About hidalgoruralcubano

Vivo en Encrucijada, pueblo de Villa Clara, al centro de Cuba junto a mis ancianos padres. Devolver a mi país un instrumento democrático como la Constitución de 1940 y hacerlo valer, es mi más caro sueño. Escribo mis artículos en diversas publicaciones independientes dentro de Cuba y ahora en mi blog. Pueden contactarme vía telefónica a mi móvil dentro de Cuba +5358721654 o escribirme a mi correo electrónico: jgabriel@nauta.cu

La real naturaleza del Arma Sónica.

¿Ha pensado alguien en que quizás lo sucedido a los diplomáticos americanos y canadienses se deba, simple y llanamente, a la ubicua presencia del reguetón en nuestros espacios públicos y privados?

Yo mismo he sufrido esos tan publicitados síntomas de que ahora tanto se habla y escribe. Sin ir muy lejos, la semana pasada cogí una guagua en la que para conseguir avisarle de la próxima parada al guagüero había que hacerlo a grito pelado. Solo así, y desde muy cerca, casi en su oreja misma, lograba uno sobreponerse al escándalo reguetonero para comunicarse con quien, desde unos bafles aleatoria y asimétricamente situados por todo el vehículo, nos atormentaba a algunos. Que no todos, no obstante: No, por ejemplo, a la “señorita” vestida a lo guacamaya amazónica, que con mirada bovina mascaba un chicle mientras hacia el viaje trepada sobre mi pie izquierdo.

Al lograr escapar de la reguetoneroteca móvil confieso me sentí bastante desorientado. Aclaro que no solo porque el guagüero me hubiera dejado a varias cuadras de la parada oficial. Incluso, ya en tierra tuve mi ligero vahído, que me obligó a agarrarme por algún rato de una de esas barandas habaneras que lo menos que le inspiran a uno, miradas de cerca, es alguna sensación de estabilidad.

No conozco de estudios serios al respecto, pero estoy seguro de que la exposición al reguetón provoca caídas catastróficas de nuestra capacidad intelectual. Y que la exposición continuada hace irreversibles tales desplomes. No tiene usted más que interactuar algún rato con un fan de ese “género musical” (solo cinco minutos, por favor, no se arriesgue) para constatarlo.

Es cierto que puede ser que en gran medida la razón de la baja capacidad intelectual de los reguetonero-dependientes se encuentre en que son precisamente los individuos con tales cortedades quienes se afilian al “movimiento”. Mas, profesor de preuniversitario por muchos años, puedo dar fe de algún que otro adolescente de mi contorno, a quienes el deseo de resultar aceptados por los de su generación los llevó a consumir reguetón. En tales casos el efecto fue rápido. Muchachos con una riqueza verbal, y una capacidad para resolver ecuaciones de segundo grado, casi sin mirarlas, que lo hacían a uno llenarse de optimismo por el futuro de la Patria, al presente hablan con monosílabos y gruñidos y sudan la gota gorda para determinar que tres por ocho es veinticinco (perdónenme ustedes, es que mi vecino acaba de reasumir su auto impuesta tarea de promocionar en nuestro vecindario la… “obra” de un tal Yumil, Yocién o cualquier nombre irrecordable por ese estilo).

En general el reguetón, un arma desarrollada por la Seguridad del Estado en cierta y muy mentada “oficina secreta”, para acabar de erradicar definitivamente de Cuba a la muy odiada por los segurosos plaga de los “inteligenticos”, provoca una rápida involución humana. O lo que es lo mismo, hace retroceder al ser humano al estado anterior evolutivo, el del simio. Solo tiene usted que observar la gestualidad de un reguetonero-dependiente, y a seguido compararla con la de los monos del Zoológico de 26 (el otro está demasiado lejos), para darse plena cuenta sobre de qué hablamos.

En consecuencia, suponer que el reguetón sea el responsable real de las tan llevadas y traídas agresiones sonoras no resulta una hipótesis tan descabellada: En un final los síntomas sufridos por los diplomáticos mencionados, absolutamente todos, coinciden con los que provoca la exposición continuada al reguetón; y este suena, mejor, atruena, en todos los espacios cubanos, desde el paladar común hasta en los audífonos de la recepcionista en el Consejo de Estado, desde el aula magna de la UH en día de fiesta hasta en los hoteles cinco estrellas del Vedado, regentados por algún rubito de Cabaigúan, desde el barrio de la República Independiente de la Cuevita, en que mal se vive, hasta aquellos otros en que, felices y a la caza de mulaticas, habitan los compañeros diplomáticos destacados en este país bullero y para nada respetuoso de la intimidad ajena. Se dan las condiciones para al menos ubicarlo muy arriba en la lista de sospechosos.

En este sentido creo que, contrario a lo que pensaran algunos, que sé hasta habrán respirado aliviados con mi suposición, el que el reguetón sea el “arma sónica” tan buscada en los pasados meses implica un más grave peligro para nuestro país que si la tal arma fuese el dispositivo ultra sofísticado, en manos de algún tenebroso grupo de segurosos disgustados con la apertura a los EE.UU., con que tanto se ha especulado. No solo por el peligro que representa su actual uso indiscriminado al interior de Cuba, al amenazar con convertir a la Nación Cubana en un gran atajo de monos antropomorfos y con paradójicas tendencias metrosexuales. Más que nada por la real amenaza de que los americanos, dirigidos ahora por un presidente tan loco como el Zaphod Beeblebrox de las novelas de Douglas Adams, decidan que no puede permitirse que, a menos de 90 millas de sus costas, un país compuesto de individuos en rápido proceso de involución posea un arma tan terrible.

Afirmo, por lo tanto, que las campañas que contra el reguetón ha lanzado durante años el compañero Abel Prieto, sin que sin embargo se le haga mucho caso por el grueso de la castro-cacocracia dirigente, tienen en sí una importancia más vital para el futuro de nuestra Patria de lo que el propio peludo y dientuso personaje alcanzaría a suponer. Es por ello que, al menos en esto de la lucha sin cuartel contra el reguetón, me uno a sus esfuerzos patrióticos (aclaro, no a los logreros). Y además hago esta propuesta: Recuperar aquellas Patrullas Click que en los setentas iban casa por casa, sin muchas consideraciones por la intimidad ajena, apagándoles a los vecinos las luces innecesariamente encendidas. Solo que ahora en lugar de los pioneritos que integraban aquellas, conformarlas con muchachones de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), y que en lugar de dedicarse a apagar luces innecesarias, lo hagan con cuanto equipo de reproducción de sonido, radio, computadora o televisor, atruene con un reguetón el sacrosanto espacio sonoro de la Patria.

No propongo usar para ese trabajo a los conocidos drones, nuestros fornidos y golondrinosos muchachones de los cuerpos anti motines, porque como es sabido para ellos, en el interior de esas estrechísimas cabecitas suyas, comprimidas por demás por sus minúsculas boinas prietas, hasta el Himno Nacional suena con ritmo de reguetón.

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Para en verdad alterar el “Orden Público”.

por José Gabriel Barrenechea (también publicado en Neo Club Press:  )

BSNT0mDmEl siguiente trabajo había sido desechado por mí desde más o menos finales julio, principios de agosto. Formaba parte de un tipo de periodismo a lo Enrique de la Osa al que ni la prudencia en un país como el mío, ni cierta repugnancia mía por la “chismografía”, me aconsejaban echar mano. No obstante, el reciente intento de la Seguridad del Estado de obligarme a cooperar amenazándome con el aquello de que a mi esposa “podía pasarle algo”, al volver de un reciente viaje a Brasil en que participó de unos encuentros de la sociedad civil cristiana, y sobre todo su bien conseguido propósito de aterrar a mi madre, de 77 años, enferma del corazón y que sobrevive al suicidio de su otro hijo, mi hermano Jorge Luís Barrenechea, me liberan de escrúpulos. Al interactuar con las autoridades políticas de este país y sus esbirros del G-2 no se trata con caballeros, sino con el peor y más bajo elemento. A fin de cuentas, por lo tanto, no hay que guardar ninguna consideración con ellos.

 

No sé si todavía será así, pero allá por febrero de 2013 al primer secretario del PCC en Villa Clara se lo llamaba, en los ámbitos gubernamentales habaneros, “Julito Parquesito” (el compañero Julio Lima Corzo). Claro está que por su desmedida preocupación porque el Parque Vidal de Santa Clara, la vitrina de la provincia, luciera de modo que los visitantes se llevaran una imagen de esta, y de la labor de su primer secretario, lo más conveniente posible.

Que el resto de la provincia retrocediera bajo su “gobierno”, desde por ejemplo la posición de ciudad más limpia del país, que Santa Clara ostentó durante los noventas y principios del nuevo milenio, no importaba. La basura podía ahogar a los vecinos del reparto José Martí, pero en el parque de Julito no: Para ello una de las primeras medidas de este redondeado personaje fue comisionar todo un ejército de barrenderos solo para el centro de la ciudad.

El problema, sin embargo, es que Julito, cuyo único mérito es pertenecer a un clan familiar valido de Machado Ventura, ha dado ahora en la megalomanía. Así, ya parece no bastarle con el Parque Vidal, y por ello ha emprendido un extenso, y costoso, programa de obras públicas a través de toda Villa Clara[i]. Asistimos de este modo al desbarate de parques, mercados y otros sitios públicos, para su reconstrucción posterior. Solo que en tal operación, los encargados de la misma, dignos émulos de su jefe, que fue quién a fin de cuentas los seleccionó, o por lo menos mantuvo en sus cargos, suelen dejar las cosas peor…

Buen ejemplo de lo anterior es el parque principal de Encrucijada. Un mal día los encrucijadenses amanecieron con la imagen de una motoniveladora tumbando asientos y matas en él. Todo bajo la mirada de las Máximas Autoridades del municipio. Entiéndase, la anodina compañera primera secretaria del PCC y el compañero presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular. Por cierto, que de este último no termino de entender por qué los guasones del municipio insisten en decirme que es descendiente del general Alemán, patriota calabaceño, que dejó por allá por La Habana a un vástago suyo, que llegó a ministro de educación del segundo gobierno de Grau San Martín. Quizás sea, pienso yo, porque confunden a aquel general independentista, José Braulio Alemán, con “Chuchú” Monteagudo, otro general de nuestra última guerra de independencia, pero este nacido en Santa Clara. En todo caso no me canso de aclararles a tan mal informados vecinos que nuestro actual presidente municipal no tiene ninguna relación con ninguno de los dos.

La idea era desbaratar medio pueblo para extender la Plaza “Abel Santamaría” hasta casi los 200 metros de largo. Todo para preparar las condiciones para celebrar el 90 aniversario del nacimiento del mártir revolucionario, en que se espera la asistencia de alguien “grande de La Habana”. Mas, como resultan las cosas cuando personajes semejantes a los hasta ahora descritos andan al mando, poco después del alegre y para nada reflexionado desbarate aparecieron las primeras dificultades. Militantes de base del PCC hicieron llegar sus quejas por lo disparatado de lo hecho, y más que nada por lo por hacer: Echar abajo una pescadería, unos baños públicos y hasta reubicar una tienda, para lo que hubo que emprender además otras destrucciones, ahora de un mercado agropecuario. Todo lo cual en tiempos en que los materiales de construcción no abundan, y en que más de medio país habita en condiciones no muy presentables, no se justificaba para los tales militantes. Pero lo que vino a ponerle la tapa al pomo fue el imprevisto, para nada imprevisto bajo un regimen como el raulato, de que si en un primer momento desde las instancias superiores al parecer se habían prometido villas y castillos, o al menos así lo habían interpretado los cuadros del municipio, en la práctica solo comenzaban a llegar bohios.

En esta situación la faraónica obra debió rebajar sus humos. Por lo que para cuando se comenzó la reconstrucción del parque los vecinos no tardaron en descubrir que no habría cambios que justificaran el desbarate anterior. Ni se podría alargar la Plaza, ya que los edificios de la pescadería, la tienda o los baños quedarían en pie, ni en general habría cambios significativos con respecto al anterior diseño. Pero sobre todo estaba el hecho de que por la sombra que por años habían dejado los árboles derribados habría que esperar ahora al menos una década. O sea, el tiempo que tardarían los nuevos, trasplantados todavía con tamaño de arbusto, para crecer hasta la altura y frondosidad correspondiente. En el único lugar donde los encrucijadenses y nuestros visitantes esperamos, durante indeterminados periodos de tiempo, para conseguir abordar la mayor parte del transporte que sale de este pueblo.

Se imaginará que la opinión pública, aunque por supuesto expresada a sottovoce, que para algo por ahí anda muy atento en su jeep el compañero mayor Marantes (en definitiva para que no haya opinión pública, ni consiguientemente control popular), no pueda ser más negativa sobre las “obras”. Y es que como las mismas han estado a la vista de todos, en lugar centrico, el pueblo ha llegado a enterarse de que algunas partes del proyecto desgraciadamente debieron prescindir de cabillas en sus bases, no se sabe si por sabotaje contrarrevolucionario o por desvío de recursos.

En todo caso esta situación no es nueva en Encrucijada. Poco después de triunfar la Revolución, uno de aquellos designados comisionados municipales, que vinieron a sustituir a los electos alcaldes, decidió que había que construir un hotel “más mejor entodavía” que el que ya tenía el pueblo. El paso siguiente fue entrarle a mandarria. Por desgracia una amenaza de invasión imperialista, una zafra o vaya a saberse que contingencia, revolucionaria, obligaron a dejar en pie el cascarón del edificio, que en su momento fue uno de los mejores hoteles de Las Villas. Más de cincuenta años después ese cascarón del Hotel Alvaré sigue en pie en medio de Encrucijada, como un monumento silencioso.

Mucho tememos los encrucijadenses que algo semejante ocurra con el nuevo parque.

[i] Las malas lenguas del medio periodístico afirman que el inicio de todo este programa de desbarate y reconstrucción, pero con la mitad del cemento correspondiente, se originó a resultas de una queja del primer secretario del PCC de Santiago de Cuba. Este habría puesto en dudas la desición de las autoridades habaneras correspondientes de que Villa Clara resultara seleccionada como la provincia más destacada en cuanto al estado y funcionamiento de sus mercados agropecuarios. La respuesta de los valedores habaneros de nuestro primer secretario fue instarlo a comenzar las reconstrucciones correspondientes, antes de que ellos mismos enviaran la comisión correspondiente a analizar la validez o no de la queja.

Para no escapar de las fauces del Tiranosaurio e ir a caer en las del Tiburón Blanco.

por José Gabriel Barrenechea.

En internet se encuentran toneladas de información sobre cualquiera de las muchas persecuciones o masacres llevadas adelante por comunistas. En contraste, lo que puede encontrarse de la masacre anticomunista en Indonesia, entre 1965 y 1966, no llega ni al peso de lo que de café-chícharo-desechos radiactivos entrega el gobierno raulista a su población como parte de la cuota normada de ese “producto”: menos de una libra mal despachada. Por ejemplo, Wikipedia le dedica casi 5000 palabras a la Masacre de Batavia, que en un mes y medio cumplirá 277 años, y en contraste solo cuatro líneas, dentro de un artículo genérico: Matanzas Anticomunistas, a la que no tiene medio siglo y que dejó 100 veces más víctimas.

¿Cómo explicar tan desproporcionada diferencia de dimensiones entre los artículos que la más frecuentada enciclopedia colaborativa en línea le dedica al exterminio de 10 000 chinos, ordenado por un olvidado Adriaan Valckenier, allá por 1740, y al holocausto de un millón de comunistas indonesios, bajo inspiración norteamericana y ejecutoria de su lacayo Suharto, hace tan solo 51 años?

No creo que debamos asombrarnos de que para algunos el que nuestra civilización esté fundada en la hipocresía y el doble discurso sea una certeza. No creo que debamos asombrarnos, en consecuencia, de que personajes como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o el loco ese de Nicaragua, consigan que sus discursos políticos resulten creíbles para una considerable parte del público.

En realidad si usted o yo fuésemos descendientes de alguno de aquellos masacrados, ante tan evidente ejercicio de invisibilización de una de las masacres más grandes del Siglo XX, no creo que dejaríamos de creer a pies juntillas en esos discursos, y hasta a morir y matar por ellos. La constatación de que, para un sector nada despreciable de la opinión pública, por el simple hecho de ser comunistas se justificaba el exterminio de nuestros ancestros, no creo que tendría otro resultado posible en nuestras afiliaciones y actitudes políticas.

Pero no debemos asombrarnos porque en definitiva es verdad: Nuestra civilización está fundada en la hipocresía y el doble discurso. Adolfo Hitler no decía más que una verdad del tamaño de un templo cuando afirmaba que lo que ellos, los nazis, hacían en los territorios del Este Europeo era ni más ni menos que lo mismo que los anglosajones habían venido haciendo en todo el mundo desde 1600. Solo que con un poco de más de racionalidad, alemana, y hasta de humanidad. Afirmación mía a la que creo que nadie se podrá oponer, porque no es lo mismo que te aten a la boca de un cañón para matarte al dispararlo, como solían hacer los civilizados ingleses en la India todavía en 1857, a que te encierren en un baño y te gaseen sin que te des clara cuenta de que estás muriendo. Yo, por lo menos, prefiero lo segundo. No solo como espectador, sino hasta como víctima.

En todo caso el tipo de sociedad mundial al que aspiraba ese admirador de Albión que era Adolfo Hitler, en que los alemanes y los pueblos de sangre germánica ocuparan la cúspide de la escala social mundial, no era más que una copia del instaurado por la administración colonial inglesa en la India.

Ahora, el descubrimiento de ese doble discurso hipócrita no debe conducirnos a semejantes refugios. No es siguiendo a personajes como Fidel Castro o Adolf Hitler que solucionaremos el problema. Tal solución solo lo continúa. Escapar de la Alemania Nazi para irse a refugiar en la Rusia de Stalin no hubiera sido más que como saltar de entre las mandíbulas de un Tiranosaurio Rex para esconderse entre las de un tiburón blanco. Mucho menos aconsejable hubiera sido eludir los procesos de McCarthy al buscar refugio entre los faldones de Mao (a ningún intelectual norteamericano, ni aun los más radicales, se le ocurrió semejante disparate).

La credibilidad de los demócratas queda seriamente afectada por actitudes como la reflejada por el diferente tratamiento mediático de las dos masacres indonesias mencionadas. Y en las revueltas aguas que fluyen cuando los tales diques de credibilidad se rompen prosperan toda clase de alimañas.

No debemos, ni podemos, callar los crímenes, mucho menos cuando supuestamente se cometen en nombre de la Libertad. Esa es la única actitud posible.

La Historia podrá ser por siempre el conjunto de mentiras consensuadas al que se refería Napoleón. Esto, gracias a Dios o vaya a saberse a qué, nos crea el escenario ideal para ese martirio que es siempre ejercer nuestro deber de ser Libres.

Por lo pronto, amigo lector, tú que a diferencia de mí tienes acceso pleno a internet, ¿no podrías ejercer ese deber y subir a la Wikipedia algún buen artículo sobre las infames matanzas indonesias de 1965 a 1966?

¿Disidente sexual?

por José Gabriel Barrenechea.

Mariela Castro en la marcha anual contra la homofobia y la transfobia de La Habana.

Mariela Castro en la marcha anual contra la homofobia y la transfobia de La Habana.

Los medios de cierta izquierda (Telesur) usan ahora del término “disidente sexual”.

Señalaré solo una diferencia entre el disidente a secas y ese supuesto disidente sexual: El primero lo es tal en virtud de haber sido marginado, en alguna medida o de alguna forma, de participar en la toma de las decisiones que importan a la sociedad en conjunto. El segundo, al restringirse colocándole un adjetivo a su disidencia, solo puede reclamar el haber sido marginado al no permitírsele vivir según una de sus tendencias propias.

O sea, el primero reclama participar en la vida social como un igual, el segundo tener un espacio de derechos en que pueda vivir su vida sin ser molestado. Usando de la conocida distinción que hace Benjamín Constant en su ensayo Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos, podemos afirmar que mientras al disidente protesta porque se le ha coartado la primera forma de libertad, la de participar activamente en la toma de decisiones en su sociedad, al “disidente sexual” se le coarta la segunda, la de tener un espacio de derechos que le permitan vivir su vida sin interferencias sociales. Lo que implica que el tal disidente sexual de Telesur, y de cierta izquierda no muy consecuente, lo es por reclamar una libertad burguesa…

Para que se entienda: El disidente sexual, a menos que su objetivo no sea otro que imponernos su elección sexual como la única válida, no es tal; y aun en ese caso y con semejante aspiración impositiva resulta evidente que él tal individuo podrá ser llamado profeta, dogmático, autoritario… pero nunca disidente.

Solo existen disidentes, sin calificativos. Individuos que desean participar en la toma de decisiones en su sociedad, principalmente para lograr que esas, sus sociedades, terminen por aceptar y adoptar la segunda forma de libertad. Sobre todo porque advierten que ese deseo de participar les ha nacido de un espacio de libertad que ellos han sabido mantener abierto en medio de una sociedad negada a permitirlos, y entienden en consecuencia que solo desde esos espacios puede hablarse de una real participación en la sociedad. Lo que los lleva a promover por sobre todo el que los derechos humanos, o los espacios humanos de derechos, sean adoptados en el núcleo cultural de la sociedad en cuestión.

De la imposibilidad de ser homosexual.

por José Gabriel Barrenechea.

subversivas_08Definirnos en la soledad de nuestro ensimismamiento como homosexuales es en sí imposible.

No es solo que nuestra vida se desarrolle siempre, aun en el caso de la del más obseso, en una innumerable multitud de planos, lo que equivale a que al priorizar uno de ellos nos unidimensionalizamos irremediablemente, nos angostamos hasta la sequedad. Si no que en esencia nuestra vida real y última es aquella que encontramos en la más completa soledad, en el total ensimismamiento. Y al habitar en el plano sexual no es allí adonde llegamos. En este plano los demás no pueden faltar, de uno u otro modo (nadie se satisface sexualmente en soledad a menos que tenga en su mente la representación idealizada de un Otro o de una Otra). Solo cuando abandonamos el plano sexual por uno más esencial, en que nos descubrimos como lo único realmente existente, y en que todo lo demás encuentra su ubicación, somos nosotros mismos.

De hecho resulta evidente que todo hombre que se identifica obsesivamente en base a su sexualidad demuestra que es incapaz de llegar muy lejos en su ensimismamiento. Por lo tanto que es incapaz de llegar a lo más profundo de sí mismo, a ese estado en que todo se puede poner en duda, primer paso en la búsqueda individual de la verdad.

La única forma real de buscarla, por demás sea dicho.

¿Se es, homosexual?

por José Gabriel Barrenechea.

El segundo sexo - portadaResulta contraproducente que en una sociedad como la occidental en que la mujer ha luchado y aún lucha por ser algo más que un ser sexuado, en que se ha escrito con ese loable fin un ensayo tan trascendente, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, ahora algunos elementos de esa misma sociedad pretendan identificarse precisamente en función de algo tan secundario como su orientación sexual.

Partamos de que no es lo mismo ser cocinero que ser homosexual. Ser cocinero es ser definido y a la vez definirme en base a mi servicio a la sociedad. Yo soy alguien que prepara comida para los demás, y en base a ello soy identificado por ellos. Lo mismo cuando se es enfermero, soldado, maestro… Son los demás, en definitiva, quienes me identifican tomando en cuenta mi actividad que más importa para ellos.

Sin dudas los hombres somos un montón infinito de cosas, en base a nuestra actividad que se desarrolla en infinidad de planos simultáneos, pero al menos cuando salimos de nuestro ensimismamiento hacia la alteración de la vida social, somos más que nada esa actividad mediante la cual servimos a la colectividad. Esa es nuestra esencia social, la que no deja de ir acompañada de multitud de accidentes, pero que en esencia son sobre todo asunto nuestro, en nuestra soledad esencial.

Ser homosexual, por lo tanto, es algo personal, y a nivel social ser identificado por lo demás como tal implica por sobre todo una forma de discriminación: Los demás no nos identifican en base a la importancia de lo que hacemos por el colectivo. Lo que equivale a decir que no somos importantes en el único sentido que en realidad importa, nuestra contribución al prójimo. Lo somos solo en base a escandalizar al Otro, o a provocar en él cualquier actitud que en esencia nada tenga que ver con las actitudes que provocan en los hombres las relaciones de cooperación.

La cosa se retuerce cuando somos precisamente nosotros los que deseamos ser identificados de ese modo. Al hacerlo demostramos para los demás un peligroso síntoma que no puede más que ponerlos en guardia contra nosotros. Porque en este caso no es que no queramos ser importantes, sino que pretendemos serlo, pero imponiéndoles a los demás en qué queremos nos encuentren importantes. Mas querer que yo te identifique… que la sociedad te identifique en base a tus antojos, a lo que crees tú que debe ser más importante de ti para los demás, no puede más que ponernos en guardia contra alguien que ya muestra los primeros síntomas de pretender imponernos su particular visión del mundo.

En este sentido no están tan errados los que de manera nebulosa perciben que esos individuos que se identifican como homosexuales muestran una clara tendencia a querer imponerle, como la única válida, su orientación sexual al resto del mundo. Un temor que a qué negarlo con teatrales actitudes, se ve reforzado por la comprensión que todos tenemos, en el fondo, de que los impulsos homosexuales no le son tan extraños a ningún ser humano.