Los socialismos del no crecimiento.

José Gabriel Barrenechea.

Desgraciadamente las alternativas al actual Orden Mundial con que los anticapitalistas pretenden ganar nuestra adhesión, en este ya no tan nuevo siglo XXI, parten de la satanización de cualquier crecimiento.

Debemos reconocer, sin embargo, que al actuar de este modo los neocomunistas del nuevo milenio parecen en cierta medida ser más consecuentes que sus antecesores del XX, o del XIX. Si en el modelo original se combinaba contradictoriamente la aspiración al crecimiento constante de las fuerzas productivas, con la creencia de que vivimos en un Universo paradisíaco, del que solo no podemos disfrutar por la manera injusta en que organizamos nuestras sociedades, los teóricos del socialismo sostenible finalmente han comprendido que crecer resulta innecesario en un Universo semejante. ¿Para qué esa compulsión de crecer en definitiva, si en el mismo nada nos amenaza? ¿No será mejor volver a las mentalidades anteriores a la modernidad, a lo tradicional, a “vivir el(al) día”, y al cuidado del alma… pero colectiva?

Una buena muestra de los sofísticos caminos que suele tomar el pensamiento “neo (anti)progresista”, lo hallamos en el artículo “Un siglo de pereza y comunismo. En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue”de Carlos Fernández de Liria. Allí el autor comienza por analizar los problemas de los que una gráfica, la de MatheusWackernagel, dan buena cuenta. Esta representa en el eje vertical el conocido Índice de Desarrollo Humano (IDH), y en el horizontal, la cantidad de planetas Tierra que harían falta para generalizar a toda la población mundial actual el nivel de consumo material del país en cuestión. El profesor Liria concluye muy acertadamente que si los sistemas políticos del Primer Mundo fueran lo que dicen ser, democracias maduras, en todos sus parlamentos se debería de estar discutiendo la constatación, que se obtiene del superficial ojeo de la mencionada gráfica, de que de aumentar los niveles de utilización de los recursos terrestres a los ritmos actuales, la Tierra no será suficiente para sostenernos en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, nuestro hombre comete el tan frecuente error de todo radical: De que no las poseamos al presente, no se concluye obligatoriamente que las democracias no puedan madurar. Es por esa desconfianza en la democracia, tantasveces exhibida porcierta izquierda, que hacia la mitad del artículo nuestro autor da un paso en falso que desacredita cualquier socialismo del siglo XXI que pueda surgir de su razonamiento:

Del hecho de que en la gráfica de Wackernagel Cuba sea el único país con IDH mayor de 0,8, cuyo consumo de universalizarse le permitiría a la humanidad vivir con mucho menos de un planeta, el catedrático español concluye que la Cuba de hoy debería ser el modelo de sociedad a imitar por el resto del mundo en este nuevo milenio.

Independientemente de algunos contrasentidos que a continuación analizaremos, lo cierto es que la gráfica elaborada por Wackernagel resulta en extremo inexacta, al menos en el caso cubano. ¿Habrá tenido en cuenta, por ejemplo, los inmoderados niveles de consumo de agua per cápita en Cuba, comparables a los del máximo consumidor mundial, los EE.UU.?

El español reconoce, al referirse a nuestro ingente flujo migratorio: “… huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables como lo somos los consumidores estadounidenses y europeos”, pero al parecer no logra ver por completo la falla de su discurso en el hecho de que la altamente educada juventud cubana tenga tan poca conciencia de los problemas del planeta, o en todo caso sea capaz de anteponerle sin muchos remilgos sus más pedestres intereses individuales. ¿No comprende que de nada vale un modelo sustentable que no logra convencer por sí mismo, y sin necesidad de aislamientos profilácticos, de la necesidad del mismo a un número significativo de sus jóvenes? ¿No comprende que no debe de ser tan espiritualmente superior el modelo cubano, cuándo no consigue concienciar a la juventud…?

Lo cierto es que como él mismo reconoce, causas externasa los pretendidos objetivos perseguidos por el Modelo han recortado drásticamente el consumo de, y en la Isla. Liberado del Embargo, con la ayuda libérrima de algún nuevo mecenas económico, a la manera de Moscú hasta 1990, o en todo caso con una más acertada organización político-económica-social que fuera capaz de aprovechar aun a un pequeño porciento sus enormes posibilidades, el país cuando menos iría a situarse al mismo nivel de los países del Centro y Este de Europa, de IDH semejante. O sea, que se necesitarían poco más de dos planetas para generalizar el modelo cubano, de vuelta en sus condiciones ordinarias, a la humanidad completa.

Pero independientemente de todo lo dicho, lo que no podrán negar los teóricos del “no crecimiento”, es que aun el modelo del “único país sostenible del mundo” del mundo actual lo será solo mientras la población no exceda los 8 500 millones de habitantes a que sería capaz de dar cabida. ¡Cuando se espera que para el 2050 llegue a por lo menos 9 500 millones!

Encerrarnos en este planeta y detener el crecimiento, además de disminuir de modo drástico nuestras posibilidades de sobrevivencia, implicaría una vuelta a la Premodernidad, con todos sus atributos de hambre, violencia, insalubridad, intolerancia… o en el mejor de los casos, llevaría la planificación hasta los nacimientos, lo que nos conducirá irremisiblemente a modelos como el descrito por Aldous Huxley en su “A Brave New World”. Lo que no deja de ser una posibilidad en verdad espeluznante.

 

La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Una carta olvidada.

Enrique José Varona.

Sr. General M. Ramos, Presidente del Partido Republicano

Puerto Príncipe

Señor y compatriota:

Muchas muestras de cariño y confianza he debido a nuestro Camagüey; ninguna que me haya con­movido tanto como ésta que me trae su telegrama de Ud. Largas horas de ansiosa meditación he pasado antes de contestarle, pidiéndole un aplaza­miento. A medida que transcurrían, he sentido pesar más y más sobre mi espíritu la gravedad de esta situación, oscura de suyo, hecha más incierta y riesgosa por casi dos años de olvido obcecado de la realidad.

Desean ustedes que represente a nuestro pueblo en la Convención Nacional. Más de un mes ha que me escribieron proponiéndomelo muchos respetables compatriotas, entre los que también estaba Ud. Les contesté excusándome, y ofrecién­doles escribirles más por extenso. Insisten ustedes ahora, y ha llegado la ocasión de exponerles mis puntos de vista, parte principal para no sentirme con fuerzas ante la enorme tarea.

Lejos de creer yo, como muchos hombres promi­nentes de la Revolución, que la intervención americana ha sido una sorpresa, la he considerado siempre como resultado inevitable de to­dos los antecedentes de la situación en que nos encontrábamos en la primavera del año 98. Los Estados Unidos desde que llegaron a la boca del Mississippi, han considerado la cuestión cubana casi como asunto doméstico y su diplomacia ha procedido en consecuencia con alguna oposición a veces, las más con el asentimiento de las poten­cias europeas; y sin que España pudiera, aunque bien hubiera querido, resistir a esa presión per­manente. ¿En virtud de qué derecho? En el de su enorme fuerza social y política. En virtud del derecho que ha neutralizado a Bélgica y Suiza, es decir, que ha puesto límites a la independencia de esos dos Estados; de ese mismo derecho que de­tuvo a Turquía victoriosa, para que no aplastara a Grecia, y que ha obligado a los candiotas a no anexarse al reino helénico y contentarse con un gobierno autónomo bajo la suzeranía de la Puerta; de ese mismo que mantiene a Bosnia y Herzegovina, con su millón y medio de habitan­tes, bajo la administración de Austria-Hungría. Un derecho que nace de la solidaridad de las naciones modernas, cuyos intereses, materiales y morales, están hoy tan mezclados, que ninguna puede constituirse en un mundo aparte, y todas tienenque sufrir algún menoscabo de su independencia teórica, porque todas son interdependientes.

La intervención vino porque tenía que venir; porque estaba anunciada desde la época de Grant, cuando el gabinete de Washington declaró que no podía consentir a sus puertas un país en insurrección permanente. Y sólo hubiera dejado de ve­nir en la forma material de la ocupación militar, si los cubanos hubiéramos tenido fuerza bastante para vencer a España y expulsarla de nuestro territorio, o España previsión bastante para pactar con los cubanos. No ocurrió ni lo uno ni lo otro; y los Estados Unidos intervinieron con sus fuerzas de mar y tierra; y a su intervención se debe que la furia española y la desesperación cubana no hayan convertido a Cuba en un yermo sembrado de escombros y cadáveres. Los Estados Unidos han salvado a Cuba para la civilización y la humani­dad; y éste que es un título eterno a nuestra grati­tud, les da, a los ojos del mundo y en el estado actual de esas relaciones que se amparan del nom­bre de Derecho Internacional, un título, que nin­guna potencia les disputará, a considerarse parte en la constitución de nuestro gobierno definitivo. Todo lo que no sea tener esa realidad delante de los ojos es ir a sabiendas contra el propio interés de nuestro pueblo; porque es entregarse a las más peligrosas ilusiones, cuando serán pocos todo el seso, toda la prudencia, toda la entereza y toda la doctrina de que podemos disponer. Y yo con­sidero emponzoñadores de la conciencia pública a los que hagan creer a los cubanos que podrán reunirse, como en una isla desierta y desconocida del mar Antártico, a disponer por sí solos de sus destinos.

Podemos aspirar a mucho, porque está en la conveniencia del pueblo americano, y dentro de sus prácticas y principios, no ponernos indebidos obstáculos en nuestra constitución interna; pero en lo que pudiera llamarse nuestro “status” in­ternacional, lo más a que podemos llegar es una situación parecida a la de Bélgica. Parecida, no igual, porque la neutralidad de Bélgica está ga­rantizada por la ponderación de fuerzas entre las potencias signatarias del tratado de Londres de 19 de abril de 1839; mientras que la nuestra sólo es­taría respaldada por la única potencia americana que cuenta en el mundo; y sería por tanto resul­tado, no de un equilibrio, que hace desaparecer la subordinación, sino de una enorme fuerza pre­ponderante.

Ignoro cómo llegarán nuestros legisladores a dar forma legal y plena a ese estado de derecho; pero sólo sé que si no encuentran la fórmula y se obsti­nan en pretender que en las relaciones internacio­nales de Cuba, cualquiera que sea su índole, nada tenga que decir el gobierno de Washington, ire­mos a dar contra un muro infranqueable, y podre­mos encontrarnos por muchos años en la posición de las provincias otomanas que Austría-Hungría administra y ocupa militarmente.

Así veo yo nuestra situación; y así la ven otros muchos cubanos; pero son contados los que se atreven a decirlo; mientras que son innumerables los empeñados en engañarse y en engañar a los demás, diciéndoles que hemos conquistado la in­dependencia y que toda limitación por pequeña que fuere, que ellos fantasean como si viviésemos en la Luna, sería usurpación manifiesta, que jus­tificaría el delirio de una resistencia que nos lle­varía al suicidio. Los pueblos sin embargo no es­tán destinados a suicidarse, sino a tratar de vivir progresando en bienestar, en cultura, en humani­dad. ¿Lo conseguiremos con tanta ilusión, tanta palabra hueca y tanto volver los ojos hacia atrás?

De todos modos, ello es lo cierto que el clamor general pide lo que a mí me parece inasequible. ¿Puedo en estas condiciones ir a representar a quienes quizás no piensan como yo? Y aunque así no fuese y ustedes aprobaren mis puntos de vista ¿qué podría yo en una asamblea compuesta de hombres empeñados en ver las cosas por el prisma de sus deseos y en impulsarlas por la línea de sus pasiones, que ellos sienten heroicas y sublimes? ¿No ven ustedes que me condenarán a una lucha desigual en que estoy destinado a hun­dirme, reprobado y conspuido? Mi posición oficial ¿no es un arma forjada como a deseo para herirme y desacreditarme? No sería yo el cubano que busca el bien de los suyos, el bien positivo de la paz, el orden y el progreso, sino el servidor del gobierno extranjero, que se aviene a las miras del usurpador. No, la patria no tiene derecho de exigir sacrificios estériles. La hora no es para los que creen el primero de los deberes cívicos decir la verdad por mucho que amargue, sino para los poseídos del espíritu de vértigo, que quieren ex­cluir a cuantos no piensan, no sueñan y no deliran como ellos. ¿No lo hemos oído? La primera voz que resuena es para trazar con la espada del án­gel guardián del Paraíso, un círculo de fuego en torno de la Convención. Allí no entrarán sino los que han pasado el Jordán revolucionario. Como si la Revolución hubiera tenido como fin conquistar a Cuba para un puñado de sus hijos, y no colo­car a los cubanos, a todos los cubanos, en aptitud de servir dignamente, en la medida de lo posibley de sus fuerzas, a la grande obra de hacer que Cuba recupere el tiempo perdido, y sea social y económica y políticamente un factor de progreso, y no un foco de perturbación y discordia, en el mundo.

En mucho tengo el honor que ustedes han queri­do hacerme, que me han hecho ya; pero tan grande como mi gratitud es mi convicción de que debo a ustedes y a Cuba mi pensamiento en toda su inte­gridad. Creo que pensando como pienso, me toca estarme donde estoy, servir mientras pueda en la esfera administrativa, y servir después, como lo he hecho siempre, en mi esfera de simple ciu­dadano a la causa de la cultura de Cuba, que es como podré ayudar a que nuestra patria viva en paz y sosiego y levante de día en día su nivel social.

De Ud. con cariño y respeto.

La Habana, 21 de agosto de 1900.

Una pelea cubana contra la Calumnia.

José Gabriel Barrenechea.

Cierta tarde, ya muy difuminada en mi memoria, Hilda Ravilero, aquella dama de cuyos gestos y palabras no podía desprender mi atención cuando me sentaba, aun adolescente, a ver su programa en mi viejo televisor ruso, invitó a conversar creo recordar que a Raulito Roa. Todo es brumas en aquel programa, excepto un pequeño tramo, que ha quedado remachado en mi alma de cubano viejo. No recuerdo la pregunta que respondía, solo a, ¿Raúl Roa, el joven?, indicando para un rincóndel estudio:

-¿Ve esa maceta? Pues en ella hay más tierra que toda la que tenía Aureliano en Guatemala, o en cualquier parte.

Se refería, claro, a las tierras que según Eduardo Chibás el Secretario de Educación del gobierno de Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango, había comprado para sí en Guatemala con dinero robado a de dicha secretaría. Calumnia no inocente del “Adalid de Cuba”, que bien sabía que el dinero que en realidad haya se enviaba tenía no otro objeto que apoyar a la Guatemala de Arévalo, tan mal vista por ciertos sectores de la política y las finanzas americanas.

Eduardo Chibás, alguien que se daba un tiro cada vez que se le “perdía” una maleta, o temía no resultar electo a una Constituyente[i], el único político cubano de relieve que en el periodo auténtico se opuso abiertamente a ayudar al gobierno progresista de Arévalo, o a pedirle explicaciones a los americanos por su actuación en Puerto Rico. Eduardo Chibás, el mismo que un régimen que se pretendió y se pretende antiimperialista elevó desde un inicio a lo más alto de su Panteón Revolucionario, mientras a Aureliano, que nunca hizo del peculado o de la histeria política, solo le reservó la execración.

Y es que larga data tiene la calumnia en Cuba como forma de medro. Carpentier, al leer la papelería cubana del siglo XVI, conservada en los Archivos de Indias, señaló en su momento ese espíritu de “denuncia”, por lo general anónimo, casi siempre calumniosa, que todos practican contra todos en los albores de la Isla. Observación que Carpentier hace, y no por pura casualidad, a fines de los sesentas, cuando en Cuba ya existía una institución para promover, recoger y canalizar todas esas “informaciones” hacia los órganos represivos del régimen: Los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR.

La calumnia llegó a género literario durante nuestro siglo XIX. Sin embargo, aunque es en esencia de tema cubano, su autoría no procede casi nunca de la pluma de compatriotas nuestros, sino de españoles. Léase las Cartas Criollas para el Camagüey, o a autores como Vicente García Verdugo, Tesifonte Gallegos, Rafael Guerrero, F. Moreno con su Cuba y su Gente, a la que le respondiera don RaimundoCabrera en su sublime Cuba y sus jueces(alguien de quien se ha difamado mucho en la Cuba bajo ocupaciónde los mediocres, pero que padeció por su Patria lo que todos sus calumniadores juntos no han hecho nunca), por solo citar algunos de los que ahora tengo a mano.

Para el lector informado de hoy resulta inconcebible como se pudo entonces creer en tanta calumnia que publicó la prensa integrista. ¿Cómo se pudo dar crédito a que aquellos hombres, que antes de la guerra disfrutaban por lo general de una estándar de vida muchísimo más elevado y refinado que el de cualquier español contemporáneo, y que durante ella debieron sufrir la desnudez, el hambre, la intemperie, el exilio y la pobreza, que aquellos Aguileras, Eduardos Machados, Céspedes, Agramontes, Morales, Cisneros, lo sacrificaran todo solo por ser agentes fieles, valientes y decididos al servicio de Washington, del Presidente Ulises Grant y su secretario de estado MisterFish? Porque amigos míos, les informo que esa acusación no la inventó el actual régimen. Para comprobarlo les recomiendo que lean por ejemplo las memorias de Gerardo Machado, de la que podríamos extraer algunos fragmentos y publicarlos en Granma sin que para nada desentonaran(más adelante este blog publicará algunos).

Entre nosotros la calumnia no suele quitarle el sueño a sus autores. En Cuba todos estamos muy seguros de que la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado, y que si no le encontramos algún punto débil, vulnerable a nuestro contrario, se debe no a otra cosa que a su malévola capacidad para ocultarlo. Por ello, como no podemos permitir de ningún modo que este triunfe y consecuentemente el Mal se expanda, pues no hay que tener escrúpulos de ninguna especie ante cualquier recurso: Para algunos la calumnia es un deber, y por tanto el calumniador más que un inmoral es un héroe.

Pero también hay algo más. Los cubanos no parecemos conformarnos con las justas razones, al parecer necesitamos amontonarlas hasta ocultar lo combatido bajo una pila amorfa de ellas. Así, por ejemplo, para la generación que tumbó a Machado no bastaba con que este hubiera subvertido el orden constitucional, o el evidente desmande de sus órganos represivos. Del Machadato no podía quedar nada, y que mejor manera que enlodando hasta lo mejor de su periodo de gobierno (que como en todo hubo sus luces también), así surgió la leyenda negra de la carretera central: Está tuvo menos ancho que el proyectado porque lo que faltó fue al bolsillo de Machado y sus guatacas más próximos, Carlos Miguel de Céspedes, “Pepito” Izquierdo, Viriato…Leyenda que cualquiera puede comprobar falsa si dispone de tiempo para disfrutar de la lectura de Las Siete Maravillas de la Ingeniería Civil en Cuba, de don Juan de las Cuevas, y publicado por la Editorial Científico Técnica; en La Habana, no en Miami.

¿Qué hacer contra la calumnia? Pues un gran esfuerzo de atención por parte de cada uno de nosotros. De ese mal no nos defiende ninguna autoridad superior, o incluso suprahumana, porque de hecho semejantes “defensores” suelen establecerse o mantenerse gracias a ella. Somos los individuos, los ciudadanos, los que debemos defendernos individualmente de la calumnia y de quienes la utilizan para sus intereses. Somos nosotros los que debemos insistir en la presentación de los dichosos maletines con las pruebas dentro, o exigir qué como fuente válida no pueda citarse a un tío del señor que le vende el pan al primo de un emigrado que cierta vez nos salpicó con su carro al pasarnos por el lado en una tarde de lluvias.

 

 

[i]En su polémica con Aureliano,Chibás decía poseer en una maleta las pruebas de los robos de aquel. Presionado para presentarla, al no tener ninguna, por no haberlas, optó por una forma radical de calumnia: darse un tiro. Porque Chibás ya se había dado un tiro por el mismo lugar doce años antes, cuando temió no salir electo para la Constituyente del 40. Un segundo tiro en la ingle, con una trayectoria muy bien estudiada, que por desgracia se complicó a la semana.

Una necesaria aclaración.

José Gabriel Barrenechea.

Me disculpo con antelación de mis lectores, pero en los próximos días no voy a poder sentarme a escribir ni una línea. Voy a irme de francachela con los 500 dólares que les afané a la gente de la NSA, y a los miamenses que cooperan con las campañas revisteras subversivas. Ya saben: mujeres, alcohol, juego, prendas, una dentadura de oro… después que cuelgue esto.

He estado reflexionando que hacer con ese dinerito, y bueno, a la verdad, sería malgastarlo comprándome otro par de zapatos además del único que tengo; mucha más ropa que mis 4 pantalones de los adquiridos en las “tiendas de yuma muerto”; una nueva viga central para que la casa de mis padres no nos caiga arriba; quizás una altísima valla en el patio para que no se nos cuele en el comedor y las habitaciones la peste de las cochiqueras de nuestros vecinos; o una buena inversión para que el viejo no tenga que seguir tostando café a sus ochenta y tres, después de haberse sacrificado por esta “Revolución” muchísimo más que lo que ha hecho cierta señora de cierto blog, muy dado a la infamia, que por lo que leo hasta amigos tiene de los que desde Miami cooperan con dinero para la “subversión revistera”. Mi padre, a diferencia de la, ¿compañera?, es consecuente con lo que cree, y por eso nunca tendría amigos semejantes. Por esa consecuencia lo admiro.

Claro, la referida señora no es más que un peón en este juego. Quienes importan son quienes mueven su mano, y que al parecer han decidido aprovechar mi silencio, por respeto de otros, para manchar mi reputación. Como a los otros no les ha importado saber qué pasó, pues no tengo razón para mantener mis escrúpulos. Por lo tanto, voy a explicar porque salí de Cuadernos de Pensamiento Plural…

Un imprescindible aparte antes de comenzar: Para cualquiera que lea Plural es evidente que esa publicación éramos Yo, y en menor medida, aunque significativa, Félix Castilla, que no solo le ha dado su particular visualidad, su corporeidad más bien, sino también una considerable parte de sus textos. Su editor, sin embargo, he sido yo. Muchas de sus páginas están ocupadas por trabajos míos (según los segurosos yo cree Plural porque no tenía donde meter lo que escribía), y las restantes han sido llenadas gracias a mis búsquedas bibliográficas o a mis particulares relaciones personales dentro de la república de las letras santaclareñas. Relaciones que venían desde el tiempo en que trabaje en el ICL, y que organicé, por ejemplo, el entramado literario de la Feria del Libro 2010 en Santa Clara. Relaciones que se mantenían, y mantienen, a pesar de mi postura abiertamente opositora, y que rendían frutos para la revista, porque en ese medio se sabía que Barrenechea ni se aprovecharía de ellos, ni manipularía sus opiniones, y mucho sus actitudes para darme celebridad de “pervertidor de intelectuales”. A su modo de ver trataban con un juicioso editor de una publicación que bajo mi control mantendría la seriedad. Confianza que llegó al punto de que un autor tan sinceramente revolucionario como Idiel García, presidente de la AHS en Villa Clara, llegóa entregarme un trabajo para la revista que sin embargo no pudo ser publicado por las habituales limitaciones de todo tipo de algunos “hermanos de lucha”.

Pero entremos en materia.

A fines de abril presentamos el poemario de Rafael Vilches publicado por Neopress. Desde un inicio me opuse a presentarlo en un espacio público, ya que esto significaría una provocación al régimen, que traería como consecuencia la desarticulación del grupo ya existente, y alejaría a otros que ya se acercaban. Mas predominó el deseo de figurar más que el de trabajar con calma, y debí ceder: Los recursos no los gestionaba yo.

Cuando se hizo en los altos de la librería Pepe Medina, de verdad creí que se había alcanzado un arreglo sin mi conocimiento; que para evitar problemas mayores el régimen había aceptado esta variante que le habrían propuesto otros. Me pareció incluso que aquello era un intento de resemantizar aquella presentación. Yo, de hecho, no estoy cerrado a esos acercamientos, por tanto no los juzgo más que por su utilidad momentánea, y por sobre todo al largo plazo (lograr que el régimen ceda aunque sea un milímetro es ya un logro).

Varios días después se me advirtió por varios de los escritores implicados, que estaban citados esa tarde para Cultura Provincial, con el partido y la policía política, “para nada bueno”. Y nada bueno debía de ser cuando al que debía dejarle varios trabajos para la revista se negó a aceptarlos: “porque ahora no puedo tener eso en la computadora, seguro ahorita me meten un registro”. También llegó a mi conocimiento (por otra vía), que el día anterior se había decidido separar de su puesto de trabajo a la directora de la Librería, que había accedido a la presentación sin que nadie le dijera en qué consistía (comoen verdad nadie le informó en qué consistía aquello).

Ante la situación asumí la misma posición que ahora adoptaría sin dudar: Canjear mi completa salida de Cuadernos por la permanencia en sus puestos de todos los implicados que evidentemente no se habían prestado para una posible “jugada”.

Pacto que al fin se logró.

Se preguntarán entonces algunos: ¿Por qué si todo salió tan a pedir de boca yo publiqué mi “Carta Abierta” del 2 de mayo, en la mañana? ¿Por qué arriesgar lo que tan bien había salido?

De hecho yo no tuve la respuesta afirmativa a mi propuesta hasta esa tarde, que cierto personaje se comunicó conmigo para comentarme además, que “la carta está en candela” (en Cuba todo parece arder en estos días).

Pero sobre todo porque simplemente no fue tan fácil. Como otros, poco después vi, el régimen pensó que mi actitud se debía a mi intención de evitarme problemas a mí mismo, y en consecuencia se le ordenó a la policía política me retuviera en Encrucijada. Así, en la nada pequeña estación de dicha policía en Encrucijada se me presionó por horas (“porque esto ahora viene en candela”), con amenazas de actos de repudio a la casa de mi padre, adonde ahora vivo circunstancialmente, para que firmara un ridículo y cursi documento en que me declaraba un Raúl Capo… disculpen, un agente fiel, valiente y decidido.

Fue por eso por lo que escribí mi “Carta Abierta”. Si el régimen no la hubiera “cagado” intentando, como siempre, con sus recursos y partes matoniles, ni tan siquiera hubiera subido un posts 2 horas después, ni hubiera publicado 16 en mayo. Como también si no la hubiera “cagado” ahora con el dichoso chisme que publicó la señora de marras, esto tampoco se publicaría.

En resumen: Sí pacté. Lo hice no por mí, con quien es casi seguro no se habrían metido, mientras que si me hubiera dedicado a publicitar a los cuatro vientos la represión que había desatado con mi hábil manipulación de los “intelectuales”, habría ganado, por el contrario, mucha celebridad. Para ello debería haberme desinteresado de que botaran de sus puestos de trabajo a muchos, y no solo del grupo de presentadores enterados. Claro, si Plural hubiera tenido a su disposición el dineral que se me acusa haber robado, no habría habido problemas, con ello pagaría de inmediato el sueldo oficial anual de 4 de ellos.

Como se ve no hay nada oscuro en mi salida de Cuadernos de Pensamiento Plural.

Pero es más: Si la señora aludida quiere entrevistar a este bloguero para desenmascarar su escasa naturaleza “independiente”, no habrá problemas. Claro, si publica absolutamente todo lo que yo responda, y no lo que ella crea que no le va a traer problemas.

¿Se anima? Vamos, mujer, a ver si le quita ese tufo chancletero a su blog… Y no tiene que estar prestándose a rumores. ¿A usted pensado si todo no fue más que una celada del enemigo-amigo miamense?

Ah. Y salúdeme a Chang…

Para acabar un Embargo.

José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.