La noche


José Gabriel Barrenechea.
Como cada noche de las últimas tres semanas, el tipo se sienta frente a su flamante televisor soviético, en blanco y negro. Las horas pasan. Sombras y débiles fogonazos se alternan sobre su rostro absorto en la pantalla: Kastanka le demuestra a Bakulin lo necesario de anteponer lo colectivo a lo individual, guardias rurales y desalojos en las aventuras, sobreproducciones de plátanos y perfidias yanquis en el noticiero, parejas de recién casados que pasan su luna de miel embarcando azúcar a granel, la era está pariendo un corazón, ¡hurra!, y toda la compañía del capitán Evretchenko asalta el último piso del Reichstag…
Por fin acaba la programación, y antes de que terminen de entonar el himno nacional, ya él ha desconectado el televisor. Se calza las chancletas, y con ojos enrojecidos se va a la cama. Apaga la bombilla incandescente, que cuelga del techo en medio de la habitación. Solo entonces cae en cuenta y de inmediato acciona de nuevo el interruptor. Una luz ceniza llena pesadamente la habitación. Todo se ve en blanco y negro.

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