Naturaleza de la Revolución Cubana.


José Gabriel Barrenechea.

Para quien conozca el negativo desempeño económico de Cuba durante el último medio siglo, la sobrevivencia hasta hoy de la clase política en el poder desde el 2 de enero de 1959 resulta una paradoja. ¿Cómo es que ha logrado permanecer allí, a pesar de la difícil coyuntura que le sobrevendría a raíz de la desaparición de la “comunidad socialista mundial”, la que, según el artículo 11 de la Constitución de 1976, era una de las premisas fundamentales de la independencia y desarrollo en todos los órdenes de la República de Cuba?

Tal paradoja debe de ser explicada si es que queremos pensar nuestro futuro; y para lograrlo, para comprender en esencia en qué ha consistido, cuáles son en un final sus claves profundas, nada mejor que ubicar al proceso revolucionario cubano en su correcto lugar dentro de otros procesos semejantes ocurridos durante el siglo XX.

Durante el mismo, lo fundamental político a escala global ha sido la contraofensiva del mundo periférico ante el avance globalizador que, bajo la égida del núcleo de occidente (Inglaterra, Francia, los EE.UU.), se había venido dando desde fines del siglo XVIII. En este sentido, los procesos soviético, chino o iraquí comparten la misma esencia última: La resistencia de lo que va quedando de las antiguas sociedades ancestrales y extraoccidentales, revitalizada por la que ahora ofrecen sus nuevas elites intelectuales, a medias occidentalizadas, ante el perfilamiento de un Estado o al menos un Mercado Mundial con su centro en las grandes capitales del mundo occidental.

El caso particular ruso, por ejemplo, es un ejemplo paradigmático de lo dicho arriba. Allí, en la coyuntura de una terrible crisis provocada por la evidente inferioridad rusa, cultural, económica y social, para enfrentar en una guerra a una nación occidental moderna, una minúscula minoría se ha hecho con el poder. Más que por cualquier otra consideración, lo ha logrado por una muy simple razón: Es la única facción política que ha admitido sacar al país de inmediato de la 1ª Guerra Mundial, sin cuidarse de la opinión de sus aliados franceses, británicos y norteamericanos. Actitud que le ganará el incondicional apoyo del gigantesco ejército no profesional, conformado en lo fundamental por reclutas campesinos, que en ese conflicto ha puesto la mitad de las bajas (de 8 millones de muertos, casi 4 corresponden al ejército ruso; aun cuando solo habrá peleado durante tres de los cuatro años que dura el conflicto). Apoyo que a partir del 7 de noviembre, al hacerse los bolcheviques con el poder en Petrogrado, se manifiesta de un modo harto suigeneris: los soldados demostrarán su apoyo a los bolcheviques nada menos que con los pies, ya que de inmediato los ejércitos comenzarán a ser desertados en masa.

El nuevo poder que se formará en Rusia a continuación no será uno de obreros y campesinos, aunque individualmente una parte de sus miembros provengan de dichas clases, sino el de una minoría consciente de la necesidad de modernizar al país, al menos en unos pocos aspectos claves para mantener viva una pretendida “rusidad” frente a los embates de la “occidentalidad”. Una nueva elite que justificará su existencia y poder ante la historia al mostrarse mucho más eficiente que la que le precedió en aprovechar, de lo creado por Occidente en la Modernidad, aquello que le es útil para mantener a la sociedad rusa atada a sus maneras ancestrales profundamente despóticas y antidemocráticas (industrialismo relacionado de modo directo con el abastecimiento del ejército y con su organización, técnicas policiales… pero también, y por sobre todo, una ideología tan ambigua como el marxismo, que a pesar de presentarse como la quintaesencia del progresismo, se demostrará en las realidades del siglo XX más útil para armar sociedades a la usanza faraónica que a la post-capitalista). Una elite que en definitiva cumple ese cometido casi tan eficientemente como la que encabezó Pedro el Grande, dos siglos antes.

Ahora, ¿preguntémonos si, contra la opinión general, cabe ubicar al proceso revolucionario cubano aquí, junto al ruso-soviético, y entre los procesos chino e iraquí?

Lo primero que nos saltará a la vista al compararlo con aquellos y en específico con el someramente analizado más arriba, es el hecho de la mucha mayor participación política en el nuestro. Si en el ruso-soviético son unas minorías que ganan el poder mediante promesas sencillas, prosaicas si se quiere (pan, paz y tierra), en medio de una situación de crisis profunda y lo fundamental, palpable, para ejercerlo casi en seguida en solitario, y por medio del terror indiscriminado, en Cuba no ocurre de igual modo: el poder se ha establecido no mediante una hábil componenda política armada sobre el hambre o las vicisitudes de una guerra atroz, sino gracias a la anuencia consciente de una mayoría de la población (quien lo dude puede consultar los surveys de la revista Bohemia, a inicios y mediados de 1959).

La diferencia esencial, la que sitúa al proceso cubano en otro grupo muy distinto, es que al contrario de la a medias asiática Rusia, por no decir China o Iraq, Cuba es una nación occidental, con un maduro proceso de individuación. Solo que una nación occidental secundaria, pequeña, de escasa población, incapacitada para la autarquía económica y a la vista casi de las costas de la que, a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, se haya llamada a convertirse en la nación central del proceso globalizador: Los EE.UU. Y esta diferencia en cuanto a niveles de individuación se nos transparenta en que si, como entrevimos, en Rusia la conciencia de la desventaja y relegación nacional por el avance de un proceso homogeneizador no concebido desde la “rusidad”, sino desde la “occidentalidad”, solo se dan en una minoría, muchos de los miembros de la cual, por otra parte, solo llegan a esa conciencia en medio y a consecuencia de su ejercicio del poder, en Cuba la conciencia de la inferioridad de facto del cubano ante una de las facetas de lo occidental, lo americano, es más bien un (re)sentimiento nacional a partir de 1901.

A diferencia del ruso, cuyo completo mundo coincide con la docena de verstas cuadradas de tierra en que se desenvuelve su vida, el cubano, cuyos ascendientes en algún momento han cruzado al menos un océano, lo fue desde un inicio por su ansia consciente de abrirse al mundo, por su clara aspiración a desembarazarse de los rígidos corsés que le imponía la mentalidad española. Y en la concreta satisfacción de tal ansia, no es extraño que comenzáramos a crearnos a conciencia una idiosincrasia propia que completara la que ya de hecho iba distinguiéndonos de matritenses, sevillanos, leoneses o aun canarios. Lo que conllevó a su vez buscar modelos más allá de nuestras costas en aspectos no tan prosaicos y automáticos como el comer, el andar o el decir. Así, por ejemplo, los proyectos políticos y económicos cubanos de mediados del siglo XIX, que mantendrán de alguna manera su vigencia hasta los primeros años del XX (con exactitud hasta la crisis financiera de 1920, que dio fin a las “vacas gordas” y comienzo a las “flacas”), imitarán abiertamente primero, y hallarán luego su inspiración en las formas que la política y la economía han adoptado en la única nación americana independiente que no ha terminado en un estado fallido para esa fecha, y en que sus habitantes viven constatablemente mucho mejor que sus ancestros de antes de la independencia: los Estados Unidos de América.

Y es en la búsqueda de realizar dichos proyectos políticos y económicos que nos habremos de lanzar a nuestra Guerra de los Treinta Años (1868-1898) por la independencia. Guerra sin comparación posible en las guerras humanas, por sus marcadas desproporciones en contra nuestra, y que en justicia nos hará creer merecedores de situarnos entre las naciones líderes a nivel mundial.Guerra, sin embargo, de la que saldremos con el monumental fiasco en que terminará convirtiéndose la Intervención de 1898 para 1901: Nuestro paradigma político y económico, en el cual habíamos buscado los modelos de civilización y modernidad que contraponer a la medievalidad española, nos decepcionara muy a lo profundo al demostrar con la Enmienda Platt que no nos creen capaces de seguir su misma senda por nosotros mismos.

Desilusión que es incluso perceptible en la obra de un confeso anexionista como José Ignacio Rodríguez, quien en Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América no se ha propuesto en sí propagandizar dicha idea, sino más bien poner frente a frente los modelos de unión americano-cubana prevalecientes antes de 1860, y de los cuales los Informes presentados respectivamente a la Cámara y el Senado el 24 de enero de 1859 constituyen su expresión más acabada, con los que propugnaban para la fecha de composición de la obra (1899) “McKinley y sus amigos”. Modelos aquellos primeros en los que los “partidarios (cubanos) de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo”, ya “que por medio de aquella (la anexión de aquellos modos) podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, muy al contrario de lo que ocurría con los últimos, encaminados más bien hacia la consecución de una Isla “gobernada militarmente, como colonia, o (considerada como) posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos”, y que por tanto resultaban inaceptables a los anexionistas que mantenían dicha posición por patriotismo.

Es por ello que a partir de 1901 y actuando como si en verdad la telaraña de los poderes mundiales estuviese organizada a modo de un justo mecanismo de premio y castigo, premiando primero que nada las virtudes guerreras y los méritos bélicos de cada pueblo, y no como casi siempre en la realidad, lo abrumador de los números geográficos o censuales, o las bondades del subsuelo, los cubanos, creyéndose víctimas de un malintencionado despojo, serán cubanos por esa sorda aspiración que alienta en lo profundo de todos sus corazones a reponerse al lugar que creen merecer en la mentada telaraña. Lugar que como condición sine qua non deberá ponerlos a un mismo nivel con los americanos. Aspiración o más bien sentimiento, no obstante, que aunque corroe el alma, todos lo tienen por irrealizable… al menos hasta la llegada al poder de un individuo, gústenos o no, excepcional: Fidel Castro Ruz.

Desechado por tanto el intento de clasificar al proceso revolucionario cubano dentro del grupo de aquellos procesos en que ciertas elites semi-occidentalizadas tratan de aprovechar algo de la occidentalización para evitar que sus culturas no occidentales sean relegadas en las escalas del poder mundial, o incluso absorbidas, se impone continuar buscándole una mejor ubicación. En este sentido, si logramos desprendernos de ciertos prejuicios, veremos que solo otro proceso en el siglo XX ha generado una semejante disposición colectiva e individual a la inmolación, a semejanza de la vivida en esta Isla durante 1961 y 1962: el proceso nacionalsocialista alemán.

Y es que en ambos procesos, sobre algunas diferencias significativas, como la de que en el cubano lo racional, al menos al nivel de discurso, predomina sobre lo irracional, se advierten a primera vista innumerables semejanzas:

Ambos ocurren en naciones occidentales, aunque no del núcleo, que por su pasado y por su espíritu se creen merecedoras de una mejor posición en las telarañas de ese poder mundial que se globaliza. En el caso alemán solo recordaremos la larguísima tradición del Sacro Imperio Romano-Germánico, al cual durante siglos, al menos en teoría, se subordinaba hasta el poderoso Reino de Francia.

En el nuestro, además de lo más arriba referido, es bueno entender que Cuba, y por sobre todo La Habana, ha sido durante casi doscientos años el único pedazo de lo que fuera el imperio español que ha continuado viviendo como tal. Su único centro expansivo no anquilosado. Desde el cual se ha asestado la única gran derrota que España le infrigiera a los nuevos imperios europeos, que en los siglos XVII y XVIII pujan por despojarla de sus dominios: La que terminó por propinarle el corso cubano a las piraterías y el corso de ingleses, franceses y proto-americanos. O que la única clase “tercermundista” que ha levantado una economía de plantación con recursos propios ha sido la de nuestros denostados “sacarócratas” de fines del Siglo de las Luces y principios del XIX: La sin comparación hemisférica Generación de 1792.

Naciones que, por otra parte, han tenido como modelo intelectual a otra más hacia el centro de occidente, pero las cuales, con sus actos hacia ellas, han terminado desilusionándolas de muerte en algún momento. En el caso alemán, la Francia revolucionaria, que con su maniquea identificación de lo germano con lo aristocrático y lo feudal, en contraposición a lo celta como lo popular y moderno, pero por sobre todo con el concreto expansionismo napoleónico del otro lado del Rin, terminará inspirando Los Discursos a la Nación Alemana, de Fichte, y luego la jerigonza oracular de Hegel; primer fundamento histórico del futuro nazismo. En el cubano, ya nos hemos referido más arriba a nuestra singular relación espiritual con losamericanos.

Ambos ocurren como resultado del desgaste de avanzados intentos democrático-constitucionales. Desgaste achacable más que a las propias falencias de dichos intentos (que en ambos casos las hay, sin dudas), a las expectativas nada realistas que en ellos ha puesto la mayoría nacional. Expectativas que se encuentran fuertemente predeterminadas por la exagerada idea que dichas mayorías tienen de la posición que debe merecer su nación en el contexto internacional, e incluso, para ciertos sectores intelectuales, por la creencia consciente en un destino que su nación debe cumplir en dicho contexto.

Por tanto, conceptualizando podemos decir que el proceso cubano pertenece más bien al de aquellas naciones occidentales relegadas a un papel secundario en la globalización occidentalizante, y que poseedoras a su vez de un pasado imperial, han intentado revertir esa situación.

Hay una semejanza más entre los procesos alemán y cubano, que de ningún modo puede pasarse por alto:

Por lo general los políticos en naciones con gran influencia de las masas en el poder, como lo es Cuba aun bajo la dictadura de Fulgencio Batista, por no hablar en el periodo auténtico-repúblicano, o Alemania bajo la República de Weimar, tienden a contrapesar, poner diques a las ansias reivindicativas nacionalistas de dichas masas, que ellos perciben atinadamente como potenciales desbordamientos sumamente peligrosos para el futuro de la Nación. Suelen, por lo tanto, cortar las alas de los sueños nacionales para que no terminen convirtiéndose en delirios colectivos. Y es ello algo que se cumple en la aplastante mayoría de los políticos, y de sus decisiones particulares.

En la minúscula fracción restante, nos encontramos con individuos como Adolfo Hitler y Fidel Castro.

Ambos, a su asunción del poder, darán curso abierto a las aspiraciones nacionales constreñidas (pero por sobre todo Fidel, por su negativa casi total a pactar con nadie que las pueda mediar: él nunca pactará con los grandes capitanes de la industria o las finanzas, como si lo hará el Führer, y cuando lo haga con la URSS, lo hará no obstante con los dedos cruzados a la espalda). Serán de hecho los arietes que, con la pasión de sus nada ortodoxas oratorias que enredan y elevan a planos extracotidianos a sus oyentes-seguidores, derribarán todas las posibles reservas, racionales o irracionales, de la gran masa nacional, e incluso las de muchos individuos que poco antes se enorgullecían de su escepticismo metódico.

El proceso revolucionario cubano puede así reducirse a que las mayorías nacionales, asqueadas de la política democrático-social de los cuarentas, que no acierta a ponerlas a vivir, de golpe, porrazo y sin esfuerzo, en un paraíso por demás completamente aislado de cualquier influencia exterior, cual si estuviera ubicada en la cara contraria de la Luna, optan por deshacerse de dicha política. Pero como sin política ninguna sociedad puede vivir, lo que en verdad hacen es dejarla por completo en manos de un ser percibido como sobrehumano; todo pureza y desinterés. El mismo que a su vez resulta ser el primer gobernante en cincuenta años de República que se muestra dispuesto a llevar adelante las desmedidas aspiraciones de las mayorías nacionales.

O sea a la auto-identificación de una nación occidental secundaria, pero con una visión de sí misma particularmente desmesurada, con un individuo extraordinario: Fidel Castro Ruz.

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