Soberanía, Nación e Independencia.


José Gabriel Barrenechea.

¿Era la Nación francesa soberana antes de 1789?
Evidentemente, no. Es muy probable que las decisiones que se tomaban en la Francia de entonces fueran las más independientes, para un estado de la época, con respecto a otros centros de poder situados más allá de sus fronteras. Al menos lo era así en lo que al mundo occidental se refiere. Sin embargo la Nación francesa no era para nada soberana.
Si como el abate Sieyes consideramos que la misma coincidía con el llamado Tercer Estado, o sea, lo que quedaba en Francia al obviar a aristócratas y clero católico, debemos admitir que simplemente no lo era. El poder de hacer las leyes, o de cambiarlas, el de incluso regir el país desde el más puro discrecionalismo, le pertenecía al Rey, al Soberano, y a nadie más en última instancia.
Puede aducirse que el Soberano, ese individuo llamado Luís, fuera XIV, XV, o XVI, no detentaba en la realidad un poder absoluto, que dependía de ciertos acuerdos tácitos que le legaba el pasado, o que no podía exceder ciertos límites naturales, ya que, por ejemplo, no podía llevar los impuestos más allá de cierto punto sin amenazar la estabilidad misma de toda la sociedad, y en consecuencia de su gobierno. Que por otra parte se encontraba enredado en las intrigas palaciegas mediante las cuales la nobleza influía, a veces de manera determinante, en sus decisiones… Pero lo esencial es que el único camino abierto a la Nación para intervenir en las decisiones del Soberano pasaba por la amenaza de la fuerza, del motín, de la sublevación, nunca a través de la consensuación (como sí ocurría en alguna medida en cuanto a la nobleza, mediante las referidas intrigas palaciegas).
No obstante tampoco debe sobreestimarse ese poder del Tercer Estado, la Nación, de imponer su voluntad al Soberano mediante la fuerza. La muestra más evidente de que dicho poder no era en realidad muy grande se encuentra en la actuación de Francia durante la Segunda Guerra de los Cien Años con Inglaterra (1689-1815). Mientras la política exterior inglesa se concentra, como su prioridad fundamental, en favorecer los intereses mercantiles de la City, y por eso su escenario bélico principal son la Colonias, la política exterior francesa sacrifica una y otra vez cualquier interés de las clases productivas a favor de los de la aristocracia guerrera.
Inglaterra guerrea por mercados, o por monopolizar fuentes de materias primas; Francia por la Gloria, y por ello el escenario bélico al que le dedicará casi toda su atención es el europeo, en donde el enemigo siempre es “digno”, o lo que es lo mismo, otra aristocracia guerrera.
O sea, que la muestra más clara de que la Nación francesa, El Tercer Estado, no es para nada el soberano, se encuentra en la derrota que en esa centenaria guerra sufre su país frente a Inglaterra, donde como monarquía parlamentaria al fin, ese “Tercer Estado” al menos algo comparte de la soberanía, y por tanto puede hacer que sus intereses sean tenidos en cuenta.
Podemos generalizar entonces y afirmar que de que en un país cualquiera una persona determinada, o algún grupo exclusivo, tenga el monopolio en la toma de las decisiones que atañen a dicho país, sin interferencias directas e intencionadas de algún otro poder externo a sus fronteras, no se sigue que la Nación que habita en dicho país sea soberana. Tampoco debe concluirse que la Nación necesariamente tenga ni la más mínima gota de soberanía, de que los gobernantes respeten las infinitas restricciones que se dan por sentadas en cualquier sociedad, sin tan siquiera concientizarlas al llegarles como tradición, o que de cuando en cuando deban inclinarse ante la voluntad nacional por miedo al uso de la violencia en su contra.
La Nación solo es soberana cuando es capaz de participar de modo no violento en la consensuación de las decisiones que le atañen; gracias a ciertas instituciones (Constitución, Habeas Corpus, prensa independiente…), y a una específica mentalidad (en la que lo esencial se encuentra en que los individuos sean capaces de aceptar su falibilidad constitutiva, sacar provecho de ella).
Nos ocuparemos a continuación de las justificaciones que, al día de hoy, suelen presentar quienes se apropian de la soberanía que le debería pertenecer a la Nación, y de si en verdad a través de esa usurpación se consigue remediar el problema que dicen querer enfrentar.
Aunque ya no es el fundamental, al presente suele echarse mano del mismo argumento, usado por tantos desde tiempo inmemorial, para justificar el gobierno de un Monarca o de una Oligarquía: Solo mediante esos regímenes puede asegurarse el mantenimiento del orden. Este argumento, sin embargo, era ya flojo hasta para los helenos conservadores del siglo V antes de Cristo, enfrentados a las democracias en ascenso en sus polis. Cualquiera que haya leído el Anábasis de Jenofonte, o que conozca las razones reales de la superioridad de lo ejércitos revolucionarios y napoleónicos franceses sobre los prusianos de su época, no podrá más que negarle refugio a dicho argumento aun en el arte militar; convertido por no pocos en una especie de paraíso de las formas autoritarias, y de los ordenamientos piramidales.
La justificación que nos interesa diseccionar, no obstante, es aquella que plantea que para mantener la independencia de la Nación, en un mundo que se unifica a pasos acelerados bajo la égida de las naciones occidentales, es imprescindible que el poder se concentre en manos de los pocos individuos conscientes de dicha amenaza: Solo gracias al control absoluto de la soberanía por estos individuos “extraordinarios”, la Nación podrá superar el peligro de desaparecer y ser absorbida por los Imperialismos occidentales.
Los sostenedores de esta última justificación tienen algo de razón: En el mundo actual no existe igualdad entre las diferentes naciones, ya que algunas tienen mucho más poder que otras. Mas al saltarse la explicación de dichas diferencias, al querer hacerlas desaparecer sin preocuparse por buscar sus causas, solo consiguen ahondarlas aún más.
Aunque es un proceso cuyo inicio no nos atrevemos a ubicar cronológicamente en ningún instante específico, es claramente discernible que ya desde finales del siglo XVII las sociedades occidentales han comenzado a organizarse de modos cada vez más complejos. Complejidad estructurada sobre una mayor participación de los individuos que componen dichas sociedades, sea a través de mecanismos o instituciones conscientes: el ágora (el voto, la libre expresión del pensamiento), o inconscientes: el mercado.
Es gracias a ese proceso automantenido y creciente de organización que las sociedades occidentales han logrado, por primera vez en la ya larga historia humana, concretar una civilización global. Es ese proceso automantenido de complejización total, que incluye desde las conciencias, pasando por las tecnologías y utillajes hasta las instituciones políticas, el que en definitiva le ha dado a las sociedades occidentales la ventaja que desde mediados del siglo XIX tienen sobre todas las demás civilizaciones.
O sea, dichas sociedades han logrado imponerse a todas las demás no porque, como pretenden muchos, la ética haya sido devorada en ellas por el individualismo y el egoísmo, creando sociedades de piratas, si no por que se han logrado articular de modo que las infinitas relaciones a su interior ganen cada vez mayor complejidad. Lo que las ha dotado para tener una infinitamente mayor capacidad de respuesta frente a situaciones nuevas e inesperadas; en muchos casos gracias a una también mayor habilidad para adoptar, con nunca antes experimentada facilidad, prácticas, instituciones, palabras… de otras civilizaciones, e incluso para darles un mucho mejor y más completo uso1.
Preguntémonos entonces: ¿No es una contradicción en sí querer enfrentar a sociedades que han logrado su ventaja actual gracias al aumento de la participación, y consiguiente expansión de la soberanía, mediante nada menos que el establecimiento de formas de soberanía exclusivista?
Querámoslo o no, vaya en contra de nuestros principios o no, tras ese proceso llamado modernidad las sociedades occidentales crecen en complejidad de modo exponencial, lo que las dota de una superior ventaja en la globalización que ellas mismas le han impuesto al resto del planeta. Y lo único que cabe hacerse para evitar vernos relegados en esa ya inexorable globalización es complejizar nuestras sociedades, y por consiguiente, extender el ejercicio de la soberanía en ellas.
O, si se es consecuente, a semejanza de los fundamentalistas islámicos, atarse una bomba de hidrógeno bajo la camisa y hacerla estallar en medio de ese mundo occidentalizado, para que todo quede igual que como estaba antes de aparecer esas satánicas formas de organización humana…

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