Política Cultural del VIII Congreso: El Nacional-Logrerismo.


José Gabriel Barrenechea.

Es cierto que ese nacionalismo ramplón, aislacionista, ese querer ponernos a bailar f0000086danzón a todos aun cuando ya el sombrero de pajilla y la pajarita habían pasado de moda entre los jóvenes del 33, ese deseo de prohibir el cine, o en general el audiovisual “americano”, ha estado siempre presente en nuestra historia, “revolucionaria”, mas es evidente que es ahora que, en contraste con anteriores oleadas de este nacionalismo equívoco, su imposición parece no venir de la iniciativa de un poder, el actual, que además de pensamiento parece también carecer de iniciativa, si no de la de un crecido sector de los artistas e intelectuales.
¿Por qué ocurre esto?
La razón es económica: Ese crecido sector de los artistas e intelectuales, ante la venidera radical rebaja del subsidio estatal a la cultura, con su consecuente recorte de canonjías, como se saben sin capacidad real para enfrentar al poder desde dentro del sistema, y como a la vez le temen a esos perros ovejeros de mirada torva que cuidan en los límites del mismo, para que nadie se salga sin sufrir las consecuencias, han optado por exigirle al gobierno que les conceda el absoluto monopolio del mercado cultural cubano.
No se crea que ellos piden ese monopolio por asegurarse el 100 % de sus ganancias. Aquí el negocio no es de quileos, es de todo, o nada. La realidad es que la gran mayoría de ellos se saben en realidad parásitos, que nada tienen que ofrecerle a la Nación, y que por lo tanto no podrían sobrevivir como artistas e intelectuales en caso de que luego de eliminado el subsidio estatal el mercado cubano quedará por completo abierto a los cuatro vientos.
Tras ese nacionalismo de risa, si no fuera por sus terroríficas posibles consecuencias, se oculta en definitiva el miedo a la “disponibilidad” de toda esa clase de profesionales del medro, pretendidos artistas e intelectuales que aparecieron solo gracias a las políticas culturales del gobierno de Fidel Castro. Políticas que por sobre todo perseguían vender una imagen hacia afuera de nuestras fronteras: La de que el poder castrista para nada estaba huérfano de ideas, lo que se pretendía demostrar por el bien alimentado tamaño de nuestra intelectualidad, y que en esencia consistían en ciertas facilidades abiertas a todo arribista mediocre que quisiera vivir como intelectual, sin tener que asumir los terribles deberes de semejante condición.
Que quisiera pasar por intelectual, paradójicamente no ejerciendo lo que de hecho define a uno: Su absoluta responsabilidad solo ante su conciencia.

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