Intelectuales y Participación


José Gabriel Barrenechea.

Desarmemos ese mito, el de la participación de los intelectuales cubanos en la ideación del que llamaremos de ahora en adelante, solo para abreviar, Socialismo Cubano.
Salvo haber preparado la atmósfera en que pudo crecer vigorosamente, mediante una activa campaña de desprestigio de las formas republicano-democráticas, a finales de los cuarentas y principios de los cincuentas, no mucho más han hecho, o han podido hacer, los intelectuales cubanos por ese Socialismo. Han cortado caña, han estado en las trincheras, han alfabetizado, han creado una obra en que se loaba los logros, o, al menos en los últimos años, en que se criticaba (superficialmente), pero nunca han podido aportar lo que se supone hace en sí a un intelectual: ideas, propuestas. No han sido arquitectos y ni tan siquiera ingenieros; solo peones de obra.
¿Alguien puede mencionar en todo el periodo posterior a 1959 un pensamiento estructurado socialista que no sea más que en un final exegesis del pensamiento de Fidel Castro o Ernesto Guevara? Desde aquel memorable editorial en contra del burocratismo, hasta el pensamiento del recuperado de Fernando Martínez Heredia a mediados de los ochentas, los intelectuales “revolucionarios” no han hecho más que comentar, que traducir a la terminología “científica” el pensamiento de los Jefes. Así, el bastante destacable ataque al burocratismo solo se escribió después de que Fidel Castro hubiera dado el tiro de arrancada en par de discursos, y a su vez lanzado en ellos las líneas generales; el revivido pensamiento guevariano por Heredia o Tablada en tiempos del desmerengamiento, solo estructuró un poco el que en esencia presentaba Fidel Castro en su campaña de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.
Resulta sintomático que la Teoría de la Dependencia, que debió haber sido creación de las universidades cubanas lo haya sido de las chilenas. Y digo que debió ser creación cubana no solo porque en esencia, aunque sin un planteamiento claro, esa fue la concepción de las relaciones internacionales que usaban desde un principio los dirigentes cubanos para orientar su actividad, sino porque además este era un país en que existía una fuerte tradición de auto-reflexión, aun comunista, y por lo tanto no se explica como una de las más claras intelectualidades latinoamericanas no haya podido plantear de modo distinto y sistemático lo que era la atmósfera difusa de la revolución, y su novedad. Obsérvese, no obstante, que ello exigía algo más que exégesis…
Pero leamos a uno de los exegetas más estimados de los Jefes Indiscutibles: El señor Roberto Fernández Retamar, en su Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, de 1967:
“Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea porque los intelectuales cubanos no participan sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, etc., asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros.”
O sea, Retamar reconoce desde un inicio que, incluso en ese periodo que ahora los de su generación pretenden vendernos como el más participativo en la conformación del proyecto socialista, esa especie de Tierra de la Participación Perdida, los intelectuales no solían participar, “sino excepcionalmente”.
Retamar, claro, intenta explicar esta extraña situación, de que en un país en efervescencia revolucionaria, respirándose pretendidamente optimismo y provenir luminoso hasta por los poros, los intelectuales, seres metiches de por sí, no intervengan en el que quizás sea el más atractivo de los campos humanos: la política. Empieza por aclararnos que esos compañeros, Dorticós y el “Che”, también son intelectuales, y que por la naturaleza de su trabajo necesariamente abordaban esos asuntos. Pero como de lo que está hablando no es de una revolución a la soviética, asignacionalista, o lo que es lo mismo, en que haya una completa división de responsabilidades, sino de la más maravillosa Tierra de la Participación Socialista, debe buscar pronto otra explicación a ese raro desgano intelectual. Para él no será otro que la escasa formación económica de nuestros intelectuales. Recuerda así que Carpentier, en el congreso constitutivo de la UNEAC en agosto de 1961, había notado el hecho de que se necesitaba un Rodó que supiera de economía .
Así nuestro hombre, para explicar la extraña no participación de los intelectuales en un campo en el que siempre están ávidos de participar, ¡mucho más las vanguardias!, echa mano de una idea de Ernesto Guevara, y la comenta: los intelectuales cubanos no participan en la ideación del Socialismo Cubano no porque no los dejen, si no por su incapacidad para entender de economía.
No obstante algo evidente falla en este discurso. Ni el “Che”, ni Fidel Castro sabían ni pitoche de economía, a no ser que la habilidad para destruir una economía nacional completa en menos de una década pueda considerarse conocimiento válido. Me atrevo a afirmar, como muy probable, que en esta materia seres tan antieconómicos como Lezama o Piñera supieran más que los dos Jefes juntos. En cuanto a Dorticós, que sí algo sabía, no tenía los pantalones para salirle al paso de los disparates salidos del magín de aquellos dos .
La verdad es que gracias a la desacreditación de las formas republicano-democráticas, desde muy pronto en 1959 se fueron cerrando las posibilidades de opinar sobre estos temas, hasta que aproximadamente en 1965 era ya por completo imposible que la iniciativa en la ideación del Proyecto viniera desde otro lugar social que no fuera la cúpula.
Y así ha continuado hasta el presente.
Nadie que ostente facultades omnímodas, poderes absolutos y discrecionales, los cede de buena gana. Esperar, como algunos de nuestros intelectuales, que Raúl Castro, o su heredero Díaz Canel, cedan de buena gana algo de su poder de pensar y decidir lo que va a hacerse del modelo de Socialismo Cubano, es de una ingenuidad vergonzosa. Más que recordar las palabras de año nuevo del General Presidente, en que pedía colaboración a los intelectuales para tal, debería venir a nuestra memoria que fue él quien cerró el CEA, y quien más hizo por cerrar el departamento de filosofía de la UH en 1971.
En realidad Raúl solo les pidió a los intelectuales cubanos que hagan como siempre, exegesis, y si alguien se pasa, pues nada, para eso están esos compañeros tan poco afectos a filosofías y otras debilidades y pajarerías ideológicas aledañas, los de la Seguridad del Estado.
Lo contradictorio de ese pedido está, sin embargo, en que si en definitiva se podía hacer exegesis del pensamiento de 3-mirada-al-VIII-Congreso2-mirada-al-VIII-Congreso, no obstante no se puede hacer lo mismo con la ausencia de pensamiento; y si algo es evidente que no tiene el General Presidente, y mucho menos su heredero, es uno…
No quiere decir esto sin embargo que nos debamos quedar callados, al no haber nada que comentar. Por el contrario, más bien ha llegado el momento de pensar, y de hablar, y de escribir, hasta por los codos.
Si como hemos visto los intelectuales son en un final los máximos responsables de este desaguisado llamado Socialismo Cubano, o más bien Castrismo, a ellos les toca componerlo.
¿Cómo? Pues de los más variados modos. Pero al parecer lo primero debe ser volver a prestigiar los valores democrático-republicanos. Valores no perfectos, pero al menos si perfectibles, abiertos a nuestra intervención para el mejoramiento, a diferencia de los pretendidamente perfectos valores autoritarios, castristas, que por esa misma perfección nos miran con mala cara (esas caras torvas de oficial del G-2 que casi todos hemos tenido que enfrentar en algún momento) al intentar nada más que pasarles un trapo: Cambiar lo perfecto, aun ligeramente, es destruirlo.
Lo segundo, comenzar a exigir un Estado de Derecho. Exigirle a Raúl que cumpla con la pretendida y cacareada institucionalización. Que se acabe de establecer toda la legislación complementaria a los derechos que dice garantizar la Constitución de la República, desde la Ley de Prensa hasta la de Cultos; que no se sigan operando cambios discrecionales a la Constitución sin reformarla; que se nos dé una verdadera Ley Electoral, y no esa Ley Para el Falseo de lo Electoral, lo que no implica necesariamente el pluripartidismo, por cierto; que se ponga bajo fuero civil a las instituciones policíacas, y sobre todo a la Seguridad del Estado, que hoy día disfrutan de un poder que ni la guardia civil española en tiempos de Tacón; que se reduzcan los exagerados poderes del Presidente del Consejo de Estado…
Si realmente los que se van a reunir este fin de semana en el VIII Congreso de la UNEAC se sienten intelectuales, y no unos logreros, unos tenderos preocupados por sus ridículas canonjías oficiales, por la “35”, es esto lo que deberían pedir: Real participación en la vida política de su Patria, al menos participación a la manera de un intelectual, que nada tiene que ver con el resignado asentimiento.

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