactamente marxista por su particular concepción de las clases sociales, y si más cercana a la visión weberiana de las mismas, la cual no trataremos tanto por razones de espacio, como porque para este trabajo lo que en realidad nos interesa es la solución que se propone al hecho de que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección”; o sea, la mencionada vía cubana.
Y esa solución, según el editorialista, pasa en definitiva por: “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…”
O sea, el desarrollo de un individuo que esté constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella” y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”. Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica, en fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.
Mas la autodisciplina, la continúa vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos. Así la diferencia natural de aptitudes estira hasta los extremos a la sociedad, desfigurando lo que en esencia era un remarcable intento igualitarista. Mientras los ascetas sienten la gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, los demás, las inmensas mayorías, o no pueden, o están demasiado apegados a lo mundano como para convertirse ellos mismos en ascetas. Imbuidos en lo cotidiano, carecen muchas veces no solo de la cultura o de la inteligencia necesarios para aspirar a tener un criterio en realidad propio, sino aun hasta de tiempo para buscar en base a él, cuando lo poseen, las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de autoperfeccionamiento que es todo ascetismo. En consecuencia esas normas y principios los tomaran de fuera, ya hechos; de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones creerán por fe. Y en esta particular sociedad de revolucionarios latinos, fundada sobre el valor central trascendentalización, el elegido será un hermano y no un dogma: el hermano que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, suprahistóricos.
Algunas veces un charlatán, es cierto, pero casi siempre uno de los ascetas, opción sobre la que de ahora en adelante continúa nuestro análisis.
Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad igualitaria de los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los ascetas a favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un charlatán o no, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen. Si todos lo siguen, si todos se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. Es su deber en consecuencia concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: para ellas la independencia de criterio de aquellas es además una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.
Ha llegado entonces la hora en que Saturno, la Revolución, devora a sus más verdaderos hijos, los ascetas revolucionarios, para quienes en el nuevo escenario van quedando solo dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe; o no transigir, lo que significa la excomunión o el sacrificio.
Al final, lo que podría pensarse como una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo soviético, una unión de hombres nuevos iguales entre sí, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias no pueden escapar, en el imperio de uno solo: el imperante carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo peor: porque simplemente ni se creen capaces, ni lo hayan necesario al compararse con el perfecto objeto de su fe, de su fidelidad.

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Cuba 80

José Gabriel Barrenechea.
Parecía que su hermano fuera a reventar en cualquier momento; como si por algún punto de la cara oculta de su cuerpo le hubiesen enchufado una manguera y le estuvieran pasando litro tras litro de sangre.
– Pero cálmate- le rogaba la madre, atenta a los ojos enrojecidos y al flequillo sobre su frente que no dejaba de saltar- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No…- y la sangre que no paraba de entrarle en el cuerpo lo ponía cada vez más y más rojo- ese es el problema, que yo no me atreví…
Entonces por primera vez lo vio llorar.
La maestra nos hablaba de las olimpiadas, y de cómo los griegos llevaban la cuenta de sus años por ellas, cuando en la puerta del aula se presentó la directora. Por sobre su rojo pañuelo de pelo asomaba la desproporcionada gorra de plato del sargento Habichuela.
– Mire compañera Julita, usted me va a disculpar, pero el compañero nos ha venido a avisar de un acto de repudio al cual todos los alumnos deben asistir…
Tras la interrupción el aula entera chilló y saltó la mar de contenta. No tanto por el privilegio de participar, según la directora, codo con codo con nuestro heroico pueblo trabajador en esta primera batalla de nuestra generación, como porque las clases se hubieran suspendido casi dos horas antes de lo establecido.
Íbamos saliendo del aula atropelladamente cuando, al pasar por frente a la mesa de la maestra, esta vino hacia mí y me tomó por un brazo.
-Javier, tú sabes bien que a tú mamá no le va a gustar que andes mataperreando por ahí.
Hasta ese día, hasta ese justo momento, no me había caído mal la maestra; por el contrario, hubo tiempos en que incluso creo haber estado enamorado de ella. Esa tarde, sin embargo, la odié. Sus palabras me sonaron del mismo modo que las que un par de semanas antes me había espetado mi tía materna más joven, nada menos que enfrente de mi hermano.
-“¡No corras tanto niño, que se te van a partir las paticas flacas esas, y después quién oye a tu señora madre!”
-Quédate aquí en el aula, yo los llevo para sus casas antes de que la escuela salga para el acto…- me tentó la maestra, mientras me invitaba con una mano lacia a unirme al pequeño grupo a sus espaldas; grupo en el que resaltaba la relamida figura de Tom el pianista.
A mis espaldas pasaban los retrasados de siempre. Los sentía murmurar en lo profundo de sus cerebros:
– “…el bitongo, rajado y patiblanco este ya se va a esconder debajo de la saya de la maestra… Si su hermano supiera, ese si no le tiene miedo a nada… Imagínate que ahora está estudiando para entrenador de boxeo… ¿de boxeo?… si el pobre supiera el tronco de pendejo que tiene por hermano, seguro, seguro mandaba a pedir que le cambien el apellido…”
-“¿Oye, y eso se puede tú?”
Me desasí de la mano con brusquedad y bastante alto, para que me escucharan todos, no solo los rezagados en el aula, sino todos en la escuela, le grité:
-¡Yo si voy a ir, porque yo si soy un revolucionario!
-¡Que se vayan, que se vayan…! ¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera! ¡Gusano, merluza, te cambias por pitusa!
La calle se había llenado ya, pero aún seguían apareciendo estudiantes. También maestros y pancartas improvisadas, como aquella en que el presidente Carter lucía una boca enorme, ojos pequeñitos y un traje de cowboy a la moda disco.
Nos pusimos en marcha. Cuando la manifestación tras detenerse y arrancar par de veces terminó por acotejarse, descubrí junto a mí a Osviel, Puchito y Eliecer, los más duros entre los duros de sexto grado. A pesar de que no hacía ni un par de semanas me habían dejado encerrado en el baño de las hembras todo el recreo, ahora su proximidad no me inquietó. Por el contrario. Estábamos en el mismo bando, teníamos un enemigo común. Al menos por lo durara el acto formábamos parte de un algo más grande, cálido, protector; como un útero.
Por esos días yo acababa de leer, o estaba leyendo, lo que del 30 de septiembre de 1930 escribiera Pablo de la Torriente Brau. Niño al fin, la letra impresa me impresionaba más de lo normal, o al menos de lo normal cuando ya se ha pasado de cierta edad – ¿los veinte, los treinta quizás, algún momento exacto y para todos en definitiva? En consecuencia esa tarde me veía a mi mismo recorriendo no las calles de un pequeño pueblo de provincia, como parte de una manifestación que no dejaría huellas en la historia nacional, sino colina abajo, por la todavía flamante escalinata de la Universidad de la Habana, a enfrentarme con la emperifollada policía de Machado. En mi imaginación Osviel era Pepe Trompá, el boxeador de la generación del 30; Eliecer, Pepelín Leyva y yo, casi seguro el mismísimo Pablo, porque para ese entonces no me había terminado de aceptar como el enclenque que todavía soy.
-¡Cuidado!
– Usted me disculpa…
Habíamos llegado. Enfrente se elevaba la pesada estructura de la recién construida estación de policía. Yo, en mi impulso escalinata abajo, había tropezado con una muchacha de secundaria; y debí ponerme más rojo que un tomate maduro, a juzgar por el ardor que sentía en las orejas. Por suerte la atención general estaba concentrada en la puerta de la estación, incluidos los ojos verdosos de la muchacha, que se fijaron en mí no más de una décima de segundo, antes de descender a investigar los daños en sus pulcros zapatos de goma.
Esa tarde en aquel estrecho espacio se concentró tanta gente como las que llenaban todas las calles del pueblo en cualquier día de carnaval de por entonces. A mí, sin embargo, en un primer momento más que la cantidad de personas reunidas a mí alrededor, me atrapó la nuca de la muchacha de secundaria atropellada por mí. Sobre todo sus minúsculos vellos negrísimos, que dibujaban perfectos remolinos sobre la piel muy pálida. Un par de minutos después una ola de silencio no tardo en alcanzarme, sacándome de paso en mi novena o décima erección- y la primera no relacionada con Susana Pérez: En la puerta de la estación había aparecido un grupo de hombres de civil.
Con pose mussolinesca el teniente Talavera les indicó el camino que debían de cubrir: la desolada docena de metros entre ellos y el gran camión verdeolivo en que se los llevarían del pueblo, rumbo al lejano puerto del Mariel, del otro lado de La Habana.
Por algunos segundos que se estiraron como en un duelo final de los westerns de la época de John Wayne, los hombres permanecieron arracimados en el mismo lugar y con el azoro estampado en sus caras, mirando alternativamente al oficial, al camión, y a nosotros, la muchedumbre expectante. Hubo entre ellos quien incluso volvió la mirada al oscuro pasillo por el que habían sido conducidos hasta allí, desde las celdas al fondo del edificio. Pero las dudas y la mutua expectación no duraron mucho. Un mulato muy alto, con un par de patillas de esas que por entonces no se atrevían a dejarse más que los peores delincuentes, arrancó a correr y antes de que nadie tuviese tiempo de reaccionar ya se había colado dentro de la caja verdeolivo del camión.
Fue entonces que los demás se animaron a seguirlo. Solo que ya del lado de acá todos nos habíamos recuperado de la sorpresa. Y así, no bien habían levantado el primer pie del suelo, cuando sobre ellos comenzó a caer una lluvia de huevos y tomates que por un instante oscureció al sol.
El que todos intentaran colarse a la misma vez por la pequeña puerta trasera de la caja del camión, por supuesto que sin lograrlo, alargó la diversión.
-¿Y tú no tiras bobito?
Las palabras de Eliecer me devolvieron a mi lugar dentro del gran cuadro de la Historia. Lugar que no estaba precisamente a solo medio paso más atrás de la Libertad con las tetas al aire, tirándole tiros a los burgueses y sus sirvientes, sino más bien escondido entre los cortinajes de alguna ventana de alguno de los edificios medio difuminados a su izquierda, en el cuadro de Delacroix. Junto a mi Osviel y Puchito vaciaban aceleradamente el jabuco de poliéster azul en que el segundo solía llevar sus libros a clase, y que ahora habían sido sustituidos por varias libras de tomates en todos los grados de maduración.
-¡Coge, tíralos…¡- y Eliecer me alargó dos de los más rojos tomates.
Nunca antes había llegado tan lejos.
Tuvo que ver el grupo de porristas improvisadas a nuestro alrededor; que incluía a la muchacha, sus ojos verdosos, y mi décimo u onceno conato de erección.
– ¡Eh, pero si mira que clase de brazo tiene!- comentó Puchito, sin acabar de creérselo, y a mí el comentario me animó tanto que me pasé en el siguiente tiro.
Al punto de atinarle justo al escudo nacional, en la fachada de la estación de policía.
Nunca fui muy cuidadosa, pero aquella tarde más que descuidada me comporté como una estúpida. De otra forma no se explica el que saliera con la urna mal cubierta con un chal de terciopelo. No me iba a ir sin los cubiertos de plata que tantos sacrificios les habían costado a mis abuelos, pero muy bien podía haber guardado la urna dentro de un maletín, que los tenía y no uno ni dos. O si no que le pregunten a los compañeros que desvalijaron mi casa, la de mis abuelos y padres, después de mi partida.
Mas no lo hice así y por eso Tita, mi vecina de enfrente, me descubrió la intención.
Según supe después, ya de este lado del Estrecho, ella juró y perjuró que me había descubierto de casualidad. No pude más que reírme cuando me lo contaron. ¿Acechando las veinticuatro horas del día desde su renegrido postigo la vida y milagros del vecindario, podía de verdad pasar que descubriera algo de casualidad? ¡…de necesidad más bien! Sobre todo si se toman en cuenta mis estupideces de película de esa tarde.
Por lo que me contaron que cuenta ahora, cuando mi sobrina María Elena me visitó un par de días antes, a ella le pareció que se escuchaban tenues maullidos desde el bolso que la muchachita llevaba colgado del hombro al marcharse.
-¿Qué raro, habrá regalado a su gata?- dicen que ahora presume de haberse preguntado entonces, dándoselas de Agatha Christie.
La certeza de que yo no habría regalado a mi gata a menos que estuviese por emprender un viaje de los que no tienen regreso, junto a los ruidos de la plata provenientes de la urna mal tapada, que a su oído entrenado de chismosa profesional no cabían pasar desapercibidos, se combinaron en el estropajo maloliente que tiene en lugar de cerebro en una única conclusión posible: Yo me iba del país…y no a Rusia precisamente, que todo el mundo en la cuadra sabía muy bien que esos señores tan desaseados no han sido nunca santos de mi devoción.
-¡Oye! ¡Que se va! ¡Que se va, coño!- y comenzó a seguirme, vestida con su ajada y empercudida bata de casa y calzada en sus infaltables chancletas de palo.
-¡Qué pasó!- y salió casi al segundo Glades (sí, así mismo, con e), la guajirona presidenta del CDR.
-¡Que se va, que si no no se llevaba el búcaro lleno e la plata esa que no quiso entregarle al CDR pa los planes de Fidel¡- le respondió, sin dejar de perseguirme.
Yo había esperado alcanzar a dejar el pueblo sin llamar la atención. Era por eso que viajaba tan ligera de equipaje. El maletín, con algunos recuerdos que no me animaba a dejar atrás, y la urna. El momento era parte del plan, ya que con un acto frente a la estación de policía, al cual desde una magullada bocina en el techo de un jeep ruso habían estado convocando desde por el mediodía, las calles por las que me fugaría deberían de haber quedado vacías. Sin embargo, ya lo decía mi difunto abuelo que en gloria esté: a quien hace planes le salen planazos. No bien atranqué por última vez la puerta de la casa de mis mayores, ya me habían descubierto las tropas élites de la vigilancia cederista.
Antes de alcanzar la esquina me vi rodeada por media docena de vecinos y vecinas. Me observaban desde las aceras y los portales, vacilando entre despedirme o ayudar a Tita, que imposibilitada de correr por una de las tiras de cuero de sus chancletas, empeñada siempre en desprendérsele en los momentos cumbres de su vida, no paraba de pedir a voz en cuello:
-¡Ataja!
Y tal vez hubiera podido escapar si hubiese forzado el paso, que a fin de cuentas a la mayoría de los que me rodeaban los conocía de toda la vida, y sí, estoy segura, no me habrían detenido; mas la desgraciada verdad es que nunca he sido una mujer resuelta. No sé a ciencia cierta que tiempo estuve detenida allí, en el medio de mi calle. Perdí así un tiempo valioso. Poco después me rodeaba otro elemento bien distinto: Jóvenes fundamentalmente, salidos de no sé dónde, retrasados del acto, o tal vez no muy a gusto en él, que gesticulaban y gritaban a mí alrededor con los ojos iracundos de una tribu de indios que se deleitan en retrasar el corte de un cuero cabelludo.
Fue entonces cuando algo me golpeó en el antebrazo. Sin mucha fuerza, la verdad. Un tomate maduro que dejó algunas semillas y un poco de jugo sobre mi piel y sobre la blusa. Mas entonces lo siguió un segundo, contra mi cadera, y luego un huevo, que vino a romperse contra mi maletín.
La mirada, que había mantenido enterrada en el piso, se me levantó sola en un reflejo condicionado o incondicionado, no lo sé. Entonces lo vi, con su flequillo castaño, bastante más allá del muro de rostros que me rodeaba, y entre los que logré distinguir a los de algunos de mis antiguos alumnos más díscolos.
– …El Tulipán Negro maestra,- y lo tenía de nuevo delante de mí, ridículamente serio en aquellos pantalones largos en que su madre me lo mandaba al aula ya desde tercer grado- mi papá me lo lee a pedacitos, todas las noches, a la hora que mi mamá está viendo la novela.
– ¿Y hay algún pedacito del que te acuerdes en especial?
– Sí maestra, cuando tenían presos a aquellos dos hermanos y afuera de la cárcel se había reunido mucha gente mala, que querían entrar para matarlos a mandarriazos, pero no los dejaba un capitán de mosqueteros que con su compañía cuidaba las puertas, y que se les reía en la cara y los llamaba cobardes sin que toda aquella gente se atreviera a hacerle nada…
Un tercer tomate me golpeó con fuerza en la espalda y yo, al doblarme del dolor, dejé caer la urna, que se rompió contra el pavimento esparciendo la plata de mis mayores por toda la calle.
Nuestras miradas se cruzaron en ese instante. Era el único que me miraba ahora, más allá del muro de ojos fijos en el suelo a mis pies. Estaba terriblemente pálido.
Alguien gritaba a media docena de pasos a mi espalda que dejaran aquello allí, que aquella plata le pertenecía al pueblo, que los revolucionarios no se comportaban como vulgares saqueadores. Por entre los ojos ávidos y los gritos apareció en ese preciso instante Rafelito, para arrastrarme literalmente para su casa.
– ¿Pero te volviste loco Rafael? ¿Tú sabes en el problema en que nos estás metiendo?- soltó Lucila mientras su esposo atrancaba la puerta tras de sí. Lucila, mi mejor amiga hasta esa mañana, a quien los ojos se le salían de las órbitas.
A un tiempo sonaron las primeras pedradas aisladas contra la puerta.
No pasó mucho antes de que el chofer dejara de encontrar entretenido el acto de repudio, sobre todo desde que su camión se convirtió en el blanco de los tomatazos y los huevazos. La gota que le colmó la copa de su paciencia fue una pedrada, lanzada con fuerza pero sin tino, que le rompió el parabrisas. El teniente Talavera y el primer secretario de la juventud tuvieron que correr a contenerlo entonces, cuando ya amenazaba con echar mano de su pistola de reglamento, llamándonos hijos de puta y pichones de gusanos de mierda.
-¡Hay otro acto por la panadería…!- avisó el grupo de muchachos de secundaria a nuestra izquierda.
-¡Vámonos para allá!- ordenó Osviel, y yo, a pesar de recordar que a mi madre no le iba a caer nada bien el que me hubiese dedicado a mataperrear por el pueblo, me fui tras ellos; por sobre todo porque al haber dado aquella orden me había incluido en su grupo.
Llegamos tarde, sin embargo. Una vieja solterona y antigua maestra de mi hermano había sido descubierta cuando intentaba desertar. Unos vecinos, no muy integrados por cierto, le habían dado asilo en su casona. Ahora la fachada del viejo caserón de madera lucía peor que el camión verdeolivo.
-¡Compañeros, ya es suficiente, ya hemos demostrado nuestra justa indignación!- se desgañitaba un hombre alto y de espejuelos de cristales verdes que trataba de apaciguar a los dos o tres grupitos que se mantenían desafiantes frente a la casona, aunque ya sin apedrearla. Otra media docena de hombres formaban una línea de contención detrás del de los espejuelos. En los bolsillos de las camisas de un par de ellos se distinguían los carnés rojos del partido.
Una vieja en una mugrosa y casi traslúcida bata de casa, calzada en chancletas de madera medio podrida, rezongó a nuestro lado:
– Los blandengues son los que van a telminar hundiendo a esta Revolución. ¡Si Fidel supiera, carajo…!
Al rato, no obstante, como todo indicaba que al Hombre nadie hubiera ido a enterarlo de la situación allá a La Habana, cada uno comenzó a tomar por su lado y la calle no tardó en vaciarse. Osviel, Puchito y Eliecer remolonearon un poco más por los alrededores, pero al final emprendieron el camino de sus casas.
Yo los seguí; a pesar de no vivir por sus mismos rumbos.
– Corría más que un guineo el patilludo ese – comentó Puchito.
– Lo que es un bicho,- lo corrigió Eliecer- agarró a todo el mundo desprevenido y por eso se salvó de los tomatazos.
– A la vieja tortillerona esa es a la que yo tenía ganas de ver corriendo- agregó Osviel- Dicen que era una tremenda singa’ cuando era maestra. Con un tío mío la tenía cogida y no lo dejaba ni acercarse a los mariconcitos de su aula.
– A todos esos traidores que se quieren ir lo que hay que hacer es fusilarlos- interrumpí yo, preocupado porque a mis compañeros no les diera por confundirme con los inoportunos mariconcitos condiscípulos del tío de Osviel.
Por unos segundos permanecimos todos en silencio.
-El que sí es un atravesado es el viejo de los espejuelos verdes. Dicen que ni Habichuela quiso meterse, pero como el tipo es del partido…- intervino Eliecer por segunda vez, mirándome de reojo.
– Del partido o no, a ese tipo de seguro que lo matan el primer día si vienen los yanquis. Porque en la guerra, o matas, o te matan, y si se pone con esas mismas pendejerías que con la contrarrevolucionaria esa delante de ellos…- me atreví a ser más radical que el hasta ese momento cerebro de la pandilla, aunque manteniendo mi mirada en el mismo indefinido punto que antes, en una perfecta imitación de la del Che en la famosa foto de Korda.
Osviel me observó admirado, en gran medida por la claridad con que yo expresaba lo mismo que él sentía y que, sin embargo, le resultaba imposible de poner en palabras, pero además por el efecto que sobre los espíritus no muy sutiles tienen ciertas estudiadas poses. Acto seguido me soltó, hasta con la voz medio quebrada por la emoción:
-Sí, sí, así mismito es.
A Eliécer, por supuesto, no le gustó el que yo viniese a desplazarlo como el inteligente de la manada, que era lo que en un final significaba aquel implícito reconocimiento por Osviel de mi superioridad intelectual para justificar la violencia. Mas no dijo nada. A fin de cuentas él no era el alfa, sino Osviel, y aquel acababa de adoptarme, mas que como su nuevo protegido, como su guía espiritual.
Tras separarme corrí de regreso a casa. No era por la carrera, sin embargo, que el corazón me latía tan fuerte en el medio del pecho. A partir de esa tarde miraría a mi hermano como antes, como cuando aún la directora no había reestructurado a todos los grupos de la escuela, “para acabar con los privilegios heredados”, según dijo, tocándome a mí caer en uno con los niños del peor barrio del pueblo.
Ahora, mientras corría de regreso a casa, sabía que ya no volvería a avergonzar a mi hermano, porque ya nadie le podría ir con el cuento de mis humillaciones. Y es que esa tarde yo había entrado a formar parte de la banda que en la escuela ocupaba el sitio más alto de la cadena alimenticia. Era un duro y no uno de esos mariconcitos que encierran en los baños de hembras a la hora del recreo.
En todo caso, de esa tarde en adelante yo pertenecería al bando de los que encerraban.
Mi madre me preguntó muy asustada que qué me pasaba y yo, que había dado vueltas y vueltas por el pueblo para aplacarme la impotencia antes de volver a casa, no pude contenérmela adentro ni un minuto más.
-¡Que era un abuso coño, que todo el mundo lo sabía y nadie se atrevía a hacer nada!
-¡¿Pero qué pasó?!- insistió mi madre cada vez más asustada, mirando a los lados por si alguien nos espiaba a través de las ventanas, desde los patios vecinos.
-Que le cayeron a tomatazos a mi maestra de la primaria, a Delfa, ¿te acuerdas?, porque se va para el norte.
– Pero cálmate- y alargaba los brazos hacía mi frente, como si pensara que al tocarla lograría aplacar mi agitación- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No, ese es el problema, que yo no me atreví.
Entonces lo noté. Desde la puerta de la cocina mi hermano menor me observaba llorar.

Propuesta de Transición a la Democracia para la Isla de Cuba: (publicado en «Cuadernos de Pensamiento Plural» No.2)

José Gabriel Barrenechea.

Fundamentación:
La Revolución que triunfó en Cuba en enero de 1959, con fines de saneamiento moral de una administración pública que aún arrastraba la mala herencia colonial española; redistributivos y por consiguiente de mejoramiento social; de sustitución del modelo económico basado en la exportación de ingentes cantidades de azúcar moreno; y por último, de reivindicación de la posición nacional en el tejido del poder mundial, ante el perturbador peso que significaban los EE.UU. a la vista misma de nuestras costas, envuelta ella misma en la atmósfera de una época en que los movimientos revolucionarios tendían a menospreciar el estado de derecho y los métodos de representación parlamentaria, no terminó en consecuencia de reinstaurar el marco legal dentro del que debían de haberse llevado a efecto esos fines: la Constitución de 1940.
Esta violación de lo que constituía un reclamo general de la sociedad cubana, y a pesar de la pronta aprobación de medidas que como las rebajas de precios y alquileres, de reforma urbana y agraria, incondicionalizarón con el gobierno revolucionario a amplios sectores, le ganó sin embargo la oposición abierta de otros, no solo “oligárquicos”, sino también y fundamentalmente entre las nutridas clases medias, significativas partes del potente movimiento obrero cubano, las juventudes católicas y el campesinado, sobre todo el villareño.
En la consiguiente y consecuente Guerra Civil, los contrarios en disputa terminaron aliándose a cada uno de los superpoderes enfrentados en la Guerra Fría a que las circunstancias, más que las preferencias ideológicas, los acercaron. Alianzas que los llevaron a su vez a extremar sus posiciones iniciales hasta límites insospechados.
Así, pronto se perdió el tino en el bando antigubernamental, y al ser el más desprotegido, el que no tenía el control del estado y la economía, debió en buena medida subordinarse a los dictados de los órganos de inteligencia norteamericanos, al mismo tiempo que continuaba con los métodos terroristas y de golpe de mano que habían caracterizado la lucha antibatistiana en las ciudades.
Lo mismo por su parte sucedió en el bando contrario, el revolucionario, que aunque por su posesión del estado y la economía, y por los 9550 kilómetros que separan a La Habana de Moscú, pudo durante sus primeros diez años mantener la independencia, a partir de 1970 debió renunciar a buena parte de su política exterior independiente, y adoptar en lo interno el modo de organización económico, legal y hasta cultural y social de los países del bloque soviético. Todo ello para obtener y luego conservar lo logrado el 23 de diciembre de 1972, en medio del escenario de caos económico que habían dejado el Embargo norteamericano y los experimentos socio-económicos de transición acelerada al comunismo de la década anterior.
Hoy, no obstante, a 22 años de la desaparición de la URSS y del fin de la Guerra Fría; con los más jóvenes actores de los acontecimientos de 1959 ya septuagenarios; con unos EE.UU. que ya no son el superpoder incontrastable que eran más acá del “telón de acero” en aquella fecha, sino el más poderoso estado de un mundo que camina con rapidez hacia la multipolaridad, incluso al interior del mismo continente americano; y con una economía que ha cortado casi todos sus lazos de dependencia con dicha nación, excepto en el alimentario, se impone una rectificación de las políticas de menosprecio del parlamentarismo y lo constitucional, que llevaron a la fractura nacional, y posterior abismalización de la misma.
¿Y a quién corresponde dar ese paso sino al bando que a la larga terminó siendo el dueño absoluto del territorio nacional?
Propuesta:
Fundamentado en todo lo anterior, se propone a continuación el cronograma de una transición no al Capitalismo, sino a los objetivos iniciales de la Revolución. Una transición que podría iniciarse mañana mismo y que requeriría un plazo de dos años, de ponerse en práctica.
I-Un año de periodo para la completa vuelta a la Ley Fundamental de 7 de febrero de 1959, en un cronograma claro en que la parte dogmática de la misma sea restablecida a lo máximo en 6 meses, y la orgánica en 11.
En las primeras reuniones del Consejo de Ministros, este deberá decretar con fuerza de ley constitucional lo siguiente:
1-Que todas las tierras obtenidas por particulares merced a la Primera Ley de Reforma Agraria (La Segunda solo estatalizó) se declaran inembargables.
2-Que todas las propiedades urbanas obtenidas merced a la Ley de Reforma Urbana, o a disposiciones semejantes posteriores, se declaran inembargables.
3-Que todas las propiedades expropiadas de 1959 hasta la fecha, en las que hoy día se brinde por el Estado, o por sus pseudo ong’s, un servicio de interés social, se declaran inembargables hasta la culminación del periodo de Transición.
4-Que toda la legislación laboral, o social establecida desde el 1 de enero de 1959 hasta la fecha, y vigente al momento de comienzo de la Transición se declara inderogable hasta su culminación.
5-Que en la República queda prohibido a perpetuidad el monopolio (entendido este como el control de más del 50 % de cualquier actividad económica o comercial), excepto el estatal en actividades en que el interés público dicte la necesidad de establecerlo, pero siempre sometido a la más absoluta fiscalización pública.
Además, a más tardar a los 9 meses el Consejo de Ministros deberá reinstaurar lo legislado en materia electoral por la referida Ley Fundamental, a la vez que la ley electoral vigente al atardecer del domingo 9 de marzo de 1952, tras haber realizado por comisiones designadas al efecto las modificaciones a las mismas que se requieran (por ejemplo, al presente es imposible constituir el Tribunal Supremo Electoral a la manera que establece la Ley Fundamental).
A más tardar a los 10 meses el Consejo de Ministros deberá votar los presupuestos del próximo año, apartando un porciento del mismo para la realización de elecciones.
A más tardar a los 10 meses y medio el Consejo de Ministros deberá aprobar una exhaustiva ley de financiamiento de los partidos políticos, y a su vez la creación de una comisión compuesta por dos relevantes figuras nacionales, y una extranjera, todas de probada honestidad, que controlarán tanto los fondos estatales, como la procedencia de los no estatales, destinados a dicha financiación (esta comisión deberá constituirse a más tardar a los 12 meses.)
II-Al cabo de un año, y en virtud de la Ley Fundamental vigente, el Consejo de Ministros permitirá que comience el proceso de inscripción de los partidos políticos.
En esta misma fecha el Consejo de Ministros deberá aprobar una ley en que se definan las cuotas de espacio o tiempo equitativos, de que podrán disfrutar dichos partidos en los medios públicos; excluyendo solamente de la obligación de distribución a los medios escritos que desde 5 años antes hayan funcionado declaradamente como órganos del PCC o de la UJC.
Dicha ley permitirá además la creación y difusión por los partidos de medios escritos propios. Sujeto su financiamiento a la supervisión de la comisión referida más arriba.
III-Al cabo de un año y seis meses, se llamará a reorganización de los partidos políticos.
IV-A los 2 años, se efectuarán elecciones generales para designar las autoridades que la Constitución del 40 estatuye.
Un día antes de la cesión de poderes a las nuevas autoridades electas el Consejo de Ministros deberá declarar la restitución plena de la Constitución del 40, con las modificaciones imprescindibles referidas a la actual división política administrativa, y las cinco leyes que, como anexos, fueron aprobadas al inicio del proceso de transición.
El Congreso, una vez electo, deberá inmediatamente después, y antes de cumplir cualquiera de sus demás deberes legislativos, reunirse para proponer las reformas mayores, sean específicas, parciales o integrales, que crean necesarias; proceso que deberá regirse escrupulosamente por lo legislado en los artículos 285 y 286 de aquella Constitución.
En esta variante, por tanto, el Congreso recién electo funciona más que nada como una Asamblea Constituyente. Así, en caso de que la reforma por el propuesta llegará a ser integral, implicaría casi seguramente la elección de nuevas autoridades, y por tanto su propia disgregación tras las consecuentes elecciones para elegirlas. Mas esto no se limitaría a las autoridades legislativas, sino también a todas las demás, desde las ejecutivas nacionales hasta la totalidad de las municipales y provinciales.

La falacia que apela al bastón en la Constitución Cubana.

Por Ernesto Peña González, ciudadano cubano, Premio Alejo Carpentier de novela 2010.

¿Cuándo, como hizo muy atinadamente el Gobierno venezolano hace poco, se sentará el Gobierno cubano a dialogar de manera respetuosa con los líderes de la disidencia interna en Cuba?
La antigua y grosera falacia que apela al bastón (argumentum ad baculum) se realiza, en la Constitución cubana, de esta manera:
a) Eres libre por derecho, si defiendes mi ideología.
b) No defiendes mi ideología, no eres libre por derecho, incluso te tildo de delincuente.
Con lo cual se afirma que una ideología única garantiza los derechos humanos. Ideología única=Derechos humanos. Argumentum ad baculum: “La fuerza hace el Derecho”. “Quien no está conmigo está contra mí”
Así, el artículo 62 barre, elimina, todas las libertades y garantías constitucionales concedidas previamente en los artículos 54 al 61, etc. Si dichas libertades o derechos no se ejercen a favor de la ideología comunista y su modelo político (Estado con Poder Único, Partido Único, Sindicato Único, Monopolio de los mass media, etc), entonces los ciudadanos que decidan disentir o crear asociaciones políticas independientes del Gobierno son automáticamente calificados de delincuentes:
ARTICULO 62.-Ninguna de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida contra lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo. La infracción de este principio es punible.
Hay énfasis sobre el carácter ideológico obligatorio en los derechos más “peligrosos”:
ARTICULO 53. Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad.
Y por último el violento artículo 3, que no solo condiciona ideológica y políticamente la libertad de expresión y el derecho al sufragio, al proclamar al socialismo, el Partido Comunista y el Gobierno como irrevocables, sino que, sin sutileza alguna, promueve y legaliza el enfrentamiento civil y la represión violenta a la disidencia:
ARTICULO 3 …Todos los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución…
Claro, en la práctica cotidiana, la palabra “derribar” se convierte en sinónimo de dialogar (o intentarlo), y observar o criticar el orden político. De ahí que todos los personajes, algunos músicos incluidos, que atronan consignas y canciones delante de las casas donde se reúnen los grupos de disidentes pacíficos, se encuentran protegidos por este nefasto artículo (si es que lo conocen) y “convencidos” de su “lucha”.
No quisiera insistir en este punto al comentar el condicionamiento ideológico a la libertad de expresión artística (art. 39ch) y a la educación general (art. 39c). Baste subrayar que la DISPOSICION ESPECIAL final refuerza el carácter absolutista del gobierno, supuestamente aprobado por la mayoría de la población, la cual ¿se encuentra en conocimiento y comprensión de las leyes del país?.
Hágase una encuesta entre la ciudadanía acerca de su cultura sobre los derechos civiles y políticos. Pregúntese por sus motivaciones al firmar la reforma constitucional del 15 al 18 del mes de junio del 2002, y su juicio previo en relación con el Proyecto Varela. Permítase la realización de dicha encuesta a un organismo internacional, y publíquese su resultado en el Granma y Juventud Rebelde. Entonces hablaremos de “inmensa mayoría”, de la “casi totalidad”.
Sobra decir que el Código Penal y el Código Laboral están plagados de las mencionadas muletillas y mordazas ideológicas, que convierten en “delincuentes” a todo aquel que pretenda ejercer libremente los Derechos Humanos concedidos por la Carta Internacional de Derechos Humanos de la ONU.
Para concluir, quisiera preguntar a nuestros señores legisladores qué entienden por dignidad humana, o dignidad plena del hombre. Teniendo en cuenta que en el preámbulo a la Constitución TODOS los ciudadanos cubanos DECLARAMOS nuestra voluntad de que la ley de leyes de la República esté presidida por este profundo anhelo, ¿al fin logrado?, de José Martí: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena delhombre”; entonces ¿por qué se ponen condiciones, barreras y mordazas en nuestra Constitución al libre y pleno ejercicio de los Derechos humanos? ¿Es que la palabra plenitud cambió su significado en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española? ¿O ya la idea martiana no se comprende bien? Y en fin, ya que la oposición cubana es en esencia pacífica, defensora de la no violencia, y ha solicitado el diálogo, reitero ¿Cuándo, como hizo muy atinadamente el Gobierno venezolano hace poco, se sentará el Gobierno cubano a dialogar de manera respetuosa con los líderes de la disidencia interna en Cuba? Y añado como otro anhelo: ¿se transmitirá ese diálogo por la TV nacional como se transmitió el de Venezuela?
La Constitución de la que hice uso, entre otros documentos, puede verse y descargarse en el sitio de La Gaceta oficial de la República de Cuba. http://www.gacetaoficial.cu

Algunos apuntes sobre el Bloqueo (Conclusiones).

José Gabriel Barrenechea.

En Cuba todos los nacidos en los setentas, y que por tanto cursamos estudios secundarios o preuniversitarios en la década siguiente, oímos y leímos, una y otra vez, de cómo se había hecho la Revolución, entre otras razones, para acabar con nuestra dependencia económica, comercial y financiera de los EE.UU. Se nos remachó en nuestros subconscientes hasta la saciedad, que importaciones y exportaciones desde y hacia aquel país rondando siempre un 70% u 80 % del total, o que inversiones en semejantes proporciones… coartaban la soberanía económica de nuestro país, y en consecuencia también la política. Visto lo cual, Fidel y sus adláteres decidieron que valía la pena sacrificar sus vidas si hubiera sido necesario, para en definitiva alcanzar la plena y absoluta independencia nacional.

Tales enseñanzas nos vienen inevitablemente ahora a la cabeza a quienes nos acercamos a los cuarentas o hemos doblado ya ese cabo, cuando escuchamos perorar en los medios oficiales acerca de cómo el Bloqueo ha encarecido subidamente nuestras importaciones; o de la crecida cantidad de dinero que el gobierno de los envejecidos adláteres calcula ha perdido el país a consecuencia de aquel: En el último conteo de 2011 nada menos que un millón de millones de dólares. Exactamente lo que hubiesen dejado todas las hipotéticas zafras de 5 millones de toneladas de azúcar desde 1511, año del comienzo de la Conquista, hasta el presente, quinientos años después.

Surge la pregunta: ¿No resulta en definitiva este reclamo de poner fin al Bloqueo, al menos por quienes pontificaban que era nuestra relación con los EE.UU el origen de todas nuestras desgracias, un reconocimiento tácito del fracaso de los caminos que desde el poder ellos terminaron imponiéndole a la Revolución?

Lo cierto es que en el periodo que transcurre entre 1959 y 1989 el estado cubano disfrutó por parte de su par soviético de facilidades de pago, de préstamos, y de una política de precios que difícilmente hubiéramos podido tener en el supuesto de que nuestras relaciones con EE.UU. no hubiesen llegado al rompimiento de 1962. Recuérdese tan solo que en dicho periodo los EE.UU. disminuyeron su consumo global de azúcar ante el avance de otros edulcorantes, con lo que de haberse mantenido el sistema de cuotas, necesariamente nuestra porción en él habría disminuido también inexorablemente.

Nadie explica mejor esta verdad que el propio Fidel, en una de sus respuestas a Jeffrey M. Elliot y Mervin M. Dimally, en marzo de 1985: “La supresión del Bloqueo solo a largo plazo implicaría alguna ventaja. No voy a decir, porque no sería cierto, que no se derivarían algunos beneficios. Quizás hubiera alguna ventajas prácticas, quizás algunas mercancías que hay que adquirir en terceros y distantes países las podamos comprar en EE.UU., con menos gastos de transportes y entrega más rápida; algunos equipos médicos que se fabrican en EE.UU., algunos productos farmacéuticos, y cosas por el estilo, de esta índole. Pero no es una cosa trascendental…”

Y refiriéndose un poco más adelante, a que para poder exportar hacia EE.UU. habría que necesariamente disminuir las exportaciones hacia el campo socialista afirmó entre risas: “Hay un dicho campesino que dice que no se puede cambiar la vaca por la chiva”

Sin embargo, y por desgracia, esa vaca, o lo que es lo mismo, la masiva ayuda soviética, que en general debió rondar los 200 000 millones de dólares a precios de 1980, sufrió el mismo triste destino que la enorme masa ganadera que la élite revolucionaria encontró a su ascensión al poder… fue dilapidada alegremente en “experimentos”, que nada tenían de ellos y sí mucho de juegos.

Algunos apuntes sobre el Bloqueo (III).

José Gabriel Barrenechea.

Mas la URSS parecía tener una inagotable voluntad política de ayudarnos, o más correctamente de ayudar a la élite política que había dejado detrás una revolución ya muerta y enterrada: Cuando al año y pico de haberse suscrito los acuerdos el precio del azúcar se disparó hasta los 29 centavos por libra, de inmediato readecuaron los precios.

La tabla siguiente, tomada de Cuba y la Economía azucarera mundial, del Doctor Marcelo Fernández Font, nos permitiráobservar hasta qué punto llegaba esa buena voluntad soviética:Hasta llegar a pagarle el azúcar al estado cubano a cuatro veces su precio en el mercado mundial.

Tabla III(Dólares por tonelada de azúcar crudo cubano).

Países 1978 1979 1980 1981 1982
Bulgaria 402,78 423,61 444,44 494,86 515,45
Checoslovaquia 361,11 361,11 437, 93 366,99 460,43
RDA 361,11 361,11 437,93 506,41 506,41
Rumanía 361,11 361,11 361,11 492,16 368,34
URSS 608,14 602,85 759,19 606,09 658,12
Mercado mundial 135,69 163,76 446,57 261,04 170,12

 

Utilizando además los datos que el mencionado libro nos da de los volúmenes de azúcar vendido a la URSS(como promedio algo más de 3 millones de toneladas), podemos calcular cuánto el estado cubano obtuvo gracias a dichas ventas, por encima de lo que habría logrado en el mercado mundial: Solo en estos cinco años, y en el único caso de la URSS, aproximadamente 7 481 millones de dólares.

Pero si además incluyéramos lo que se obtuvo gracias a las facilidades que a su vez nos daban los demás países ricos del CAME, la cifra resultaría de alrededor de 9 000 millones de aquellos años, o unos 30 000 de los de hoy día.

Solo entre 1973 y 1989 el estado cubano obtuvo, únicamente por los precios preferenciales del CAME a nuestra azúcar, la exorbitante cifra de más de 30 000 millones de dólares de la época, lo que a su vez equivaldría a unos 5 000 millones de la época de Plan Marshall. Mucho más dinero del que gracias a la repartición de dicho Plan pudieron obtener grandes naciones de Europa occidental, algunas con una población por aquel tiempo cuatro o cinco veces superior a la de nuestro país en 1989.

Despilfarrando el amor ajeno.

Pero la ayuda soviética no solo se concretó en los precios preferenciales en que nos compraban nuestro azúcar.

En 1973 estalla la tercera guerra árabe-israelí, y no obstante su rápido final, ya no se podrá detener la espiral alcista de los precios del barril de petróleo crudo:Para el año siguiente su precio, que nunca antes había excedido los 3 dólares, se sitúa en los 12… Seis años después, en 1980, el barril promedia 30 dólares.

La era del petróleo barato había llegado a su fin. El ritmo de crecimiento de la economía se aletargó en todo el mundo, pero es en América Latina donde se ensaña con particularidad esa ralentización. Ante la subida general de los precios que genera la del petróleo, las naciones latinoamericanas se vieron obligadas a pedir en calidad de préstamo ingentes cantidades de dinero, lo que provocará que pronto se encuentren debiendo al exterior cantidades comparables con sus productos internos brutos anuales…

En 1984, al desatarse la llamada Crisis de la Deuda Externa, estos fueron los valores de dicha deuda de algunos países:

Tabla V

(Elaborada con los datos obtenidos del libro Fidel Castro y la Deuda Externa, Editora Política, 1984).

País Deuda(en millones de dólares).
Brasil 101 800
México 95 900
Argentina 48 000
Venezuela 34 000
Chile 18 440
Perú 13 500

 

“¿Cuánto debe cada habitante?”- se preguntó Fidel en su discurso de clausura del Encuentro sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe, al referirse al percápita de ésta en nuestra región- “unos más otros menos, como ustedes saben. Pero como promedio deben 923 dólares por habitante”.

A diferencia de los demás países latinoamericanos, que en ese momento entraron en sus llamadas “décadas perdidas”, Cuba, como hemos señalado ya, disfrutaba de “una forma ejemplar de relaciones económicas entre un país industrializado y un país subdesarrollado”, no del “tipo de relaciones que imponen a los países el capitalismo y el imperialismo”. Gracias a lo cual, en medio de la imparable inflación petrolera, la URSS nos vendía el crudo a un precio muy inferior al que debían pagar aquellos.

Tabla VI

(Elaborada con los datos obtenidos del Anuario Estadístico, 1981).

  1975 1980
Ctd de petróleo crudo importado de la URSS 5 797 millones de toneladas 6 025 millones de toneladas
Precio total del petróleo crudo importado desde la URSS 223 354 millones de dólares 491 446 millones de dólares
Precio de la tonelada(URSS) 40 $ 80$
Precio del barril(URSS) 6$ 12$
Precio del barril(Mercado Mundial) 12$ 30$

 

Y no obstante, a pesar de esa “sin precedentes” relación con la URSS, que se supone debió librarnos de la causa que había tenido que ver con el endeudamiento de Latinoamérica (la inequitativa relación), Cuba no se sumó a la lucha contra la impagable deuda externa solo por un sentimiento de altruista internacionalismo proletario: Como se ha reconocido después, Cuba por entonces le debía al “mundo capitalista”, con el que únicamente realizaba el 15 % de su intercambio comercial, poco más de 5 000 millones de dólares. O sea, para entonces cada cubano, como promedio, le debía solo a los capitalistas y sin considerar lo que tendría que comenzarle a pagar a los soviéticos el 1 de enero de 1986, la bonita cantidad de 500 dólares.

Algunos apuntes sobre el Bloqueo (II).

José Gabriel Barrenechea.

En 1959 los EE.UU. nos habían comprado 2 943 000 toneladas de azúcar a 5,35 centavos la libra. Ese año el precio del azúcar en el mercado internacional había sido como promedio 2,97 centavos la libra. Esto significa que los precios que obtuvimos de EE.UU., en ese año específico, superaron en 1,8 veces a los del mercado internacional.

La gráfica que sigue nos proporciona una idea de la relación entre dichos precios a lo largo de la década de los cincuenta:

Tabla I

(Elaborada a partir del Anuario Azucarero de Cuba. 1958 y Cuba y la Economía azucarera mundial).

Año Precio preferencial norteamericano, en centavos la libra Precio del mercado mundial, en centavos la libra
1950 5,35 4,89
1951 5,25 5,70
1952 5,12 4,17
1953 4,97 3,41
1954 4,93 3,26
1955 4,80 3,24
1956 4,86 3,47
1957 5,33 5,16
1958 No datos 3,50
1959 5,346 2,97

 

Como puede observarse durante el periodo citado los norteamericanos nunca nos compraron el azúcar al doble de su valor en el mercado internacional. De hecho hubo un año, en 1951, en que los precios en este último mercado estuvieron 0,45 centavos por encima del protegido de los EE.UU. Pero también, ¿cómo se explica que ya desde 1959 intentaran estrangularnos económicamente, según sostiene el discurso oficial, si ese fue precisamente el año en que más espléndidamente nos pagaron el azúcar? Esto resulta en realidad insostenible.

Veamos ahora que ocurrió con quienes vinieron a encargarse de lo que los americanos habían dejado de comprar a partir de 1960, cuando terminaron suspendiendo la Cuota Azucarera con que nos favorecían desde 1934:

Tabla II

(Elaborada a partir de Cuba y la Economía azucarera mundial).

Año Precio preferencial en el mercado soviético, en centavos la libra Precio del mercado mundial, en centavos la libra
1961 4 2,80
1962 4 2,83
1963 4 8,34
1964 6.11 5,77
1965 6.11 2,08
1966 6.11 1,81
1967 6.11 1,92
1968 6.11 1,90
1969 6.11 3,20
1970 6.11

 

3,68

 

Pero no solo salimos ganando por la subida de los precios al comerciar con la URSS en lugar de con EE.UU. (4 años de 10 en que el precio al que nos compraban el azúcar los soviéticos superaba en dos veces al mundial). Si entre 1961 y 1963 las cantidades de azúcar que los soviéticos convenían en comprarnos tenían un tope de 3 000 000 de toneladas, casi lo mismo que nos hubiese correspondido por el sistema de cuotas de EE.UU, de 1964 a 1970, el nuevo convenio firmado en el primero de los años referidos (1964), admitía estabilizar el intercambio en 5 000 000 de toneladas.

Semejante venta hubiera significado nada menos que el valor total de nuestras exportaciones en 1959.

Mas entre 1964 y 1970 nunca se consiguió cumplir con lo pactado.

Un regalazo de Navidad.

La ayuda soviética vino luego, a inicios de los setentas, a salvarnos de lo que tras de sí dejó el intento de Fidel Castro de dirigir hasta el más nimio detalle de la economía del país desde un yipi. Ello se concretó gracias a losAcuerdos Económico-Financieros de 23 de diciembre de 1972, y que al parecer la dirección soviética se decidió a concedernos preocupada por la larga estadía del comandante en la URSS.Se temió, según las malas lenguas, que hiciera un cambio de dirección a Moscú, que luego pretendiera entrar en el PCUS, que más tarde llegara a Primer Secretario, para media semana después provocar un holocausto nuclear.

Al decir de Fidel, estos acuerdos significaron: “una forma verdaderamente ideal, una forma ejemplar de relaciones económicas entre un país industrializado y un país pobre y subdesarrollado como es nuestro país… no existe a nuestro juicio, ningún precedente en la historia de la humanidad de tan generosas relaciones”-Como es la verdad.

Pero dejemos que sea el mismo Fidel quien nos explique en que consistieron los referidos acuerdos:

“En primer lugar, sobre la deuda exterior, es decir los créditos: tanto créditos comerciales- para satisfacer el desbalance comercial que hemos tenido todos estos años- como los créditos para el desarrollo, las deudas contraídas por estos conceptos, se pospone su pago hasta el primero de enero de 1986, es decir, para dentro de 13 años, para pagar con productos cubanos en 25 años, y, además, sin ningún interés a partir del momento de la suscripción de estos acuerdos. Es decir, una fórmula óptima para abordar el espinoso problema de la deuda exterior, problema agobiante hoy para la inmensa mayoría del mundo.”

“En segundo lugar, nuevos créditos con relación al intercambio comercial; para los futuros años en que nosotros necesitamos créditos comerciales para compensar el intercambio. De nuevo se trata esta cuestión de una manera óptima: se le facilita a Cuba los créditos necesarios para la importación de la mercancía que requiere anualmente de la Unión Soviética en los próximos tres años- y son cantidades grandes-, y del mismo modo se pospone su pago para 1986, para pagar en 25 años, y no devengarán interés alguno.”

“Por otro lado, créditos no comerciales, sino créditos para nuevas inversiones, créditos para el desarrollo. Se nos conceden los créditos con un interés muy bajo y para pagar en 25 años- no en cuatro ni en cinco ni en diez ni en quince: ¡para pagar en 25 años! Otra fórmula realmente ideal para abordar los problemas del desarrollo para cualquier país en las condiciones de Cuba.”

“Y por último, con relación a nuestros productos, a nuestras exportaciones principales, la Unión Soviética nos concede precios altamente satisfactorios. Se elevan considerablemente los precios que nos venían pagando por el azúcar, que eran superiores al precio promedio del mercado mundial, y nos garantiza esos precios en el futuro, precios equivalentes a 11 centavos (dólar) la libra. ¿Qué significa esto? Que por cada millón de toneladas que exportemos recibiremos aproximadamente 100 millones más de pesos, ¡por cada millón de toneladas! La diferencia entre el precio que existía de algo más de seis centavos, a estos precios actuales.”

“Y lo mismo ocurre con el níquel. Los precios promedios de estos años han estado entre dos y tres mil dólares la tonelada en el mercado mundial, y ellos nos conceden precios aproximadamente de cinco mil dólares la tonelada.”

Solo a partir de la firma de estos acuerdos, en Cuba se comenzaría a vivir como si en realidad hubiera habido un cambio político-económico-social significativo. Esto se nos hace evidente con solo mirar las series históricas del percápita de alimentación, del número de médicos en ejercicio, de los niveles de universitarización o del propio índice de mortalidad infantil. De inmediato se nota que los mismos presentan su inflexión más importante no en los años que siguen al triunfo de la revolución exactamente (algunos incluso descienden durante la década de los sesentas), sino a posteriori de 1972; y todo gracias a la ayuda sovié