¡Ni con Marx, ni con nadie, por la real participación!


José Gabriel Barrenechea.

No pretendo criticar a un profeta menor (Lenin en este caso), protestando con sonoros golpes en el pecho que si se acomete semejante labor, cercana a la apostasía, es solo por salvaguardar límpido el dogma del profeta original (Carlos Marx). El esposo de Jenny es innegablemente uno de los grandes pensadores sociales de todos los tiempos, pero solo un pensador más en la ya veterana comunidad de humanos, pensadores profesionales o no, que es donde se consensuan las ideas que dominan nuestras imaginaciones, y nos guían en la resolución de nuestros problemas.

Más allá de las grandes palabras que suelen pronunciarse desde poses prófeticas, “los altos fines”, “la sociedad comunista”, lo cierto es que nadie conoce la forma de las cosas que vendrán, y en consecuencia nadie debe adjudicarse el monopolio de la soberanía en base a ese (des)conocimiento. Ni partidos, ni clases, que por otra parte nadie define con suficiente claridad, ni pretendidas reencarnaciones de Nostradamus, de Moisés o de Cristo.

Las sociedades humanas no tienen “altos fines” suprahistóricos, ni destinos finales preestablecidos, sino otros un tanto prosaicos para ciertos gustos. Ellas son tan solo el recurso del cual, inconscientemente en un principio, nos valemos los individuos humanos para persistir, y al mismo tiempo mejorar nuestras condiciones de vida. No siguen un guión preestablecido en la forma de leyes del determinismo histórico, sino que enfrentan de continuo circunstancias nuevas.

Desengañémonos, el que durante los últimos 10 000 años la humanidad haya vivido un periodo de increíble regularidad y ausencia de megacatástrofes, en el que en consecuencia lo endógeno haya predominado en cuanto al camino de su evolución, no debe confundirnos: Las sociedades humanas evolucionan de acuerdo con su necesidad de enfrentar a un Universo que, a diferencia de lo que hemos estado creyendo durante los 2000 años precedentes, no es para nada un lugar benigno para la vida. Debemos desechar de una vez y paratodas las ideas bíblicas de que el mundo es un paraíso, del que sin embargo no podemos disfrutar porque alguien haya dicho en algún momento de su prehistoria: “esto es mío”, y a continuación levantado una cerca.

El día que tal hagamos, terminaremos por ver claro que nuestro supremo capital para sobrevivir y prosperar no es otro que la diversidad; que por lo mismo extender cada vez más el ejercicio de la soberanía es más una ventaja que una desventaja. Hacerlo permite aprovechar, al menos con más rapidez, una mayor cantidad de experiencias y de formas de resolver problemas; permite, por tanto, tener una mayor cantidad de respuestas potenciales a un mayor número de circunstancias, y en consecuencia unas mayores probabilidades de sobrevivir.

En este sentido la libertad debe ser reinterpretada como una necesidad más que como un derecho. Y si hasta ahora podíamos haberla considerado de este último modo, los ingentes retos a que nos enfrentamos, y a los que estamos por enfrentarnos (el probable fin de la era apacible, aun por nuestro mismo actuar sobre el clima planetario), nos obligan a establecer la libertad como lo que en realidad es: un deber esencial, a asumir por el individuo, y a defender por la sociedad. Es en ese sentido que marcha la verdadera superación del capitalismo y no en el contrario: En el de que las sociedades en un futuro deban organizarse no ya para limitar libertades, con el pretendido fin de evitar el caos social, sino para facilitar cada vez más su ejercicio a todos sus miembros.

Es por ello que cualquier proyecto presente, que en verdad pretenda superar al Capitalismo, deba antes que nada potenciar y facilitar, aun más que aquel, la participación consciente de los individuos en la gestión tanto política como económica, financiera o científica de sus sociedades. No dejar ésta en manos de una minoría, por más calificada que se pretenda (política, pero también financieramente); una minoría que por su propia esencia de tal, representa una regresión más que un avance.

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