Una insuperada hazaña… mal recordada.


por José Gabriel Barrenechea.

El trabajo que presento a continuación ha sido publicado íntegramente en la revista Guamo, número 76. Debo por lo tanto pedir disculpas por las acusaciones que antes hice, a raíz de la recogida del número 70 de las librerías, como debidas a la censura de

Con Guamo

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mi trabajo La noche que dio comienzo a la Edad Contemporánea en Cuba. Siempre se me dijo que todo no se debía más que a un error burocrático relacionado con los precios a que se comercializa esta revista, lo que con esta nueva publicación, además de con la reaparición del número 70 en librerías, no parece más que confirmarse. Sin embargo, prefiero creer que la verdadera razón está en que la élite santaclareña ha comenzado a ejercer su natural abierto; por lo menos su natural mucho más abierto que el de cualquier otra ciudad del país. Y claro, no sería yo un Hidalgo, si no lo reconociera…

Una insuperada hazaña…mal recordada.

A ratos, aunque ya no tanto como hace treinta años, se escucha en nuestros medios, círculos académicos y hasta controversias de barrio, ensalzar una y otra vez a la guerra en Vietnam, a finales de los sesentas y comienzos de los setentas, como la más desigual de todos los tiempos. Que esto se diga en el resto de Latinoamérica no me causa asombro, a fin de cuentas allí las guerras más desiguales contra potencias extranjeras nunca excedieron la relación de tres a uno, y en cuanto a lo técnico, ejércitos libertadores los hubo mejor armados que los que la decrépita, ocupada ella misma España por los ejércitos napoleónicos, pudo ponerles enfrente; mas que semejante opinión se vierta en Cuba no puede más que asombrarme. ¿Es que acaso olvidamos nuestra Historia, en específico nuestra Guerra de los Treinta Años (como acertadamente la llamaba Don Fernando Ortiz), con la que nos sacudimos de encima la dominación colonial española que nos ahogaba económica, política y socialmente?

“Vino el Remington y junto con el Remington la ofensiva; se acabaron los indios y se conquistó el Desierto”, así escribía el general Ignacio Fotheringham en su “La vida de un soldado”, refiriéndose a la vital importancia que tuvo para la conformación definitiva de la República Argentina aquel arma, que permitió por fin enfrentar con éxito las cargas de caballería de los bravos aborígenes araucanos. Pues bien, ese mismo fusil remington 1867, de tiro central, fue masivamente enviado a la isla de Cuba en 1869, a solo dos años de su salida al mercado, dándose el caso de que en la propia España, donde el gobierno debía enfrentar una guerra, la segunda carlista, y numerosos y diarios pronunciamientos, sus unidades siguieron usando el ya obsoleto fusil de avancarga hasta bien entrada la década de los setentas.

Sin embargo es en la guerra del 95 que se manifiesta ese deseo de la metrópolis de armar con lo último a su ejército colonial en la Isla de Cuba, sobre todo para lograr contener esa enfermiza costumbre cubana que tan bien describe cierto coronel andaluz de las aventuras de Elpidio Valdés, la de que “oyen un tiro y nos asaltan a machetazos”. Mucho se repite en la Cuba de hoy que los norteamericanos enviaron a Vietnam sus más modernos armamentos convencionales, y no es una exageración, pero pocos parecen conocer que a esta islita el gobierno de la regente Doña María Cristina, envió el que por entonces era un fusil revolucionario, el máuser de repetición; tan revolucionario que con ligeras mejoras fue el fusil orgánico de la Wermacht durante toda la II Guerra Mundial (los norteamericanos compraron su patente en 1903 para producir una variante bajo el nombre de Springfield, con el que equiparon a sus infantes hasta 1942, y que era el arma reglamentaria del ejército batistiano al que enfrentó Fidel Castro y su Ejército Rebelde a finales de la década de los cincuentas). Esta arma adelantada a su tiempo, junto al cañon Krupp especialmente diseñado para la “guerra cubana”, y a otros adelantos técnicos como los heliógrafos mejorados, o el extendido uso del transporte por ferrocarril, convirtieron al Ejército de Cuba hacia 1897 en el más moderno de su tiempo, al menos fuera de las fronteras de Europa Occidental.

Esta mayor desigualdad técnica en nuestras guerras de independencia, sin embargo, resalta más por el hecho de que mientras a los vietnamitas los apoyo masivamente la poderosa URSS, y hasta la China de la Revolución Cultural y el acercamiento a Washington (los trenes soviéticos para abastecer a su aliado, tanto de trigo como de modernos cohetes tierra-aire, siguieron cruzando a diario por el territorio chino, aun cuando las dos potencias socialistas estuvieron a un paso de la guerra en esos mismos tiempos), a nosotros los cubanos no nos apoyó nadie. Expedición tras expedición fueron enviadas a Cuba antes de abril de 1898, gracias únicamente al sacrificio de las emigraciones y a la diligencia del Delegado del PRC, Don Tomás Estrada Palma. Y esas expediciones, que necesariamente debían llegar por mar, se veían obligadas a burlar el masivo dispositivo naval español. En su “El ejército español en Cuba. 1868-1878”, René González Barrios y Héctor Esplugas Valdés, nos advierten que “…Para ese año (1870, cuando comenzaron a llegar 30 modernas cañoneras compradas en los EE.UU.) la escuadra española destacada en La Habana (ya) contaba con 52 buques, con 250 cañones a bordo, y 5 857 hombres de tripulación, lo cual la convertía en la más poderosa escuadra de la península en los mares del mundo.” A lo que agregamos que en mayo de 1898 España contaba en Cuba con 61 buques, que aunque no aptos para enfrentar a una flota de alta mar como la norteamericana, si se bastaba muy bien para mantener vigiladas nuestras costas de expediciones. Las cuales, y es bueno no olvidarlo, con todo y ello se atrevían a dejar sus alijos a la vista de La Habana, Cárdenas o en las costas de una provincia tan vigilada como Pinar del Río.

Es, no obstante, en la relación ocupante-ocupado donde realmente se destaca la superioridad cuantitativa y cualitativa de nuestro esfuerzo bélico. Un norteamericano por cada setenta vietnamitas en 1969, el año climático de la guerra indochina; un español por cada siete cubanos en el 95, o sea, ¡un soldado español adulto por cada siete cubanos de todas las edades o sexos! Pero es que en la del 68, incluso, la relación parece haber sido más desfavorable todavía. Y es que si según Carlos de Sedano y Cruzat, en su libro “Cuba desde 1850 a 1873”, habitaban el archipiélago cubano en 1869 exactamente 1 399 811 personas, y si por otra parte creemos al coronel ibérico Francisco de Camps y Feliú, nada sospechoso de afinidad con el bando mambí, cuando en su libro “Españoles e Insurrectos” escribe que el Ejército de Cuba llegó a tener durante la Guerra de los Diez Años 270 000 hombres sobre las armas, entonces dicha relación muy bien pudo haber sido de uno a cinco, algo nunca visto en toda la ya larga historia de las guerras humanas.

¡Tengamos en cuenta que la suma total de los soldados que el gobierno de Madrid despachó para someter a poco más de un millón de cubanos en cualquiera de las dos guerras (unos 500 000), excede a la de todos los ejército europeos enviados a este lado del Atlántico, desde la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, hasta la expedición británica para recuperar las Malvinas en 1981!

Por último la comparación de las víctimas de la guerra es más que clara: dos millones de vietnamitas, uno de cada diecisiete; 200 000 cubanos en las estimaciones más frías solo para la última guerra, uno por cada ocho. Porque para quien hoy no lo sabe las aldeas estratégicas fueron solo un juego de niños si se las compara con la Reconcentración que nos impuso España, y que se encargó de aplicar el genocida Valeriano Weyler. Solo en la Habana el Cónsul General de los Estados Unidos informó a su gobierno, con fecha 14 de diciembre de 1897, que de 101 000 reconcentrados habían muerto nada menos que 52 000, en su mayoría niños, mujeres y ancianos guajiros llevados a la fuerza a morirse en los portales de los pueblos y ciudades, que era lo único que los “patones”, maestros de estalinistas y nazis, dominaban de esta Isla para mediados 1897.

En un final que resulta imposible negar la hazaña del pueblo vietnamita, pero el reconocerla debe servirnos a los buenos cubanos, esos que no corremos a hacer colas en la embajada de España y que nos duele en el alma que otros se vean forzados a hacerlo, para recordar que nuestros tatarabuelos y bisabuelos, superaron con mucho ese listón, o cualquier otro impuesto en la ya milenaria historia humana.

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