Fuerza Moral (3).


José Gabriel Barrenechea.

La fuerza moral del 30 fue admirada hasta por los mismos machadistas, que no se escondían para demostrar ese sentimiento hacia aquellos “grupúsculos” de muchachos, que llegaron a armarle al régimen un avispero todavía peor que el del IRA a Inglaterra unos pocos años antes. Como antes de Maikel Collins en las estaciones de policía dublinesas, en las de la Habana se hablaba en voz queda, y por los rincones, de Ángel “Pío” Álvarez.

Sin embargo, aunque rodeados de la general admiración de la sociedad cubana, quedaba todavía un escollo que superar para que las masas se echaran a la lucha bajo su guía espiritual. Y es que lo que proponían para casi nadie pasaba de ser una quijotada, que de ponerse en práctica no pasaría sin consecuencias. Aquello, en la mente de las grandes mayorías, podía conducir no a otra cosa que a una nueva intervención americana amparada en la Enmienda Platt.

Porque atiéndase bien: El desafío de esta fuerza moral no era tan simple como tumbar a Machado. Consistía más bien en derribar a la Primera República, en realidad un semi-protectorado americano, y por tanto cambiar por completo la relación espiritual que hasta entonces habíamos mantenido con aquel vecino. Vecino, pared con pared, con el que habíamos crecido juntos y revueltos, y al que durante todo el siglo XIX habíamos mirado como el modelo moderno que contraponer a la medievalidad española.

Pero entonces llegó un nuevo presidente a la Casa Blanca, y poco después, en mayo de 1933, un nuevo embajador desembarcó en La Habana con la declarada intención de sacar a Gerardo Machado del poder.

SumnerWelles creyó que dominaba el proceso de transición y que todos lo que importaban lo seguían. Se engañaba el hábil diplomático graduado en Harvard, que por su misma educación y experiencia diplomática intentó encerrarnos en los angostos, para nosotros al menos, moldes latinoamericanos. Cuba pronto reveló que le quedaba demasiado grande al brillante intelectual que venía demasiado imbuido de la pedantería política, “objetivista”, que se enseña en el mundo académico americano.

Porque si el pueblo se puso en marcha no fue porque lo viera a él como el guía, sino porque su Mediación fue entendida como que había sido levantada la única restricción válida para no seguir a los jóvenes. A partir de que los americanos demostraron no sentir la salida de Machado de Refugio #1, lo que decían los muchachos, el modelo de país que proponían, el modelo de nueva relación con nuestros vecinos, aunque todavía de modo confuso, entró de súbito en el rango de lo posible para las masas cubanas, para poco más tarde llegar muchísimo más lejos, como todo en este pueblo desmesurado sin comparación hemisférica posible, que nunca se conforma con el dedo cedido cuando se ha puesto en marcha…

Fue tal su impulso, en definitiva, que cuando los muchachos en septiembre fueron en contra de la poderosísima Flota Americana del Atlántico, de los imponentes acorazados con sus poderosísimos cañones de 16 pulgadas, los siguieron sin vacilar.

Lo fundamental para que el proceso se saliera del curso que el sentido común dicta para cualquier otro pueblo, para que esa explosión súbita y sublime del espíritu de independencia del cubano se diera, fue el hecho de que los muchachos no se destiñeron.

Mientras todas las fuerzas políticas racionales del país (incluyendo a nuestras particulares gaticas de María Ramos históricas: los comunistas) corrieron a la Embajada, o entraron por la puerta de atrás, los muchachos dejaron muy claro que allí no se les había perdido nada. Y las masas, aunque en un primer momento también corrieron allá, no dejaron de notar aquella abstención. Por eso para ellas, ya subidas en esa búsqueda de la trascendencia que es inmanente al alma cubana, pero que normalmente va escondida bajo el cinismo hedonista que engendra la desilusión, después de su victoria del 12 de agosto son los muchachos los únicos posibles líderes espirituales del país. Y seguirán siéndolo por largos años.

De hecho la Nación ha seguido con tal devoción a su fuerza moral del 30, que solo cabe explicarse la caída de la democracia en 1952 por su gradual desilusión en esos muchachos a los que ha mirado como Dioses. Porque es la democracia del 40 el legado más trascendente de esos muchachos. Un legado que, por desgracia, se identificó demasiado con sus legatarios. Por ello, aun cuando estos hicieron lo imposible para evitar el resurgimiento de la Dictadura del Hombre Fuerte, fue la natural cotidianización de sus vidas que implicaba el esfuerzo democratizador lo que terminó restándole apoyo a una obra que las masas no entendieron por completo. Ellas, que habían seguido a aquellos muchachos como a seres trascendentes, al verlos descender del plano heroico de la lucha en clara desventaja al de la sosegada política cotidiana, solo percibieron en consecuencia corrupción.

Debemos tener por tanto muy en cuenta dos enseñanzas:

Cuba no cambiará mientras no aparezca una nueva fuerza moral, que digan lo que digan, nuestras masas no perciben en las actuales oposiciones, ni por su inteligencia, ni por su procedencia social, ni por su ética, y mucho menos por sus descoloridas propuestas que nada tienen que ver con la desmesurada alma cubana. Una fuerza moral que reviva esa ansia de trascendencia del cubano, que les proponga esa gran Nación en que el cubano solo admite vivir. Que les restituya su al parecer consustancial sentimiento de destino superior.

Esas fuerzas morales, por otra parte, pueden convertirse en un serio problema futuro para la democratización. Y lo pueden ser tanto por su posible corrupción política, que las lleve a convertirse en tiranía, como por la aparente corrupción, en un sentido más amplio, que engendrará su esfuerzo democratizador posterior. Esfuerzo que necesariamente los cotidianizará a los ojos de quienes hasta ayer los percibían desenvolverse en los planos extra-cotidianos en que siempre se coloca quien defiende la libertad frente a la Tiranía (continuará).

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