¿Por qué la Carta de 1940 como punto de partida de nuestro retorno a la democracia?


José Gabriel Barrenechea.

Las sociedades se atreven a afrontar los cambios con mayor facilidad cuando ya antes en el pasado los han emprendido, llevándolos a buen, o al menos regular término. A las sociedades con una preocupante pérdida de confianza en sí mismas les resulta más fácil recuperarla cuando, poseyendo una historia rica en realizaciones y logros, son capaces de volverse hacia ella. No en balde sus estudios del proceso de desaparición del Socialismo Real, llevaron a Grzegorz Ekiert a sostener: “afirmo con seguridad que la lección más sobresaliente que nos brinda la transición postcomunista es que la historia es muy importante.”
Es cierto, por otra parte, que de todos los derechos constitucionales el consuetudinario, a la manera del que hoy rige en el Reino Unido, es el ideal. Mas no creo que nadie en su sano juicio pretenda que lo mejor sea que esperemos los casi mil años que les llevó a los habitantes de la mayor de las Islas Británicas producir el suyo, renunciando así a vivir desde hoy, nosotros y no nuestros descendientes más remotos, en un estado de derecho efectivo. Y es que tampoco podemos estar seguros de que ese pretendido milenio dé como resultado un estado de derecho sostenido sobre una constitución consuetudinaria.
A más de doscientos veinte años de la publicación del primer número del Federalista resulta incuestionable que ninguna institución supera a una madura tradición democrática. En una sociedad en la que no exista una bien establecida costumbre de consensuar la solución de los grandes y los pequeños problemas de poco valdrá una constitución… al menos como no sea para empezar a andar en la dirección de esa misma madura tradición democrática. Porque una constitución, dado que hemos decidido no sentarnos a esperar por la aleatoriedad de nuestro milenio, es una guía imprescindible en el camino, un referente de qué podemos o no hacer. Con una constitución los sectores más educados y con criterio político pueden, al ajustarse al espíritu de su letra, educar al resto de la sociedad; hacer ir viendo a las grandes mayorías como al someternos a ciertos límites, en esencia los que nos plantea la libertad particular de los demás, todos ganamos.
Por tanto necesitamos volvernos hacia nuestra historia, y además necesitamos de una Constitución, escrita. Ergo: estamos obligados a recuperar nuestra tradición constitucional; una que tuvo comienzo en el acto fundacional del 10 abril de 1869 en Guáimaro. Tradición que establece que las constituciones cubanas aceptadas desde un principio como no transitorias, son redactadas, aun en medio de la guerra, por Asambleas Constituyentes electas libremente por el pueblo, y no otorgadas por gobiernos, personalidades o partidos, por más cargados de virtudes extraordinarias, méritos y buenas intenciones que puedan parecernos.
La constitución hoy vigente, la de 1976, preparada primero por comisiones del PCC, luego traspasadas por decreto al gobierno, es evidente que no puede ser incluida ni de lejos dentro de esa tradición, y por lo tanto no puede servirnos como punto de partida de nuestra vuelta a la democracia.
Porque los cubanos volvemos a la democracia, no solo transitamos hacia ella. Volvemos, porque hace poco más de 62 años vivíamos en una: La definida por nuestro más alto logro político como pueblo: La Constitución de 1940. Recuperarla, por tanto, como marco jurídico de nuestro futuro estado de derecho nos permitirá reinsertarnos en nuestra tradición constitucional; pero además tendrá un punto más a su favor, vital en nuestra actual situación de fractura nacional: legitima a la Revolución dentro de esa misma tradición, al menos hasta el momento del golpe de estado televisivo a mediados de julio de 1959.
Recordemos que se hizo la Revolución porque en la madrugada del lunes 10 de marzo de 1952 se le había pasado por arriba a dicha Constitución. Según ha reconocido nada menos que Mario Mencía, en la mente de las grandes mayorías que la emprendieron desde un inicio no tenía otro objetivo que volver a poner a la República bajo el cauce democrático definido por los constituyentes de 1940. De hecho el propio Fidel Castro, en su autodefensa por los sucesos de cuartel Moncada, invocó el derecho a la “resistencia adecuada para la protección de los derechos individuales garantizados”, que se refleja en el artículo 40 de aquella.
Hay algo más a su favor: La mayor claridad de sus mecanismos de reforma la hacen idónea para que nuestra tradición institucionalista no se estanque y siga escalando nuevas cotas; quizás incluso hacia una sociedad que verdaderamente supere a la Occidental Moderna o Capitalista, y que en el intento no nos haga más bien retrotraernos a una pre-capitalista, pre-moderna.
Claro, solo si el soberano: el pueblo cubano, así lo estimara.
Agrego, para completar, otras cuatro poderosas razones destinadas a defender la Constitución de 1940 frente a la de 1901: Es esta última demasiado liberal para un pueblo cubano muy social a estas alturas de su historia; está demasiado ligada en el imaginario colectivo a su apéndice constitucional: la Enmienda Platt; define el que quizás haya sido el peor de nuestros males republicanos: el presidencialismo, frente a las formas semi-parlamentarias de la del 40; no es tan escueta como algunos de sus defensores (que parecen no haberla leído) piensan: tiene 115 artículos, 108 más que la Americana (la prolijidad de la de 1940 no es necesariamente un problema, ya que si así fuera el Reino de Noruega anduviese sumido al presente en la más atroz anarquía).

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