Una pelea cubana contra la Calumnia.


José Gabriel Barrenechea.

Cierta tarde, ya muy difuminada en mi memoria, Hilda Ravilero, aquella dama de cuyos gestos y palabras no podía desprender mi atención cuando me sentaba, aun adolescente, a ver su programa en mi viejo televisor ruso, invitó a conversar creo recordar que a Raulito Roa. Todo es brumas en aquel programa, excepto un pequeño tramo, que ha quedado remachado en mi alma de cubano viejo. No recuerdo la pregunta que respondía, solo a, ¿Raúl Roa, el joven?, indicando para un rincóndel estudio:

-¿Ve esa maceta? Pues en ella hay más tierra que toda la que tenía Aureliano en Guatemala, o en cualquier parte.

Se refería, claro, a las tierras que según Eduardo Chibás el Secretario de Educación del gobierno de Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango, había comprado para sí en Guatemala con dinero robado a de dicha secretaría. Calumnia no inocente del “Adalid de Cuba”, que bien sabía que el dinero que en realidad haya se enviaba tenía no otro objeto que apoyar a la Guatemala de Arévalo, tan mal vista por ciertos sectores de la política y las finanzas americanas.

Eduardo Chibás, alguien que se daba un tiro cada vez que se le “perdía” una maleta, o temía no resultar electo a una Constituyente[i], el único político cubano de relieve que en el periodo auténtico se opuso abiertamente a ayudar al gobierno progresista de Arévalo, o a pedirle explicaciones a los americanos por su actuación en Puerto Rico. Eduardo Chibás, el mismo que un régimen que se pretendió y se pretende antiimperialista elevó desde un inicio a lo más alto de su Panteón Revolucionario, mientras a Aureliano, que nunca hizo del peculado o de la histeria política, solo le reservó la execración.

Y es que larga data tiene la calumnia en Cuba como forma de medro. Carpentier, al leer la papelería cubana del siglo XVI, conservada en los Archivos de Indias, señaló en su momento ese espíritu de “denuncia”, por lo general anónimo, casi siempre calumniosa, que todos practican contra todos en los albores de la Isla. Observación que Carpentier hace, y no por pura casualidad, a fines de los sesentas, cuando en Cuba ya existía una institución para promover, recoger y canalizar todas esas “informaciones” hacia los órganos represivos del régimen: Los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR.

La calumnia llegó a género literario durante nuestro siglo XIX. Sin embargo, aunque es en esencia de tema cubano, su autoría no procede casi nunca de la pluma de compatriotas nuestros, sino de españoles. Léase las Cartas Criollas para el Camagüey, o a autores como Vicente García Verdugo, Tesifonte Gallegos, Rafael Guerrero, F. Moreno con su Cuba y su Gente, a la que le respondiera don RaimundoCabrera en su sublime Cuba y sus jueces(alguien de quien se ha difamado mucho en la Cuba bajo ocupaciónde los mediocres, pero que padeció por su Patria lo que todos sus calumniadores juntos no han hecho nunca), por solo citar algunos de los que ahora tengo a mano.

Para el lector informado de hoy resulta inconcebible como se pudo entonces creer en tanta calumnia que publicó la prensa integrista. ¿Cómo se pudo dar crédito a que aquellos hombres, que antes de la guerra disfrutaban por lo general de una estándar de vida muchísimo más elevado y refinado que el de cualquier español contemporáneo, y que durante ella debieron sufrir la desnudez, el hambre, la intemperie, el exilio y la pobreza, que aquellos Aguileras, Eduardos Machados, Céspedes, Agramontes, Morales, Cisneros, lo sacrificaran todo solo por ser agentes fieles, valientes y decididos al servicio de Washington, del Presidente Ulises Grant y su secretario de estado MisterFish? Porque amigos míos, les informo que esa acusación no la inventó el actual régimen. Para comprobarlo les recomiendo que lean por ejemplo las memorias de Gerardo Machado, de la que podríamos extraer algunos fragmentos y publicarlos en Granma sin que para nada desentonaran(más adelante este blog publicará algunos).

Entre nosotros la calumnia no suele quitarle el sueño a sus autores. En Cuba todos estamos muy seguros de que la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado, y que si no le encontramos algún punto débil, vulnerable a nuestro contrario, se debe no a otra cosa que a su malévola capacidad para ocultarlo. Por ello, como no podemos permitir de ningún modo que este triunfe y consecuentemente el Mal se expanda, pues no hay que tener escrúpulos de ninguna especie ante cualquier recurso: Para algunos la calumnia es un deber, y por tanto el calumniador más que un inmoral es un héroe.

Pero también hay algo más. Los cubanos no parecemos conformarnos con las justas razones, al parecer necesitamos amontonarlas hasta ocultar lo combatido bajo una pila amorfa de ellas. Así, por ejemplo, para la generación que tumbó a Machado no bastaba con que este hubiera subvertido el orden constitucional, o el evidente desmande de sus órganos represivos. Del Machadato no podía quedar nada, y que mejor manera que enlodando hasta lo mejor de su periodo de gobierno (que como en todo hubo sus luces también), así surgió la leyenda negra de la carretera central: Está tuvo menos ancho que el proyectado porque lo que faltó fue al bolsillo de Machado y sus guatacas más próximos, Carlos Miguel de Céspedes, “Pepito” Izquierdo, Viriato…Leyenda que cualquiera puede comprobar falsa si dispone de tiempo para disfrutar de la lectura de Las Siete Maravillas de la Ingeniería Civil en Cuba, de don Juan de las Cuevas, y publicado por la Editorial Científico Técnica; en La Habana, no en Miami.

¿Qué hacer contra la calumnia? Pues un gran esfuerzo de atención por parte de cada uno de nosotros. De ese mal no nos defiende ninguna autoridad superior, o incluso suprahumana, porque de hecho semejantes “defensores” suelen establecerse o mantenerse gracias a ella. Somos los individuos, los ciudadanos, los que debemos defendernos individualmente de la calumnia y de quienes la utilizan para sus intereses. Somos nosotros los que debemos insistir en la presentación de los dichosos maletines con las pruebas dentro, o exigir qué como fuente válida no pueda citarse a un tío del señor que le vende el pan al primo de un emigrado que cierta vez nos salpicó con su carro al pasarnos por el lado en una tarde de lluvias.

 

 

[i]En su polémica con Aureliano,Chibás decía poseer en una maleta las pruebas de los robos de aquel. Presionado para presentarla, al no tener ninguna, por no haberlas, optó por una forma radical de calumnia: darse un tiro. Porque Chibás ya se había dado un tiro por el mismo lugar doce años antes, cuando temió no salir electo para la Constituyente del 40. Un segundo tiro en la ingle, con una trayectoria muy bien estudiada, que por desgracia se complicó a la semana.

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