La Isla

José Gabriel Barrenechea

Cuentan que hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, los habitantes de cierta isla se entusiasmaron con los discursos de cierto compatriota y, sin pensárselo no ya dos, sino ni tan siquiera una vez, la desprendieron del lecho marino al que había estado anclada por varios millones de años.

Y en verdad que el tal compatriota resultaba convincente, con su oratoria no muy correcta, pero sí llena de promesas y exaltaciones al ego de los isleños.

-…Más allá de los siete mares se encuentra la Nueva Atlántida, en donde todo es más luminoso. Una isla alcanzable para un pueblo heroico, como el nuestro.

Lo de la Nueva Atlántida lo había leído en un manuscrito perdido, y lo más importante, él sabía cómo llegar hasta allí.

Luego de lanzar a los escépticos y a los melancólicos por las costas, convertidas ahora en bordas, los habitantes de la isla se dieron a remar bajo su voz de mando. Como remos utilizaron a sus erguidas palmas reales, que derribaron en un par de jornadas voluntarias. El esfuerzo y el sacrificio lo valían. Al final, cuando emparejaran una isla con la otra, todo sería abundante y luminoso.

Por años los marinos reportaron en sus bitácoras sus encuentros con la isla viajera. Podía encontrársela en cualquiera de los siete mares, siempre con su capitán enfrascado en alguno de sus interminables discursos. Después, a partir de cierta fecha no muy clara, desaparece de los registros. Se siguieron avistando barcos fantasmas, sirenas y serpientes marinas, pero a ella, nunca más se le volvió a ver.

Sobre su destino final circulan múltiples versiones. Según algunos sus habitantes encontraron a la Nueva Atlántida, y desde entonces viven en un eterno y luminoso porvenir. Otros, sin embargo, sostienen que simplemente se fue a pique. Llegan incluso a señalar el lugar del hundimiento, aunque ni en esto hay consenso. Solo en el artículo que le dedica la última edición de la enciclopedia galáctica, se refieren docena y media de posibles lugares del desastre.

Advertisements

Vía Cubana al Socialismo.

José Gabriel Barrenechea.
Ante la evidencia de que el socialismo soviético más que una superación del capitalismo ha sido un retroceso, ya en la década de los cincuentas otros movimientos comunistas se embarcan en la búsqueda de nuevos caminos. A la Yugoslavia de Tito, que ya desde el mismo fin de la guerra ensaya el socialismo construido por comunistas más avanzado, le siguen una década después el intento húngaro de restablecer la República de los Consejos de 1919 en octubre de 1956, y el “Gran Salto Adelante” maoísta, el caso más retrógrado.
El tiro de arrancada lo ha dado el PCUS, cuando en su XX congreso y de labios de su primer secretario, Nikita Jrushov, se atreviera a criticar todo su desempeño anterior y admitir que se han cometido graves errores (la burocratización de la sociedad y de la economía soviética). Y al hacerlo ha vuelto a dejar, por lo menos entreabierta, la puerta a la búsqueda de una sociedad postcapitalista; puerta que tras Lenin y su supuesta genialidad había quedado cerrada con siete pestillos, y defendida por los muchachos de la NKVD.
La Revolución Cubana, que en sus orígenes tiene por sobre todo un impulso nacionalista de reconformación hemisférica, evoluciona con rapidez hacia la órbita del único socialismo construido por comunistas que por entonces posee cierto arraigo en la Isla: el socialismo soviético. Muy pronto, no obstante, surgen los desencuentros entre la revolución cubana, nada dada por su naturaleza intrínseca nacionalista a que se la trate como satélite, y la jerarquía del Kremlin. Esto favorecerá durante los sesentas el clima necesario para que se perfile una “vía cubana hacia el socialismo”. La elaboración de la cual, en vista de la sospecha que ahora se cierne sobre los miembros del viejo partido, quedará en manos de un sector joven que se ha educado políticamente en la revolución, pero que por otra parte no ha perdido la tradicional comunicación de nuestras vanguardias con el pensamiento occidental más avanzado, por lo que a la inquietud por la burocratización, superponen la suya propia por la falta de libertad evidente tras los telones de acero o de bambú.
La más acabada expresión teórica de esa vía, a nuestro entender, será una serie de editoriales de Granma, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de “La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva”, en los que en principio se ensaya explicar el automático proceso de burocratización que opera al triunfo del socialismo. Una explicación no exactamente marxista por su particular concepción de las clases sociales, y si más cercana a la visión weberiana de las mismas, la cual no trataremos tanto por razones de espacio, como porque para este trabajo lo que en realidad nos interesa es la solución que se propone al hecho de que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección”; o sea, la mencionada vía cubana.
Y esa solución, según el editorialista, pasa en definitiva por: “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…”
O sea, el desarrollo de un individuo que esté constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella” y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”. Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica, en fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.
Mas la autodisciplina, la continúa vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos. Así la diferencia natural de aptitudes estira hasta los extremos a la sociedad, desfigurando lo que en esencia era un remarcable intento igualitarista. Mientras los ascetas sienten la gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, los demás, las inmensas mayorías, o no pueden, o están demasiado apegados a lo mundano como para convertirse ellos mismos en ascetas. Imbuidos en lo cotidiano, carecen muchas veces no solo de la cultura o de la inteligencia necesarios para aspirar a tener un criterio en realidad propio, sino aun hasta de tiempo para buscar en base a él, cuando lo poseen, las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de autoperfeccionamiento que es todo ascetismo. En consecuencia esas normas y principios los tomaran de fuera, ya hechos; de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones creerán por fe. Y en esta particular sociedad de revolucionarios latinos, fundada sobre el valor central trascendentalización, el elegido será un hermano y no un dogma: el hermano que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, suprahistóricos.
Algunas veces un charlatán, es cierto, pero casi siempre uno de los ascetas, opción sobre la que de ahora en adelante continúa nuestro análisis.
Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad igualitaria de los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los ascetas a favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un charlatán o no, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen. Si todos lo siguen, si todos se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. Es su deber en consecuencia concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: para ellas la independencia de criterio de aquellas es además una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.
Ha llegado entonces la hora en que Saturno, la Revolución, devora a sus más verdaderos hijos, los ascetas revolucionarios, para quienes en el nuevo escenario van quedando solo dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe; o no transigir, lo que significa la excomunión o el sacrificio.
Al final, lo que podría pensarse como una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo soviético, una unión de hombres nuevos iguales entre sí, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias no pueden escapar, en el imperio de uno solo: el imperante carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo peor: porque simplemente ni se creen capaces, ni lo hayan necesario al compararse con el perfecto objeto de su fe, de su fidelidad.