Para acabar un Embargo.


José Gabriel Barrenechea.

La Nación Cubana no nace de una supuesta voluntad de segregarnos del mundo occidental en expansión. Cuba adviene, más bien, por la voluntad de los cubanos de conectarse a ese mundo del que los intenta aislar la mentalidad conventual de la Corona Española. Desde esa perenne revuelta criolla contra aquella, que es en definitiva el comercio de rescate, hasta el pase al mercado negro de los actuales importadores de ropa a quienes el monopolio estatal pretendió hacer desaparecer, pasando por la revuelta de los vegueros o la misma Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia, lo cubano se ha manifestado por sobre todo en un ansía de conectarse con el naciente mundo de la modernidad, y en consecuencia, en el enfrentamiento al espíritu galalaico-castellano de encierro.

Esa actitud que, desde los inicios mismos de la colonización asumen los habitantes de la Isla, de no dejarse encerrar en el entramado monopolista comercial de las Leyes de Indias, su irreverente imposición de las propias reglas, que incluyen el intercambio abierto con todos los que por esos siglos navegan por el Mar Caribe y por la cara americana del Atlántico, se transforma, con la ocupación de La Habana por los británicos, y más tarde con la Revolución Francesa que saca del juego a Haití, en la aspiración clara y distinta al Libre Comercio.

Cuba es la primera nación occidental que nace con y por esta aspiración. Es precisamente ella la que une por primera vez en un interés común a todos los cubanos de las clases libres, o lo que es lo mismo, de las que por entonces cuentan.

La culminación de esa aspiración fundacional nuestra es, a no dudarlo, la Doctrina Grau. No hay mejor enunciación suya que las siguientes palabras que Guillermo Belt Ramírez, Presidente de la Delegación Cubana a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz de Río de Janeiro, en 1947, pronunciara ante ella:

“La Delegación de Cuba considera que el capítulo que se refiere a las amenazas y los actos de agresión será incompleto y carecerá de valor si en el mismo no se incluyen las amenazas y agresiones de carácter económico. La simple notificación que un Estado haga a otro de que aplicarán sanciones o medidas coercitivas de carácter económico, financiero o comercial, si no accede a sus demandas, deberá ser considerada una amenaza. La aplicación unilateral de estas medidas deberá ser considerada como un acto de agresión”.

Doctrina que si bien los cubanos no logramos hacer adoptar como principio de las relaciones internacionales en 1947, si lo conseguimos en 1948 (al menos en el papel), en Bogotá, cuando en la Carta de la Organización de Estados Americanos, en su artículo 16, quedó establecido:

“Ningún Estado podrá aplicar o estimular medidas coercitivas de carácter económico y político para forzar la voluntad soberana de otro Estado y obtener ventajas de cualquier naturaleza”.

¿Cómo entender entonces que algunos cubanos apoyen al presente el Embargo de los EE.UU. a nuestro pueblo, o lo que es lo mismo, una nueva forma de encierro, una violación de nuestra aspiración constituyente?

En un anterior trabajo me referí a las semejanzas entre dos de nuestros extremismos, Anexionismo y Nacionalismo Radical (castrismo); a la sospechosa manera en que uno y otro justifican su existencia en la del otro. Pues bien, algo parecido se percibe entre quienes apoyan el Embargo, y los partidarios de la ortodoxia castrista. Por lo menos unos y otros afirmanimprescindibles sus radicales posturas y actitudes debido a las mantenidas por el otro.

Para cualquiera que entienda la particular y excepcional naturaleza del régimen cubano, resulta evidente que la desaparición del Embargo significará para él una herida de muerte. Mucho más ahora, cuando se acerca de manera irremediable al momento en que la “generación histórica” saldrá del juego, y en que necesariamente habrá un vacío de poder hasta que los nuevos dirigentes cooptados por dicha generación logren adquirir la suficiente legitimidad, más que nada ante el resto de la nomenclatura, y sobre todo ante las instituciones armadas.

El régimen cubano pertenece al grupode los que en su momento intentó imponer una versión diferente de convivencia humana a la del mainstream mundial. Fracasado ese intento, solo le quedaba un camino para seguir existiendo sin grandes variaciones de principios: aislarse sanitariamente del mundo que lo rodeaba. Norcorea, por ejemplo, fue efectiva en ese reto: La estabilidad de la dinastía de los “chinitos siniestros” se explica en buena medida por suprobada capacidad para poner a vivir a sus súbditos en la cara oculta de la Luna.

En el caso de Cuba ese aislamiento hubiera resultado mucho más difícil de imponer desde dentro, por la misma naturaleza de nuestra Nación. Pueblo atlántico más que latinoamericano, el régimen no logro desconectarnos por completo de Occidente ni aun en los tiempos en que el CAME aseguraba cierta prosperidad relativa, así que resultaba poco previsibleque lo consiguiera tras la desaparición del campo socialista. Mas no hubo necesidad: el aislamiento se lo regalaron, y en bandeja de plata, desde el exterior; desde los EE.UU. nada menos, o sea, desde la nación que por fuerza es el principal complemento de una economía como la nuestra, incapaz de la autárquia económica.

Si el régimen cubano ha sobrevivido 25 años a 1989, solo se explica en un final por el mantenimiento y hasta endurecimiento del Embargo de los EE.UU.

Es innegable que ante el levantamiento del mismo el régimen no habría respondido sino con más desplantes, y para nada con una política respetuosa de los derechos políticos y civiles. Sin embargo, le habría resultado muy peligroso responder auto-bloqueándose, por lo que habría tenido que a la larga adaptarse a las nuevas condiciones y situaciones consecuentesa la desaparición del Embargo.

Cada medida en la dirección de un auto-bloqueo como respuesta, solo habría aumentado el descontento, al que en la nueva situación ya no habría manera de contener con argumentos de ciudad sitiada; porque sin sitio concreto ya no podría haberlos. Si estos argumentos, debido a su carácter tangible logran por lo general llegar a la embotada sensibilidad de las masas, y en consecuencia consiguen su apoyo para quienes los invocan, no ocurre lo mismo con los etéreos del tipo de los del “Carril Dos”. Las masas suelen estar predispuestas al tipo de enemigos que implica la ciudad sitiada, pero no a los de la “sutil penetración ideológica”, y sobre todo cuando esta última iría necesariamente acompañada de un considerable mejoramiento de sus condiciones de vida, ya que téngase presente que la eliminación del Embargo habría ocurrido en años en que solo se podía ya ir hacia arriba, como 1993.

Al régimen, por lo tanto le habría resultado imposible ponerle barreras al enorme flujo de personas, de información, de dinero y oportunidades, con los consiguientes intereses en su continuo engrosamiento que aquí surgirían, hasta en la misma nomenclatura. Como hemos visto de ninguna manera podía responderal levantamiento del Embargo con un auto-bloqueo, y debido a ello habría tenido necesariamente que cambiar. El totalitarismo habría sido lo primero arrasado por el torrente de la apertura, y su lugar lo habría ocupado un autoritarismo de partido único que muy poco habría tenidopara intentar permanecer, salvo el carisma de Fidel. Mas el carisma de Fidel mismo no habría conseguido sobrevivir a la larga con las fronteras abiertas de par en par y en una circunstancia en que lo cotidiano fuera lo habitual.Hombre de lo aislado y lo trascendental, también él pronto habría sido superado.

De hecho, si el Embargo se hubiera levantado en 1992, es muy poco probable que el régimen hubiese podido aguantar hasta que sus órganos de inteligencia consiguieran afirmar el régimen chavista en Venezuela. Es así casi seguro que Cuba hubiesecomenzado a transitar hacia la democracia antes del arribo del nuevo milenio.

Mas no sucedió de esa maneraademás de porque en general ni el público ni los políticos suelen aceptar nunca como eficaz o moral el uso de la paciencia,del más que empujar abrir cauces a las tendencias a colapsar inmanentes a ciertos regímenes, por la particularidad de tres posturas, que aun sin quererlo (o al menos eso pretenden sus sostenedores), contribuyeron a la ilógica persistencia de un régimen como el cubano: La de cierto sector de la política norteamericana que vivesu relación con Cuba de la misma forma guapetonil que los castristas viven la suya con ellos, o sea, que ceder, transar, no es una opción; lade unapoderosa porción de nuestros emigrados,quienes prefirieron pensar en términos de reclamación de bienes nacionalizados,y noen los de una democratización de la que no era seguro obtener todo lo que se esperaba si por el contrario se lograba arrodillar al país (más que a los Castros, no nos engañemos); y porque otro grupo considerable, por sobre todo entre la gran mayoría de los disidentes (con honorabilísimas excepciones: Payá, por ejemplo, aunque no el único), no se atrevían de ninguna manera a imaginar una política que los separara de ese sector anterior.

Esperar que con presiones exteriores sobre el régimen se logrealgo es contraproducente, no encaja con las mismas razones que se dan para no cambiar de las presiones a la paciente apertura de cauces a la inmanente tendencia del régimen a decaer: Hasta a un escolar le es evidente que a este no le gusta ser presionado, que en esa situación actúano de otra forma que enquistándose más y más. Pero es que además, actuando de esa manera se consigue a su vez solidarizar aún más a las masas con el régimen, ya no solo por su discurso de ciudad sitiada en el que se las presenta como las principales perjudicadas (en lo que, como vimos, hay al menos una pizca de razón), sino también porque los cubanos tendemos a ponernos siempre del lado del que es presionado.

Solo dándole sin precondiciones lo que no puede rechazar sin perder credibilidad, solo cediéndole lo que a la larga él no puede asimilar, se logrará democratizar a Cuba (aunque por desgracia, para mí también, por cierto, no es nada seguro que se obtengan restituciones de bienes nacionalizados). A no ser, claro, que como ya advirtió Yoani lo que se pretende no sea otra cosa que meterle presión a la caldera hasta que explote… Lo cual créanme, no le conviene a nadie, excepto a los elementos caóticos de nuestra sociedad (que no son pocos), o de las colindantes.

El régimen cubano ha organizado a la sociedad cubana de manera tal que cualquier apertura profunda hacia un mundo que en su momento pretendió superar, y del cual tanto se diferenció, implicará cambios en dicha sociedad que tarde o temprano la obliguen a desembarazarse del régimen, o a este a acomodarse a los mismos, en una medida que lo conducirían a una gradual ampliación de la soberanía, y por tanto a su desaparición. Cuba no es China, un estado de 1400 millones de habitantes que es capaz de dictarle sus condiciones al mundo, no es tampoco una nación no occidental como Vietnam, o un régimen autoritario con economía capitalista que sería capaz de asimilar, con total facilidad, aun los relativamente escasos flujos de capital que correrán hacia acá, o las consiguientes presiones que estos ejercerán para el establecimiento de legislaciones claras en lo económico, lo financiero, lo impositivo, pero también en lo civil, lo penal…

El régimen cubano no vive en la realidad del presente, y por tanto ha debido rodear a sus súbditos en un capullo de símbolos, en un país de fantasías de mal cartón que la primera brisa se llevará, si abrimos de par en par puertas y ventanas.

Hay algo más, y no lo menor: Pretender alcanzar la libertad mediante las presiones económicas de externos, además de no caber en nuestra naturaleza, es asumir, en el caso poco probable de que sirviera para algo, deudas de gratitud demasiado gravosas. No solo debemos pensar en comenzar la democratización, en buena medida porque su éxito dependerá de que tras el minuto cero logremos un país apto para aprovechar todas sus posibilidades de desarrollo, que no son pocas, por cierto, pero que dependen de nuestra independencia política.

Es además inmoral, porque supone utilizar la miseria de nuestra misma gente para conseguir lo que en todo caso nosotros, los que nos pretendemos líderes suyos, no hemos podido. Un político no está para obligar mediante coacciones a que las masas hagan lo que ellos consideren, a no ser que las coacciones empleadas sean de tipo moral, en que mediante el ejemplo personal se provoca la acción gracias a la vergüenza.

Alcanzar la democracia por nosotros mismos es posible, y al hablar de nosotros incluyo a todos los cubanos, vivan donde vivan. Es cierto que los de adentro no podemos prescindir de la solidaridad de otros países (si el régimen no nos ha fusilado a todos de una buena vez, no nos engañemos, es no por otra razón que por el miedo al escándalo internacional), o que los de afuera no pueden dejar de utilizar sus redes de influencia, pero lo que si no podemos es pretender que otra Nación nos haga lo que a nosotros, y solo a nosotros nos toca (es bueno recordar aquí que no solo hay cubanos emigrados en los EE.UU.). Más cuando los mismos mecanismos que pretendemos utilizar van tan en contra de nuestra naturaleza de pueblo atlántico, fundado sobre y por la aspiración al más completo intercambio con el mundo, y específico con nuestra civilización: la occidental.

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