Tras las apariencias en la Asamblea Nacional todo sigue igualito.

José Gabriel Barrenechea.

Se observa desde la anterior Legislatura que la Asamblea Nacional tiende a mostrarse más activa, a sesionar durante algunos días más de lo corriente.

No obstante, estos cambios son solo cuantitativos, ya que la Asamblea Nacional no ha pasado a ser todavía ni de lejos el “órgano supremo del poder del Estado”, aquel que “representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”, el único “con potestad constituyente y legislativa en la República”, como se establece en el papel de la Constitución vigente; “de dientes pa’ afuera”, a la manera que solemos decir en Cuba.

Por el contrario, la Asamblea Nacional es todavía un órgano diseñado para aprobar por unanimidad las decisiones, y la santa voluntad, de los miembros clave del Consejo de Estado; para así darles a aquellas (sus decisiones) y a esta (su voluntad) un barniz de legitimidad democrática.

Solo que como ahora, en el post-castrismo, es más necesario que nunca dar esa apariencia de amplia participación ciudadana, de que Cuba es un estado socialista en que manda el pueblo, no los mandamases, se requiere extremar un poco más la mano en el barnizado. De ahí que quepa vaticinar que de ahora en lo adelante la Asamblea seguramente se reunirá más de una vez en el año, y por mucho más tiempo, cada vez, que el fin de semana hasta ahora habitual.

De que todo sigue igual en el cuartico post-castrista da buena cuenta lo sucedido en estos días en el Palacio de Convenciones: Significativamente la Asamblea Nacional no discutió en su seno hasta consensuar las propuestas de quienes integrarían las comisiones en que se divide. Esas propuestas vinieron, impresas con suficiente anticipación, del Consejo de Estado, y nuestros “autónomos” diputados se limitaron a aprobarlas… por unanimidad, por supuesto.

Es de señalar que resulta por completo increíble que ni uno solo de los 600 diputados haya expresado al menos sus dudas sobre la selección de otro legislador para alguna de esas comisiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se habla de varios centenares de comisionados.

En cuanto a las intervenciones de los diputados no puede más que decirse que, salvo excepciones, no parecen haber tenido otro interés que demostrar, por parte del interviniente, su absoluta sintonía con lo definido previamente en el Consejo de Estado, o con lo que les informan unos ministros que van a hacer como si rindieran cuentas frente a las comisiones. De hecho nos atrevemos a afirmar que al menos el 50% de esas intervenciones no han tenido otro objetivo que el del diputado en cuestión, logrero manifiesto, de señalarse ante los que más mandan, los mandamases. Quienes pueden mantenerlo por siempre en su asiento “aprobativo” (no puede llamarse a nuestros diputados ni tan siquiera “consultores”, porque como ya hemos señalado más arriba ellos solo están allí para aprobar), o incluso buscarle algún acomodo de más provecho, más y más adentro del restringido círculo en que se toman las decisiones.

Un último punto a señalar es esa insistencia de nuestros medios, a indicación de los mandamases, en que la Comisión creada para elaborar el Anteproyecto de Reforma Constitucional nos representa a todos los cubanos.

Al menos en mi caso particular no es así. En ese símil demográfico, en ese modelo en pequeño de la Nación Cubana que dicen haber armado con esa selección los que más mandan, no se ha escogido a nadie como yo; y conste que no habló desde un supuesto excepcionalismo mío.

Y es que resulta imposible armar comisiones de modo que representen a la infinita variedad y riqueza de detalles del ser humano: Somos irrepetibles, no lo olvidemos nunca, sobre todo ante los que desean estandarizarnos y ponernos a pastar, como los carneros, en algún campo de su propiedad.

No nos embelequemos a nosotros mismos, si el objetivo es tomar decisiones lo más ajustadas posible a nuestra realidad, lo más práctico que para hacerlo hasta ahora hemos descubierto (por tanto, no lo que sirve para alcanzar de manera infalible la mejor decisión) es dejar que el soberano, el conjunto de la ciudadanía,  elija de dentro de sí a su poder legislante, por medio de las complejas formas en que se ha venido haciendo en las democracias occidentales desde mediados del siglo XIX[i].

Este recurso de crear comisiones que busquen representar demográficamente una copia en pequeño de la sociedad en cuestión pertenece a lo que ahora suele llamarse democracia deliberativa. Un recurso de gran utilidad, siempre que esas comisiones no sean las que decidan sobre el asunto a solucionar, sino que los acuerdos alcanzados por ella solo sirvan a los miembros del órgano legislativo en cuestión (poder legislante) para hacerse una idea aproximada de la opinión de la sociedad en un momento determinado, y en base a ello, y a sus propias opiniones, compromisos, impulsos irracionales… enfrentarse al proceso de consensuación subsiguiente al interior de dicho órgano.

En todo caso la real similitud, la semejanza de esas comisiones escogidas con la sociedad de la que en teoría son una muestra reducida resulta harto discutible. Las mismas han sido siempre escogidas por alguien, en consideración a criterios e intereses que son solo suyos.

En cuanto a intentar validar esas muestras en base a haber sido escogidas al seguir de manera escrupulosa criterios científicos, no cambia nada. La Ciencia, bien lo sabemos al presente tras los trabajos de Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend… nunca nos dará un conocimiento acabado y exacto, solo aproximaciones que aceptamos en no poca medida gracias al consenso de la comunidad científica, y de la extra-científica que la rodea.

O sea, al nuestro saber científico mismo ser doxa, no la episteme que el mismo creador del término, Platón, situaba en un plano inalcanzable para el ser humano, no cabe utilizar a la Ciencia, como a veces se ha utilizado en la Modernidad, para justificar el imperio de ciertas formas políticas sobre la vida del supremo opinante: el hombre.

Es en el Diálogo sin otras cortapisas que las del respeto al espacio en que se realiza, que no puede ser cerrado para nadie, donde encontramos nuestras respuestas, siempre contingentes.

[i] la Partidocracia está llena de defectos, pero antes de simplemente echarla a la basura debemos preguntarnos: ¿Hemos encontrado algo mejor para sustituirla, algo que no sea regresar a las formas anteriores a las que vino a sustituir, demostradamente peores? Porque por desgracia ese ha sido el resultado del Leninismo, que con el supuesto objetivo de superar a la Modernidad Capitalista no ha hecho más que hacernos retroceder a la Pre-modernidad autoritaria.

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El inefable estilo de la Cubanidad.

José Gabriel Barrenechea.

Cuba no ha contado nunca con la población necesaria para haber tenido la demanda que garantizará la existencia de una cultura propia.

No obstante, es indudable que Cuba tiene una cultura propia, distinguible, y por demás increíblemente poderosa.

¿Cómo se explica esto?

Cuba es una Nación de frontera, de encrucijada, en que la cultura propia no se define por unas formas claras que permanecen relativamente invariables con el paso del tiempo. Cuba es una Nación en que esa cultura propia se define por algo más tenue, por un espíritu, por un estilo que es el que permanece.

Cuba no es Brasil, o Méjico, en que las formas resisten las arremetidas de la “penetración cultural” foránea a la manera de un hoplita que se resguarda tras de su escudo ante una carga de caballería meda. Sobre todo porque a diferencia de nosotros esas formas brasileñas o mejicanas han contado siempre con un vasto horizonte demográfico que les permite subsistir sin grandes problemas. Cuba, por el contrario, solo puede vivir abierta a todos los vientos del mundo. La cultura cubana es mucho más y mucho menos que fijeza de ciertas formas, es dialéctica de reinterpretación interminable de todo lo nuevo en el mundo. Reinterpretación que tiene un estilo, un espíritu, único y que nos define mucho más que un baile nacional que ya nadie baila, o una forma poética que espontáneamente muy pocos practican al presente.

La verdad es que mientras culturas como la brasileña o la mejicana podrían sobrevivir en el aislamiento[i], la cubana no.

Cuba, repetimos, no cuenta con la capacidad demográfica para tener una cultura de formas relativamente rígidas; pero es que tampoco su devenir histórico se lo ha permitido.

Cuba, situada desde sus mismos inicios en la encrucijada de los caminos mundiales, no es de aquellas domiciliadas al final tranquilo y aislado de alguna calle de las afueras. Cuba, no solo La Habana, por cierto, siempre ha vivido abierta a todo lo nuevo y en constante interacción con ello, porque solo así podía ser; y sin alcanzar ahora los 50 o 100 millones de habitantes es altamente improbable que fuera capaz alguna vez de hacerse de una cultura de formas fijas, capaz de sobrevivir en aislamiento, como algunos cubanos poco impregnados por nuestro estilo nacional desearían.

Ese ser de la cultura cubana más centrado en un estilo reinterpretador, transculturador, que en las formas, explica la desproporcionada influencia que en nuestros productos culturales, ya desde que nos convertimos en Nación en algún momento del siglo XIX, han tenido las nuevas corrientes mundiales. Eso explica también la mirada del artista o intelectual cubano demasiado centrada en el más allá, en “lo último de afuera”, y sobre todo su frecuente mayor inquietud por la recepción extranjera de su obra que por la nacional.

Pero eso explica además el que cuando los fanáticos defensores de unas supuestas formas cubanas rígidas han conseguido satanizar los intercambios fluidos, y hasta entorpecerlos para hacer prevalecer lo popular originario, de paso imponiendo por decreto la fosilización cultural, las propias formas culturales “populares” que se pretendía defender de esta manera se hayan rutinizado, caído en el rito, mientras la cultura toda se ha encogido, vulgarizado, descastado, hasta terminar por perder su riqueza y colorido natural (¿Se acuerdan?: María Caracoles…la que bailaba Mozambique).

Una mirada inquisitiva más allá de la horizontalidad de las superficies de nuestra cultura, que contrate nuestros periodos Republicano y Revolucionario, al menos en el caso de la música popular, la literatura, el periodismo, o el pensamiento, demuestran a las claras esta verdad. Ha habido en el segundo periodo más talleres popularizadores, mayores números en los movimientos de aficionados, o de artistas y escribidores ficcionados, en fin, más bulla y más enchufados de la ahora ubérrima teta del estado que en el primero, pero a la vez muchos menos ritmos populares, muchas menos obras canónicas, o muchos menos escritores, periodistas o pensadores con merecimientos para integrarse en cualquier canon cubano serio (en este caso me refiero a la producción oficial al interior de la Isla, sin dudas esta regla no se cumple para los márgenes o el exilio).

No nos engañemos, el que nuestros músicos o escritores vivan más colgados del afuera que del adentro no es algo nuevo, signo de la decadencia de los tiempos que se viven. Es un fenómeno de siempre, relacionado directamente con nuestra cultura. Solo que antes, al estar abiertos a las brisas de los alisios, a los sures de cuaresma, a las tormentas de polvo del Sahara, a los nortes de entre octubre y mayo… al digerirlos en las calderas de nuestro estilo, al transculturarlos, éramos capaces de hacer el mejor periodismo hispanohablante (gracias a Franco, pero solo en parte), producir docenas de nuevos ritmos, imprimir nuestros patrones radiales y televisivos al subcontinente… y es que hasta en el cine comenzábamos a penetrar la poderosa industria mejicana.

Sucedía así porque entonces actuábamos como lo que realmente somos: Una cultura nodo. Uno de esos pequeños centros mundiales adónde todo lo nuevo llega y es devuelto reinterpretado.

No hay, por tanto, nada reprochable en esa ansia por el afuera de nuestros artistas, al menos desde el punto de vista de nuestra cultura o mucho menos de nuestro pasado. Es lo que somos: Una cultura cosmopolita, un nodo donde se “transculturan” los elementos de la futura cultura global.

Por el contrario, para florecer otra vez Cuba no necesita más que desprenderse de la gruesa costra de inmundicias con que, a modo de armadura, de innecesaria armadura, dígase por lo claro, han aprisionado a nuestra vigorosa cultura esos individuos roñosos que no han tenido el privilegio de nacer con el estilo de la cubanidad en sus venas.

[i] Hablamos aquí de un cierto aislamiento cultural que ni de cerca podría llamarse absoluto. Tal no ha existido nunca. Ni aun antes de la Revolución Agrícola las bandas aisladas de humanos dejaron de interactuar ya no con sus vecinos, sino incluso con grupos distantes a veces centenares o hasta miles de kilómetros. La arqueología da suficiente cuenta de ello. Después existen evidencias de que a partir del año 2000 antes de Cristo al menos el Viejo Mundo se ha mantenido en interconexión casi constante, e incluso algunos sugieren que en los grandes períodos de tiempo los contactos se han mantenido incluso a nivel global.

En campaña por el NO: Sobre la excesiva concentración del poder.

José Gabriel Barrenechea.

Allá por los primeros meses del ya muy remoto 2008, poco después de prometernos aquel famoso vasito de leche en Camagüey, un Raúl Castro que recién asumía la presidencia del Consejo de Estado se declaró favorable a que en Cuba solo alguien como Fidel Castro detentara la cantidad de poderes que reunió aquel en sus manos hasta el 31 de julio de 2006.

Al respecto de la magnitud de esos poderes, y de la interpretación que a los mismos le daba el régimen, resulta oportuno recordar lo escrito en Comentarios a la Constitución Socialista, por el “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista” (según lo define la nota del editor en la contraportada de ese libro), profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución (93 de la actual) es un justo homenaje a su persona.”

En resumen: Fidel Castro reunía en sus manos poderes omnímodos, y esto se explicaba en que era él para los cubanos algo así como Napoleón para los franceses.

Parecía, por tanto, augurarse de aquella declaración del por entonces flamante General Presidente, alguien que ni en broma cabía comparar con Bonaparte, que Raúl Castro estaba por disminuir los muchos poderes del cargo gubernamental y estatal que acababa de asumir; definidos por la Constitución en su extenso artículo 93, y que lo convertían en algo así como en un monarca asiático. Y que muy probablemente lo haría, especularon algunos, mediante la separación en cargos diferentes de las atribuciones del Presidente del Consejo de Estado, exactamente entre él (presidente) y un hipotético futuro Presidente del Consejo de Ministros (primer ministro).

Sin embargo,  más allá de aquella ostentosa declaración de que Fidel era Fidel (obvio) y nadie más llegaría nunca a su altura, Raúl Castro no hizo nada al respecto, y así, durante los diez años en que detentó el poder se cuidó de retener en sus manos la misma suma de poderes que habían estado en las de su hermano.

Cabe preguntarse a estas alturas, cuando ya ha dejado el cargo y desde su aún no abandonado trono partidista promueve un proceso de Reforma Constitucional, si ahora sí estará por tomar las medidas necesarias para que en Cuba de ahora en adelante nadie disfrute de los poderes omnímodos de Fidel… y de él.

En este sentido:

¿Se le disminuirán los poderes al Presidente del Consejo de Estado en el anteproyecto de Reforma Constitucional que se cocina, ahora que al que detenta el poder (Díaz-Canel) no cabe igualarlo en “méritos” a un Fidel Castro (¡Herejía!), méritos que en alguna medida y con mucha imaginación podrían reconocerle a un Raúl Castro (por herencia del carisma a través de la sangre)? ¿Se le disminuirán a ese cargo las excesivas atribuciones,  ahora que el artículo 93 no puede ser considerado “un justo homenaje  a su persona”, o sea, a la persona de Díaz-Canel, ya que ello equivaldría a renunciar al principio central e indiscutible del régimen de considerar a Fidel Castro como un caso excepcional? ¿Se creará el cargo de primer ministro? ¿O se renunciará a los poderes del presidente que generan interferencias con los, en teoría, superiores de la Asamblea Nacional?

Personalmente, creo que no; sobre todo tras ver en mi televisor las sesiones de la Asamblea Nacional del pasado sábado, en que más que consensuar entre los diputados los miembros de las comisiones en que se divide la misma, bochornosamente lo que hicieron fue aprobar por unanimidad unas listas evidentemente preparadas de antemano por el Consejo de Estado.

Si dudas en el próximo texto de la Constitución de la República el Presidente del Consejo de Estado seguirá tan poderoso como hasta ahora. A pesar de que a partir de este 19 de abril quien lo ocupe no tiene, ni tendrá, el carisma que justificaba, al menos desde la visión carismática que de sí mismo tiene el régimen, tal acumulación de poder en las manos del fundador del estado castrista.

Por lo tanto, solo en la hueca palabrería del discurso político post-castrista, Fidel, el fundador del régimen, se mantendrá como un caso excepcional. Y por lo mismo, aunque tal vez sin hacer exhibición pública y explícita del título de Comandante en Jefe, todos los que vengan de ahora en adelante seguirán desempeñando “la Jefatura Suprema de todas las instituciones armadas”, determinando “su organización general”, y presidiendo “el Consejo de Defensa Nacional” (artículo 93, incisos g y h). O lo que es lo mismo, serán indiscutiblemente los Comandantes en Jefe de las instituciones armadas cubanas.

Este punto, como el de la presencia o no de una definición explícita de qué se entiende por socialismo, es vital para cualquier ciudadano que pretenda decidir racional, y libremente, cómo votará en el Referendo. En definitiva para decidir en base a un estudio profundo del texto del anteproyecto de Constitución: Si es él de los que está por mantener concentrado el poder político, votará afirmativamente, sí en cambio está por aumentar la participación ciudadana en la vida política del país, votará NO.

Y es que resulta claro que muy poco de empoderamiento real de la ciudadanía podrá haber allí donde el poder político sigue monopolizado, como hasta ahora, en las manos de un individuo: el Presidente del Consejo de Estado. Un individuo que, presumiblemente cuando Raúl Castro se retire de la vida política, acaparará de nuevo en sus manos el cargo de Primer Secretario del PCC (por cierto, legislar sobre una posible separación de esas funciones, sí corresponde a la forma de ver el derecho constitucional por los castristas).

Solo una separación de poderes, entre un presidente y un primer ministro, además de la renuncia por ambos de aquellas atribuciones que crean interferencias con las del órgano supremo del poder del estado, la Asamblea Nacional, traerá algún avance democratizador por esta dirección. Lo demás no pasará de más de lo mismo.

Por tanto, ciudadano, en ese caso de que todo siga igualito en el cuartico: Di que NO, que NO, el día del Referendo.

La muy desigual sociedad post-castrista.

José Gabriel Barrenechea.

Hace ya algunos años un amigo, profesor también él, que residía en un barrio predominantemente militar, me contó de su indignación de la víspera. Resulta que esa noche el CDR de mi amigo se había reunido para organizar los preparativos por los festejos por el 28 de septiembre (día en que Fidel Castro propuso crear esa organización). Tras el consabido exordio patriotero y estalinizante, el presidente del CDR, un regordete capitán, comenzó a enumerar las muchas maravillas que ocurrirían ese día en el barrio, y a renglón seguido las todavía muchas más que se necesitaba que cada familia aportara para el rumbón: Cabezas de puerco, libras de lomo ahumado, chorizos, abundantes yucas, malangas, plátanos y boniatos, aceite y huevos para la abundante mayonesa, vino, ron…

A medida que la lista aumentaba también lo hacía la reticencia ante la misma por la mayoría de los miembros de a pie del CDR, integrantes de familias que a diferencia de los integrantes de la dirección no obtenían su principal sustento del muy bien dotado Ejército, sino de los siempre precarios salarios del sector civil. Finalmente, ante murmullos crecientes de desaprobación, y caras que se alargaban en relación directamente proporcional al aumento de la lista del regordete capitán, un coronel retirado, administrador por entonces en una gasolinera en divisas y que se sentaba muy altivo en primera fila, se volvió e interrumpió en el más puro estilo castrense:

-¡Vamos compañeros, que ya tenemos que ir abandonando el negacionismo ese que se nos pegó cuando el Período Especial!

Según mi amigo ante aquella salida hicieron silencio hasta los grillos del CDR. Hasta que él, que tras la sorpresa inicial no pudo contenerse, soltó:

-El problema, compañero, es que para usted puede que ya haya pasado el Periodo Especial, pero para la mayoría de nosotros, no.

Recordaba esta anécdota el pasado 19 de abril, cuando el coloradito y bien alimentado ex General Presidente nos hablaba como si ya el Periodo Especial fuera cosa del pasado, y el famoso vasito de leche que nos prometiera en el lejano 2007 resultase la mejor prueba de tan trascendental logro.

Y es que en verdad el Periodo Especial ya pasó, pero únicamente para más o menos un 20% de la población de la Isla. Los demás, más de 8 millones, seguimos allí. Solo que ahora tenemos la fortuna de convivir con quienes ya han entrado en ese mítico futuro en que el país retoma el Periodo Normal.

¿Pero quienes somos ese 80%: Los de abajo?

Somos los que no nos atrevemos a tener hijos por lo siempre precario de nuestra existencia, o aquellos otros que si los tienen no pueden pagarles esos imprescindibles repasadores que complementan a un sistema de educación pública en caída libre.

Los que preferimos no asistir al médico a los primeros síntomas, en la espera de que la cosa se resuelva sola. Sea por lo difícil de encontrar uno en un consultorio (casi siempre andan por Venezuela, o por la hermana República de Carajistán del Sur); por las colas de mañanas enteras que hay que hacer para ser recibidos por ellos; o por lo poblada de las listas en que debemos anotarnos para que se nos vea, a todo correr, por un especialista que ese día tiene que atender a otro medio centenar de pacientes.

Recibir atención médica hoy en Cuba, no de la de urgencia, que todavía no ha tomado ese camino, es una cuestión de paciencia y de estar dispuesto a hacer antesala, una cantidad exagerada de ella. A menos que usted o su familia tenga “power”, o sea, relaciones, o “money”, en cuyo caso para usted Cuba ya habrá salido definitivamente del Periodo Especial, para ir a caer nada más y nada menos que a ese porvenir Luminoso de los servicios médicos de que tanto gustaba perorarnos el Comandante.

Por otra parte, como a ratos me señala mi madre:

-¿Para qué voy a ir al médico si después no encuentro, o no puedo comprar los medicamentos?

No conozco cómo se midió el Coeficiente Gini, al menos en el caso del que supuestamente nos presentan los organismos de la ONU como correspondiente a Cuba, pero estoy absolutamente seguro de que ese resultado no tiene nada que ver con nuestra realidad. Sospecho que los cálculos se realizaron al tomar en cuenta los salarios declarados por los informes gubernamentales, que no incluyen “las búsquedas”, o lo que los jefes, los “barrigas llenas”, te dejan sisar en tu trabajo, para que a su vez no sea tan visible lo mucho más que ellos roban (y salpican, para los jefes de más arriba).

Y es que de hecho en Cuba nadie puede vivir de un salario promedio. Yo, que en los últimos tres meses al tener que quedarme solo en casa he contado con las condiciones ideales para probarlo, de mis originales 70 kilogramos he bajado a 66; a pesar de que entre las lluvias, el hambre y los catarros he dejado de trotar en las tardes.

Para que se entienda mejor, ese vaso de yogurt que hoy en la mañana me tomé, lujo que casi pone mis finanzas semanales al límite, cuesta más o menos las dos quintas partes de lo que en un día gana quien en Cuba recibe un salario promedio. Lo mismo que me cuesta el pasaje más accesible en guagua a Santa Clara, 5 pesos, porque incluso Placetas, una ciudad de más de cuarenta mil habitantes, no tiene más que 2 viajes oficiales al día en los baratos ómnibus del sistema de transporte público (en el mejor de los días por ese medio se transportan desde aquí hacia la cabecera provincial unas doscientas personas).

Hay en Cuba un chiste que muestra a la perfección esta realidad:

Detiene un policía a un ciudadano que de inmediato se las da de muy moral, de alguien que por su intransigente respeto a la Ley está mucho más allá del alcance de ese sargentico venido de Oriente.

El sargento, que no sería de La Habana, pero no por ello dejaba de tener una inteligencia natural mucho más despierta que la de ciertos profesores principales de la UH, con la cabeza inclinada sobre el carnet de identidad del ciudadano le suelta:

-¿Usted recibe remesas?

-¡No, que va, mis acendrados principios revolucionarios no me lo permiten!

A esta respuesta el sargento levanta poco a poco la mirada y la clava socarrona en los ojos del habanero comecandela:

-Ven acá, Nagüe: ¿Y entonces de qué tú robas para vivir?

La realidad de la sociedad cubana es la de un grado de desigualdad mucho mayor que el coeficiente Gini que utilizan los organismos de la ONU para sus cálculos. Pero lo peor es que esa desigualdad, que en todo caso ya anda por encima del 0,4 que augura inestabilidad e ingobernabilidad futura, no está relacionada con el mérito en la promoción del bien común, sino que tiene que ver con la voluntad y capacidad del individuo para demostrar sumisión ante el poder político.

Cuba es una meritocracia, sí, pero en la cual triunfan quienes no ponen en duda nunca el derecho de la élite castrista (post-castrista ahora) a monopolizar el poder político: Aquellos que tienen estómago para entrar bajo esa condición en el cuadro administrativo-represivo-ideológico del régimen; aquellos que reciben remesas, o viajan, o hacen negocios “por cuenta propia”, cuidándose no ya de señalarse, sino por el contrario haciendo exhibición escandalosa de su incondicionalidad al régimen cada vez que tienen ocasión, y sobre todo al dejar caer su “regalito”, siempre que haya oportunidad para ello, en el bolsillo del “compañero” que le presta cara humana a ese régimen con el que constantemente interactúan.

Incluso, cosas de este país surrealista, debemos incluir en esta enumeración hasta a aquellos ciertos disidentes que por ahí andan, cuidándose de hacer o de decir lo que al régimen no le importa se diga o haga, que incluso lo ayuda en sus campañas de desacreditación de la actitud contestataria, pero que en cambio muy significativamente callan o dejan de hacer lo imprescindible para erosionarlo. Por lo cual, por ejemplo, podrían encontrarse un día con sus pasaportes inhabilitados, o con un inspector plantado frente a las ampliaciones que les han hecho a sus casas sin solicitar los permisos correspondientes.

En Cuba tenemos hoy una sociedad profundamente desigual, tanto o más que la anterior a 1959, si es que tenemos en cuenta la inferior riqueza de esta de ahora en relación con aquella. Una sociedad revolucionaria que fue siempre muy desigual porque se basó en un modelo de igualamiento radical que solo se podía mantener si un grupo privilegiado adoptaba el papel de igualadores: o sea, de individuos que se ponían a sí mismos por encima de la sociedad en su conjunto, como supuestos Dioses Revolucionarios. Y en que a medida que la religión revolucionaria ha ido perdiendo su efectividad sobre los imaginarios del cubano de a pie, al rutinizarse, ha dejado lugar a un prosaico sistema político oligárquico. En que la élite, para conservar sus privilegios tras perder su divinidad, ha debido progresivamente abrirse a importantes sectores en el cuadro administrativo medio (sobre todo de los institutos armados y de la cada vez más omnipotente Seguridad del Estado), e incluso a sectores de la nueva burguesía cuentapropista, o de la burguesía que vive de sus rentas, en el exterior (remesas obtenidas de la explotación del trabajo de algún pariente, o de negocios ilícitos también en el exterior-por ahora), de cierta capa de músicos y artistas plásticos, que también viven sobre todo de rentas en el exterior, e incluso de la intelectualidad (solo gracias a ese proceso un Iroel Sánchez ha podido convertirse en un definidor de ideología, a diferencia de un Martínez Heredia, que nunca pasó de un refinador, ilustrador, de lo que definían los Dioses Castro o Guevara).

Es esa la composición de ese 20% para el cual ya ha pasado el Período Especial, y en su lugar hemos arribado al tan mentado Porvenir Luminoso. Ante esta desigual realidad es hora de recordar aquellos versos de Villena: “Hace falta una carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones”.

Porque en Cuba, señores, va siendo hora de hacer otra Revolución.

Discurso del Método para distinguir de entrada si lo de la Reforma Constitucional no pasa de otra maraña castrista más.

José Gabriel Barrenechea.

miguel-diaz-canelEn Los Principios de la Filosofía Descartes nos dice que ha advertido que los filósofos, al tratar de explicar cosas que son en sí manifiestas, no han hecho más que oscurecerlas. Se refiere, claro, a aquellos filósofos escolásticos que antes de sumergirse en el estudio de la realidad, al intentar definir cosas tan inasibles y por tanto inefables como la vida, o actos como el sentir o el pensar, se enredan de manera inevitable en tal maraña de razones y devaneos lógicos que no los conducen a nada práctico.

Sostiene Descartes que hay verdades tan evidentes para todos, como la de que si se piensa es porque se existe, que no se necesita para admitirlas de sentarse a reflexionar antes sobre qué es pensar o existir. Que basta el tener una mente despierta y que antes haya admitido ponerlo todo en duda para que puedan ser claramente comprendidas.

Pero si bien el iniciador de la filosofía moderna tiene aquí razón, debemos señalar, sobre todo al dirigirnos a una audiencia cubana, que esto es solo absolutamente verdadero en asuntos tan impenetrables como los metafísicos. Por el contrario, en el caso de los políticos, muy concretos y hasta prosaicos, es vital siempre partir de definir el tema de lo que se discute, y por sobre todo qué se entiende por los principales conceptos enredados en la discusión. Tengo la certeza de que si tal hiciéramos, los cubanos muy pronto terminaríamos por darnos cuenta de que lo que solemos hacer en nuestras discusiones de esquina no es más que gritarnos los unos a los otros… en la defensa de exactamente lo mismo que sostiene nuestro contrincante.

Lo de definir, imprescindible en nuestras habituales discusiones entre ecobios, aseres y moninas, lo es más en nuestra política. Sobre todo en la política que hagamos de ahora en adelante, y más que nada en la relacionada con la prometida próxima Reforma Constitucional.

Si recordamos en la actual Constitución, en su artículo 3, se establece que “El socialismo… es irrevocable…” Algo que puede ser plenamente aceptable para quien esto escribe, solo sí en la futura Reforma se deja muy claro qué es el tal socialismo ese que es irrevocable, y a él le conviene lo definido.

Parto de admitir, por cierto, que los proponentes de la Reforma no han hecho la interpretación literal de lo que señala el tercer párrafo de ese artículo 3, ya que de haber interpretado al pie de la letra lo que allí se dice les habría quedado claro que la Constitución en su conjunto es irreformable, o que los cambios que pueden hacérsele resultan tan insignificantes, que quizás solo quepan los de redacción. Cambios que en todo caso no alteren “…el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución, probado por años de heroica resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra económica de los gobiernos de la potencia imperialista más poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de transformar el país y crear una sociedad nueva y justa…”

O sea, que en la Constitución actual si existe ya una interpretación de qué es el socialismo, y es muy simple: Es lo que hay, que ha más que “probado” y “demostrado” “su capacidad de transformar al país y crear una sociedad justa y nueva”.

El socialismo cubano es lo que hay, y san se acabó.

Resulta evidente que de ser esa la interpretación que hacen quienes ahora nos proponen una Reforma Constitucional, ya de entrada nos descubren que lo que piensan proponernos en ella no pasa de meros acomodos sin trascendencia.

Por lo tanto un primer medidor claro de si con la Reforma no se nos está cogiendo pa’ sus cosas, como hasta ahora han solido hacer los castristas en estos temas electorales, es si en la propuesta de Reforma aparece o no una explícita definición de qué es ese socialismo que los cubanos aceptamos como irrevocable. Si no aparece es simple y llanamente que se admite la interpretación implícita que nos dejó la Reforma de Fidel, o sea, que socialismo es lo que hay, y por lo tanto ya sin necesidad de cansarse la vista en continuar en la lectura del texto de la propuesta de Reforma podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no hay en ella cambios de alguna trascendencia. Solo palabrería vana y quizás hasta mucho enredo jurídico, como en la Reforma de 1992, en que en apariencias se democratizó un poquito el estado cubano, y en la realidad se concentró más el poder en las manos del Presidente del Consejo de Estado; ese Monarca nuestro.

Cambio fraudeLo primero, por tanto, cuando se publique el texto de la propuesta de Reforma es buscar la definición de Socialismo en ella, y si no aparece pues no hay porque seguir la lectura. Y a menos que usted sea de los que cree que lo que hay está muy bien, que Cuba es hoy por hoy una sociedad “tan nueva y justa” que no amerita mejoras, no le queda otra opción que votar NO en el Referendo en que se nos someterá la tal Reforma.

Por lo menos si es usted una persona, no un esclavo, que hace siempre lo que sus mercedes los Amitos buenos esperan haga.

José Martí y Fidel Castro, o la reversión temporal de Cuba.

A los participantes en el Seminario Nacional Martiano, reunidos en mi pueblito: Encrucijada

José Gabriel Barrenechea.

En 1959, ante la evidencia de que Cuba no tiene las fuerzas suficientes para convertirse en la nación central hemisférica que solo parece consentir mandar, Fidel Castro va a encontrar en un aspecto secundario del pensamiento martiano, su Nuestroamericanismo, la posibilidad de hacer factible su intento de desbancar a los EE.UU. como el hegemón americano. Este Nuestroamericanismo, ahora que ha caído en el olvido la frialdad y hasta hostilidad con que en casi todas las repúblicas latinoamericanas se recibió nuestro último intento de liberarnos de España, es reinterpretado por Fidel Castro y sus principales seguidores como la piedra de toque ideológica que le faltaba a los proyectos radicalistas de inicios de República: Ya que no cabe hacer derivar a la Isla hacia el Océano Antártico, tras separarla de su lecho marino para alejarla lo más posible de los EE.UU., a la manera en que según Enrique José Varona soñaban algunos en la Cuba de 1900, se deben buscar apoyos, o seguidores para enfrentarlos, ¿y dónde mejor que en las Américas Latinas, con sus más de doscientos millones de habitantes de por entonces?

Cabe cuestionarse, no obstante, el que la política latinoamericanista aplicada por Fidel Castro tenga en propiedad una verdadera raíz martiana. En primer lugar porque Martí nunca concibió al Nuestroamericanismo más que como una idea política instrumental, engarzada en una más general, la de los equilibrios vacilantes. En esencia el Nuestroamericanismo debía servirle únicamente para enfrentar las circunstancias de su tiempo, mediante la movilización de las Américas Latinas en interés del logro de su casi obsesiva meta vital: La independencia de Cuba.

José Martí, contrario a lo que pudiera parecernos tras una lectura suya muy superficial, desvinculada de su trayectoria vital y de su circunstancia mundial, es un político que no tiene la cabeza metida entre las nubes, sino uno que se haya muy centrado en la consecución de su meta-motivo. Sus reflexiones no son las divagaciones de uno de los tantos poetas-políticos o políticos-poetas que ha dado Iberoamérica, sino las de un hombre que tiene un objetivo muy claro, muy enraizado como para convertirse en sí mismo en parte inseparable y principal de su vida. Objetivo en cuyo alcance encuentra problemas que debe resolver, respuestas que debe dar, y antes las cuales no da nunca vuelta atrás.

Si entre 1889 y 1891 emprende una serie de trabajos periodísticos y ensayos que podrían hacernos pensar que, desengañado de sus afanes por Cuba ahora persigue la unidad de una patria más grande, la Latinoamericana al molde bolivariano, lo cierto es que como nunca antes ha estado enfrascado en la realización de su meta-motivo existencial. En ese periodo trascendental Martí no solo se ha dedicado a escribir, ha estado además haciendo altísima política con el fin de hacer fracasar ciertos planes de adquisición de la Isla de Cuba por el gobierno de Washington, mediante su compra a España. Desde su posición de representante consular de varias repúblicas sudamericanas en Nueva York ha maniobrado tras bambalinas junto al representante de la Argentina en la Conferencia Panamericana, Roque Sáenz Peña, para evitar la consumación de aquellos planes, a los que no son pocas las repúblicas latinoamericanas que le dan su consentimiento.

Es entonces que con su genial olfato de estadista ha comenzado a aplicar su diplomacia de ensueño y realidad, la que a solo dos meses de su muerte sistematizará, o más bien comenzará a sistematizar en el Manifiesto de Montecristi, y que desgraciadamente deja trunca su inopinada muerte en Dos Ríos (por sobre todo porque es diplomacia concreta, y no puro pujo teorizante): “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de la Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo”. O sea, la diplomacia del equilibrio de contrarios, de la anulación en ciertos espacios intermedios, el nuestro, de intereses en apariencias antagónicos. Lográndose dicha anulación gracias precisa y paradójicamente a una exacerbación de esos mismos intereses.

Para José Martí, que conoce muy bien a la Latinoamérica de su tiempo para saber la infactibilidad real de una posible unión suya en el futuro, ya no ni tan siquiera mediato, esta concepción del equilibrio vacilante es vital para sus planes de constitución de una Cuba, y Puerto Rico, independientes: Como en Nueva York en 1889, durante el Congreso Internacional de Washington, sabe que tiene que buscar el modo de evitar que los EE.UU. se entrometan en Cuba antes de poder poner a punto su República modelo, blindada para aquellos por su misma virtud, a la vez que impedir que alguna superpotencia europea decida recolonizarnos, como de hecho por entonces hacen en todo el mundo, y cómo parece haber intentado Inglaterra en 1892. Intentona afortunadamente denunciada a tiempo por aquel otro titán decimonónico nuestro, Juan Gualberto Gómez.

En este sentido Martí intenta ganar los apoyos, para antes y después de la independencia,

(1) de México, con la idea de unas Antillas fuertes, que le garanticen su flanco derecho de los EE.UU. sin necesidad de acudir a ningún superpoder europeo, más peligrosos de por sí que los propios “gringos”, como les ha demostrado su historia reciente;

(2) de la por entonces pujante Argentina, con la idea de que esas mismas Antillas sean un bastión amigo a medio camino entre los EE.UU. y el aliado hemisférico de estos, Brasil, a su vez contrincante natural de Buenos Aires en la región sudamericana;

(3) de Inglaterra y de Alemania, con la idea de una nación abierta y no sometida a los dictados norteamericanos a las puertas mismas del canal transoceánico que aquellos están por abrir;

(4) y por último de los propios norteamericanos, con la promesa que le escribe al editor del New York Herald, el 2 de mayo de 1895, de que con “la conquista de la libertad” de Cuba se habrá “de abrir a los EE.UU la Isla que hoy le cierra el interés español”. Promesa que por lo floja nos puede hacer dudar de la capacidad diplomática de Martí, al menos si hemos olvidado cuales eran para él los en realidad eficaces modos de detener las ansias anexionistas que pudieran nacer en aquel país.

Recordemos que para Martí, “En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, del que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías”, y dada la imposibilidad “de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso”, es imprescindible ganarse al segundo elemento, mediante “la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas”.

Martí, que aun para separarnos de España clamaba por una guerra “generosa y breve”, no pretendía por lo tanto convertir a su país en un campamento, ni en llevarlo a una guerra suicida contra los Estados Unidos, sino en irlos “enfrentando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa”, o sea, mediante la demostración constante de nuestra capacidad como pueblo para vivir en democracia, combinada con el sabio uso de todos los resortes diplomáticos, no solo los clásicos, para de ese modo conseguir “que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país (los EE.UU.) tenga tal conocimiento y concepto” del pueblo cubano “que con la autoridad y certidumbre de ellos contrasten los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población…”

Martí, en fin, no encuentra ningún inconveniente en que su República “con todos y para el bien de todos” pueda ser independiente en medio de un mundo heterogéneo e inestable. Por el contrario, él solo lo cree posible precisamente gracias a un inteligente aprovechamiento de dicha heterogeneidad e inestabilidad.

Muy por el contrario Fidel Castro cree que nuestra independencia no puede lograrse sino a través de la imposición por los cubanos, o más bien de los cubanos bajo su “sabia dirección”, de una pretendida homogeneidad cubana a todo el hemisferio, e incluso a todo el planeta (Ernesto Guevara, mucho más autoconsciente que su compañero de luchas, tras su expedición al Congo belga reconoce que habían ido “a cubanizar a los congoleses”). Para él, o se es absolutamente independiente, o se es esclavo; o se es nación central o no se es nada más que una colonia. La visión de Fidel Castro, correlativa a su menor densidad intelectual y a los excesos de un temperamento volcánico, dado a imponer su voluntad a lo que dé lugar, se basa no en los estudiados equilibrios internacionales, practicados por una inteligente diplomacia, sino en la unilateralidad impuesta por la violencia “revolucionaria”.

Consecuentemente no debe de extrañarnos que para el Comandante solo pueda conservarse independiente a la Patria mediante la promoción de una cruzada que arrastre tras de sí a toda Latinoamérica. Bajo la guía de un estandarte que, con todo y el apresurado barniz de pensamiento de vanguardia con que siempre supo presentarlo, en su esencia última es el mismo que adoptó el mundo católico tras el Concilio de Trento, por sobre todo bajo inspiración de Ignacio de Loyola.

Y es que si Martí es algo así como el primer cubano pleno, un contemporáneo nuestro que ha podido mirar a su tradición racionalmente desde fuera, pero sin abandonarla en lo más profundo del sentimiento, Fidel Castro por su parte no es más que el último español desmesurado del tiempo mítico de la Conquista. Alguien a quien si quisiéramos encontrarle el más correcto acomodo solo podríamos colocarlo entre gentes como Pizarro o Hernán Cortés, y que es quizás la más convincente constatación de ese sentido imperial de cruzada que de Castilla solo heredó lo cubano entre todas Las Españas.

Cada uno por tanto representa un momento en lo que somos, o más bien en lo que somos y lo que deberíamos ser. Con el único inconveniente de que el orden temporal de la presencia física de ambos se encuentra claramente invertido en relación a los tiempos del resto del Mundo. Cual si durante medio siglo Cuba hubiera sido arrastrada hacia sus orígenes míticos por uno de los lugartenientes del Cid, más que avanzar hacia el complejo mundo de este tercer milenio que ya el más preclaro de sus hijos había entrevisto a fines del siglo XIX.

La carta inconclusa de Martí a Porfirio Díaz.

A los participantes en el Seminario Nacional Martiano, reunidos en mi pueblito: Encrucijada.

José Gabriel Barrenechea.

Foto de la estatua de Martí en NYC tomada directamente como colaboración a El Hidalgo, aunque ahora también puede ser tomada a su copia en La Habana

Analicemos la última carta conocida de José Martí: La destinada a Manuel Mercado y que dejara inconclusa a su muerte el 19 de mayo de 1895.

Esta carta es asumida con demasiada frecuencia como el testamento político, antiestadounidense, de José Martí. Pero, ¿lo es en realidad?

Si como casi todos los estudiosos de su vida y obra coinciden, Martí ni se suicidó, ni tenía intención de ello, no cabe darle a estas líneas la trascendencia que implica tratarla como un testamento. No puede en consecuencia considerarse a esta carta más que como una más de las muchas que por esos días escribió quien intentaba sacar adelante la Revolución, y preparar la República.

Es innegable, sin embargo, su singularidad en otro sentido. Mientras casi todas las que escribió tras su arribo a Cuba tenían como destino a generales en campaña o a sus colaboradores más cercanos en el exterior, esta, junto a la carta al New York Herald del 2 de mayo, integra un muy definido grupo aparte.

En ella Martí hace política exterior de la Revolución.

Está destinada a un Subsecretario de Gobernación de Porfirio Díaz, el equivalente contemporáneo cubano de un Viceministro del Interior, y por lo tanto un hombre de la primera línea de la represión porfirista, proverbial por su brutalidad. Al funcionario que ha desempeñado ese cargo con tal eficacia que ha permanecido en él desde 1882, y lo hará aún hasta 1900, cinco años después de la muerte de Martí.

Alguien que es verdad, ha sido su amigo de sus meses mejicanos a mediados de la década de los setenta, pero que no podemos tampoco pasar por alto que es 15 años mayor que él, ya casado, con quien el joven y soltero Martí tenía pocos puntos en común. Alguien a quién ha estado largos años sin ver personalmente (solo por unos pocos días en el verano del 94), y con quien es evidente no coincide en lo esencial de su visión política: Mercado ha terminado en un muy importante y comprometido puesto dentro de la brutal dictadura ante cuya ascensión Martí, en protesta, decidiera dejar suelo mejicano.

Llama la atención que Martí, después de dejar Méjico, no restablecerá contactos epistolares continuos con Mercado sino cuando evidentemente trata de conseguir un espacio en El Partido Liberal, órgano oficial del Porfirato. Para abandonar una actividad laboral que lo ahoga espiritual e intelectualmente, sí, pero sobre todo para ganar una tribuna periodística importantísima para su labor en pro de buscar apoyos en Latinoamérica a la lucha por la independencia de Cuba.

Se reafirma el fin en el fondo utilitario de la relación, al menos desde el lado de Martí (que por su parte y de manera significativa no conservó las respuestas de Mercado, lo que habría permitido saber que animaba en el fondo a aquel), en que cuando ya por su abierto comprometimiento político en los planes para la Guerra Necesaria no pueda seguir colaborando con El Partido Liberal, suspenderá, en enero de 1890, casi por completo el profuso intercambio epistolar que había mantenido con Mercado desde 1882. Para no reanudarlo sino hasta mayo de 1895, y lo más sorprendente, con una carta en extremo prolija dada su misma situación, en que ni el tiempo ni las condiciones le abundaban.

Si nos fijamos, desde su desembarco en Cuba solo las dos destinadas a sus colaboradores más cercanos en el exterior, Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, o al New York Herald, son comparables en cuanto a dimensiones. Cartas estas para nada personales, con fines utilitarios políticos muy claros.

No perdamos de vista lo en extremo complicado, y sobre todo lo peligroso, de sacar cartas al extranjero desde el campo de la Revolución. En realidad resulta muy difícil de imaginar que un hombre como Martí pretendiera usar el correo de la Revolución, y arriesgar vidas de compatriotas en consecuencia, solo para poder desahogar un tanto el alma con un compadre.

¿Pero si no era un desahogo, o una simple carta a un amigo a quien le cumple por lo mucho que ha demorado en escribirle, si no era tampoco un testamento ni nada parecido, qué hace a esta carta tan importante al punto de que Martí, en medio de la guerra y con una complicada situación política dentro del mismo campo revolucionario, le dedicara las varias horas que debió emplear en pensarla y escribirla, o el que considerara ponerla en papel aun a sabiendas de lo que costaba sacar al exterior cualquier documento? Una pista: El destinatario, su protector mejicano más que su amigo, le ha servido de introductor en una muy probable entrevista personal con Porfirio Díaz, en el verano del año anterior.

Como no tenemos constancia de que se haya efectuado esa entrevista, y mucho menos de lo que se habló allí, solo el análisis del texto, y de su contexto, puede respondernos a estas alturas esa larga pregunta del párrafo superior. Y lo primero que salta a la vista tras una rápida lectura de la carta es la pregunta de si la aplastante mayoría de sus intérpretes han pasado realmente más allá de su primer párrafo. Del consabido: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”, tan popularizado no solo por la propaganda gubernamental, sino por muy nombrados estudiosos cubanos de la obra del Maestro.

Martí comienza escribiéndole a Mercado: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con que ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación”, lo que en sí no es más que una implícita disculpa por el largo tiempo que no “ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y periódico que llena al día”, como hacía el final del trunco texto explicita. No ha podido hacerlo en un final porque, como retoma a continuación: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber…”. O sea, él no ha podido escribirle porque la misma naturaleza trascendental de su obra, que por cierto lo incluye a él, a Manuel Mercado, como actor principalísimo, no se lo había permitido; al menos hasta ahora.

El primer párrafo funciona por tanto como una carnada para el específico lector de este texto, un Subsecretario de Gobernación de Méjico, con puerta abierta a Porfirio Díaz. Martí pretende ganarse toda la atención de su interlocutor, confabularlo con él desde el mismo inicio de la misiva, y por eso no pierde tiempo e improvisa una ingeniosa disculpa con que restablece distancias, mientras a su vez esa misma disculpa le sirve para introducirle, casi de inmediato y sin transición, en una interpretación de su Vía Crucis existencial. Reforzada por una anonadadora serie de fuertes imágenes poéticas.

Mediante este ardid literario Martí, que era muchísimo más que un intuitivo, presenta su labor por la independencia cubana como un intento más bien de proteger al Méjico de Don Porfirio de una supuesta amenaza norteamericana. Este es el verdadero sentido tras el tan citado “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”; puro artificio literario para impresionar a quien tan importante es para la independencia de Cuba. Al menos en los planes geopolíticos de Martí.

Para esa fecha Martí ha terminado por comprender que la guerra no será breve, lo que en realidad ya temía desde el fracaso de la expedición de “La Fernandina”. Consecuentemente, no bastaba solo con el dinero de los tabaqueros para financiarla. Por lo que ante la repugnancia de Martí a que la República naciera endeudada por el esfuerzo libertario, se imponía allegar los recursos necesarios, por sobre todo los bélicos, en las repúblicas latinoamericanas. En este caso Méjico, por su cercanía y fácil acceso a la Isla, y por lo imponente de los recursos militares que el Porfirato había reunido en su empeño por convertir a su país en una pequeña potencia regional, debió jugar un papel central en los planes de Martí.

En el segundo párrafo Martí ya pasa a la ofensiva. Mas el político Martí no arrincona. Sus intenciones se nos transparentan en esa frase cortada por guiones de mal engarce gramatical: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos les habrían impedido la adhesión ostensible…” con lo que les ha dejado la puerta abierta a los mencionados pueblos para ayudar sin remordimientos a Cuba en el presente, o en el futuro, aun cuando nada hayan hecho por ella en el pasado (o hayan hecho en su contra, como fue el caso durante la Conferencia Panamericana de 1889).

Pero también los condiciona sutilmente a brindar esa ayuda: El que no lo hayan hecho antes es cierto que se explica por lo dicho, pero de ahora en adelante, cuando ya son conscientes de que alguien se sacrifica por “el bien inmediato y de ellos”, ya no. Negarse a ayudar a quien se ofrenda por cegar la posibilidad de que los pueblos de Nuestra América se anexen al “Norte revuelto y brutal que los desprecia” es ya un crimen, una cobardía. Y claro que si nos hemos dejado impresionar por la exageración que Martí hace no ya de las intenciones de los EE.UU., sino de sus reales posibilidades, un suicidio.

En los párrafos tercero y cuarto Martí rebaja un poco el tono trascendentalista-poético que hasta ahora le ha dado a la carta, y por lo tanto sospechoso para un político tan pasado por todas las aguas como Porfirio Díaz. El núcleo de ellos son los comentarios que, a través de Manuel Mercado, pretende deslizar en los oídos del Tirano: Que según Bryson, corresponsal del New York Herald en Cuba, el Capitán General Martínez Campos le ha asegurado que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. Pero además, que según el periodista americano, los EE UU tienen muy bien guardado un sustituto para nada menos que el mismo Don Porfirio, el destinatario último real de esta carta sui generis:

“Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que  en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México.”

De seguro para Martí el dictador mejicano no iba a conseguir conciliar el sueño con la misma facilidad tras saber que España preferiría entregarle esa isla, tan estratégicamente situada en medio de los principales caminos que comunicaban a Méjico con el Mundo, nada menos que a los EE UU. Quienes ya no solo parecían guardar apetencias sobre lo que del norte le había dejado a su país el Tratado Guadalupe-Hidalgo, sino que también preparaban candidaturas para sustituirlo; nadie podía asegurarle que solo a su muerte.

Y ya hemos visto cuanto podía ganar la causa de Cuba con ese insomnio inducido en el tirano azteca.

En el quinto párrafo Martí se prepara para la osadía del comienzo del sexto. Para que por una parte pierda un tanto su carácter de importunidad (que lo tiene, y muy pronunciado), pero sin perder no obstante toda su fuerza expresiva. Osadía que, por cierto, sería una mejor elección que el consabido “En silencio ha tenido que ser…” si quisiéramos de alguna manera extractar la carta en una de sus frases. Me refiero a las siguientes líneas:

“Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Si lo hallará,-o yo se lo hallaré.”

La carta toda en realidad gira alrededor de estas líneas. Martí manifiesta su desesperación por el apoyo mejicano, ahora que la guerra no pinta a ser tan corta como creyera cuando la levantó. A pesar de su descripción optimista del estado de la guerra en el sexto párrafo, en su fuero interno sabe que el esfuerzo independentista no será ya tan breve, ni mucho menos tan generoso.

En el análisis de la carta no se puede simplemente pasar de largo sin prestarle atención a un fragmento de ese quinto párrafo. Me refiero a que según Martí los EE UU jamás aceptarán la cesión a ellos, por España, “de un país en guerra”, y dado que la “guerra”, o los revolucionarios que la hacen, no tienen intención de pedir la anexión ni de aceptarla, esa posibilidad se cierra por completo mientras haya guerra, o lo que es lo mismo, revolucionarios sobre las armas. Lo que debemos entender como un subrayado al Méjico Porfirista, para que comprenda que si quieren mantener su flanco derecho sin peligro americano deben apoyar necesariamente a la Revolución.

Pero hay más aquí. Este fragmento nos revela la comprensión clara que Martí tiene de los EE UU, tan distinta de la que han querido endilgarle algunos de sus presuntos seguidores políticos actuales. Para Martí los EE UU, por su naturaleza de nación democrática, fundada sobre las principales libertades humanas, “no pueden contraer… el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana”.

Sobre esta firme creencia se afincaba en buena medida toda su política, que de otra manera, sin este fundamento, no podría más que parecernos que el resultado de los delirios de un loco, o en todo caso de los devaneos intelectuales de un arbitrista de café. ¿Por qué ante las costas mismas de unos EE UU, que supuestamente no tenían en cuenta ninguna consideración ajena ante sus apetencias imperialistas, Martí se atreve a querer fundar una República independiente, cincuenta veces menos poblada que aquella nación? Pues porque Martí no ve a los EE UU de manera tan simplista. Él ha vivido en el Monstruo y le conoce las entrañas; y ya desde el affaire Cutting ha sistematizado cuál debe ser la actitud ante ese gigante: Enfrentarlos con sus propios elementos. Recordemos que para Martí los EE UU son en realidad el resultado del equilibrio de dos elementos enfrentados, uno “tempestuoso y rampante”, y otro de “humanidad y justicia”.

Lo que resta de la no terminada carta, hasta la corta parte “personal”, es en sí una explicación de esta oración: “Yo ya lo habría hallado y propuesto” -el modo discreto de que México auxilie a tiempo a quien lo defiende, a Cuba, se entiende.

Martí explica en definitiva porque no ha hecho ninguna de las dos cosas: La Revolución carece aún de forma jurídica, no es todavía más que un desordenado conjunto de tropas dirigidas por viejos caudillos. Habrá que esperar a que se dé una estructura de gobierno, a que sus fuerzas se organicen en un ejército que responda a ese gobierno. Esta es la tarea del momento, la que una vez terminada permitirá hacer tratados, o acuerdos (casi de seguro secretos) con las naciones latinoamericanas.

Que esté él o no al frente de la futura República en Armas, le aclara a su intermediario mejicano, no es tan importante. Su pensamiento no desaparecería. Pero de todas formas no hay porque preocuparse, “defenderé lo que tengo yo por garantía y servicio de la Revolución”, le escribe a Mercado-Porfirio, y tras estas palabras descubrimos la razón de su prematura muerte en Dos Ríos. El intelectual que ha levantado la Revolución sabe que la única manera que tiene de llevarla por el camino correcto hasta dejarla convertida en República Democrática y Virtuosa, es demostrando su arrojo en el campo de batalla. Mucho depende de que él logre mostrar su valor en el campo de batalla.

Solo que Martí conoce las batallas únicamente por los libros. Es esa la razón de la disparatada carga a que se lanza en medio del confuso combate de Dos Ríos. Mucho sabe que está en juego: Martí es consciente de que en el campo insurrecto solo él comprende que la independencia de Cuba, más que en los campos de batalla, se ganaba en los sutiles acomodos de la Isla entre los muchos poderes globales y regionales de la época. Precisamente la carta que entonces llevaba en uno de los bolsillos de su saco era una poderosa y bien pensada arma en esa sutil batalla.

Una carta dirigida a Don Porfirio, a través de su protector mejicano, Manuel Mercado.