Los Intelectuales y la revolución de 1959.


José Gabriel Barrenechea.

Miguel Barnet. Presidente de la UNEAC

Miguel Barnet. Presidente de la UNEAC

Mucho a dado que hablar aquella frase de Ernesto Guevara, sobre el complejo de culpa de la intelectualidad cubana por no haber participado en la revolución de 1959. Mucho también le sirvió a Fidel Castro, que fue en definitiva quien supo o pudo sacarle provecho.
¿Mas es correcta esa percepción del camarada argentino sobre la pobre, o ausente contribución de la intelectualidad cubana al triunfo de dicha revolución, y posterior establecimiento de nuestro particular estalinismo tropical? Quizás nadie mejor que el propio Fidel Castro haya comprendido, distinta o aun inconscientemente, el error de ese arbitrista que fuera Ernesto Guevara. A ello se debe que tanto la repitiera. Sabedor de que en política no ya un ensayo sino una simple frase pueden más que explicar la realidad a ratos incluso cambiarla, quiso sacarle provecho. En definitiva, para convertir a la Isla en esa finca de Birán extendida que soñaba dirigir hasta en los más nimios detalles desde un jeep, necesitaba sacar primero del juego político a la intelectualidad cubana que se alimentaba de una poderosa tradición, y una cercana conexión con los centros culturales de Occidente. ¿Y qué mejor método para neutralizarla que mediante complejos de culpa?
La realidad, sin embargo, nada tiene que ver con los arbitrios del revolucionario austral, ni con las maquinaciones políticas de Fidel Castro.
¿Pero por qué fue tan relativamente fácil hacerle sentir ese sentimiento a un considerable sector de la intelectualidad, grupo humano que se supone debía de ser el menos dado a esas sugestiones malintencionadas? La razón, además de encontrarse en lo discutible de la idea anterior, o sea, la mayor resistencia a las sugestiones del intelectual, parece encontrarse no en escasa medida en un error de perspectiva histórica.
Es innegable que los intelectuales jóvenes iniciaron, y luego participaron activamente en la Revolución del 30. La abrogación el 9 de septiembre de 1933 de la Enmienda Platt, la caída de Machado y con él de la Primera República Liberal, para dar paso a una Segunda República Social, tiene su inicio en la Protesta de los Trece, o en las luchas universitarias dirigidas por ese intelectual en ciernes que era Julio Antonio Mella. Recordemos tan solo que tres de las más importantes organizaciones antimachadistas, el partido comunista, el ABC y el Ala Izquierda Estudiantil, fueron organizadas y dirigidas por intelectuales. O que el Directorio se echó a las calles en respuesta a las reprensiones de Enrique José Varona.
La revolución de 1959, por otra parte, no tuvo participación intelectual. Al menos no de manera tan obvia como en la de los treinta. Ni el Movimiento 26 de julio, ni el Directorio, ni las organizaciones auténticas, fueron creación de intelectuales, y tampoco contaron con ninguno en su plana mayor (Fidel Castro es indudablemente un político fuera de serie, pero ni de lejos un intelectual).
Y como en esencia la generación intelectual de los cincuentas pensaba al mundo desde las formas de lo hecho por la de los treintas, desde sus actitudes, no resultó difícil convencerla de su no contribución en 1959, a diferencia de en 1933.
Hay otra razón para dejarse sugestionar: La fea naturaleza de su contribución. Una oscura, de la que casi nadie, y mucho menos un intelectual, suele sentirse orgulloso. Una que era mejor no admitir.
Quizás haya notado ya el lector que escribo revolución a veces con mayúscula, a veces con minúscula. La del 30 con la primera, la del 59 con la segunda. La razón es muy simple: La primera fue en realidad una Revolución; la segunda, no. Distinción esta, clave en lo que aquí discutimos.
La primera, la del 30, había alcanzado la independencia política y poco a poco la económica. Al menos en el grado realista en que podía o puede serlo Cuba, y no en ese absolutista y disparatado de nación flotando en el vacío cósmico absoluto. También, y no resultaba lo menos importante, había terminado estatuyendo una República Social: La de 1940.
Quedaba en los cincuentas, por tanto, ocuparse de los detalles. El primero: Recuperar la República del 40 que había derrocado Fulgencio Batista, aunque sin atreverse a anular nada de la avanzada legislación social o laboral de la misma. El segundo: Diversificar el modelo económico cubano. Porque desde ya hacía mucho era evidente que si “sin azúcar no hay país”, con ella sola en lo futuro tampoco la habría.
De haber logrado ambas cosas, la de 1959 habría merecido también una erre mayúscula. Menor, claro, que la del 30, pero también habría sido ella una Revolución, la de 1959.
Pero más que esto, lo que se hizo a partir de 1959 fue destruir sistemáticamente la economía, y sustituir a las formas republicanas por las monárquicas basadas en el carisma. Debo agregar que la destrucción de la economía fue tan exitosa que hacia 1972 se terminó por esfumar el último rescoldo de independencia que nos quedaba. A partir de entonces hemos dependido de los EE.UU. como nunca en nuestra historia.
Esta paradójica realidad resulta evidente si comprendemos que a partir del mega desastre de 1970, Cuba, sin economía, no ha podido subsistir más que de venderse como el aliado perfecto de quien tenga algo contra los americanos: Quien quiera jeringar a Washington, solo tiene que sufragar nuestra economía de despilfarro pantagruélico. Lo cual ha limitado enormemente nuestras posibilidades, y nos ha obligado a vivir con los ojos más puestos en aquella capital que en la nuestra propia. Porque no nos engañemos, la dependencia no resulta solo de signo positivo…
Ahora, obsérvese bien este detalle: Todo ello, destrucción de la economía, pérdida de la soberanía… tiene su raíz en el establecimiento del dominio monárquico carismático de Fidel Castro, que a su vez solo pudo alcanzarse por la sistemática campaña de desacreditación de las formas republicanos-democráticas allá en los cuarentas, y primeros cincuentas.
¿Y quiénes fueron los principales promotores de esa campaña? Pues quien si no, nuestros intelectuales. Unos más, otros menos, pero muy pocos escapan de esas culpas.
Si alguien comprendió muy bien esto fue Fidel Castro, que quizás nunca habría sido capaz de escribir un tratado como El Príncipe, pero que en sacarle provecho a unos principios que no habría sido capaz de expresar de modo distinto si era más hábil que Maquiavelo.
Fidel Castro sabía que quien corona, es capaz de hacer lo contrario, y por ello se mostró tan interesado en restarle poder a sus elevadores al trono, ¿y qué mejor método que destruyendo su autoestima? Más, cuando no podía simplemente deshacerse de ellos, enviándolos a una UMAP, porque en sus maquinaciones internacionales, mediante las que pretendía conseguir mantenerse independiente a la vez de la URSS y de los EE.UU., era clave el ganarse el apoyo de la intelectualidad occidental. Ese sector tan determinante en la opinión pública del mundo libre, que no habría admitido una solución tan radical sin armar la alharaca, y al que por el contrario se lo podía ganar para sus planes si era lo suficientemente hábil para conseguir convencerlos de que acá se edificaba una nueva utopía a la manera de la del “buen salvaje”: La del Socialismo Revolucionario con Libertad de Creación, y hasta de expresión.
Resumiendo: En la revolución de enero de 1959, y por sobre todo en los caminos que muy pronto tomaría, los intelectuales si fueron determinantes. A su pesar, como comenzarían muy pronto a notar.
Es cierto que, como observara con su desconocimiento total de los cubanos y sus asuntos el argentino Ernesto Guevara, los intelectuales no se integraron en ninguno de los grupos de lucha armada contra el gobierno de facto de Fulgencio Batista . Pero eso se debió más que nada a que ellos, desde los cuarentas, habían reducido a polvo el edificio republicano, y esos polvos, a que dudar, fueron el componente principal de los lodos que en los sesentas los ahogarían a ellos como primeras víctimas. Habían tomado, en su gran mayoría, una posición de total desencanto, de nihilismo sobre el futuro de Cuba, que había incluido aneja una salvaje campaña de desacreditación de las formas republicano-democráticas.
Actitud y campaña, que unidas a ciertas teleologías paridas por los origenistas, serían en definitiva los grandes justificantes del establecimiento de la monarquía carismática de Fidel Castro.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s