TUBULAR BELLS.


José Gabriel Barrenechea.

Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas.

-¿… y muy lejos?- preguntó el niño.

-Muchísimo. ¿Ves esa de allá, la azulosa? Si se apagara ahora mismo, nosotros no nos enteraríamos hasta dentro de 200 años– le respondió su padre.

Bajó la mirada desde el cielo hasta sus pies, que colgaban a poco más de un metro del suelo. Le costaba imaginar que algo se apagara y él no lo advirtiera de inmediato.

– Pero así y todo lo lejos que están, algún día se llegará hasta ellas– continuó su padre. –Tú lo verás, cuando seas viejo, pero lo verás.

-¿En un cohete?

-Sí, pero en uno más potente que los de ahora. Para entonces ya estaremos en el comunismo y no habrá más países: ni Cuba, ni los Estados Unidos…

-¿Tampoco va a haber Estados Unidos?

-Allí también habrá triunfado la Revolución.

Permanecieron un par de minutos en silencio, el padre con la mirada en el firmamento; el niño de nuevo en sus zapatos.

Como un destello, toda una larga serie de recuerdos se unieron en su mente en una certeza que le armó un nudo en la garganta: El tiempo cumplía una función más que la de amparar sus, en apariencias, interminable tardes de juegos sobre las baldosas del patio. El tiempo también marcaba los límites, incluso los de él mismo.

-Papi, ¿yo me voy a morir?

Se volvió. Los ojos de su hijo titilaban a escasos centímetros de los suyos.

-Todos moriremos algún día. – le dijo al oído, mientras lo apretaba contra su pecho – Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

De lo lejos, quizás desde el centro de la isla, el terral se traía a ratos el lejano bramido de un ingenio.

Se mantuvieron abrazados un minuto, tal vez dos. Al cabo, el niño olvidó. Pero solo por el momento.A fin de cuentas los abismos, cuando nos sorprenden, es para convertirse en parte inalienable de nosotros mismos.

-¡Cuando sea grande voy a ser cosmonauta!- gritó, como si hubiese encontrado la muy buscada respuesta a cierta pregunta anterior.

– Pero para hacerte cosmonauta no puedes seguir tan mono, tienes que comértelo todo para que te pongas fuerte, porque si no, no vas a pasar ni las primeras pruebas.

-¿Cuáles pruebas?

-Nadar, correr, levantar pesas, girar en ruedas sin marearte…

-¿Dar vueltas igual que los pilotos?

-¡Claro!, porque para hacerse cosmonauta primero hay que graduarse de piloto.

-¡Pues yo voy a estudiar para manejar un MIG-15!

Regresaron al pueblo tomados de la mano. Desde las casas que flanqueaban la calle les llegaron las notas futuristas de Tubular Bells, que alguien, allá en La Habana, había escogido como tema musical de un programa de televisión. Al padre las notas le provocaron otra efusión de divagaciones optimistas.

-Cuando se llegue al comunismo y la ciencia se ponga al alcance de todos los hombres, de seguro se le descubrirá una cura a la muerte. Quizá no sea en los próximos años, pero como tú vas a hacerte cosmonauta y viajarás a la velocidad de la luz…

-Pero, papi, si no me voy a morir nunca, ¿entonces voy a poder ir a todas las estrellas que se ven allá arriba?

Habían llegado. El hombre abrió la portada del jardín y el niño corrió hacia su madre, que llevaba ya un rato esperándolos en el portal.

-¡Mami, mami, voy a ser cosmonauta, como Yuri Gagarin!

No se detuvo mucho. Siguió hacia el interior de la casa para informar a su abuelo de su trascendental elección.

-¿Cómo la pasaron?- preguntó ella, en cuanto él llegó a su lado después de atravesar los rosales y limoneros del jardín.

“Bien”, le respondió él, con un gesto.

-Aquí estuvo Armando. Dice que mañana quieren verte en el Partido- le espetó ella tras una corta pausa.

-¿Algún problema…?

-No, no, nada, ¡¿qué va a ser, chico?!, otro curso u otra mierda cualquiera que nadie quiere pasar y bueno, ahí está el bobo maletudo de Joseíto, pa’ lo que sea.

Quiso ponerla en su lugar, mas no pasó de eso, de querer. Con cualquiera de las otras mujeres con las que trataba a diario le hubiera bastado con empezar con un “compañera”, y luego seguir con la consabida retahíla de correctas razones. Con ella, sin embargo, tal proceder solo empeoraría las cosas.

La fragancia de un galán de noche los envolvió por unos segundos, luego el viento recobró sus derroteros habituales.

Su esposa regresó a adentro, a intentar que el niño bajara la voz, no fuera a despertar a su hermana menor. Se dio la vuelta y se aferró con fuerza a la barandadel portal. Por el resquicio de la puerta entreabierta, a sus espaldas,novio pasar a su bolígrafo nuevo en un viaje intergaláctico, entre los dedos de su hijo.

Por primera vez, en nueve años,de su propio tiempo de leyendas le llegó un recuerdo. Uno de esos recuerdos que como fragmentos difuminados parecen emerger de un océano de oscuridad: Un cowboy cabalgando solitario, sobre una ilimitada pradera, camino del espejismo de unas montañas. La escena de una vieja película en blanco y negro, de las de la matinée. Su padre a su lado susurrándole algo de unas tales Rocallosas, y de una siempre elusiva última frontera. Sobre ellos, a través de una tronera en el destartalado techo del cine, la estrella azulosa, distante a doscientos ocho años luz de la tierra y su futuro.

Más allá de la calle, tras los pinos de la casa de enfrente, cruzó una estrella fugaz. La fragancia del galán de noche lo envolvió de nuevo por un instante, por el instante en que comprendió de veraz que además de la muerte hay otros límites.

Por primera vez en onceaños de Revolución sentía con nitidez que aquella no se parecía a su vida.

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