Cuba 80


José Gabriel Barrenechea.
Parecía que su hermano fuera a reventar en cualquier momento; como si por algún punto de la cara oculta de su cuerpo le hubiesen enchufado una manguera y le estuvieran pasando litro tras litro de sangre.
– Pero cálmate- le rogaba la madre, atenta a los ojos enrojecidos y al flequillo sobre su frente que no dejaba de saltar- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No…- y la sangre que no paraba de entrarle en el cuerpo lo ponía cada vez más y más rojo- ese es el problema, que yo no me atreví…
Entonces por primera vez lo vio llorar.
La maestra nos hablaba de las olimpiadas, y de cómo los griegos llevaban la cuenta de sus años por ellas, cuando en la puerta del aula se presentó la directora. Por sobre su rojo pañuelo de pelo asomaba la desproporcionada gorra de plato del sargento Habichuela.
– Mire compañera Julita, usted me va a disculpar, pero el compañero nos ha venido a avisar de un acto de repudio al cual todos los alumnos deben asistir…
Tras la interrupción el aula entera chilló y saltó la mar de contenta. No tanto por el privilegio de participar, según la directora, codo con codo con nuestro heroico pueblo trabajador en esta primera batalla de nuestra generación, como porque las clases se hubieran suspendido casi dos horas antes de lo establecido.
Íbamos saliendo del aula atropelladamente cuando, al pasar por frente a la mesa de la maestra, esta vino hacia mí y me tomó por un brazo.
-Javier, tú sabes bien que a tú mamá no le va a gustar que andes mataperreando por ahí.
Hasta ese día, hasta ese justo momento, no me había caído mal la maestra; por el contrario, hubo tiempos en que incluso creo haber estado enamorado de ella. Esa tarde, sin embargo, la odié. Sus palabras me sonaron del mismo modo que las que un par de semanas antes me había espetado mi tía materna más joven, nada menos que enfrente de mi hermano.
-“¡No corras tanto niño, que se te van a partir las paticas flacas esas, y después quién oye a tu señora madre!”
-Quédate aquí en el aula, yo los llevo para sus casas antes de que la escuela salga para el acto…- me tentó la maestra, mientras me invitaba con una mano lacia a unirme al pequeño grupo a sus espaldas; grupo en el que resaltaba la relamida figura de Tom el pianista.
A mis espaldas pasaban los retrasados de siempre. Los sentía murmurar en lo profundo de sus cerebros:
– “…el bitongo, rajado y patiblanco este ya se va a esconder debajo de la saya de la maestra… Si su hermano supiera, ese si no le tiene miedo a nada… Imagínate que ahora está estudiando para entrenador de boxeo… ¿de boxeo?… si el pobre supiera el tronco de pendejo que tiene por hermano, seguro, seguro mandaba a pedir que le cambien el apellido…”
-“¿Oye, y eso se puede tú?”
Me desasí de la mano con brusquedad y bastante alto, para que me escucharan todos, no solo los rezagados en el aula, sino todos en la escuela, le grité:
-¡Yo si voy a ir, porque yo si soy un revolucionario!
-¡Que se vayan, que se vayan…! ¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera! ¡Gusano, merluza, te cambias por pitusa!
La calle se había llenado ya, pero aún seguían apareciendo estudiantes. También maestros y pancartas improvisadas, como aquella en que el presidente Carter lucía una boca enorme, ojos pequeñitos y un traje de cowboy a la moda disco.
Nos pusimos en marcha. Cuando la manifestación tras detenerse y arrancar par de veces terminó por acotejarse, descubrí junto a mí a Osviel, Puchito y Eliecer, los más duros entre los duros de sexto grado. A pesar de que no hacía ni un par de semanas me habían dejado encerrado en el baño de las hembras todo el recreo, ahora su proximidad no me inquietó. Por el contrario. Estábamos en el mismo bando, teníamos un enemigo común. Al menos por lo durara el acto formábamos parte de un algo más grande, cálido, protector; como un útero.
Por esos días yo acababa de leer, o estaba leyendo, lo que del 30 de septiembre de 1930 escribiera Pablo de la Torriente Brau. Niño al fin, la letra impresa me impresionaba más de lo normal, o al menos de lo normal cuando ya se ha pasado de cierta edad – ¿los veinte, los treinta quizás, algún momento exacto y para todos en definitiva? En consecuencia esa tarde me veía a mi mismo recorriendo no las calles de un pequeño pueblo de provincia, como parte de una manifestación que no dejaría huellas en la historia nacional, sino colina abajo, por la todavía flamante escalinata de la Universidad de la Habana, a enfrentarme con la emperifollada policía de Machado. En mi imaginación Osviel era Pepe Trompá, el boxeador de la generación del 30; Eliecer, Pepelín Leyva y yo, casi seguro el mismísimo Pablo, porque para ese entonces no me había terminado de aceptar como el enclenque que todavía soy.
-¡Cuidado!
– Usted me disculpa…
Habíamos llegado. Enfrente se elevaba la pesada estructura de la recién construida estación de policía. Yo, en mi impulso escalinata abajo, había tropezado con una muchacha de secundaria; y debí ponerme más rojo que un tomate maduro, a juzgar por el ardor que sentía en las orejas. Por suerte la atención general estaba concentrada en la puerta de la estación, incluidos los ojos verdosos de la muchacha, que se fijaron en mí no más de una décima de segundo, antes de descender a investigar los daños en sus pulcros zapatos de goma.
Esa tarde en aquel estrecho espacio se concentró tanta gente como las que llenaban todas las calles del pueblo en cualquier día de carnaval de por entonces. A mí, sin embargo, en un primer momento más que la cantidad de personas reunidas a mí alrededor, me atrapó la nuca de la muchacha de secundaria atropellada por mí. Sobre todo sus minúsculos vellos negrísimos, que dibujaban perfectos remolinos sobre la piel muy pálida. Un par de minutos después una ola de silencio no tardo en alcanzarme, sacándome de paso en mi novena o décima erección- y la primera no relacionada con Susana Pérez: En la puerta de la estación había aparecido un grupo de hombres de civil.
Con pose mussolinesca el teniente Talavera les indicó el camino que debían de cubrir: la desolada docena de metros entre ellos y el gran camión verdeolivo en que se los llevarían del pueblo, rumbo al lejano puerto del Mariel, del otro lado de La Habana.
Por algunos segundos que se estiraron como en un duelo final de los westerns de la época de John Wayne, los hombres permanecieron arracimados en el mismo lugar y con el azoro estampado en sus caras, mirando alternativamente al oficial, al camión, y a nosotros, la muchedumbre expectante. Hubo entre ellos quien incluso volvió la mirada al oscuro pasillo por el que habían sido conducidos hasta allí, desde las celdas al fondo del edificio. Pero las dudas y la mutua expectación no duraron mucho. Un mulato muy alto, con un par de patillas de esas que por entonces no se atrevían a dejarse más que los peores delincuentes, arrancó a correr y antes de que nadie tuviese tiempo de reaccionar ya se había colado dentro de la caja verdeolivo del camión.
Fue entonces que los demás se animaron a seguirlo. Solo que ya del lado de acá todos nos habíamos recuperado de la sorpresa. Y así, no bien habían levantado el primer pie del suelo, cuando sobre ellos comenzó a caer una lluvia de huevos y tomates que por un instante oscureció al sol.
El que todos intentaran colarse a la misma vez por la pequeña puerta trasera de la caja del camión, por supuesto que sin lograrlo, alargó la diversión.
-¿Y tú no tiras bobito?
Las palabras de Eliecer me devolvieron a mi lugar dentro del gran cuadro de la Historia. Lugar que no estaba precisamente a solo medio paso más atrás de la Libertad con las tetas al aire, tirándole tiros a los burgueses y sus sirvientes, sino más bien escondido entre los cortinajes de alguna ventana de alguno de los edificios medio difuminados a su izquierda, en el cuadro de Delacroix. Junto a mi Osviel y Puchito vaciaban aceleradamente el jabuco de poliéster azul en que el segundo solía llevar sus libros a clase, y que ahora habían sido sustituidos por varias libras de tomates en todos los grados de maduración.
-¡Coge, tíralos…¡- y Eliecer me alargó dos de los más rojos tomates.
Nunca antes había llegado tan lejos.
Tuvo que ver el grupo de porristas improvisadas a nuestro alrededor; que incluía a la muchacha, sus ojos verdosos, y mi décimo u onceno conato de erección.
– ¡Eh, pero si mira que clase de brazo tiene!- comentó Puchito, sin acabar de creérselo, y a mí el comentario me animó tanto que me pasé en el siguiente tiro.
Al punto de atinarle justo al escudo nacional, en la fachada de la estación de policía.
Nunca fui muy cuidadosa, pero aquella tarde más que descuidada me comporté como una estúpida. De otra forma no se explica el que saliera con la urna mal cubierta con un chal de terciopelo. No me iba a ir sin los cubiertos de plata que tantos sacrificios les habían costado a mis abuelos, pero muy bien podía haber guardado la urna dentro de un maletín, que los tenía y no uno ni dos. O si no que le pregunten a los compañeros que desvalijaron mi casa, la de mis abuelos y padres, después de mi partida.
Mas no lo hice así y por eso Tita, mi vecina de enfrente, me descubrió la intención.
Según supe después, ya de este lado del Estrecho, ella juró y perjuró que me había descubierto de casualidad. No pude más que reírme cuando me lo contaron. ¿Acechando las veinticuatro horas del día desde su renegrido postigo la vida y milagros del vecindario, podía de verdad pasar que descubriera algo de casualidad? ¡…de necesidad más bien! Sobre todo si se toman en cuenta mis estupideces de película de esa tarde.
Por lo que me contaron que cuenta ahora, cuando mi sobrina María Elena me visitó un par de días antes, a ella le pareció que se escuchaban tenues maullidos desde el bolso que la muchachita llevaba colgado del hombro al marcharse.
-¿Qué raro, habrá regalado a su gata?- dicen que ahora presume de haberse preguntado entonces, dándoselas de Agatha Christie.
La certeza de que yo no habría regalado a mi gata a menos que estuviese por emprender un viaje de los que no tienen regreso, junto a los ruidos de la plata provenientes de la urna mal tapada, que a su oído entrenado de chismosa profesional no cabían pasar desapercibidos, se combinaron en el estropajo maloliente que tiene en lugar de cerebro en una única conclusión posible: Yo me iba del país…y no a Rusia precisamente, que todo el mundo en la cuadra sabía muy bien que esos señores tan desaseados no han sido nunca santos de mi devoción.
-¡Oye! ¡Que se va! ¡Que se va, coño!- y comenzó a seguirme, vestida con su ajada y empercudida bata de casa y calzada en sus infaltables chancletas de palo.
-¡Qué pasó!- y salió casi al segundo Glades (sí, así mismo, con e), la guajirona presidenta del CDR.
-¡Que se va, que si no no se llevaba el búcaro lleno e la plata esa que no quiso entregarle al CDR pa los planes de Fidel¡- le respondió, sin dejar de perseguirme.
Yo había esperado alcanzar a dejar el pueblo sin llamar la atención. Era por eso que viajaba tan ligera de equipaje. El maletín, con algunos recuerdos que no me animaba a dejar atrás, y la urna. El momento era parte del plan, ya que con un acto frente a la estación de policía, al cual desde una magullada bocina en el techo de un jeep ruso habían estado convocando desde por el mediodía, las calles por las que me fugaría deberían de haber quedado vacías. Sin embargo, ya lo decía mi difunto abuelo que en gloria esté: a quien hace planes le salen planazos. No bien atranqué por última vez la puerta de la casa de mis mayores, ya me habían descubierto las tropas élites de la vigilancia cederista.
Antes de alcanzar la esquina me vi rodeada por media docena de vecinos y vecinas. Me observaban desde las aceras y los portales, vacilando entre despedirme o ayudar a Tita, que imposibilitada de correr por una de las tiras de cuero de sus chancletas, empeñada siempre en desprendérsele en los momentos cumbres de su vida, no paraba de pedir a voz en cuello:
-¡Ataja!
Y tal vez hubiera podido escapar si hubiese forzado el paso, que a fin de cuentas a la mayoría de los que me rodeaban los conocía de toda la vida, y sí, estoy segura, no me habrían detenido; mas la desgraciada verdad es que nunca he sido una mujer resuelta. No sé a ciencia cierta que tiempo estuve detenida allí, en el medio de mi calle. Perdí así un tiempo valioso. Poco después me rodeaba otro elemento bien distinto: Jóvenes fundamentalmente, salidos de no sé dónde, retrasados del acto, o tal vez no muy a gusto en él, que gesticulaban y gritaban a mí alrededor con los ojos iracundos de una tribu de indios que se deleitan en retrasar el corte de un cuero cabelludo.
Fue entonces cuando algo me golpeó en el antebrazo. Sin mucha fuerza, la verdad. Un tomate maduro que dejó algunas semillas y un poco de jugo sobre mi piel y sobre la blusa. Mas entonces lo siguió un segundo, contra mi cadera, y luego un huevo, que vino a romperse contra mi maletín.
La mirada, que había mantenido enterrada en el piso, se me levantó sola en un reflejo condicionado o incondicionado, no lo sé. Entonces lo vi, con su flequillo castaño, bastante más allá del muro de rostros que me rodeaba, y entre los que logré distinguir a los de algunos de mis antiguos alumnos más díscolos.
– …El Tulipán Negro maestra,- y lo tenía de nuevo delante de mí, ridículamente serio en aquellos pantalones largos en que su madre me lo mandaba al aula ya desde tercer grado- mi papá me lo lee a pedacitos, todas las noches, a la hora que mi mamá está viendo la novela.
– ¿Y hay algún pedacito del que te acuerdes en especial?
– Sí maestra, cuando tenían presos a aquellos dos hermanos y afuera de la cárcel se había reunido mucha gente mala, que querían entrar para matarlos a mandarriazos, pero no los dejaba un capitán de mosqueteros que con su compañía cuidaba las puertas, y que se les reía en la cara y los llamaba cobardes sin que toda aquella gente se atreviera a hacerle nada…
Un tercer tomate me golpeó con fuerza en la espalda y yo, al doblarme del dolor, dejé caer la urna, que se rompió contra el pavimento esparciendo la plata de mis mayores por toda la calle.
Nuestras miradas se cruzaron en ese instante. Era el único que me miraba ahora, más allá del muro de ojos fijos en el suelo a mis pies. Estaba terriblemente pálido.
Alguien gritaba a media docena de pasos a mi espalda que dejaran aquello allí, que aquella plata le pertenecía al pueblo, que los revolucionarios no se comportaban como vulgares saqueadores. Por entre los ojos ávidos y los gritos apareció en ese preciso instante Rafelito, para arrastrarme literalmente para su casa.
– ¿Pero te volviste loco Rafael? ¿Tú sabes en el problema en que nos estás metiendo?- soltó Lucila mientras su esposo atrancaba la puerta tras de sí. Lucila, mi mejor amiga hasta esa mañana, a quien los ojos se le salían de las órbitas.
A un tiempo sonaron las primeras pedradas aisladas contra la puerta.
No pasó mucho antes de que el chofer dejara de encontrar entretenido el acto de repudio, sobre todo desde que su camión se convirtió en el blanco de los tomatazos y los huevazos. La gota que le colmó la copa de su paciencia fue una pedrada, lanzada con fuerza pero sin tino, que le rompió el parabrisas. El teniente Talavera y el primer secretario de la juventud tuvieron que correr a contenerlo entonces, cuando ya amenazaba con echar mano de su pistola de reglamento, llamándonos hijos de puta y pichones de gusanos de mierda.
-¡Hay otro acto por la panadería…!- avisó el grupo de muchachos de secundaria a nuestra izquierda.
-¡Vámonos para allá!- ordenó Osviel, y yo, a pesar de recordar que a mi madre no le iba a caer nada bien el que me hubiese dedicado a mataperrear por el pueblo, me fui tras ellos; por sobre todo porque al haber dado aquella orden me había incluido en su grupo.
Llegamos tarde, sin embargo. Una vieja solterona y antigua maestra de mi hermano había sido descubierta cuando intentaba desertar. Unos vecinos, no muy integrados por cierto, le habían dado asilo en su casona. Ahora la fachada del viejo caserón de madera lucía peor que el camión verdeolivo.
-¡Compañeros, ya es suficiente, ya hemos demostrado nuestra justa indignación!- se desgañitaba un hombre alto y de espejuelos de cristales verdes que trataba de apaciguar a los dos o tres grupitos que se mantenían desafiantes frente a la casona, aunque ya sin apedrearla. Otra media docena de hombres formaban una línea de contención detrás del de los espejuelos. En los bolsillos de las camisas de un par de ellos se distinguían los carnés rojos del partido.
Una vieja en una mugrosa y casi traslúcida bata de casa, calzada en chancletas de madera medio podrida, rezongó a nuestro lado:
– Los blandengues son los que van a telminar hundiendo a esta Revolución. ¡Si Fidel supiera, carajo…!
Al rato, no obstante, como todo indicaba que al Hombre nadie hubiera ido a enterarlo de la situación allá a La Habana, cada uno comenzó a tomar por su lado y la calle no tardó en vaciarse. Osviel, Puchito y Eliecer remolonearon un poco más por los alrededores, pero al final emprendieron el camino de sus casas.
Yo los seguí; a pesar de no vivir por sus mismos rumbos.
– Corría más que un guineo el patilludo ese – comentó Puchito.
– Lo que es un bicho,- lo corrigió Eliecer- agarró a todo el mundo desprevenido y por eso se salvó de los tomatazos.
– A la vieja tortillerona esa es a la que yo tenía ganas de ver corriendo- agregó Osviel- Dicen que era una tremenda singa’ cuando era maestra. Con un tío mío la tenía cogida y no lo dejaba ni acercarse a los mariconcitos de su aula.
– A todos esos traidores que se quieren ir lo que hay que hacer es fusilarlos- interrumpí yo, preocupado porque a mis compañeros no les diera por confundirme con los inoportunos mariconcitos condiscípulos del tío de Osviel.
Por unos segundos permanecimos todos en silencio.
-El que sí es un atravesado es el viejo de los espejuelos verdes. Dicen que ni Habichuela quiso meterse, pero como el tipo es del partido…- intervino Eliecer por segunda vez, mirándome de reojo.
– Del partido o no, a ese tipo de seguro que lo matan el primer día si vienen los yanquis. Porque en la guerra, o matas, o te matan, y si se pone con esas mismas pendejerías que con la contrarrevolucionaria esa delante de ellos…- me atreví a ser más radical que el hasta ese momento cerebro de la pandilla, aunque manteniendo mi mirada en el mismo indefinido punto que antes, en una perfecta imitación de la del Che en la famosa foto de Korda.
Osviel me observó admirado, en gran medida por la claridad con que yo expresaba lo mismo que él sentía y que, sin embargo, le resultaba imposible de poner en palabras, pero además por el efecto que sobre los espíritus no muy sutiles tienen ciertas estudiadas poses. Acto seguido me soltó, hasta con la voz medio quebrada por la emoción:
-Sí, sí, así mismito es.
A Eliécer, por supuesto, no le gustó el que yo viniese a desplazarlo como el inteligente de la manada, que era lo que en un final significaba aquel implícito reconocimiento por Osviel de mi superioridad intelectual para justificar la violencia. Mas no dijo nada. A fin de cuentas él no era el alfa, sino Osviel, y aquel acababa de adoptarme, mas que como su nuevo protegido, como su guía espiritual.
Tras separarme corrí de regreso a casa. No era por la carrera, sin embargo, que el corazón me latía tan fuerte en el medio del pecho. A partir de esa tarde miraría a mi hermano como antes, como cuando aún la directora no había reestructurado a todos los grupos de la escuela, “para acabar con los privilegios heredados”, según dijo, tocándome a mí caer en uno con los niños del peor barrio del pueblo.
Ahora, mientras corría de regreso a casa, sabía que ya no volvería a avergonzar a mi hermano, porque ya nadie le podría ir con el cuento de mis humillaciones. Y es que esa tarde yo había entrado a formar parte de la banda que en la escuela ocupaba el sitio más alto de la cadena alimenticia. Era un duro y no uno de esos mariconcitos que encierran en los baños de hembras a la hora del recreo.
En todo caso, de esa tarde en adelante yo pertenecería al bando de los que encerraban.
Mi madre me preguntó muy asustada que qué me pasaba y yo, que había dado vueltas y vueltas por el pueblo para aplacarme la impotencia antes de volver a casa, no pude contenérmela adentro ni un minuto más.
-¡Que era un abuso coño, que todo el mundo lo sabía y nadie se atrevía a hacer nada!
-¡¿Pero qué pasó?!- insistió mi madre cada vez más asustada, mirando a los lados por si alguien nos espiaba a través de las ventanas, desde los patios vecinos.
-Que le cayeron a tomatazos a mi maestra de la primaria, a Delfa, ¿te acuerdas?, porque se va para el norte.
– Pero cálmate- y alargaba los brazos hacía mi frente, como si pensara que al tocarla lograría aplacar mi agitación- ¿Tú no te habrás puesto a defenderla, verdad?
– No, ese es el problema, que yo no me atreví.
Entonces lo noté. Desde la puerta de la cocina mi hermano menor me observaba llorar.

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