TUBULAR BELLS.

José Gabriel Barrenechea.

Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas.

-¿… y muy lejos?- preguntó el niño.

-Muchísimo. ¿Ves esa de allá, la azulosa? Si se apagara ahora mismo, nosotros no nos enteraríamos hasta dentro de 200 años– le respondió su padre.

Bajó la mirada desde el cielo hasta sus pies, que colgaban a poco más de un metro del suelo. Le costaba imaginar que algo se apagara y él no lo advirtiera de inmediato.

– Pero así y todo lo lejos que están, algún día se llegará hasta ellas– continuó su padre. –Tú lo verás, cuando seas viejo, pero lo verás.

-¿En un cohete?

-Sí, pero en uno más potente que los de ahora. Para entonces ya estaremos en el comunismo y no habrá más países: ni Cuba, ni los Estados Unidos…

-¿Tampoco va a haber Estados Unidos?

-Allí también habrá triunfado la Revolución.

Permanecieron un par de minutos en silencio, el padre con la mirada en el firmamento; el niño de nuevo en sus zapatos.

Como un destello, toda una larga serie de recuerdos se unieron en su mente en una certeza que le armó un nudo en la garganta: El tiempo cumplía una función más que la de amparar sus, en apariencias, interminable tardes de juegos sobre las baldosas del patio. El tiempo también marcaba los límites, incluso los de él mismo.

-Papi, ¿yo me voy a morir?

Se volvió. Los ojos de su hijo titilaban a escasos centímetros de los suyos.

-Todos moriremos algún día. – le dijo al oído, mientras lo apretaba contra su pecho – Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

De lo lejos, quizás desde el centro de la isla, el terral se traía a ratos el lejano bramido de un ingenio.

Se mantuvieron abrazados un minuto, tal vez dos. Al cabo, el niño olvidó. Pero solo por el momento.A fin de cuentas los abismos, cuando nos sorprenden, es para convertirse en parte inalienable de nosotros mismos.

-¡Cuando sea grande voy a ser cosmonauta!- gritó, como si hubiese encontrado la muy buscada respuesta a cierta pregunta anterior.

– Pero para hacerte cosmonauta no puedes seguir tan mono, tienes que comértelo todo para que te pongas fuerte, porque si no, no vas a pasar ni las primeras pruebas.

-¿Cuáles pruebas?

-Nadar, correr, levantar pesas, girar en ruedas sin marearte…

-¿Dar vueltas igual que los pilotos?

-¡Claro!, porque para hacerse cosmonauta primero hay que graduarse de piloto.

-¡Pues yo voy a estudiar para manejar un MIG-15!

Regresaron al pueblo tomados de la mano. Desde las casas que flanqueaban la calle les llegaron las notas futuristas de Tubular Bells, que alguien, allá en La Habana, había escogido como tema musical de un programa de televisión. Al padre las notas le provocaron otra efusión de divagaciones optimistas.

-Cuando se llegue al comunismo y la ciencia se ponga al alcance de todos los hombres, de seguro se le descubrirá una cura a la muerte. Quizá no sea en los próximos años, pero como tú vas a hacerte cosmonauta y viajarás a la velocidad de la luz…

-Pero, papi, si no me voy a morir nunca, ¿entonces voy a poder ir a todas las estrellas que se ven allá arriba?

Habían llegado. El hombre abrió la portada del jardín y el niño corrió hacia su madre, que llevaba ya un rato esperándolos en el portal.

-¡Mami, mami, voy a ser cosmonauta, como Yuri Gagarin!

No se detuvo mucho. Siguió hacia el interior de la casa para informar a su abuelo de su trascendental elección.

-¿Cómo la pasaron?- preguntó ella, en cuanto él llegó a su lado después de atravesar los rosales y limoneros del jardín.

“Bien”, le respondió él, con un gesto.

-Aquí estuvo Armando. Dice que mañana quieren verte en el Partido- le espetó ella tras una corta pausa.

-¿Algún problema…?

-No, no, nada, ¡¿qué va a ser, chico?!, otro curso u otra mierda cualquiera que nadie quiere pasar y bueno, ahí está el bobo maletudo de Joseíto, pa’ lo que sea.

Quiso ponerla en su lugar, mas no pasó de eso, de querer. Con cualquiera de las otras mujeres con las que trataba a diario le hubiera bastado con empezar con un “compañera”, y luego seguir con la consabida retahíla de correctas razones. Con ella, sin embargo, tal proceder solo empeoraría las cosas.

La fragancia de un galán de noche los envolvió por unos segundos, luego el viento recobró sus derroteros habituales.

Su esposa regresó a adentro, a intentar que el niño bajara la voz, no fuera a despertar a su hermana menor. Se dio la vuelta y se aferró con fuerza a la barandadel portal. Por el resquicio de la puerta entreabierta, a sus espaldas,novio pasar a su bolígrafo nuevo en un viaje intergaláctico, entre los dedos de su hijo.

Por primera vez, en nueve años,de su propio tiempo de leyendas le llegó un recuerdo. Uno de esos recuerdos que como fragmentos difuminados parecen emerger de un océano de oscuridad: Un cowboy cabalgando solitario, sobre una ilimitada pradera, camino del espejismo de unas montañas. La escena de una vieja película en blanco y negro, de las de la matinée. Su padre a su lado susurrándole algo de unas tales Rocallosas, y de una siempre elusiva última frontera. Sobre ellos, a través de una tronera en el destartalado techo del cine, la estrella azulosa, distante a doscientos ocho años luz de la tierra y su futuro.

Más allá de la calle, tras los pinos de la casa de enfrente, cruzó una estrella fugaz. La fragancia del galán de noche lo envolvió de nuevo por un instante, por el instante en que comprendió de veraz que además de la muerte hay otros límites.

Por primera vez en onceaños de Revolución sentía con nitidez que aquella no se parecía a su vida.

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Fuerza moral (4).

José Gabriel Barrenechea.

Advirtamos que si algo entendió muy bien la actual Dictadura es esta dinámica desmedida y paradójica de la cubanidad.

Dicha Dictadura también surgió de otra de nuestras fuerzas morales. Solo que a diferencia de la del 30, y en buena medida debido a ella, por el aquello de que nos parecemos siempre más a nuestros abuelos que a nuestros padres, sin olvidar la influencia que la atmosfera mundial de la época tuvo, no fue desde un principio una fuerza moral democrática. Cualquiera que haya leído los escasos documentos que tras de sí dejaron los otros dos grandes líderes de dicha fuerza moral, Frank País y José Antonio Echeverría, se sorprenderá de la similitud de pensamiento en general con las del único que quedó vivo: Fidel Castro. En los tres logra percibirse esa mezcla tan nuestra de moral-falangismo con socialismo soviético, que ha caracterizado nuestra vida política a posteriori de 1959.

Contrario de lo que muchos piensan, la generación de 1956 si sintió con claridad el espíritu de las masas cubanas de entonces, su trascendentalismo constitutivo liberado en el 30, pero que por entonces se juzgaba traicionado por los mismos que lo echaron a rodar. Imbuidos ellos mismos de la desilusión popular con los muchachos del 30, ya para entonces respetables cincuentones, que han permitido el establecimiento de ese sistema político tan poco dado a la espectacularidad llamado democracia, los muchachos del 56 han decidido que las cosas deben ser hechas con mucha más teatralidad.

Pongamos el ejemplo de la soberanía. La nueva fuerza moral, influida además de por todo lo que sucede en lugares como Egipto o en Bandung, por la naciente televisión, y por la generación de los “rebeldes sin causa”, entiende el nacionalismo desde la bravuconada y la espectacularidad. Para ellos la única forma de defender a Cuba pasa por reunir a medio país en una Plaza,y desafiar a los americanos desde la tribunaen el más perfecto estilo de la guapería rellolla.

Es esta la razón de por qué la resistencia de los sesentas no ha logrado convertirse en fuerza moral, de por qué no ha alcanzado a derribar a Fidel Castro: Ese sentido de la espectacularidad del nacionalismo de Fidel Castro y su generación política les ha permitido escamotearle a cualquier sucesor el ímpetu trascendentalizador. Porqueno podemos dejar de hacer notar que si algo distingue a lo trascendente, es que no suele percibirse en lo cotidiano si no en lo extra-cotidiano; esfera esta que cae por completo dentro de lo espectacular.

Pero ladictadura castrista, además, se ha dado a la tarea de evitar la constitución de otra fuerza moral con el establecimiento de un particular totalitarismo.Ha echado mano a diario a la calumnia y al desprestigio, al absoluto control de los medios, y hasta de los símbolos. Ha hundido a Cuba en la precariedad económica, a la vez que ha estatuido una legislación en que casi toda acción necesaria para continuar vivo cae de lleno en el plano de lo ilegal, de lo sancionable,manteniendo así al ciudadano en un precario estado legal, y en una indefensión casi completa frente a las autoridades. En fin, en un clima en el que es casi imposible el surgimiento ni de la ética requerida, ni de la inteligencia o cultura necesarias, o incluso del imprescindible orgullo de ser cubano en ese elemento joven, que se ha criado en un país que ven caerse a pedazos, dominado por la apatía, la abulia, el hedonismo, la mediocridad, el miedo, el deseo de poner mar de por medio…

Pero cuidado, a pesar del innegable daño antropológico el alma cubana aun alienta en el subsuelo de la Nación. Cincuenta años de aculturación sistemática en realidad se han estrellado contra la desmesurada esencia de la cubanidad, que en un final ha hecho como ya hizo antiguamente ante los Capitanes Generales con sus facultades omnímodas: Acatar pero no cumplir. Acatar, hasta un día en que todo parece salirse de los cauces esperados, hasta ese inexplicable día en el que tanto “cubanólogo”, tanto académico, pierde pie…

Hoy las paradojas de la Cubanidad nos vuelven a colocar en la misma encrucijada de siempre: Solo una fuerza moral podrá arrastrar a las masas a derribar la dictadura presente; esa misma fuerza moral que luego, a pesar suyo incluso, se convertirá en un peligro para la democratización…

¿Habrá manera de salir del ciclo cerrado, sea a la derecha o a la izquierda, en que hasta ahora hemos vivido? La respuesta solo parecen tenerla hombres como Miguel Díaz-Canel, cooptado por el actual presidente para sustituirle en el 2018. En sus manos está que por primera vez logremos realizar una transición, no una revolución… y que no nos engañemos, llegará si no se camina hacia una apertura política, porque está en la profunda naturaleza de la Nación.

Naturaleza caótica, desmesurada, contraproducente, necesitada de corrección, está bien, pero no obstante sublime, de esto que somos: cubanos.

Fuerza Moral (3).

José Gabriel Barrenechea.

La fuerza moral del 30 fue admirada hasta por los mismos machadistas, que no se escondían para demostrar ese sentimiento hacia aquellos “grupúsculos” de muchachos, que llegaron a armarle al régimen un avispero todavía peor que el del IRA a Inglaterra unos pocos años antes. Como antes de Maikel Collins en las estaciones de policía dublinesas, en las de la Habana se hablaba en voz queda, y por los rincones, de Ángel “Pío” Álvarez.

Sin embargo, aunque rodeados de la general admiración de la sociedad cubana, quedaba todavía un escollo que superar para que las masas se echaran a la lucha bajo su guía espiritual. Y es que lo que proponían para casi nadie pasaba de ser una quijotada, que de ponerse en práctica no pasaría sin consecuencias. Aquello, en la mente de las grandes mayorías, podía conducir no a otra cosa que a una nueva intervención americana amparada en la Enmienda Platt.

Porque atiéndase bien: El desafío de esta fuerza moral no era tan simple como tumbar a Machado. Consistía más bien en derribar a la Primera República, en realidad un semi-protectorado americano, y por tanto cambiar por completo la relación espiritual que hasta entonces habíamos mantenido con aquel vecino. Vecino, pared con pared, con el que habíamos crecido juntos y revueltos, y al que durante todo el siglo XIX habíamos mirado como el modelo moderno que contraponer a la medievalidad española.

Pero entonces llegó un nuevo presidente a la Casa Blanca, y poco después, en mayo de 1933, un nuevo embajador desembarcó en La Habana con la declarada intención de sacar a Gerardo Machado del poder.

SumnerWelles creyó que dominaba el proceso de transición y que todos lo que importaban lo seguían. Se engañaba el hábil diplomático graduado en Harvard, que por su misma educación y experiencia diplomática intentó encerrarnos en los angostos, para nosotros al menos, moldes latinoamericanos. Cuba pronto reveló que le quedaba demasiado grande al brillante intelectual que venía demasiado imbuido de la pedantería política, “objetivista”, que se enseña en el mundo académico americano.

Porque si el pueblo se puso en marcha no fue porque lo viera a él como el guía, sino porque su Mediación fue entendida como que había sido levantada la única restricción válida para no seguir a los jóvenes. A partir de que los americanos demostraron no sentir la salida de Machado de Refugio #1, lo que decían los muchachos, el modelo de país que proponían, el modelo de nueva relación con nuestros vecinos, aunque todavía de modo confuso, entró de súbito en el rango de lo posible para las masas cubanas, para poco más tarde llegar muchísimo más lejos, como todo en este pueblo desmesurado sin comparación hemisférica posible, que nunca se conforma con el dedo cedido cuando se ha puesto en marcha…

Fue tal su impulso, en definitiva, que cuando los muchachos en septiembre fueron en contra de la poderosísima Flota Americana del Atlántico, de los imponentes acorazados con sus poderosísimos cañones de 16 pulgadas, los siguieron sin vacilar.

Lo fundamental para que el proceso se saliera del curso que el sentido común dicta para cualquier otro pueblo, para que esa explosión súbita y sublime del espíritu de independencia del cubano se diera, fue el hecho de que los muchachos no se destiñeron.

Mientras todas las fuerzas políticas racionales del país (incluyendo a nuestras particulares gaticas de María Ramos históricas: los comunistas) corrieron a la Embajada, o entraron por la puerta de atrás, los muchachos dejaron muy claro que allí no se les había perdido nada. Y las masas, aunque en un primer momento también corrieron allá, no dejaron de notar aquella abstención. Por eso para ellas, ya subidas en esa búsqueda de la trascendencia que es inmanente al alma cubana, pero que normalmente va escondida bajo el cinismo hedonista que engendra la desilusión, después de su victoria del 12 de agosto son los muchachos los únicos posibles líderes espirituales del país. Y seguirán siéndolo por largos años.

De hecho la Nación ha seguido con tal devoción a su fuerza moral del 30, que solo cabe explicarse la caída de la democracia en 1952 por su gradual desilusión en esos muchachos a los que ha mirado como Dioses. Porque es la democracia del 40 el legado más trascendente de esos muchachos. Un legado que, por desgracia, se identificó demasiado con sus legatarios. Por ello, aun cuando estos hicieron lo imposible para evitar el resurgimiento de la Dictadura del Hombre Fuerte, fue la natural cotidianización de sus vidas que implicaba el esfuerzo democratizador lo que terminó restándole apoyo a una obra que las masas no entendieron por completo. Ellas, que habían seguido a aquellos muchachos como a seres trascendentes, al verlos descender del plano heroico de la lucha en clara desventaja al de la sosegada política cotidiana, solo percibieron en consecuencia corrupción.

Debemos tener por tanto muy en cuenta dos enseñanzas:

Cuba no cambiará mientras no aparezca una nueva fuerza moral, que digan lo que digan, nuestras masas no perciben en las actuales oposiciones, ni por su inteligencia, ni por su procedencia social, ni por su ética, y mucho menos por sus descoloridas propuestas que nada tienen que ver con la desmesurada alma cubana. Una fuerza moral que reviva esa ansia de trascendencia del cubano, que les proponga esa gran Nación en que el cubano solo admite vivir. Que les restituya su al parecer consustancial sentimiento de destino superior.

Esas fuerzas morales, por otra parte, pueden convertirse en un serio problema futuro para la democratización. Y lo pueden ser tanto por su posible corrupción política, que las lleve a convertirse en tiranía, como por la aparente corrupción, en un sentido más amplio, que engendrará su esfuerzo democratizador posterior. Esfuerzo que necesariamente los cotidianizará a los ojos de quienes hasta ayer los percibían desenvolverse en los planos extra-cotidianos en que siempre se coloca quien defiende la libertad frente a la Tiranía (continuará).

Fuerza Moral (2).

José Gabriel Barrenechea.

Puede parecernos, como le sucedió a Mañach, que el cubano no es un pueblo dado a reconocer al mérito relacionado con el ejercicio de la inteligencia. Mas para nada es así, solo que para el cubano, con el trascendentalismo ibérico a flor de piel conviviendo en la misma alma con el pragmatismo americano, inteligencia es solo aquella que sirve para algo concreto, solo que un algo concreto siempre desmesurado. El cubano no es que no piense, es que lo hace en grande o simplemente no lo hace.

El cubano, trascendentalista y pragmático, respeta y sigue con verdadera devoción una explosiva coincidencia de virtudes: Inteligencia viva, pero no mística o abstracta, aunque si dada a lo grande; moralidad y por último el ingrediente básico: disposición de ese elemento inteligente y moral a sacrificarse por la comunidad cubana; de cuya pertenencia a la misma el admirado-adorado, se muestra orgulloso por sobre todo lo demás.

El cubano de la “calle” sí se ríe de ese lamentable esperpento, que aunque inteligente y culto, trata de hacerse pasar por extranjero; de ese mamarracho que por sobre todo se avergüenza de ser cubano, y que por ello ante cualquier friegatuercas de allende está presto a denostar “del medio y de la incultura, de la mugre, del ruido…”. Pero ese mismo asere, ecobio o monina, verdaderamente ridículo en su pullover recargado de colores, rótulos e imitaciones de perlas, se inmola sin dudar por el cubano inteligente y culto que es capaz de ver, a su vez, lo desmesurado de la cubanidad latiendo muy adentro de esas someras actitudes o piezas de ropa.

Que me perdone Mañach, pero dudo que haya un pueblo más orgulloso de sus grandes inteligencias que el cubano. ¡Ni aun el francés! Pero de sus grandes inteligencias, cubanas.

El otro detalle imprescindible es la moral propiamente dicha. Una fuerza moral debe poseer una muy específica ética, sea dicho con antelación que la de un muy determinado grupo humano. Porque, y esto es relevante, a pesar de que comúnmente la conducta del cubano es la de alguien híper-democrático, nada dado a respetar jerarquías, sin embargo, cuando entra en su etapa no común, en que lo trascendental se respira por doquier, el cubano parece reconocer, y aceptar, la existencia de una especie de aristocracia, a la que naturalmente se subordina. ¿Pero qué grupo social es este?

No uno de fácil definición. No uno que pueda ser identificado ni con una clase social, ni con una élite específica, ni con un estamento determinado. Pero se pueden hacer acotaciones, no obstante, en la medida necesaria para este somero trabajo. Ese grupo lo integran siempre, como su núcleo verdadero, hombres relativamente jóvenes, de los “de su casa”, o lo que es lo mismo, procedentes de familias de clase media acendrada, no necesariamente acomodadas ni mucho menos, porque es vital que dicha familia esté de manera constante enfrentada a cierta inseguridad económica. Una familia admirada por sobre todo por la presencia directora en ella de una madre “luchadora pa’ su casa”, y por un comportamiento de ambos padres muy cívico en el espacio público, o ante el espacio público.

Esto de la procedencia de una familia semejante está dado por el hecho de que en Cuba solo en ellas parecen formarse las virtudes necesarias y, tal vez a consecuencia de la experiencia convertida en tradición, a que el cubano medio solo concede a individuos procedentes de ellas esa contradictoria admiración, a ratos adoración, que suele dedicarle a sus fuerzas morales.  

Porque en esencia las virtudes que se admiran del integrante de la fuerza moral no suelen ser más que las antípodas de aquellas a que el cubano medio en su trato diario suele dar preeminencia. Por ejemplo, en un pueblo tan dado desde hace siglos a los juegos de azar, no se reconocerá nunca como guía espiritual sino a quien nunca haya jugado. Esto está dado porque en el fondo el cubano medio, cultor en el día a día de un hedonismo basto, sueña el mismo con ser capaz de controlar sus apetitos. Anhelo, por cierto, que solo suelen exhibir los miembros de los escasos pueblos que se creen llamados a un destino trascendente.

Es esta en un final la explicación del estoicismo con que todas nuestras fuerzas morales se han presentado, que se respira en sus escritos, por sobre todo los de la que dirigió nuestras Guerras de Independencia. La que explica ese modelo de república estoica con que soñaba Martí, el sanctosantorum de nuestras fuerzas morales; o la suprema desilusión del pueblo con la fuerza moral independentista que ha abandonado su estoicismo en una república liberal y no virtuosa; o con la del 30, el desenvolvimiento de la cual retomaremos en la siguiente entrega.

Fuerza Moral (1).

José Gabriel Barrenechea.

¿De qué modo suele producirse en Cuba la politización de unas masas solo en apariencias ganadas por la resignación y su consecuencia moral, el hedonismo? ¿Cómo, en definitiva, se las llega a sacar de ese marasmo en que apoyan a la dictadura del momento con su pasivo repliegue a unas pocas dimensiones de la vida humana, para pasar de súbito a esas explosiones sublimes que nos individualizan como pueblo en este hemisferio?

Para que se entienda con mayor claridad lo que intentaremos desentrañar: ¿De qué modo se caen, o se tumban las dictaduras en Cuba? Pero también: ¿De qué modo suelen elevarse…?

Lo primero es aceptar que en contra de lo que en general se piensa el cubano es un pueblo ansioso de tener un sentido trascendente, y que por lo mismo reacciona casi sin inercia ante la aparición de cualquier fuerza que sea capaz de hacerle aparecer viable, con su actitud y con sus propuestas, el realizar tal ansia. Así, cuando una de estas fuerzas, llamémoslas morales, aparece en medio de una situación de crisis, ese pueblo que hasta hacía poco aparentaba dejarse llevar únicamente por el más basto hedonismo, enfrentará a un desproporcionado ejército como el que España envío a esta Isla durante nuestra Guerra de los Treinta Años por la Independencia, o se pondrá de acuerdo de modo tácito en una Huelga General espontánea: ¡Hasta que se vaya el Animal!, como ocurrió en el verano de 1933.

Veamos precisamente como ocurrió la politización en este último caso.

Es innegable que Gerardo Machado fue un dictador bien recibido por las masas cubanas. Tanto, que no necesito de pervertir los procesos electorales con los que primero cambio la Constitución, y después se hizo reelegir. La realidad es que fuera de los intelectuales jóvenes, los estudiantes universitarios o algunos políticos de su mismo partido, resentidos por la manera en que este había obtenido la nominación presidencial por esa organización política, el partido liberal, en Cuba casi todo el mundo estaba con El Mocho de Camajuaní.

Gerardo Machado, como más tarde Fidel Castro, se presentó como un nacionalista, como un moralizador público y como un hombre de orden. Lo primero no solo nombrando secretario de la presidencia al autor de “Azúcar y Población en las Antillas”, Don Ramiro Guerra, o publicando “Vindicación de Cuba” en 1926, sino con una política económica y arancelaria que consiguió diversificar en algo nuestra economía. Gerardo Machado, por sobre todo, fue capaz de asegurar un periodo de prosperidad popular durante los primeros cuatro años de gobierno. ¿Entonces, por qué cayó tan rápido, a diferencia de Fidel Castro, que hasta ha podido legarle el poder a alguien tan anodino como su hermano?

Es innegable que por sobre todo gracias a las diferentes naturalezas de ambas dictaduras, al que la de Fidel Castro era totalitaria y la de Machado no. Pero esto todavía no nos dice mucho, porque en definitiva lo que las diferencia en última instancia es la razón por la que Fidel Castro consiguió convertir a la suya en totalitaria, a diferencia de Machado, admirador confeso de Mussolini, que también tuvo esa aspiración. Y es ni más ni menos que la del primero poseyó desde un principio un sentido del que siempre careció la del segundo: un sentido trascendentalista.

Lo esencial para la rápida caída de la dictadura machadista es que ante las masas cubanas, que a partir del cuarto año de machadato se encontraron entrampadas en la más profunda crisis sistémica de la economía mundial en el siglo XX, crisis que visibilizó con nitidez el gran problema de Cuba: que el modelo económico basado en la exportación de grandes cantidades de azúcar sin refinar a los EE.UU. no aseguraba ya el desarrollo, sino el retroceso, surgió un catalizador social con todo lo necesario para ser aceptado por ellas como una fuerza moral, y contra el que la dictadura no tenía antídoto: Los muchachos del Directorio del 30, y los que todavía permanecían en la lucha del anterior Directorio, el de 1927. Si se habla de Revolución del 30, y no del 33, es solo porque el 30 de septiembre de ese primer año, cuando dos centenares escasos de muchachos y de jóvenes profesores universitarios se batieron a puño limpio con policías y soldados por las calles de La Habana, cuando pusieron su primer mártir, Rafael Trejo, la suerte del machadato, y con el de la Primera República, ya estaba escrita.

Es importante resaltar lo de la falta de antídoto. En Cuba lo único que puede hacer una dictadura para perpetuarse es restarle a cualquier grupo opositor la posibilidad de convertirse en fuerza moral. ¿Cómo?, pues de la única forma viable: Al usurpar los dictadores mismos ese papel de fuerza moral; o sea, en parte al conseguir saciar la inmanente hambre de trascendencia del pueblo cubano. En parte, porque para ser exhaustivos en el grado necesario es imprescindible destacar que una fuerza moral no solo se hace por su capacidad de trascendentalizar, o más bien que no tendrá esa capacidad sino posee ciertos específicos atributos espirituales, y en los que nos detendremos en una segunda entrega.

Respuesta al trabajo del chino Chang en Vanguardia.

José Gabriel Barrenechea.

Todo ser humano suele tener sus propias ideas políticas, o al menos tener una opinión sobre las de otros, entre ellas, la de creer que esas son las más mejores, y que por ellas “hay que morirse, coño”. Lo difícil se presenta cuando pretendemos hacer derivar esas ideas políticas de una tradición, o al menos del pensamiento de uno de esos grandes hombres que suelen soportar sobre el mismo toda una tradición nacional. En este caso la operación no es tan sencilla como ponerse a pensar, o incluso como el ir a la bodega a recoger las cuatro o cinco ideas que desde las instancias superiores me envían por la libreta de abastecimientos. Amarrar lo que se cree, o lo que se pretende creer, en el pasado, implica trabajos y ciertas cargas, que muy pocos están dispuestos a asumir.

Para tal operación se necesita en primerísimo lugar una cultura, la cual no se logra como pretenden tantos epígonos modernos de Castiglione, “tan sin esfuerzo”, “naturalmente”, sino con muchas horas nalgas, y el consiguiente escamoteo de diversiones y placeres. Porque camarada, con el Informe al primer Congreso del PCC y unas pocas y aleatorias lecturas, por todo bagaje cultural, es muy poco probable que para empezar se consiga armar un pensamiento propio, y es, para terminar, absolutamente imposible que se entienda el pensamiento del gran hombre en el cual se pretende encontrar las raíces del propio.

Y es que todo ello, cultura o ideas políticas propias, nacen de algo más profundo que usted no posee: Necesidad agobiante de responderse preguntas. Pero claro, es usted un revolucionario de ley, y uno que de verdad se respete no puede admitir “ni por un tantico así, ¡nada!” que en su mente aparezcan dudas, las cuales son siempre las causas de los cuestionamientos.

Es esa necesidad la única que nos consiente asumir el sacrificio que siempre es el encontrar respuestas, propias, pero también la que nos permite entender las de quienes nos antecedieron, y nos legaron una tradición.

Usted tergiversa y descontextualiza a Martí porque no pretende responderse nada, sino justificar las ideas o intereses de otros, o en el mejor de los casosporque trata de mantener en medio del huracán que es en realidad nuestro Universo, el hueco en el que cual avestruz, ha metido la cabeza. Lo tergiversa y descontextualiza porque descalifica a otros de ese modo cuando usted mismo ni se ha tomado el trabajo de leer largamente a Martí, ni de estudiar la obra de los muchos, de los más variados colores políticos, que sílo han hecho, ni de entender la época, la circunstancia que le tocó al Apóstol.

Es más, usted lo silencia, al querer encontrar las raíces de su pensamiento en el de alguien que no ha intentado, y que nunca podrá entender.

Brevísima historia alimentaria: 1950-presente.

José Gabriel Barrenechea.

En 1950 el consumo promedio de kilocalorías a nivel mundial era de 2470 diarias. En Cuba, en el año 1953 y según el sociólogo Norman Jolliffe, de 2 580. La FAO, sin embargo, que por entonces cifraba en 2500 Kcal diarias la cantidad mínima aceptable, daba para nuestro país, en el primero de los años citados, un valor de 2 870 Kcal, lo que nos situaba en el lugar 26 entre otras 96 naciones. En específico en las Américas solo nos superaban, según esta respetable institución de Naciones Unidas, EE.UU., Canadá, Argentina y Uruguay.

En la tabla I he reunido los valores correspondientes a parte del dilatado periodo revolucionario.

Tabla VIII

(Elaborada a partir de con datos obtenidos de la revista “Economía y Desarrollo”, publicada por la Facultad de Economía de la Universidad de la Habana)

Año Energía (Kcal.) Proteínas(g)
1965 2 552,0 66,4
1966 2 595,0 64,6
1967 2 628,0 67,4
1968 2 642,0 67,7
1969 2 501,0 67,3
1970 2 565,0 68,8
1971 2 698,0 71,4
1972 2 603,0 71,4
1973 2 496,0 69,7
1974 2 617,0 72,0
1975 2 622,0 71,4
1976 2 705,0 73,9
1977 2 694,0 72,8
1978 2 782,0 74,4
1979 2 764,0 70,8
1980 2 867,0 75,0
1981 2 885,0 78,0
1982 2 872,0 76,2
1983 2 910, 0 77,4
1984 2 954,6 78,9
1985 2 929, 0 79,0
1986 2 976,7 79,7
1987 2 899,5 77,3
1988 2 908,0 77,9
1989 2 845,0 76,5
1990 2 727,0 72,8
1991 2 489,0 65,6
1992 2 490,0 65,6
1993 2 276,0 55,5
1994 1 853,0 46,0
1995 1 948,0 47,7
1996 1 993,0 49,7
1997 2 160,0 52,6
1998 2 176,0 54,3
1999 2 262,0 56,3
2000 2 578,0 47,7

Al comparar los datos de la tabla anterior con los de Jolliffe, nos damos cuenta de que en cuanto a alimentación, el nuevo sistema socio-político no vino a despegarse definitivamente de los valores de 1953 hasta bastante entrados los setentas.

Y obsérvese que hemos escogido nuestra fuente de base (Jolliffe) ya no imparcialmente, sino en oposición a nosotros mismos. No solo porque, por ejemplo, podíamos haber tomado los más favorables datos de la FAO, sino también porque a cualquiera que conozca un poco de nuestra historia no se le oculta el hecho de que 1953 no fue un año muy boyante para nuestra economía:El significativo recorte de la zafra de ese año, conjugado con los relacionados bajos precios del azúcar en el mercado internacional, provocados en primera instancia por el inesperado apaciguamiento del conflicto en Corea, hicieronque nuestra economía se contrajese en casi un 15% en ese año.

Es de señalar que la remontada de mediados de los setentas se corresponde precisamente con nuestra entrada en el CAME, en condición de nación en extremo favorecida.

La caída de la URSS y sus satélites, casi veinte años después, hundiría nuestro consumo muy por debajo de lo que la FAO considera en la actualidad como lo necesario para satisfacer la necesidad mínima. Tan profundo, que llegamos hasta el nivel 3, de cinco que establece el mencionado organismo de acuerdo con el porciento de la población total que en cada país se encuentra subnutrida: Este porciento, en la Cuba del periodo 1996-1998, ascendía al 19%, comparable con el 18% de Sudán, o el 20,5% de la India.

A partir del 2000 carecemos de fuentes confiables. No obstante, podemos al menos demostrar que los datos entregados por las autoridades se encuentran fuera de toda realidad, y que en consecuencia aunque nuestra situación alimentaria con respecto al periodo 1993-1998 ha mejorado, no lo ha hecho de modo en realidad sustancial. Téngase en cuenta que, en el periodo que llega hasta el presente y comienza en el 2000, nuestros volúmenes físicos de importación de alimentos no han crecido como deberían para explicar, dada la baja de nuestra agricultura, el supuesto y extraordinario crecimiento del consumo de alimentos del cubano.

En este sentido se debe recordar que a fines del año 2002 el hoy tronado ministro de economía, José Luis Rodríguez, presentó un informe ante el máximo órgano aprobativo de nuestro país, ante la Asamblea Nacional, al parecer inspirado en el aquello de que a más grande la mentira más fácil su digestión: Según el mismo el consumo percápita del cubano para ese año era de 2 916 Kcal y de 76,8 g de proteínas diarias. Lo que hubiera significado, de ser verdad, que en el plazo de solo dos años, entre el 2000 y el 2002, se habría aumentado respectivamente el primero de los índices en 338 Kcal (tanto como entre 1973 y 1980), y el segundo en 29,1 g (sin comparación: entre 1973 y 1986, solo aumentó en 10 g).

Mas si en ese informe se daban cifras en verdad infladas en cuanto a la alimentación del cubano, en el presentado por el mismo señor, y ante la misma institución, cinco años después, se pierde ya toda medida: Nada menos que de 3 287 Kcal y 89, 9g.

Compárese si no dichos valores con los de la tabla I; en específico con el año 1986, el mejor de los allí representados. Solo en el consumo de energía los valores del 2007 superarían en aproximadamente un 11% a los de dicho año, y en más de un 12% a los del consumo de proteínas. ¡A 1986, un año que, para los que como yo lo vivimos muy jóvenes, se nos aparece hoy como salido de una brumosa leyenda, un año en que cualquier ciudadano podía almorzar y comer,“bien”,en un restaurante promedio con su sueldo de ese día!

Pero no nos quedemos aquí. Observemos la siguiente tabla, preparada con los valores que la FAO informó para el 2002, y que hemos tomado de la Enciclopedia Encarta 2006.

Tabla IX

País Energía(Kcal) Proteínas(g)
EE.UU. 3 620 112
México 3 140 80
Argentina 3 120 97
España 3 290 104

Si lo que se dice en el referido informe de 2007 fuera cierto, pues nada, que nos habríamos encontrado al mismo nivel que los españoles de antes de la crisis que hoy viven, nuestro consumo de energía sería incluso superior al de los mexicanos (quienes ocupan al presente el segundo lugar mundial en cuanto al porciento de su población obesa), y ni que decir de que en proteínas nos faltarían solo 7 gramos, par de onzas de carne de res, para alcanzar a los carnívoros argentinos.

Por cierto, ambas sartas de mentiras… perdón, informes, antes de llegar a la Asamblea Nacional, resultaron aprobadas en el Consejo de Ministro.