Fuerza Moral (2).


José Gabriel Barrenechea.

Puede parecernos, como le sucedió a Mañach, que el cubano no es un pueblo dado a reconocer al mérito relacionado con el ejercicio de la inteligencia. Mas para nada es así, solo que para el cubano, con el trascendentalismo ibérico a flor de piel conviviendo en la misma alma con el pragmatismo americano, inteligencia es solo aquella que sirve para algo concreto, solo que un algo concreto siempre desmesurado. El cubano no es que no piense, es que lo hace en grande o simplemente no lo hace.

El cubano, trascendentalista y pragmático, respeta y sigue con verdadera devoción una explosiva coincidencia de virtudes: Inteligencia viva, pero no mística o abstracta, aunque si dada a lo grande; moralidad y por último el ingrediente básico: disposición de ese elemento inteligente y moral a sacrificarse por la comunidad cubana; de cuya pertenencia a la misma el admirado-adorado, se muestra orgulloso por sobre todo lo demás.

El cubano de la “calle” sí se ríe de ese lamentable esperpento, que aunque inteligente y culto, trata de hacerse pasar por extranjero; de ese mamarracho que por sobre todo se avergüenza de ser cubano, y que por ello ante cualquier friegatuercas de allende está presto a denostar “del medio y de la incultura, de la mugre, del ruido…”. Pero ese mismo asere, ecobio o monina, verdaderamente ridículo en su pullover recargado de colores, rótulos e imitaciones de perlas, se inmola sin dudar por el cubano inteligente y culto que es capaz de ver, a su vez, lo desmesurado de la cubanidad latiendo muy adentro de esas someras actitudes o piezas de ropa.

Que me perdone Mañach, pero dudo que haya un pueblo más orgulloso de sus grandes inteligencias que el cubano. ¡Ni aun el francés! Pero de sus grandes inteligencias, cubanas.

El otro detalle imprescindible es la moral propiamente dicha. Una fuerza moral debe poseer una muy específica ética, sea dicho con antelación que la de un muy determinado grupo humano. Porque, y esto es relevante, a pesar de que comúnmente la conducta del cubano es la de alguien híper-democrático, nada dado a respetar jerarquías, sin embargo, cuando entra en su etapa no común, en que lo trascendental se respira por doquier, el cubano parece reconocer, y aceptar, la existencia de una especie de aristocracia, a la que naturalmente se subordina. ¿Pero qué grupo social es este?

No uno de fácil definición. No uno que pueda ser identificado ni con una clase social, ni con una élite específica, ni con un estamento determinado. Pero se pueden hacer acotaciones, no obstante, en la medida necesaria para este somero trabajo. Ese grupo lo integran siempre, como su núcleo verdadero, hombres relativamente jóvenes, de los “de su casa”, o lo que es lo mismo, procedentes de familias de clase media acendrada, no necesariamente acomodadas ni mucho menos, porque es vital que dicha familia esté de manera constante enfrentada a cierta inseguridad económica. Una familia admirada por sobre todo por la presencia directora en ella de una madre “luchadora pa’ su casa”, y por un comportamiento de ambos padres muy cívico en el espacio público, o ante el espacio público.

Esto de la procedencia de una familia semejante está dado por el hecho de que en Cuba solo en ellas parecen formarse las virtudes necesarias y, tal vez a consecuencia de la experiencia convertida en tradición, a que el cubano medio solo concede a individuos procedentes de ellas esa contradictoria admiración, a ratos adoración, que suele dedicarle a sus fuerzas morales.  

Porque en esencia las virtudes que se admiran del integrante de la fuerza moral no suelen ser más que las antípodas de aquellas a que el cubano medio en su trato diario suele dar preeminencia. Por ejemplo, en un pueblo tan dado desde hace siglos a los juegos de azar, no se reconocerá nunca como guía espiritual sino a quien nunca haya jugado. Esto está dado porque en el fondo el cubano medio, cultor en el día a día de un hedonismo basto, sueña el mismo con ser capaz de controlar sus apetitos. Anhelo, por cierto, que solo suelen exhibir los miembros de los escasos pueblos que se creen llamados a un destino trascendente.

Es esta en un final la explicación del estoicismo con que todas nuestras fuerzas morales se han presentado, que se respira en sus escritos, por sobre todo los de la que dirigió nuestras Guerras de Independencia. La que explica ese modelo de república estoica con que soñaba Martí, el sanctosantorum de nuestras fuerzas morales; o la suprema desilusión del pueblo con la fuerza moral independentista que ha abandonado su estoicismo en una república liberal y no virtuosa; o con la del 30, el desenvolvimiento de la cual retomaremos en la siguiente entrega.

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