Respuesta al trabajo del chino Chang en Vanguardia.


José Gabriel Barrenechea.

Todo ser humano suele tener sus propias ideas políticas, o al menos tener una opinión sobre las de otros, entre ellas, la de creer que esas son las más mejores, y que por ellas “hay que morirse, coño”. Lo difícil se presenta cuando pretendemos hacer derivar esas ideas políticas de una tradición, o al menos del pensamiento de uno de esos grandes hombres que suelen soportar sobre el mismo toda una tradición nacional. En este caso la operación no es tan sencilla como ponerse a pensar, o incluso como el ir a la bodega a recoger las cuatro o cinco ideas que desde las instancias superiores me envían por la libreta de abastecimientos. Amarrar lo que se cree, o lo que se pretende creer, en el pasado, implica trabajos y ciertas cargas, que muy pocos están dispuestos a asumir.

Para tal operación se necesita en primerísimo lugar una cultura, la cual no se logra como pretenden tantos epígonos modernos de Castiglione, “tan sin esfuerzo”, “naturalmente”, sino con muchas horas nalgas, y el consiguiente escamoteo de diversiones y placeres. Porque camarada, con el Informe al primer Congreso del PCC y unas pocas y aleatorias lecturas, por todo bagaje cultural, es muy poco probable que para empezar se consiga armar un pensamiento propio, y es, para terminar, absolutamente imposible que se entienda el pensamiento del gran hombre en el cual se pretende encontrar las raíces del propio.

Y es que todo ello, cultura o ideas políticas propias, nacen de algo más profundo que usted no posee: Necesidad agobiante de responderse preguntas. Pero claro, es usted un revolucionario de ley, y uno que de verdad se respete no puede admitir “ni por un tantico así, ¡nada!” que en su mente aparezcan dudas, las cuales son siempre las causas de los cuestionamientos.

Es esa necesidad la única que nos consiente asumir el sacrificio que siempre es el encontrar respuestas, propias, pero también la que nos permite entender las de quienes nos antecedieron, y nos legaron una tradición.

Usted tergiversa y descontextualiza a Martí porque no pretende responderse nada, sino justificar las ideas o intereses de otros, o en el mejor de los casosporque trata de mantener en medio del huracán que es en realidad nuestro Universo, el hueco en el que cual avestruz, ha metido la cabeza. Lo tergiversa y descontextualiza porque descalifica a otros de ese modo cuando usted mismo ni se ha tomado el trabajo de leer largamente a Martí, ni de estudiar la obra de los muchos, de los más variados colores políticos, que sílo han hecho, ni de entender la época, la circunstancia que le tocó al Apóstol.

Es más, usted lo silencia, al querer encontrar las raíces de su pensamiento en el de alguien que no ha intentado, y que nunca podrá entender.

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