Anexionismo y nacionalismo radical.


José Gabriel Barrenechea.

En política los extremos se tocan. Nada se parece más a un extremista que su opuesto.

Este es el caso de nuestros nacionalistas radicales, y de sus némesis, nuestros anexionistas.

Aunque los nacionalistas radicales, por sobre todo los de ahora, los castristas, no puedan ver ni de lejos a un anexionista sin que la presión se les vaya a las nubes y un Hulkverdeolivo les aflore, la realidad es que unos y otros comparten el motivo esencial de su posición política: Ambos desconfían, o pretenden desconfiar, de la capacidad del pueblo cubano para gobernarse a sí mismo.

La diferencia está en que mientras los anexionistas creen que lo único que puede hacerse ante esta supuesta realidad es hacer entrar a Cuba como un estado más de la Unión, ya que solo así se evitará la anarquía y se asegurará la libertad, los castristas, que parten de la idea nunca comprobada de que dejado a sí mismo Liborio correrá a unirse a Uncle Sam, se aferran a su vez a la creencia de que solo haciendo retroceder a Cuba a las formas de gobierno bajo las cuales nos mantuvo España, esto es el Presidio, la fortaleza sitiada (el castro) con las consiguientes facultades omnímodas para el castellano, se podrá evitar esa carrera.

O sea, obsérvese la semejanza, pero sobre todo lo que sigue: Para los anexionistas somos incapaces de gobernarnos por nosotros mismos, por tanto debemos ser gobernados por los americanos, que si le saben a eso un mundo; para los castristas también mostramos esa incapacidad, mas en su caso ellos, para evitar que los americanos ocupen el lugar vacío, aceptan el sacrificio…  

¿Desinteresados, verdad?

Ambas corrientes de pensamiento, en consecuencia, coinciden además de en el motivo, en la solución: el escamoteo de la soberanía al pueblo cubano.

No obstante, debe reconocerse que en el caso de los anexionistas se nota el desinterés, siempre que asegurarse, y asegurar, un marco de orden y libertades no puede ser calificado de un interés egoísta. Lo que, sin embargo, no puede ser ya dicho de la aspiración al poder omnímodo de los castristas.

Anexionismo y nacionalismo radical han sido una pareja infaltable en nuestro retablo político desde que, tras dar en la idea de separarnos de España,nos afloró casi al instante la duda sobre nuestra capacidad para gobernarnos por nosotros mismos. Ambos enfrentaron al verdadero nacionalismo, al de Saco y Martí, desde su mismo nacimiento. El anexionismo ya por entonces como anexionismo hecho y derecho, el nacionalismo radical como autonomismo.

Porque no nos equivoquemos, el nacionalismo radical no es un heredero, una especie evolucionada del que nos hizo independientes, a puro machete y sacrificio, sino de ese otro que propugnaba a fines del XIX que los cubanos aún no estábamos listos para gobernarnos por nosotros mismos, y que cualquier empresa apresurada con ese fin nos llevaría al sometimiento a los americanos. Que lo mejor, por lo mismo, era permanecer bajo la bandera de un pueblo tan afín culturalmente como lo era, y es en verdad, el español.

El verdadero nacionalismo, no en el que se ha anotado tanto sediento de poder, siempre ha partido de la firme creencia de que el pueblo cubano no necesita de nadie para gobernarse a sí mismo: ni de los americanos, ni de pretendidos Moisés. No ha propugnado nunca el establecimiento de la Nación como un campamento en armas, como fortaleza sitiada, sino como república democrática, con todos y para el bien de todos.

Anexionismo y nacionalismo radical son una sinergética pareja en nuestra vida política, en que cada corriente parece servirle de justificación a la otra, al punto que uno llega a sospechar si en el fondo todo no será más que una bien tramada conspiración. Porque mientras los primeros les sirven de justificación a los segundos (esa desgraciada tendencia de Liborio…), estos, por su parte, con su irrespeto a la libertad, parecen darle la razón a aquellos sobre nuestra incapacidad para respetarla al tiempo que mantenemos el orden.

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