Marx, profeta.


Joseph Shumpeter.

No ha sido por causa de un descuido que en el título de este capítulo se haya abierto paso una analogía procedente del mundo religioso. En realidad, se trata de algo más que una analogía. En un sentido importante, el marxismo es una religión. Para el creyente presenta, en primer lugar, un sistema de fines últimos que dan sentido a la vida y que tienen el carácter de normas absolutas mediante las cuales pueden juzgarse los acontecimientos y las acciones; ofrece, en segundo lugar, una guía para alcanzar tales fines, la cual implica un plan de salvación y la denuncia de aquellos males que deben ser evitados a la humanidad o, al menos, a una parte elegida de ella. Podemos especificar más aún: el socialismo marxista pertenece a ese subgrupo de religiones que prometen el paraíso más acá de la muerte. Creo, pues, que un estudio sistemático de estas características por parte de un hierólogo ofrecería la posibilidad de hacer distinciones y comentarios que permitirían profundizaren la esencia sociológica del marxismo mucho más de lo que un economista puede hacer.

Este carácter religioso explica el éxito del marxismo, punto que ciertamente es el menos importante. Una obra puramente científica, aun cuando hubiera sido mucho más perfecta que la de Marx, no habría conquistado la inmortalidad, en el sentido histórico, que alcanzó la suya. Su arsenal de consignas de partido tampoco lo habrían conseguido. Indudablemente, la gran cantidad de expresiones encendidas, de acusaciones ardientes y de gestos coléricos que, aptos para ser empleados en cualquier plataforma política, puso a disposición de su grey, explican parte de su éxito, aunque sea una parte muy pequeña. A este respecto basta con decir que estas armas de combate, aunque han servido y siguen sirviendo perfectamente a los fines para los que fueron creadas, han tenido algunas consecuencias perjudiciales: Marx, en efecto, pensando en la necesidad de forjar tales armas para la lucha social, se vio a veces forzado a alterar o abandonar las tesis que lógicamente debían deducirse de su propio sistema. Sin embargo, si Marx no hubiera sido más que un proveedor de fraseología, hace tiempo que habría sido ya enterrado. La humanidad no guarda gratitud por ese tipo de servicios y olvida pronto los nombres de los que escriben los libretos para las óperas políticas.

Pero Marx fue un profeta, y para comprender la naturaleza de su obra es preciso contemplarla dentro del marco de su época. Por entonces, la burguesía había alcanzado el cenit de sus realizaciones y el nadir de su civilización; era el tiempo del materialismo mecanicista, dentro de un medio cultural que aún no había dado muestras de llevar en su seno un arte nuevo y un modo nuevo de vida, un medio entregado a la más repulsiva trivialidad. La fe, entendida en cualquier sentido real, iba disminuyendo rápidamente en todas las clases sociales, y con ella se extinguía el único rayo de luz que servía de esperanza al mundo obrero (exceptuando la que pudiera derivarse de los experimentos cooperativos de Rochdale y de las Cajas de Ahorros), mientras que los intelectuales se declaraban plenamente satisfechos con la Logicde Mill y con las Leyes de Pobres (Poor Law).

En tal situación, el mensaje de Marx, que prometía el paraíso terrenal del socialismo, venía a representar para millones de corazones humanos una nueva esperanza y un nuevo sentido de la vida. Llámese, si se quiere, a la religión marxista -y habría mucho que decir a este respecto- un remedo o caricatura de la fe; pero no puede ignorarse su grandeza ni dejar de admirarla. No importa que casi nadie, entre aquellos millones de hombres, fuese capaz de comprender y de apreciar el mensaje en su verdadera significación. Tal es el destino de todos los mensajes. Lo importante es que fuera concebido y transmitido de tal forma que resultara aceptable a la mentalidad positivista de la época, que sin duda era esencialmente burguesa: nada hay de paradójico en decir que el marxismo es fundamentalmente un producto de la mentalidadburguesa. Tal resultado se consiguió, por una parte, formulando, con vigor insuperado hasta ahora, ese sentimiento de hallarse oprimido y maltratado que constituye la actitud autoterapéutica de los desfavorecidos por el éxito; y, por otra parte, proclamando que la solución socialista a tales males era ciertamente susceptible de ser probada racionalmente.

Obsérvese la singular maestría con que el marxismo consiguió aunar las ansias extrarracionales que el retroceso de la religión había dejado errantes,comoperro sin amo, y las tendencias racionalistas y materialistas de la época, tendencias ineluctables por entonces y que no toleraban ningún credo que careciese de connotaciones científicas o pseudocientíficas. Predicar solamente las metas a alcanzar no hubiera tenido eficacia alguna; un mero análisis del proceso social hubiera interesado exclusivamente a unos cuantos centenares de especialistas. Por el contrario, predicar desde una actitud analítica y analizar con la vista puesta en las necesidades profundamente sentidas por los hombres, conquistó para elmarxismo una adhesión entusiasta y proporcionó a los marxistas ese don supremo que consiste en el convencimiento de que lo que se es y lo que se defiende nunca puede ser derrotado, sino que, por el contrario, ha de terminar alcanzando la victoria. Esto, naturalmente, no agota la obra de Marx. Su fuerza personal y el destello profético de su mensaje actúan con independencia del contenido dela doctrina. Sin ellos no hubiera sido posible lograr, en forma efectiva, la revelación de una nueva vida o de un nuevo sentido de la misma. Pero este es un tema que no vamos a tratar aquí.

Algo habrá que decir, en cambio, acerca de la consistencia lógica y la corrección del intento hecho por Marx para probar la inevitabilidad del socialismo. A este respecto, basta con una observación sobre lo que hemos llamado anteriormente su formulación de los sentimientos de los desfavorecidos por el éxito. Esta no era, por supuesto, una verdadera formulación de sentimientos reales, conscientes o subconscientes. Preferible sería calificarla como un intento de sustituir tales sentimientos por una revelación, verdadera o falsa, de la lógica de la evolución social. Al hacer tal cosa y al atribuir a las masas -de manera que no se ajustaba a la realidad- su propia consigna de «la conciencia de clase», Marx falsificó, indudablemente, la verdadera psicología del trabajador (que se centra en el deseo de llegar a convertirse en un pequeño burgués y en el de servirse de su fuerza política para conseguido); pero su doctrina, en la medida en que logró difundirse, vino a ensanchar y a ennoblecer esta misma psicología. Marx, sin embargo, eludió todo sentimentalismo en torno a la belleza del ideal socialista, y esta es precisamente una de las razones que tuvo para proclamar su superioridad respecto a aquellos a los que denominó «socialistas utópicos». Tampoco puede decirse que, como acostumbran a hacer los burgueses cuando temen por sus dividendos, glorificase a los trabajadores como héroes del esfuerzo cotidiano. Por su parte, estuvo totalmente libre de esa tendencia a adular a los obreros que ha sido tan sobresaliente en algunos de sus más débiles seguidores. Probablemente tuvo una percepción clara de lo que son las masas y, mirando por encima de ellas, apuntó hacia objetivos sociales que estaban mucho más allá de lo que éstas pensaban o querían. Además, nunca pretendió hacer creer que los idealesque defendía hubieran sido establecidos por él mismo. Tal vanidad le fue extraña por completo. Así como todo verdadero profeta acostumbra a titularse humilde portavoz de su divinidad, así también pretendió hablar tan sólo en nombre de la lógica del proceso dialéctico de la historia. La dignidad que de todo esto se desprende compensa, en buena medida, las mezquindades y lugares comunes que forman con ella, tanto en su obra como en su vida, una alianza tan extraña.

Hay, finalmente, otro punto que debe ser examinado. Marx era un hombre demasiado culto para estar de acuerdo con aquellos vulgares predicadores del socialismo incapaces de reconocer un templo cuando lo tienen ante la vista. Por muy alejado que se sintiera de una civilización determinada, era capaz de entenderla correctamente y de estimar sus valores relativamente absolutos en su justa medida. A este respecto, el mejor testimonio lo constituye el Manifiesto Comunista, que contiene una relación bastante elogiosa de las conquistas del capitalismo, cuya necesidad histórica siempre reconoció Marx, incluso al pronunciar, pro futuro, su sentencia de muerte. Semejante actitud implica, por supuesto, muchas cosas que el mismo Marx no hubiera estado dispuesto a aceptar. Pero su percepción de la lógica orgánica de la realidad, a la cual daba particular expresión su filosofía de la historia, contribuía indudablemente a facilitarle la aceptación de esta postura y a fortalecerle en ella. Desde tal espíritu, los hechos sociales adquirían para él un orden. Es cierto que en muchas ocasiones vivió como un auténtico conspirador de café, pero su verdadera personalidad rechazaba esa forma de existencia. El socialismo nunca fue para él una obsesión capaz de borrar los restantes aspectos de la vida ni de crear un odio o un desprecio estúpidos y malsanos hacia las demás civilizaciones. Hay, además, otras razones que justifican el título de «socialismo científico» que Marx reclamó para su sistema; sistema en el cual el pensamiento socialista y la práctica socialista aparecían estrechamente fundidos.

(Tomado de Socialismo, Capitalismo, Democracia.)

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